27 abril 2016

La responsabilidad del que elabora las normas

Las leyes inútiles debilitan a las necesarias.
Montesquieu

Parece claro que cuando uno infringe una norma (del tipo que sea: moral, legal, etc.) la responsabilidad recae sobre el transgresor, máxime cuando estaba avisado de esa norma. Si una sabe que no puede pasar un semáforo en rojo y lo hace, sabe que se expone a una sanción por parte de la autoridad competente, que suele ser quien elabora las normas o un agente del mismo.


Por otro lado, el hecho de la existencia de normas viene justificado por la necesidad de organizar y dar consistencia a un sistema u organización (estado, empresa, familia, asociación, etc.) y aquéllas se hacen obligatorias, precisamente, bajo la legitimidad de que es necesario que el sistema funcione.

Así, podríamos inferir que el transgresor de una norma está, en cierta manera, alterando el buen funcionamiento de la organización, perturbando su orden y, probablemente, haciendo del sistema en cuestión un ente menos eficiente y/o eficaz. Todo esto parece más o menos claro. Pero, ¿qué ocurre cuándo son las normas las que hacen ineficiente el sistema? ¿Qué sucede cuando el sistema está mal diseñado y es la propia configuración del sistema la que penaliza al propio sistema?

Podríamos recurrir a la responsabilidad individual de aquél que ha sido encargado de elaborar las normas y exigirle la responsabilidad por un mal diseño o configuración. El problema estribaría aquí en la carga de la prueba: cómo probar que un sistema es ineficiente por su mala configuración.

Sin embargo, esta responsabilidad individual no es depurable con este método porque normalmente quien elabora las normas las elabora como consecuencia de un poder anterior (económico, militar, carismático, etc.) y no como consecuencia de una legitimidad o una decisión racional. Tal vez en los estados democráticos exista más proporción de esta legitimidad, aunque no sea del todo plena en muchas ocasiones (ver teorías pluralistas del poder). Es por esto que en muchas ocasiones el creador de normas queda impune (irresponsable), por ser las normas una consecuencia del poder más que una fuente de poder en sí mismas.

Puede ser interesante reflexionar sobre cómo podría distinguirse las veces en que los resultados son malos por una mala ejecución del operador y cuando lo son por un mal acondicionamiento del sistema. Esto, quizás, para otra entrada.

Leer más

15 abril 2016

El Mercenario Laboral y la Lealtad a la Empresa

Es difícil dar una definición de la lealtad, pero quizás nos acercaremos a ella si la llamamos el sentimiento que nos guía en presencia de una obligación no definida.
Gilbert Keith Chesterton

Muchas de mis reflexiones en este blog vienen auspiciadas por lecturas de cosas que, normalmente, tampoco guardan una relación directa con lo que escribo, pero es suficiente para sembrar una semilla que dé como fruto una recensión sobre algo homólogo (en el sentido más etimológico de la palabra). Es el caso de lo que viene a continuación.


Leyendo sobre las guerras entre Roma y Cartago reparo en la figura del mercenario, sobre todo en relación con el soldado nativo de las ciudades en pugna en esa guerra. El mercenario no conoce más allá del dinero, y su implicación en la guerra es tan sólo a cambio de un beneficio económico claro. El otro, por su parte, además del codicioso objetivo del saqueo de la guerra, mantiene en su fuero interno una especie de lealtad con su patria: se siente parte de esa patria y la victoria y la derrota es algo más que dinero.

El gran logro del nacionalismo, posiblemente, fue el conseguir el alistamiento voluntario de soldados en las levas, la inclusión de la ideología de la nación en las mentes de los pobladores de las mismas. El nacionalismo les dió sentido de trascendencia a los ciudadanos (o súbditos) de las diferentes naciones (sentido de la trascendencia sobre el que espero volver en alguna entrada próxima).

¿No es fascinante cómo el sentido de pertenencia a algo superior puede hacer que el rendimiento del sujeto en cuestión se multiplique?

