27 abril 2016

La responsabilidad del que elabora las normas

Las leyes inútiles debilitan a las necesarias.
Montesquieu

Parece claro que cuando uno infringe una norma (del tipo que sea: moral, legal, etc.) la responsabilidad recae sobre el transgresor, máxime cuando estaba avisado de esa norma. Si una sabe que no puede pasar un semáforo en rojo y lo hace, sabe que se expone a una sanción por parte de la autoridad competente, que suele ser quien elabora las normas o un agente del mismo.


Por otro lado, el hecho de la existencia de normas viene justificado por la necesidad de organizar y dar consistencia a un sistema u organización (estado, empresa, familia, asociación, etc.) y aquéllas se hacen obligatorias, precisamente, bajo la legitimidad de que es necesario que el sistema funcione.

Así, podríamos inferir que el transgresor de una norma está, en cierta manera, alterando el buen funcionamiento de la organización, perturbando su orden y, probablemente, haciendo del sistema en cuestión un ente menos eficiente y/o eficaz. Todo esto parece más o menos claro. Pero, ¿qué ocurre cuándo son las normas las que hacen ineficiente el sistema? ¿Qué sucede cuando el sistema está mal diseñado y es la propia configuración del sistema la que penaliza al propio sistema?

Podríamos recurrir a la responsabilidad individual de aquél que ha sido encargado de elaborar las normas y exigirle la responsabilidad por un mal diseño o configuración. El problema estribaría aquí en la carga de la prueba: cómo probar que un sistema es ineficiente por su mala configuración.

Sin embargo, esta responsabilidad individual no es depurable con este método porque normalmente quien elabora las normas las elabora como consecuencia de un poder anterior (económico, militar, carismático, etc.) y no como consecuencia de una legitimidad o una decisión racional. Tal vez en los estados democráticos exista más proporción de esta legitimidad, aunque no sea del todo plena en muchas ocasiones (ver teorías pluralistas del poder). Es por esto que en muchas ocasiones el creador de normas queda impune (irresponsable), por ser las normas una consecuencia del poder más que una fuente de poder en sí mismas.

Puede ser interesante reflexionar sobre cómo podría distinguirse las veces en que los resultados son malos por una mala ejecución del operador y cuando lo son por un mal acondicionamiento del sistema. Esto, quizás, para otra entrada.

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15 abril 2016

El Mercenario Laboral y la Lealtad a la Empresa

Es difícil dar una definición de la lealtad, pero quizás nos acercaremos a ella si la llamamos el sentimiento que nos guía en presencia de una obligación no definida.
Gilbert Keith Chesterton

Muchas de mis reflexiones en este blog vienen auspiciadas por lecturas de cosas que, normalmente, tampoco guardan una relación directa con lo que escribo, pero es suficiente para sembrar una semilla que dé como fruto una recensión sobre algo homólogo (en el sentido más etimológico de la palabra). Es el caso de lo que viene a continuación.


Leyendo sobre las guerras entre Roma y Cartago reparo en la figura del mercenario, sobre todo en relación con el soldado nativo de las ciudades en pugna en esa guerra. El mercenario no conoce más allá del dinero, y su implicación en la guerra es tan sólo a cambio de un beneficio económico claro. El otro, por su parte, además del codicioso objetivo del saqueo de la guerra, mantiene en su fuero interno una especie de lealtad con su patria: se siente parte de esa patria y la victoria y la derrota es algo más que dinero.

El gran logro del nacionalismo, posiblemente, fue el conseguir el alistamiento voluntario de soldados en las levas, la inclusión de la ideología de la nación en las mentes de los pobladores de las mismas. El nacionalismo les dió sentido de trascendencia a los ciudadanos (o súbditos) de las diferentes naciones (sentido de la trascendencia sobre el que espero volver en alguna entrada próxima).

¿No es fascinante cómo el sentido de pertenencia a algo superior puede hacer que el rendimiento del sujeto en cuestión se multiplique?

Mi corta experiencia (más como observador que como sujeto) en el mundo laboral me hace ver que la rotación del trabajador es alta, y que los cambios de éstos son motivados en su mayoría por el dinero. Básicamente, el trabajador de hoy es el mercenario de ayer, sobre todo en ámbitos laborales en los que hay una gran oferta de trabajo.

Tal vez lo que vaya a decir vaya un poco contra mis propios intereses como trabajador, pero me es inevitable hacer la reflexión ¿No podría ser una buena estrategia de recursos humanos fomentar el sentimiento de permanencia de los trabajadores a las empresas? ¿No podrían aumentar la rentabilidad de estos, su eficiencia, y por qué no, su felicidad?

Es cierto que hay una especie de tendencia hacia modelos más “humanos” dentro de las empresas, pero creo que aún estamos muy lejos de sentir a la empresa parte de nosotros mismos, al menos, no con la intensidad de la familia, la nación o incluso el equipo de fútbol o el partido político.

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10 abril 2016

Al Valiente Cotidiano

Valiente es aquel que no toma nota de su miedo.
George S. Patton

La valentía es una de las virtudes más admirables del ser humano. Supone una lucha contra lo que nos asusta, contra aquello que nos bloquea e impide, en cierta manera, ser como queremos ser. La valentía es, en el fondo, una guerra incesante contra nosotros mismos.

No hay una expresión única de la valentía. El ser valiente se puede manifestar de varias maneras: la superación de fobias naturales (como el miedo a la oscuridad), el hacer algo por primera vez o, incluso (y quizás sea esta la forma más sutil de valentía) una reacción contra el sistema en pro de unas creencias personas firmes y determinadas.

