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01 abril 2021

La rebeldía ya no es lo que era

“Lo sagrado: ahí está el enemigo.”
Pintada en Nanterre, en mayo del 68

La rebeldía ya no es lo que era. O al menos, esa es la impresión que tengo. Mis últimas lecturas me han devuelto a unas generaciones anteriores que se comparaban con las contemporáneas y creo distinguir elementos diferentes en las proclamas de la juventud, que suele abanderar las causas de la rebeldía.

La generación de mis padres y las inmediatamente anteriores también fueron rebeldes en su época. No sólo en el contexto español, donde la dictadura hacía de diana para cualquier instinto subversivo, sino incluso en el contexto europeo. Pensemos en el mayo del 68 y el conjunto de revueltas estudiantiles que acontecieron en Europa sobre esos años. Los grafitis en la Sorbona y en otros puntos de la geografía urbana parecían tener una aspiración clara: la libertad, la libertad de poder elegir modos de vidas alternativos al occidental tradicional, la libertad de no seguir unas normas concretas (con especial mención a las sexuales), de poder cada cual dirimir las suyas. Eliminar, en definitiva, ciertas sacralizaciones de la época que ejercen de corsé. Secularizarlo lo máximo posible, esto es, abolir tabúes, derribar dogmas y exiliar los “porque sí” heredados de otras épocas.

El punto de mira, sin embargo, ha cambiado. Hoy los jóvenes no lanzan proclamas en pos de la libertad del individuo ni de su emancipación, hoy los mensajes (su mayoría en redes sociales) de los que se autoconciben como revolucionarios versan sobre cómo ha de comportarse el buen ciudadano. Miles de mensajes didácticos sobre cómo ha de ser la conducta del “buen ciudadano” y cómo cuidar el medio ambiente o cómo tienes que hacer si quieres ser, en definitiva, buena persona. Las redes están inundadas hoy de moralinas que pretenden encorsetar en un concepto concreto de bien y que pretenden postergar y señalar a todo el que no comulgue con los nuevos dogmas.

Hoy los rebeldes señalan a los nuevos herejes que viven sus vidas de otra manera (incluida la sexual). Hoy la rebeldía consiste en seguir una guía de “buen ciudadano” o, mejor dicho, de “ciudadano bueno”. La libertad y la emancipación hoy no forman parte de los objetivos de la rebeldía. Como decía, la rebeldía, hoy, ya no es lo que era.

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04 febrero 2018

Profesiones Estéticas

La belleza es muy superior al genio. No necesita explicación.
Oscar Wilde

Alguna de las polémicas recientes y ciertos debates con amigos por las redes sociales me han incitado a llevar a cabo esta reflexión. La cuestión a debatir, según he entendido yo de los argumentos y consignas esgrimidos, es la no pertinencia de que haya ciertos oficios que estén basados en la belleza (imagen) de los sujetos que la desempeñan.

A mí parecer, esta no aceptación de la estética o la belleza como criterio de discriminación viene confundido por ciertas ideologías feministas que asumen (implícitamente) que la única virtud posible para la mujer sea su estética. No negaré que no haya sido así en ciertas épocas de la historia donde la mujer estaba apartada de todo protagonismo social, pero creo que en la España del siglo XXI una mujer tiene muchas salidas y capacidad de actuación social fuera de su imagen, y precisamente por eso, no entiendo los ataques que refieren a estas profesiones (como azafata o modelo) siempre que esta profesión haya sido y se ejerza sin coacción alguna. Profesiones que en algunos casos además están mucho mejor pagadas que la inmensa mayoría.

¿Por qué habría entonces de no contemplarse la estética como una variable? ¿Por ser innata? ¿Pero es que acaso las capacidades intelectuales no lo son? ¿O la condición física para los deportistas? Se podrá argumentar que tanto lo intelectual como lo físico se trabaja, se entrena, se perfecciona y moldea. ¿Acaso la estética no tiene también, como la condición física o la capacidad intelectual, su trabajo y servidumbres? ¿Tendría sentido, por ejemplo, prohibir el baloncesto profesional porque las personas más altas tienen más probabilidad de triunfar?
Hay, creo, también otro porque las profesiones relacionadas con la imagen no son vistas con buenos ojos: su relación con el poder y el prestigio social. Todas las sociedades tienen una serie de cánones (de prestigio social, profesiones que son mejores valoradas que otras; económico; ideológico/moral, etc.) y uno de ellos también es el estético. Estas profesiones criticadas no representan sino la élite de este canon, lo que implica un reconocimiento latente de que en la dimensión estética son lo mejor de una sociedad, con la repercusión de estatus y prestigio que ello supone. Por ejemplo, un/a modelo y dependiendo de en qué agencia (pensemos en Victoria's Secret, por ejemplo) tiene mucho estatus social inherente: supone ser la élite del mundo estético y, nos guste o no, supone un reconocimiento por parte de los demás, igual que ser jugador del Real Madrid o el Barcelona lo provoca.

