Lo mejor de los viaje es lo de antes y lo de después.
Una vez nos hemos reunido, podemos dedicarnos a inventar cualquiera juego que aporte entretenimiento, o analizar fría o satíricamente nuestras distintas vidas. Cuando comenzamos a hablar del pasado, me es inevitable sentir nostalgia, como si esas épocas o esos momentos no fueran jamás a repetirse. Nos dedicamos a desmenuzar recuerdos, a sonreír y contar anécdotas, una tras otra y casi siempre repetidas de otras ocasiones.
Comienza también la etapa de hacer planes, de buscar destinos, de pensar actividades, excursiones o viajes. Sentimos entusiasmo al pensarlas. Podemos descubrir tantas cosas por hacer que nos faltan días en todo el verano. Pero luego nunca se hacen, o casi nunca. Y aun así, no importa tanto como cabe suponer, porque mientras planeábamos ya estábamos disfrutando.
He pensando muchas veces que recordando y proyectando cosas se disfruta más que haciéndolas en sí. La idealización de los viajes y otras actividades o reuniones siempre son más de lo que fueron. Y aunque haya sido un gran viaje, siempre en el recuerdo permanecerá mejor.
A veces creo que vivo para recordar. Para que cuando nos juntamos los amigos tengamos un tema de conversación, un recuerdo común que nos haga sentir unidos; porque recordar juntos no es más que compartir sensaciones e impresiones. Y son éstas las que unen a las personas: las experiencias comunes y la semejanza en las impresiones.
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