Todo el mundo, sentado en el sofá de su casa o en el bar con los amigos, se ve a sí mismo muy capaz. Se imagina reaccionando de una determinada manera ante situaciones a priori adversas. En todas estas situaciones, uno se visualiza actuando bajo los dictados de la razón y la justicia. Lo cierto, sin embargo, es que cuando es uno el que tiene en frente esa situación, sus reacciones son menos racionales y conscientes y la respuesta se deja llevar más por las circunstancias y por el miedo.

A todos nos ha pasado alguna vez, estoy seguro. Todos hemos tenido muy claro cómo se ha de reaccionar ante una situación que exige de nosotros mismos sacar el pundonor y la valentía. Situación que, imaginándola desde la tranquilidad y seguridad del entorno conocido, jurábamos lidiar “como tiene que ser”.

La diferencia reside en que, cuando nos toca a nosotros llevar a cabo la acción en sí, el miedo aparece. Y, aunque a veces se mitigue, rara es la vez que desaparece del todo y nos permite actuar plenamente en conciencia. Es por ello que resulta harto complicado ser valiente, porque sólo cuando andamos al borde del precipicio somos conscientes de la altura del mismo. O, como diría el refranero español, los toros siempre se ven mejor desde la barrera.

El análisis de las causas del miedo, los elementos de mitigación del mismo y el estudio de las reacciones darían para un ensayo (y queda aquí anotado para el futuro), pero lo que pretendo resaltar hoy aquí es poner de manifiesto el coraje y la virtud que tienen aquellos que se atreven a ser ellos mismos y que arriesgan comodidad por autenticidad de vida y actuar según sus propios principios, sin importar el coste, que a veces puede resultar muy alto.

El resto, los que no siempre somos lo suficientemente valientes, tenemos dos opciones. Por un lado podemos, desde el confort de la barrera, autoengañarnos (probablemente movidos por la envidia insana) y fingir que cualquiera en su situación hubiera actuado igual. O, por otro lado, podemos ser conscientes del mérito que tienen esas personas. Así deberíamos reconocer y admirar, públicamente y sin pudor, la labor y el coraje del héroe cotidiano.

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31 marzo 2016

Breves impresiones sobre el Peloponeso.

¿Has notado que las lilas más espléndidas, por ejemplo, son las que crecen junto a establos en ruinas y chozas abandonadas? A veces la belleza necesita ser un poco olvidada para alcanzar su plenitud.
Elizabeth Gilbert

Grecia, o al menos su península más famosa, es un país abrupto. Grandes montañas, escarpadas, que son coronadas con castillos o lugar de santuarios a los antiguos dioses desde los que se divisa el mar, que parece estar por todos lados. Sorprenden los grandes desniveles, los profundos valles y las perdidas carreteras de montaña cuya última reparación pareciera haberse hecha en los tiempos de Pericles.

Su paisaje es puramente mediterráneo. Olivares y viñedos; matorrales y flores amarillas. Alguna amapola perdida entre sus campos. Piedras calizas y ruinas. El paraje ideal para los pintores de paisajes del siglo XVIII, acompañado de un clima excelente, que bien se le parece al español.

Sobre su factor humano, Grecia es un país despreocupado. Tal vez continúen con los ritmos pasados de vida contemplativa, de carpe diem, de nada tiene importancia, pero es evidente que rigor es la última palabra que podría definir a Grecia y a los griegos. Son despreocupados hasta el extremo. Inclusive con uno de sus mayores activos, como es su patrimonio histórico.

Grecia transmite una sensación de dejadez que bien podría compararse con el sur de España. Sus gentes son amables y hospitalarias. No esconden su entusiasmo en que te sientas agusto en sus locales y establecimientos. Les gusta la vida en la calle y desde luego las ciudades cuentan con espacios para ello, al menos las que yo he visitado. Hay plazas y parques y banco en las calles estratégicamente situadas ante vistas o edificios emblemáticos. Parece que les gusta deleitarse con la vista y con el aire.

Tiene también el país helénico un aire decadente. Tal vez porque sus mayores atractivos sean ruinas y edificios que muestran esplendores pretéritos, pero que en la actualidad no son sino reflejos nostálgicos. No sólo las antiguas ciudades griegas, sino su patrimonio medieval está también en un estado de conservación mejorable. Grecia es como ese viejo que no cesa de añorar ese pasado mientras permanece sentado impasible, con honrosas y turísticas excepciones de veraneo de playa.

Sorprende también de Grecia su gran patriotismo y apego a la bandera. Incluso entre movimientos de izquierda, aunque mucho me temo que esto sólo causa sorpresa entre españoles, tan poco habituados a las alabanzas a la patria por parte de un hemisferio político. Banderas griegas en balcones, faroles y establecimientos. Sin complejos. Con orgullo, pese a no vivir, precisamente, sus tiempos más gloriosos. O precisamente por ello.

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15 marzo 2016

Uno mismo, ese gran olvidado

Si nos bastase ser felices, la cosa sería facilísima; pero nosotros queremos ser más felices que los demás, y esto es casi siempre imposible, porque creemos que los demás son bastante más felices de lo que son en realidad.
Montesquieu

Vivimos en la era de la comunicación. De la comunicación masiva y absoluta. Comunicamos hasta lo que no queríamos comunicar y producimos ciertas paradojas, como la de regalar nuestra intimidad tras años de lucha por mantenerla. No tenemos secretos. Vivimos para el gran escaparate del mundo que hoy no son los grandes almacenes, sino las redes sociales.


