Mostrando entradas con la etiqueta Decidir. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Decidir. Mostrar todas las entradas

10 noviembre 2014

Metafísica de la Opiniones

Nuestras opiniones son la piel en la que queremos ser vistos
Nietzsche

En los tiempos que corren parece que no tener una opinión sobre algo te convierte en un ignorante. Pareciera, como digo, que carecer de opinión significara no pensar, no reflexionar sobre un tema en concreto sobre el que se debate o se discute. Por no hablar no ya de los temas de “actualidad” o alcance general, sino de los temas más personales o particulares de cada uno de nosotros o, más bien, porque así suele ser, de los otros.


El mundo de hoy casi nos impone una opinión. Que la opinión esté fundamentada o no es lo de menos. Lo importante es tener una opinión y, a ser posible, adherirte al bando que profesa esa opinión.

Ciertamente hay muchos tipos de opiniones de la misma manera que hay diversas variantes sobre qué se puede opinar. Tal vez otro día escriba una entrada haciendo un intento de sistematizar estas dos cuestiones, pero hoy tengo más interés en reflexionar sobre lo que podría llamarse la “metafísica” de la opinión.

Una opinión, al fin y al cabo, es un juicio de valor sobre un tema en concreto. Supone valorar algo. Calificarlo como bueno o malo, con la dificultad que traen consigo los conceptos de bien y de mal (en este blog hay algunas entradas al respecto). Es, por tanto, con todos los matices que puede llevar aparejada la opinión, una decisión binaria: un sí o un no.

Los individuos, muchas veces, antes de procurar una elaboración de una opinión a través de los hechos como tales, se adhieren a opiniones ya establecidas. Esto puede deberse a múltiples factores, tales como la confianza que inspira el opinante original (cuando no devoción), a la pereza de recopilar hechos, a la opinión que puede suscitar en otros el opinar de una u otra forma, etc. El caso es que no pocas veces la opinión que se tienen sobre determinadas temáticas no son originales, sino que son “prestadas” (por no decir robadas).

Una vez que tenemos una opinión sobre algo, necesariamente hemos de adoptar una actitud hacia ese algo, basándonos en esa misma opinión. Que algo sea bueno o malo genera necesariamente aceptación o rechazo, además de otra serie de actitudes que básicamente derivan de ésta. Nuestra conducta y actitud hacia las cosas se ve influenciada necesariamente por estas opiniones.

Pero esta actitudes y opiniones no sólo generan una aceptación o rechazo sobre las personas a las que van dirigidas las acciones, sino que también, el hecho de opinar de una u otra manera genera una aceptación o rechazo en los opinantes originales, que en cierta manera, sienten que han convencido al sujeto en cuestión. Esto puede verse especialmente en materia de consejos: cuando uno aconseja a alguien espera de éste que siga dicho consejo. No olvidemos que un consejo, en la inmensa mayoría de los casos, no es más que una opinión ante una situación o problema concreto.

Además de esto, hay que tener en cuenta una cosa: cuando opinamos, el producto de nuestra opinión es fruto de nuestras circunstancias en ese momento. Una misma cuestión puede ser vista de diferentes manera en momentos distintos de tiempo y ya no tan sólo porque nuestra configuración mental del mundo haya cambiado, sino porque nuestros sentimientos o estado de ánimo también ha mutado. Por eso, cuando opinamos, no sólo lo hacemos con base en un criterio racional, sino que lo que hacemos también es sufrir una suerte de empatía con el otro: nos ponemos en su pellejo, pero con nuestras propias sensaciones y experiencia.

En estos casos, esto es, cuando recibimos opiniones de otros, parece que el que debe actuar o tomar una determinada actitud, siguiendo o no las indicaciones o criterios ajenos, se descarga de responsabilidad. Cuando alguien sigue un consejo o una opinión ajena, siente que la responsabilidad se diluye, se evade, ya que el pensamiento o la determinación no es propiamente suyo. Sin embargo, habríamos de ser conscientes de que cuando seguimos una determinada línea de actuación, aunque ésta venga inspirada por otros individuos, somos nosotros mismos los responsables de las acciones y de las consecuencias, no cabiendo traspasar la responsabilidad a nadie más que a nosotros.

No son éstos, sin embargo, los únicos problemas de las opiniones. ¿Cuándo una opinión se convierte en verdad? ¿Cuándo una opinión es verdadera? Esto, me temo, será objeto ya de otra entrada.

Leer más

28 junio 2013

El Imperio de la Voluntad

El espíritu cree naturalmente y la voluntad naturalmente ama; de modo que, a falta de objetos verdaderos, es preciso apegarse a los falsos.
Blaise Pascal

Vivimos tiempos en los que la racionalidad vuelve a ceder terreno en pos de la voluntad. No seré yo defensor del ultrarracionalismo, pero sí entiendo que determinadas cuotas mínimas de razón siempre son necesarias, máxime en determinados temas que tienden a derivarse por la senda de las pasiones.

