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01 octubre 2012

Volver a Empezar

La historia es un incesante volver a empezar. Tucídides

Es probable, no lo he mirado, que todos los comienzo de curso empiece el blog con una propuesta de darle más continuidad, de actualizarlo más a menudo. Debe de haber en el cerebro algún mecanismo psicológico que haga que los día 1, en concreto los 1 de grandes ciclos (comienzo de curso, comienzo de año), a uno le venga el impulso de darse una nueva oportunidad, de comenzar de nuevo, de poder enmendar lo errado.

Y menos mal que es así, menos mal que los años son periódicos y de esta manera podamos volver a empezar, podamos volver a renovar nuestros ánimos y nuestras voluntades para poder superarnos un poco más. El hecho de volver a empezar le da a uno de nuevo esa oportunidad de superarse a sí mismo, de poder decir “este año sí que sí”. Y, aunque es probable que este año pase lo que el anterior, el hecho es que tenemos (al menos psicológicamente así nos lo parece) una nueva oportunidad. Siempre hay cierto encanto en algo que empieza.

¿Qué pasaría si los años fueran lineales, si no se volviera a volver? Tal vez, si el tiempo no fuera periódico, nos costaría encontrar el día de darnos otra oportunidad, el día de empezar, el día primero. Y es que los número tienen algo de psicológico, y los propósitos se hacen en año nuevo. ¿O alguien se propone empezar a partir de un día 18 de algún mes?

Espero en esta temporada del blog (la séptima ya) poder escribir más a menudo y retomar el aire de las antiguas reflexiones.

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17 agosto 2011

La Propiedad

Cuanto más posee el hombre, menos se posee a sí mismo.
Arturo Graf

Uno de los principales pilares sobre los que se asiente el sistema liberal burgués es el derecho a la propiedad privada. De la misma manera, la corriente opuesta a éste, el marxismo (al menos en su versión primitiva), considera que la propiedad privada ha de suprimirse: todo ha de pertenecer al Estado en pro de la igualdad entre los ciudadanos.

Desde luego, el mundo en el que vivimos hoy es impensable sin la propiedad, sin la posesión de cosas. La propiedad ha sido objeto de reflexión continua a lo largo de la historia. Véase, por ejemplo, el voto de pobreza en las órdenes religiosas cristianas, que no es más que el desprendimiento del mundo material, la renuncia a la posesión, ya que son las cosas, la posesión, la ambición, la que de alguna manera nos alejan del mundo espiritual.

En cierta manera algo parecido está sucediendo en la actualidad, en este sistema social y económico en el que el beneficio a toda costa es el principal objetivo de las organizaciones, principalmente en las sociedades mercantiles. El deseo exhacerbado de poseer (esto son, la ambición y la codicia) deja de un lado la parte más humada y solidaria de los seres humanos y de las agrupaciones de los mismos.

El hecho de poseer lleva implícito el poseo de poseer más cuando, por un lado, no se acompaña esta posesión con unos valores humanos, y por otro, cuando el ser humano se vuelve en exceso individualista, egoísta.

Por otro lado, se ha comprobado también como la supresión de propiedad privada, la supresión de una recompensa individual material provoca la desbandada de la motivación, y con ello, del proyecto vital de la persona. La necesidad de ir mejorando, de ir superándose, de progresar, es necesaria para el hombre: el saber que uno permanecerá en el mismo estado actúe como actúe hace que para que el individuo rinda le sea necesario una fuerza moral considerable. Este progreso o evolución se satisface de una manera relativamente sencilla a través de la propiedad, en la búsqueda de aumentar el patrimonio.

La solidaridad es un valor humano, adquirido, no innato. El ser humano tiende a su propia supervivencia, al egoísmo. Si olvidamos o relativizamos los valores humanos el hombre se vuelve un lobo para el hombre, y si le negamos su naturaleza, lo destruimos. Por ello, para poder hacer posible una optimización del hombre y de la sociedad es necesario, una vez más, acudir al equilibrio aristotélico del punto medio.

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28 mayo 2011

Voluntad y Motivación

Voluntad firme no es lo mismo que voluntad enérgica y mucho menos que voluntad impetuosa.
Jaime Luciano Balmes

¿Cuántos planes habremos hecho a lo largo de nuestra vida? Y de todos ellos, ¿cuántos hemos llevado a cabo? ¿Cuántos han fracasado? Y estos que fracasan, ¿lo hacen por ser en exceso ambiciosos? ¿O por ser nimiedades que no merecen la pena? ¿Cuántas veces habremos rehecho nuestra agenda de vida? ¿Cuántas veces habremos deseado y cuántas más habremos abandonado?

La vida de una persona puede describirse y conocerse a través de sus anhelos y renuncias. Todo hombre ha sentido la necesidad de reorientar una vida para finalmente trazarla de la misma manera. Pasa un poco como con el sistema político: cada cuatro años nos proponemos cambiar el país para volver a ser los mismos miserables, o si se puede, un poco más.

Cambiarnos a nosotros mismos es harto difícil. No siempre depende de nuestra exclusiva voluntad, aunque sin ella, queda el propósito relegado a la utopía. La motivación es fundamental en cualquier cambio: querer ese cambio, desearlo, palparlo casi antes de alcanzarlo. Querer con firmeza nos mueve al cambio, nos lleva a él. Pero pasa con la motivación como con el deporte: de nada sirve el esfuerzo excesivo un día sino para obtener agujetas. La motivación ha de persistir en el tiempo, ha de prolongarse durante nuestro empeño, ya que, gracias a ella, el trabajo y el esfuerzo puede convertirse casi en un placer. Querer algo, y mantenerlo, es la clave del éxito de nuestros proyectos.

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