¿Por qué sentimos ese afán publicador? ¿Por qué hemos de aparentar que somos felices continuamente y que vivimos plenos y llenos? Tal vez, porque precisamente sintamos lo contrario. Como decía el refranero español: dime de qué presumes, y te diré de qué careces. Uno puede examinarse a sí mismo, y es posible que en las épocas de mayor paz interior son aquellas en las que no usaba (o usaba menos) las redes sociales.

Vivimos en una constante búsqueda de aprobación social. De “me gustas”. Y este proceso se ve alimentado por un suerte de envidia que nos carcome cuando vemos las aparentes felicidades ajenas: “todo el mundo de viaje y yo en mi casa viendo una película”.

No sabemos vivir con nosotros mismos. No nos soportamos muchas veces. Siempre deseamos estar en otra parte. Y eso nos genera una profunda insatisfacción. Constantemente creemos más felices a los demás que a nosotros, porque no ser feliz está socialmente sancionado. Los infelices (o no tan felices) son los leprosos de la posmodernidad.

Hay que vivir a tope. Hacia delante. Cada vez más, más intenso, aunque la mayoría de las veces no sepamos ni adónde vamos. Ni qué queremos. Ni por qué lo hacemos. Simplemente seguimos una inercia creada desde los medios de comunicación, la cultura y las élites de todos los sectores (económicas, ideológicas, sociales, etc.)

Quizás, de vez en cuando, deberíamos pararnos, pensarnos y tratar de encontrar quién es uno mismo.

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09 marzo 2016

Cuestiones sobre el ideal del éxito

El éxito es sólo la mitad de bonito cuando no hay nadie que nos envidie. 

Norman Mailer

¿Qué es realmente el éxito? ¿Por qué todos queremos dinero? ¿Por qué todos queremos el reconocimiento social, especialmente de los anónimos? ¿Por qué queremos llegar lejos? ¿Es todo esto una sed de gloria tan antigua como la de Aquiles en la Ilíada? ¿Es el éxito un producto más del sistema económico capitalista? ¿Es un fenómeno moderno? ¿Es una falta de identidad, de autoconocimiento?
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08 febrero 2016

Espontaneidad posmoderna

El genio comienza las grandes obras, pero sólo el trabajo las acaba.
Joseph Joubert

Cada época tiene una serie de valores culturales y sociales asociados fruto, probablemente, de la evolución y reacción frente a las anteriores. Hay que estar de acuerdo con la dialéctica hegeliana y sus tesis y antítesis, con la acción y reacción newtoniana y asumir que cada época nace en una parte de una reacción contra lo precedente.

Para los tiempos que corren, me da la sensación de que con respecto a la variable “espontaneidad” y “trabajo” con respecto a un resultado o actividad, prima lo primero con respecto lo segundo. Pareciera como el mérito reside más en el resultado en que éste haya sido a través de poco trabajo, que proceda de algo innato o no elaborado. Parece que le resta magia si algo ha sido trabajado previamente, si hay un entrenamiento detrás.

Ejemplo claro de esto que digo puede verse en el mundo estudiantil. Cuando alguien saca buenas notas, este resultado parece estar penalizado por “haber estudiado mucho”. Parece como que estudiar le resta mérito a la actividad cuyo objetivo es, precisamente, que se estudie. No mola estudiar. Mola sacar buenas notas, pero que parezca que alguien las ha sacado por revelación divina, o por pura y mera inteligencia.

Pero no sólo en los ámbitos del propio trabajo puede apreciarse esto. En la misma moda hay una tendencia a parecer “desenfadado”, espontáneo, aunque paradójicamente el parecer desarreglado, espontáneo y natural haya costado no sé cuantas horas de preparación y elaboración de la apariencia.

Tal vez el ocultar el trabajo que hay detrás de los procesos no sea sino otro hijo de la posmodernidad, una dimensión más del hedonismo en la que se pretende apartar todo lo que parece llevar aparejado un trabajo, esfuerzo o dedicación de la vista de las personas. Puede que sea un vástago de la generación de la inmediatez, en la que todo ha de tenerse aquí y ahora y en la que no se está acostumbrado a la espera ni a los procesos.

Desde luego es un tema denso y complejo que podría dar lugar a estudios y ensayos sobre el tema y sobre el estudio de la sociedad contemporánea, los comportamiento y valores imperantes. Yo simplemente dejo una semilla. Tal vez el tiempo haga crecer el árbol.

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10 diciembre 2015

El rigor del vencedor

El que se enamora de la práctica sin ciencia, es como el marino que sube al navío sin timón ni brújula, sin saber con certeza hacia dónde va.
Leonardo Da Vinci

El pasado lunes, un número alto de españoles vimos por televisión lo que se denominó un debate político. El debate definitivo, para ser exactos. Podrían escribirse libros enteros a raíz de lo observado en ese debate. Podría analizarse, por ejemplo, el ajuste a la temática de los candidatos (y sustitutos), la exposición de ideas, la argumentación, el lenguaje no verbal de los mismos, el tono de barra de bar, la tranquilidad o el nerviosismo de los participantes y un largo etcétera.