¿Quién, a priori y sobre todo a determinadas edades, no quería ser jugador profesional de fútbol? ¿Por qué entonces no es lícito querer ser modelo en lugar de trabajar en un supermercado, por ejemplo? Se podría argumentar contra esto que ser un profesional del fútbol, además de sus connotaciones sociales y económicas evidentes, tiene también la satisfacción de "hacer lo que te gusta". ¿Es que el pose no es algo voluntario también? ¿Qué es si no una buena parte del contenido de Instagram? ¿Quién obliga a nadie a subir una foto de sí mismo intentando exprimir toda la estética/belleza que se pueda? ¿No estarían acaso encantados quienes publican de manera voluntaria y libre fotos de sí mismo, que además persiguen la obtención de cuantos seguidores sea posible, que se les diera un salario y unas condiciones laborables homólogas a las de un contrato laboral? ¿No será entonces que la crítica a determinadas profesiones no es una posición mezquina fundamentada más en una subjetividad (envidia, por ejemplo) que en una razón objetiva?

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19 diciembre 2017

Absolutos, Relativos y Convenciones

Sólo hay una máxima absoluta y es que no hay nada absoluto.
Auguste Comte

Uno de los peligros a los que se enfrenta la libertad de pensamiento en los tiempos actuales es el exagerado “derecho a la ofensa” que los individuos posmodernos se arrogan: toda persona se considera hoy en día en la potestad de expresar ofensa ante alguna opinión o expresión, cuando en muchas de las ocasiones lo que subyace no es sino simple desacuerdo. Es este un peligro a mi entender en el sentido de que limita y coarta ciertas exploraciones del pensamiento alejadas de la aceptación dominante, la cual a veces también se esconde bajo el eufemismo de “lo políticamente correcto”.

Sin ser defensor, vaya esto por delante, de que toda opinión es igual de válida y todo se puede expresar libremente, observo cierta tendencia a la relativización creciente del mundo: al depender todo de mi exclusivo entendimiento (o mis sentimientos, los cuales son susceptibles de ofensa), tengo la potestad de desmontar ideas no bajo el prisma común de la razón sino con el egoísta del sentimentalismo.

Todo esto acaba con el debate. Supone un veto permanente, una no necesidad de explicar nada, de convencer. Rápidamente apelo a mis sentimientos y al ser estos individuales e intransferibles, nada puede hacerse al respecto. El riesgo del relativismo es el mismo que el del abstracto: cabe todo.

Un debate tradicional ha sido el de lo absoluto contra lo relativo. ¿Existen los absolutos? ¿Es todo relativo? El debate es probablemente inagotable. Lo que pretendo en estas líneas es simplemente dar un par de brochazos al respecto del tema, que en el fondo no es sino el problema de la convivencia humana y sus conductas sociales.

Que todo sea relativo, como ya denunció algún filósofo, es una paradoja en sí misma: la formulación de este axioma básico y “absoluto” hace que, precisamente, no todo sea relativo, ya que este propio axioma no lo sería. Aun así, más allá de los juegos de lógica y las palabras, la relatividad llevada al extremo parece no ser una solución por, entre otros muchos argumentos, lo dicho al comienzo de esta entrada.

¿Existe entonces lo absoluto? ¿Hay algo que haya perdurado a lo largo del tiempo? Tal vez aquí lo absoluto pueda confundirse con la idea de Dios para algunos, aunque si exploramos un poco la Historia, rápido caeremos en la cuenta de que hasta esta idea de Dios ha sido mutada a lo largo del tiempo.

Parece por tanto definir la existencia de lo absoluto, si bien es cierto que hay problemas, conductas y dilemas que se repiten a lo largo de los siglos de una manera casi idéntica, aunque bien distintas han sido sus soluciones. No se trata tampoco de que cada individuo se dicte sus propias normas para la relación social (relativismo) sino de trazar normas que son distintas (y por tanto no absolutas) según en el momento del espacio y del tiempo que nos encontremos.

¿No es acaso lo que se llama absoluto, entonces, algo meramente convencional? ¿No se han regido las distintas sociedades por distintas normas? ¿No se han resuelto los problemas vitales y terrenales de maneras diferentes en función de una época y geografía? Y si es así, ¿quién determina las convenciones? ¿cómo se imponen? ¿cómo se cambian? ¿cómo se explicitan? ¿cómo se sancionan? ¿el legítimo que las convenciones aplasten al individuo? Todo estos son problemas viejos que dejamos para otras entradas.