Mi corta experiencia (más como observador que como sujeto) en el mundo laboral me hace ver que la rotación del trabajador es alta, y que los cambios de éstos son motivados en su mayoría por el dinero. Básicamente, el trabajador de hoy es el mercenario de ayer, sobre todo en ámbitos laborales en los que hay una gran oferta de trabajo.

Tal vez lo que vaya a decir vaya un poco contra mis propios intereses como trabajador, pero me es inevitable hacer la reflexión ¿No podría ser una buena estrategia de recursos humanos fomentar el sentimiento de permanencia de los trabajadores a las empresas? ¿No podrían aumentar la rentabilidad de estos, su eficiencia, y por qué no, su felicidad?

Es cierto que hay una especie de tendencia hacia modelos más “humanos” dentro de las empresas, pero creo que aún estamos muy lejos de sentir a la empresa parte de nosotros mismos, al menos, no con la intensidad de la familia, la nación o incluso el equipo de fútbol o el partido político.

Leer más

10 abril 2016

Al Valiente Cotidiano

Valiente es aquel que no toma nota de su miedo.
George S. Patton

La valentía es una de las virtudes más admirables del ser humano. Supone una lucha contra lo que nos asusta, contra aquello que nos bloquea e impide, en cierta manera, ser como queremos ser. La valentía es, en el fondo, una guerra incesante contra nosotros mismos.

No hay una expresión única de la valentía. El ser valiente se puede manifestar de varias maneras: la superación de fobias naturales (como el miedo a la oscuridad), el hacer algo por primera vez o, incluso (y quizás sea esta la forma más sutil de valentía) una reacción contra el sistema en pro de unas creencias personas firmes y determinadas.

Todo el mundo, sentado en el sofá de su casa o en el bar con los amigos, se ve a sí mismo muy capaz. Se imagina reaccionando de una determinada manera ante situaciones a priori adversas. En todas estas situaciones, uno se visualiza actuando bajo los dictados de la razón y la justicia. Lo cierto, sin embargo, es que cuando es uno el que tiene en frente esa situación, sus reacciones son menos racionales y conscientes y la respuesta se deja llevar más por las circunstancias y por el miedo.

A todos nos ha pasado alguna vez, estoy seguro. Todos hemos tenido muy claro cómo se ha de reaccionar ante una situación que exige de nosotros mismos sacar el pundonor y la valentía. Situación que, imaginándola desde la tranquilidad y seguridad del entorno conocido, jurábamos lidiar “como tiene que ser”.

La diferencia reside en que, cuando nos toca a nosotros llevar a cabo la acción en sí, el miedo aparece. Y, aunque a veces se mitigue, rara es la vez que desaparece del todo y nos permite actuar plenamente en conciencia. Es por ello que resulta harto complicado ser valiente, porque sólo cuando andamos al borde del precipicio somos conscientes de la altura del mismo. O, como diría el refranero español, los toros siempre se ven mejor desde la barrera.

El análisis de las causas del miedo, los elementos de mitigación del mismo y el estudio de las reacciones darían para un ensayo (y queda aquí anotado para el futuro), pero lo que pretendo resaltar hoy aquí es poner de manifiesto el coraje y la virtud que tienen aquellos que se atreven a ser ellos mismos y que arriesgan comodidad por autenticidad de vida y actuar según sus propios principios, sin importar el coste, que a veces puede resultar muy alto.

El resto, los que no siempre somos lo suficientemente valientes, tenemos dos opciones. Por un lado podemos, desde el confort de la barrera, autoengañarnos (probablemente movidos por la envidia insana) y fingir que cualquiera en su situación hubiera actuado igual. O, por otro lado, podemos ser conscientes del mérito que tienen esas personas. Así deberíamos reconocer y admirar, públicamente y sin pudor, la labor y el coraje del héroe cotidiano.

Leer más