Sin embargo, y máxime tras llevar tantos meses sin escribir por aquí y pretendiendo que esto sirva más como limpieza de telarañas que otra cosa, me limitaré a una brevísima reflexión tras una serie de cuestiones que creo que hace mucho que no nos hacemos: ¿en qué consiste ganar un debate? ¿Qué esperamos los espectadores de debates electorales cuando consumimos uno? ¿Cómo es posible que Pablo Iglesias con la falta de rigor mostrada pueda erigirse como vencedor del debate?

Desde luego los españoles, en política y en tantos otros ámbitos, hemos desterrado el rigor y la verdad en pos de abrazar de forma descarada el espectáculo y los envoltorios de los mensajes. No hablo yo de gazapos con nombres de consultoras, ni de posibles hipótesis en la aplicación de determinadas políticas o escenarios futuribles, con lo que se puede tener cierta indulgencia. No. Me refiero a falta rigor respecto a cosas cognoscibles, determinadas y ciertas, como los derechos que se incluyen en la Constitución o la naturaleza de los referéndums que ocurren en regiones de España.

Hay cosas opinables y hay cosas que no lo son. Puede tenerse opinión sobre ciertos hechos, o incluso sobre su oportunidad/normatividad (debería ser así, no debería ser así, debería o no haber sido así, etc.). Pero estimo que la falta de rigor sobre hechos objetivos no es excusable. Queremos políticos excelentes, decimos, y nos quejamos cuando no lo son. Pero todo parece indicar, como ya dije alguna vez en este blog, que más que el rigor lo que nos interesa que sea uno de los nuestros.

Si pretendemos rigor, hemos de exigirlo. No me entra en la cabeza querer políticos a la altura y transigir con la falta de rigor. Salvando, por supuesto,que lo que realmente queremos de la política sea otra cosa.


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17 febrero 2015

Lo Eterno y lo Efímero

La vida en tiempo se vive,
Tu eternidad es ahora,
Porque luego
no habrá tiempo para nada
Luis Cernuda 

¿Existe lo eterno? ¿Es posible que algo dure para siempre? ¿Puedo algo que tiene principio no tener final? ¿O, por el contrario, todo tiene un tiempo; todo es efímero? Seguramente haya diversidad de opiniones. Y, es posible, como en todos los grandes temas, que no haya una solución. No obstante, aportaré yo aquí la mía.

Necesitamos creer en cierta manera que las cosas van a durar siempre. O al menos, un periodo largo de tiempo. Suficiente para darnos cierta seguridad y capacidad de construir sobre algo. Es una necesidad humana. Necesitamos creer en la consistencia, en la duración, en lo infinito. Es preciso tener esas aspiraciones, esa vocación de perpetuidad, esa voluntad, ese idealismo, de que lo que se construye, se construye para siempre. En cierta manera necesitamos creer que lo que hacemos tiene una utilidad, es parte de algo, de un todo superior, va incluso a sobrevivirnos. Necesitamos creer que nuestro trabajo no va a quedar deshecho. Necesitamos darle sentido trascendental a todo lo que hacemos, o al menos, a los grandes aspectos de nuestra vida.

Sin embargo, todo parece indicar que lo eterno no existe. No existe en la realidad física, ya que todo lo que tiene un principio necesariamente tiene un final. Lo eterno tan sólo puede existir como abstracción, como concepto, como idea. Igual que el concepto matemático de infinito. Como una mera representación abstracta de algo. Como una aspiración. Como una esperanza. Como una concepción abstracta que se opone a lo efímero y que, en cierta manera, nos guía en la vida.

La eternidad tiene una nota épica, casi sagrada. Lo efímero queda, por su parte, como algo exclusivamente humano, finito, casi vulgar. Es a través de la abstracción de lo efímero, la mitificación y divinización del momento, como lo eterno se presenta en la realidad, abandonando por un instante su carácter perecedero.

Y es que, al final, parafraseando la canción, todo es eterno mientras dura. Y, paradójicamente, sólo mientras dura puede ser eterno. No parece que la eternidad esté más allá de aquí mismo. Del ahora. Y tal vez esa deba ser nuestra única aspiración de eternidad: disfrutar de lo efímero como si fuera a durar siempre, aunque siempre con el conocimiento, sobre todo para evitar futuras frustraciones, de que lo eterno, simplemente, se acaba.

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28 diciembre 2014

El fin y los medios en la política española actual

No tardará en transigir con el fin quien está dispuesto a transigir con los medios.
Arturo Graf

Una de las grandes cuestiones de la filosofía es la de si el fin justifica los medios. Especial relieve toma en consideración, o al menos visibilidad, esta pregunta en el ámbito político en el que las sociedades más justas (fines) deben ser soportadas y llevadas a cabo por unas políticas, hechos y acciones concretas (medios).


Aparte de mi consideración particular de que la democracia es un medio que supone un fin sí mismo (respeto a la ley, soberanía nacional, libertades y derechos fundamentales, etc.) cada vez me encuentro más evidente la diferencia en el plano político español entre unos partidos y otros.

Distingo, y vaya por delante que todo esto es una mera reflexión personal y no una verdad científica ni objetiva, de partidos que parecen estar obsesionados con el ganar unas elecciones, a toda costa, para (no lo dudo) llevar a cabo una transformación de la sociedad una vez se haya alcanzado el poder. Los discursos llevan consigo un tinte demasiado electoralista y, en algunas ocasiones, a sus líderes se les ha podido oír hablar de la necesidad de ganar, y que hay que ganar a toda costa.

Pareciera de estos partidos que hubieran pervertido el fin, que se supone que es la transformación social, por el hecho de ganar unas elecciones y alcanzar el poder, que podría suponerse a priori que es un medio.