Cada día se suceden más cantos a la voluntad, como fuente omnipotente. La voluntad, el querer, es justificación suficiente para todo. La reflexión sobre el bien o el mal, e incluso el análisis coste-beneficio han sido completamente postergados. Lo que importa es hacer lo que uno quiere. Y porque uno lo quiere. Todo ello enmascarado tras una suerte de derecho natural, muchas veces conceptualizado como “derecho a decidir” que no es sino un “imperio de la voluntad”, donde las apetencias de cada cual legitiman cualquier actuación de la índole que sean en el amplio abanico que va desde ir medio desnudo por la calle hasta la secesión de territorios o el aborto. Incluso se admite (moralmente) que Diputados (poder legislativo) se manifiesten fuera de los cauces previstos ante la sede del máximo órgano del Poder Judicial, porque “se tiene derecho”. Todo se basa en un “tener derecho”. Y nada es más que la exteriorización de la voluntad con máscaras de legitimidad.

Quien proclama y vive esta filosofía no sabe el peligro que corre, pues todo el mundo tiene voluntad y, por tanto, derecho a todo. La voluntad nunca podrá ser absoluta para todo el mundo, ya que siempre colisionará con otras voluntades, y entonces, ¿cuál ha de prevalecer? ¿La que mejor sepa recubrirla de la legitimidad? ¿La más fuerte? ¿La más ruidosa? Porque quien renuncia al Derecho para aplicar el “derecho a decidir”, imagino, no apelará al Derecho para solucionar las controversias de las voluntades.

Ignorar o no respetar el derecho ajeno supone dar pie a que hagan lo mismo con los propios. ¿Estamos dispuestos a ello? Ningún derecho es absoluto. Ninguno. Y lo que percibo es una tendencia a absolutizar un serie de querencias o intenciones en pro de un interés concreto, volitivo y particular, de manera completamente ajena a las reglas, si es necesario.

Renunciar a la razón y dejarlo todo subordinado a la voluntad puede suponer el enfrentamiento visceral de facciones y a la fractura social. Los gestos y actitudes también erosionan la convivencia, fomentan el enfrentamiento. No sé si quien levanta la bandera de la voluntad (muchas veces de manera inconsciente) sabe qué riesgos está asumiendo. Pero, tal vez, sería bueno reflexionar sobre ello.

Leer más

03 octubre 2012

Derecho a Decidir

La libertad es el derecho a hacer lo que las leyes permiten. Si un ciudadano tuviera derecho a hacer lo que éstas prohíben, ya no sería libertad, pues cualquier otro tendría el mismo derecho. 
Montesquieu

Parece, por lo que vengo escuchando y leyendo últimamente, que el único componente de la democracia es el denominado “derecho a decidir”, que, además, este derecho se configura de manera absoluta y que es de aplicación directa. Tal vez la más reciente y sonada apelación a dicho derecho se haya producido en Cataluña, que basándose en lo antes expuesto, habla abiertamente (al menos una parte de la sociedad catalana) de secesión.

El derecho a la decisión, que tan romántico sueno en boca de quien lo pronuncia, no supone, ni puede suponer, la aprobación sistemática por parte del que lo ejerce de toda actividad tanto pública como privada que tenga a éste como protagonista. No todo, incluso en democracia, puede estar sometido a la aprobación. Si por el contrario así fuera, podríamos vernos en situaciones perjudiciales para el interés general. ¿Quién no se negaría a pagar impuestos?

El problema aquí es la territorialidad, dirán algunos: que los ciudadanos de un territorio tienen derecho a decidir sobre su territorio. Decidir sobre lo propio, al fin y al cabo. Pero, ¿dónde está el límite de la territorialidad? ¿Tendrían los comerciantes y habitantes de Camino de Ronda derecho a decidir si el metropolitano de Granada debe pasar por su calle?

La respuesta a esta última pregunta nos parece obvia: las decisiones han de ser tomadas por los gobiernos, en pos del interés general, aunque los residentes y trabajadores de Camino de Ronda se nieguen. Son los gobiernos (local y regional en este caso) los que deciden sobre los gobernados, sin que quepa el negarse por parte de los afectados. ¿O acaso tendría derecho que su rechazo paralizara un proyecto que afecta a toda la capital granadina y parte del cinturón?

Pues algo similar ocurre con Cataluña. En 1978 se aprobó la Constitución con un amplio respaldo de la población catalana. Ese pacto que supone la Carta Magna implica que las decisiones que afecten a una parte de la nación no pueden ser decididas exclusivamente por los que habitan en el territorio, sino por el conjunto. Y para ser más precisos, en nuestro caso concreto, por los representantes democráticamente elegidos.

Es por ello que considero que quienes se amparan en un “derecho a decidir” (al menos no como se plantea actualmente, en el sentido territorial arriba descrito) lo hacen sin consistencia ninguna, ya que dicho derecho no queda consagrado en ninguna fuente jurídica. Las proclamas que apelan a dicho derecho lo hacen, pues, sin consistencia jurídica alguna.

Leer más