Por el contrario, distingo otros partidos (uno destaca sobre el resto) en los que veo más nítida la voluntad de transformación de la sociedad por encima de los resultados electorales, en los que no aprecio tanto un discurso sobre la necesidad de ganar y la necesidad de que el cambio en la sociedad se transforme “desde arriba” (desde el gobierno), sino que más bien procuran ser un espejo en el que el resto de fuerzas políticas haya necesariamente que reflejarse.

Estos partidos reciben innumerables críticos, incluso desde sus mismo afiliados. Y tal vez sean estos afiliados los que en cierta manera, mediados por la impaciencia y por el mimetismo con el resto de fuerzas, pierden de vista el fin de la política, que no es sino transformar la sociedad en una sociedad mejor. Cambiar el mundo en definitiva.

Para mí, merecen mucha más admiración y respeto aquellos partidos que conciben las elecciones como algo secundario y que entienden que el mundo puede cambiarse no sólo a través del poder, sino a través del ejemplo. Seguramente una vez alcance el poder, éste los malee lo suficiente como para perder esta esencial, pero me cuesta otorgarles la presunción de buena fe a aquellos partidos (y sus líderes y militantes) que encuentran en el gobierno la única manera de transformar el mundo, la única manera de influir. Y desconfío, porque ya no sé hasta qué punto el fin de se ha desvirtuado de un “cambio de la sociedad” a un “alcanzar el poder”, habiéndo el primero venido a ser un medio en lugar del fin.

La política, como casi todo en la vida, nos sumerge en un mundo particular en el que se hacen perder las referencias. Cuando nos inmiscuimos tanto en algo a veces se nos diluyen los originales objetivos por otros que primeramente fueron meros medios. No sólo ocurre en la política, sino en el arte, en el trabajo e incluso las relaciones. Tal vez por ello se haga imprescindible la filosofía y el pensamiento distante.

En definitiva, desconfío de quien ansia de manera explícita el poder, ya que entiendo que éste no debe ser sino un medio, y veo en este cambio de objetivos/prioridades un peligro de que el poder sea el nuevo fin y su mantenimiento se haga a toda costa. Por eso prefiero aquellos discursos y medidas que van orientadas a un cambio en la sociedad, aunque no sean populares, pero estén guiadas por la razón y el deseo de convertir la sociedad en un sitio mejor. Aunque sea al margen de estar en el gobierno y acariciar de cerca el poder.


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19 noviembre 2014

La Temporalidad de los Hechos

No hay tiempo que no se acabe ni tiento que no se corte.
José Hernández

Los hechos o eventos pueden clasificarse de muchas maneras, y una de ellas, de la que quiero hablar en esta entrada, es su temporalidad o duración en el tiempo. Teniendo como criterio clasificador este parámetro, a los hechos los podríamos dividir en dos clases (seguramente si se afinara más, podrían deducirse unas tantas más, pero permitidme la simplicidad): de acontecimiento único o de duración en el tiempo (de tracto sucesivo, siguiendo el lenguaje jurídico).


Los primero de ellos, los de acontecimiento único, no llevan necesariamente aparejados que se realicen en un único momento concreto de tiempo, es decir, que sean un segundo o minuto concreto. Se trata, más bien, de eventos que no llevan una repetición aparejada, que no son repetibles a lo largo del tiempo. O, más concreto, que su periodicidad, en caso de que se tenga, es conocida y concreta. Por ejemplo, cuando alguien visita una ciudad o hace un viaje concreto (piénsese en un viaje de estudios), éste tiene una duración determinada, un periodo de tiempo más o menos prolongado, pero se entiende que el viaje es único, que no se va a volver a repetir en el tiempo. También, por poner un ejemplo de una actividad periódica, cuando uno estudia una carrera, no tiene en mente hacer otra (sálvense algunos especímenes raros).

Por el contrario, los eventos de duración en el tiempo no tienen un final determinado, pueden volver a realizarse o disfrutarse de manera indefinida a lo largo del tiempo. Piénsese para este caso a aquella persona que se compra un piso en la playa. No tiene pensado un número concreto de usos (a diferencia de quien alquila una quincena, que sí), sino que espera de éste que su uso sea indeterminado de veces y prolongado en el tiempo. Casi infinito, podríamos decir.

Cualquiera de estos hechos o eventos puede ser catalogado en uno u otro grupo. Lo que los diferencia no es la actividad en sí, sino la expectativa de duración. Es esta expectativa la que los encasilla realmente en uno u otro grupo y no su duración efectiva. Y es la frustración de esta expectativa la que a veces nos descoloca con respecto a los hechos en sí. Prácticamente cualquier actividad puede ser colocada en uno de esos grupos. Los problemas vienen cuando creemos que el hecho en cuestión pertenece a una de estas categorías, siendo la realidad, que son parte de la otra.

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10 noviembre 2014

Metafísica de la Opiniones

Nuestras opiniones son la piel en la que queremos ser vistos
Nietzsche

En los tiempos que corren parece que no tener una opinión sobre algo te convierte en un ignorante. Pareciera, como digo, que carecer de opinión significara no pensar, no reflexionar sobre un tema en concreto sobre el que se debate o se discute. Por no hablar no ya de los temas de “actualidad” o alcance general, sino de los temas más personales o particulares de cada uno de nosotros o, más bien, porque así suele ser, de los otros.


El mundo de hoy casi nos impone una opinión. Que la opinión esté fundamentada o no es lo de menos. Lo importante es tener una opinión y, a ser posible, adherirte al bando que profesa esa opinión.

Ciertamente hay muchos tipos de opiniones de la misma manera que hay diversas variantes sobre qué se puede opinar. Tal vez otro día escriba una entrada haciendo un intento de sistematizar estas dos cuestiones, pero hoy tengo más interés en reflexionar sobre lo que podría llamarse la “metafísica” de la opinión.

Una opinión, al fin y al cabo, es un juicio de valor sobre un tema en concreto. Supone valorar algo. Calificarlo como bueno o malo, con la dificultad que traen consigo los conceptos de bien y de mal (en este blog hay algunas entradas al respecto). Es, por tanto, con todos los matices que puede llevar aparejada la opinión, una decisión binaria: un sí o un no.

Los individuos, muchas veces, antes de procurar una elaboración de una opinión a través de los hechos como tales, se adhieren a opiniones ya establecidas. Esto puede deberse a múltiples factores, tales como la confianza que inspira el opinante original (cuando no devoción), a la pereza de recopilar hechos, a la opinión que puede suscitar en otros el opinar de una u otra forma, etc. El caso es que no pocas veces la opinión que se tienen sobre determinadas temáticas no son originales, sino que son “prestadas” (por no decir robadas).

Una vez que tenemos una opinión sobre algo, necesariamente hemos de adoptar una actitud hacia ese algo, basándonos en esa misma opinión. Que algo sea bueno o malo genera necesariamente aceptación o rechazo, además de otra serie de actitudes que básicamente derivan de ésta. Nuestra conducta y actitud hacia las cosas se ve influenciada necesariamente por estas opiniones.

Pero esta actitudes y opiniones no sólo generan una aceptación o rechazo sobre las personas a las que van dirigidas las acciones, sino que también, el hecho de opinar de una u otra manera genera una aceptación o rechazo en los opinantes originales, que en cierta manera, sienten que han convencido al sujeto en cuestión. Esto puede verse especialmente en materia de consejos: cuando uno aconseja a alguien espera de éste que siga dicho consejo. No olvidemos que un consejo, en la inmensa mayoría de los casos, no es más que una opinión ante una situación o problema concreto.

Además de esto, hay que tener en cuenta una cosa: cuando opinamos, el producto de nuestra opinión es fruto de nuestras circunstancias en ese momento. Una misma cuestión puede ser vista de diferentes manera en momentos distintos de tiempo y ya no tan sólo porque nuestra configuración mental del mundo haya cambiado, sino porque nuestros sentimientos o estado de ánimo también ha mutado. Por eso, cuando opinamos, no sólo lo hacemos con base en un criterio racional, sino que lo que hacemos también es sufrir una suerte de empatía con el otro: nos ponemos en su pellejo, pero con nuestras propias sensaciones y experiencia.

En estos casos, esto es, cuando recibimos opiniones de otros, parece que el que debe actuar o tomar una determinada actitud, siguiendo o no las indicaciones o criterios ajenos, se descarga de responsabilidad. Cuando alguien sigue un consejo o una opinión ajena, siente que la responsabilidad se diluye, se evade, ya que el pensamiento o la determinación no es propiamente suyo. Sin embargo, habríamos de ser conscientes de que cuando seguimos una determinada línea de actuación, aunque ésta venga inspirada por otros individuos, somos nosotros mismos los responsables de las acciones y de las consecuencias, no cabiendo traspasar la responsabilidad a nadie más que a nosotros.

No son éstos, sin embargo, los únicos problemas de las opiniones. ¿Cuándo una opinión se convierte en verdad? ¿Cuándo una opinión es verdadera? Esto, me temo, será objeto ya de otra entrada.

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01 octubre 2014

Sobre la Propiedad y Posesión en las Relaciones Personales

Tener no es poseer. Puede tenerse aquello que no se desea. Posesión es tener y disfrutar lo que se tiene.
José Saramago

Aunque puedan parecer términos sinónimos y suelan ir aparejados, la realidad es que los términos posesión y propiedad son de naturaleza diferente. Mientras que el primero responde al hecho, el segundo alude al derecho. Y pese a que la realidad debería ser como norma el derecho lo cierto es que, la mayoría de las veces, aquélla campa a sus anchas.

Que propiedad y posesión no van siempre de la mano lo podemos apreciar en el mismo Derecho, en los que el derecho de propiedad no lleva siempre implícito el de la posesión. Piénsese en el usufructo por ejemplo, aunque bien es cierto que el derecho de plena propiedad sobre las cosas también implica el derecho a gozar de la posesión de las mismas.

Pero no es el mundo material en el que se encuentra esta dicotomía. En el mundo humano, en el de las relaciones personales, “propiedad” no siempre implica “posesión”. Entiéndase aquí propiedad como el título jurídico o moral que da derecho a una suerte de influencia o potestad de unas personas sobre otras; y posesión como la efectiva influencia o control de éstas.

Así, mientras que un jefe tendrá el “derecho” de mandar sobre sus empleados y, sobre el papel así lo haga, la realidad bien puede conducirse por otros derroteros, dándose la situación de que los empleados ignoren a su jefe, no lo respeten o le procuren el boicot de todo trabajo. Puede darse a su vez la situación en que uno de los empleados horizontales (es decir, de mismo rango en la organización) ejerza efectivamente la influencia sobre los demás y sea el que de facto controle la actividad de sus compañeros.

Puede verse aquí la diferencia entre un jefe y un líder, siendo la virtud o el “derecho” del primero una suerte de propiedad, mientras que la del segundo se correspondería con la posesión, siendo capaz de movilizar al personal y llevar a cabo (de manera efectiva) una serie de órdenes y actividades, controlando de hecho a las personas.

El control de una persona sobre otra (el poder, al fin y al cabo) es algo más sutil que las meras relaciones jerárquicas de sociedad. Se puede controlar a una persona (poseer) sin ningún título formal que lo valide (propiedad). Es más, puede darse la paradoja de que sea el supuesto “propietario” el que es “poseído” por la supuesta “propiedad”. Es por eso que el ámbito personal (y tal vez también en el material) la posesión siempre es más interesante que la propiedad porque es la que verdaderamente está conexa con la realidad, la que explica las conductas, las relaciones de lealtad e incluso las emociones de unas personas sobre otras. Es la que explica el poder interpersonal.

Este dicotomía propiedad/posesión se da en bastante más ámbitos personales de los que pudiera parecer (por ejemplo entre progenitores y prole), lo cual es un indicio más de que pese a que las sociedades estén estructuradas en normas (propietarias) de relaciones personales, no deja de ser interesante e importante estudiar el efectivo control (posesión) que ejercen unas personas sobre otras. Lo que sin duda da pie (pero lo dejaremos para otra ocasión) a un análisis en términos de poder de las relaciones personales en las vías normativa (propiedad) y fáctica (posesión).

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29 septiembre 2014

La política española a través de Grecia y Roma

Hay una cosa que se llamaba Occidente y que empezó con Grecia, con Roma
Arturo Pérez-Reverte

De sobra es sabido por todos que la cultura occidental hunde sus raíces en las culturas antiguas de Grecia y Roma. A través de esta entrada me gustaría poner de manifiesto una idea que me viene recurrentemente a la cabeza y que no está basada en más ciencia que mi propia experiencia y observación, por tanto, pido al lector que se entienda como eso: como un mero apunte mental y no como una tesis científica. Tal vez en el futuro, esta idea se desarrolle de manera más profusa en otro texto con la pertinente documentación. Pero de momento no es el caso.

Cuando uno mira hacia el panorama político español quiere ver en las diferentes familias ideológicas (el eje tradicional izquierda-derecha que, a mi modo de entender está desfasado y ha perdido la connotación que pudiera tener, aunque no obstante hoy lo utilizaré para intentar simplificar el discurso) una diferente concepción de la política, teniendo a su vez, y probablemente de manera inconsciente, un antecesor o referencia en las culturas antiguas que arriba se mencionan.

La vida política en la polis griega (Atenas) era una vida activa en la que todo ciudadano libre y natural de la ciudad participaba (o era impulsado a participar) en la vida de la ciudad. La actividad política ateniense tenía lugar en el ágora donde la libertad de expresión gozaba de términos casi absolutos: uno se subía a la tribuna y podía decir prácticamente de todo y el resto de sus conciudadanos atendía o no a sus palabras.

El órgano político principal era la asamblea donde todo ciudadano tenía derecho a la palabra. Es por ello que la palabra empezó a adquirir un valor fundamental, ya que de ella dependía el convencer a sus conciudadanos para la adopción de unas u otras políticas. De esta manera las escuelas de oradores empezaron a ganar adeptos y el estudio de la retórica era necesario para cualquiera que aspirara a ser político en Atenas. Elementos propios de esta época y circunstancia son los sofistas, maestros de la retórica y del arte de la palabra, que acababan por pervertir el mensaje y el contenido a través de adornos verbales (el más acérrimo atacante de este grupo de filósofos es Sócrates).

Por su parte, la vida política de Roma se fundamenta en la ley. Dura lex sed lex resume perfectamente la filosofía romana en ese aspecto. La ley es la ley y es inquebrantable. Puede que sea injusta, pero es ley, emana del poder legítimo y ha de ser acatada a toda costa.

Pariente cercano de este principio es el exceso rigor formalista del derecho romano en el que todo ha de quedar avalado por testigos y cuyos procedimientos, todos ellos muy rituales, han de ser llevados a cabo de manera estricta, so pena de quedar anulado por error en el procedimiento. Cualquier negocio jurídico es ritualizado. Los contratos son típicos. Todo queda regulado. Y en el derecho público y/o político tres cuarto de lo mismo: las instituciones son intocables y los actos de proclamación de cargos políticos solemnes.

¿No se saltaban los romanos acaso las leyes? Por supuesto que sí, pero que mientras que los griegos fundamentaban el cambio legal o el incumplimiento de las leyes en la justicia y persuadían (no siempre de manera limpia y lícita) a sus conciudadanos; en Roma las trampas legales se basaban en la propia ley, en interpretaciones retorcidas y en lagunas legales.

Una vez expuestas de manera somera y nada documentada las tradiciones políticas de unos y otros, ¿acaso la izquierda española no recuerda a la tradición griega en cuanto a continuas apelaciones a la justicia y derechos no positivados, continuas florituras en los discursos apelando a esa misma justicia y a la bondad, y con una tendencia a la asamblea? Y por otra parte, ¿no recurre de manera casi automática la derecha española a la ley y todo argumento político se basa en disposiciones legales que dicen tal o cual?

Por todo lo expresado es por lo que considero que la izquierda española, en materia política, bebe de la tradición griega mientras que la derecha lo hace de la romana. Vaya por delante que no hay opinión axiológica en lo escrito sino una mera observación continuada de actuaciones de unos y otros además de la comparativa con las tradiciones clásicas. Ya que cada cual opine lo que quiera.

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02 agosto 2014

De Románticos y Cínicos

Así es la vida: hay quien se abstrae de ella con esperanza y hay quien lo hace con decepción
Fabrizio Mejía Madrid

Reducir la personalidad de las personas a una etiqueta en la que se resuman su cualidades personales es una simplificación lo suficientemente palpable como para no ser tenida en cuenta como patrón científico o dogma de fe. No obstante, no deja de ser menos cierto que existen ciertos modelos de personalidad, ciertos elementos comunes entre personas que permiten construir una suerte de estereotipo que más o menos abarquen los principales rasgos de una persona. Estos roles, modelos o estereotipos se observan con mayor nitidez en el arte. Piénsese, por ejemplo, en la literatura y en las figuras que representan determinados personajes en determinados géneros, siendo, además, la existencia de estos tipos de personajes lo que en la mayoría de ocasiones determina el género en sí.

En concreto, hoy traigo aquí para analizar dos prototipos de personalidades que, aunque toda la entrada esté escrito en masculino genérico, no deja de ser aplicable de la misma manera al sexo femenino. La primera de ellas es el romántico. Éste basa la mayor parte de su acción vital en la inspiración que le proporcionan determinadas ideas. Ideas sobre conceptos abstractos en su mayoría, de cómo deben ser las cosas, de cuáles son los principios que han de regir los comportamientos humanos para hacer de este mundo un lugar mejor. El romántico es un ser ético y moral, una persona que rige la vida a partir de unas normas y unos códigos de honor y conducta. No es tan importante el resultado sino el cómo se lleva a cabo, cómo se transita el camino, como se deja un rastro inmaculado allá por donde se pisa.

Es también bastante común que el romántico sea un altruista: dedique sus esfuerzos para el bien de los demás y que sea este bien de los demás el que fundamente el suyo propio. Un romántico es capaz de sacrificar su propia felicidad por la de los demás, ya que entiende que esos demás es una causa más grande que uno mismo. Un romántico es un pintor de causas, un arquitecto de edificios de ideas y conceptos que sabe minimizarse a sí mismo con tal de que la obra sobreviva y sobrepase a sí mismo. El romántico cree en la utopía. Cree que todo es posible con el suficiente esfuerzo. Cree en el cambio de las cosas, en la mejora, en el progreso. Mira hacia delante siempre.

El cínico, por su parte, no cree en nada más que en sí mismo. Él es dueño y señor de propia vida. Nada rige por encima de su soberana voluntad, sin importarle las consecuencias. Su satisfacción es el control de sí mismo, de su emocionalidad, que siempre ha de aparentar ser nula, y de su voluntad. La sensibilidad no es sino una muestra de debilidad.

El cínico no siente ni padece. Es un tipo duro. No reconoce autoridad y no le teme a las consecuencias de nada. Todo da absolutamente igual. Bebe porque quiere, por disfrutar el momento, por crear una realidad que durará como mucho hasta la resaca del día siguiente. Tiene un aire resuelto y no hace planes para más de una hora. Vive al día. Vive al momento. No le importa donde pasará la noche ni donde comerá, ni si comerá incluso.

El cínico quiere vivir el momento y demostrarse a sí mismo que absolutamente nada merece la pena. Que todo es una farsa. Que toda idea más allá de beberse una copa o echar un polvo no es más que un idealismo, que ni da de comer ni proporciona placer, y, por tanto, no merece la pena mover ni un ápice por ella. Lo que importa es lo que se toca, lo que se siente ahora, no a través de fraudes envueltos en gratificaciones diferidas, en supuestas sensaciones de bienestar futuro. Pensar no da de comer ni aporta absolutamente nada.

Este personaje, cree que todo sistema no es más que una jaula que, al final, beneficiará a un determinado grupo de individuos. Siempre hay una intencionalidad oscura detrás de cada buena obra. Al cínico no le importa si el mundo cambia o sigue igual. Sabe que no puede cambiarlo y considera que intentarlo si quiera es un acto de ingenuidad.

Habiendo visto estos dos perfiles tan sumamente opuestos puede parecer paradójico que, en la mayoría de los casos, cuando uno rasca un poco dentro del corazón los cínicos, se da cuenta de que éstos no son más que unos románticos frustrados. Románticos que han sufrido la decepción de sus ideas a través de la realidad. Personas que han creído tanto en sus ideas y en su concepción perfecta del mundo que al chocar con realidad se han visto tan sumamente frustrados que no pueden soportar el dolor y deciden huir, deciden que a partir de ese momento ninguna gran obra o idea puede merecer más la pena que el presente, el ahora o el yo. Todo cínico ha sufrido una gran desilusión. Lo que se esconde detrás de los cínicos, como bien apuntó una vez un buen amigo mío, es la desesperanza, y es esa desesperanza, fruto muchas veces de la frustración, la que lo hace seguir las pautas cínicas y aferrarse a lo material, al ahora porque se les hace imposible tener fe en ningún futuro posible. El futuro les duele todavía.

Sin embargo, no parece que el cinismo sea para siempre ya que se basa en la voluntad de no creer. Es harto probable que en cuanto aparezca un atisbo de esperanza, el cínico abrace poco a poco, suavizando la voluntad de no creer en nada, y nunca exento de recelo, hasta, sin darse cuenta, volver donde solía y volver a mirar al futuro como un lugar donde se puede estar mejor.

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