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11 mayo 2017

El Humano Sentimiento de Pertenencia

Ese sentimiento de pertenencia a algún lugar me parece que es una cosa natural del hombre
José Mújica 

El ser humano tiene una serie de caracteres inherentes que no puede obviar. Algunas de estos están estrechamente relacionado con lo físico, como las del comer o beber, pero otras de ellas son de carácter espiritual o psicológico, como puede ser el sentimiento de trascendencia o la imagen de sí mismo.

La necesidad de pertenencia es uno esos caracteres espirituales (no físicos). Lo que el hombre experimenta a través de la pertenencia genera atracción. Casi drogodependencia. Uno se siente abrigado, respetado, partícipe; y aleja de nosotros la soledad, esa fatal sensación. La pertenencia navega por dos vertientes: por un lado, que los problemas que aquejan o sufre un individuo no son tan problemas si los comparte, si los “comuniza”, porque de una manera u otra se diluye el pesar y la responsabilidad; de otro lado, las alegrías se multiplican si son en colectivo, como si la suma sentimientos de cada uno de los individuos todo un grupo fuera experimentado por cada uno de sus miembros.

Pertenecer es en cierta manera trascender: abandonar el individuo en pro de algo superior. Es rellenar los vacíos de la existencia con otros individuos. La pertenencia concede parte del sentido vital del individuo y en ese no saberse solos se vuelcan muchas esperanzas, anhelos y energías, a la vez que se reciben de éste. La pertenencia, siempre que esta sea sana, hace más liviana la vida y conduce al individuo a través de ella.

La pertenencia otorga identidad. Más allá de una definición objetiva según a qué se pertenezca, nos transforma en cierta manera: nos nutre de quienes nos rodeamos, al igual que el grupo se nutre de sus individuos. Pertenecer nos define. Cada pertenencia nos transmite inconscientemente valores, forma de ser, comportamientos, lenguajes y actitudes.

Aristóteles lo advirtió cuando describió al hombre como un ser social. ¿Puede acaso alguien sentir plenitud en la soledad del individuo? No significa que toda pertenencia sea plena, pero sí que la plenitud necesita que exista cierto grado de pertenencia a uno o varios grupos. O, al menos, que el individuo así lo sienta, se sienta partícipe, porque no debemos olvidar que el sentimiento de pertenencia no deja de ser algo intangible casi completamente subjetivo.

Es por todo lo descrito que no sorprenden los fenómenos como el nacionalismo o las sectas, capaces de canalizar y explotar de manera considerable este sentimiento. Puede comprobarse con los ejemplos citados que no todo son virtudes en los grupos. Muchos de ellos son capaces de extinguir al individuo. Aunque esa reflexión lo dejaremos ya para otra entrada.

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15 marzo 2016

Uno mismo, ese gran olvidado

Si nos bastase ser felices, la cosa sería facilísima; pero nosotros queremos ser más felices que los demás, y esto es casi siempre imposible, porque creemos que los demás son bastante más felices de lo que son en realidad.
Montesquieu

Vivimos en la era de la comunicación. De la comunicación masiva y absoluta. Comunicamos hasta lo que no queríamos comunicar y producimos ciertas paradojas, como la de regalar nuestra intimidad tras años de lucha por mantenerla. No tenemos secretos. Vivimos para el gran escaparate del mundo que hoy no son los grandes almacenes, sino las redes sociales.


¿Por qué sentimos ese afán publicador? ¿Por qué hemos de aparentar que somos felices continuamente y que vivimos plenos y llenos? Tal vez, porque precisamente sintamos lo contrario. Como decía el refranero español: dime de qué presumes, y te diré de qué careces. Uno puede examinarse a sí mismo, y es posible que en las épocas de mayor paz interior son aquellas en las que no usaba (o usaba menos) las redes sociales.

Vivimos en una constante búsqueda de aprobación social. De “me gustas”. Y este proceso se ve alimentado por un suerte de envidia que nos carcome cuando vemos las aparentes felicidades ajenas: “todo el mundo de viaje y yo en mi casa viendo una película”.

No sabemos vivir con nosotros mismos. No nos soportamos muchas veces. Siempre deseamos estar en otra parte. Y eso nos genera una profunda insatisfacción. Constantemente creemos más felices a los demás que a nosotros, porque no ser feliz está socialmente sancionado. Los infelices (o no tan felices) son los leprosos de la posmodernidad.

Hay que vivir a tope. Hacia delante. Cada vez más, más intenso, aunque la mayoría de las veces no sepamos ni adónde vamos. Ni qué queremos. Ni por qué lo hacemos. Simplemente seguimos una inercia creada desde los medios de comunicación, la cultura y las élites de todos los sectores (económicas, ideológicas, sociales, etc.)

Quizás, de vez en cuando, deberíamos pararnos, pensarnos y tratar de encontrar quién es uno mismo.

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09 marzo 2016

Cuestiones sobre el ideal del éxito

El éxito es sólo la mitad de bonito cuando no hay nadie que nos envidie. 

Norman Mailer

¿Qué es realmente el éxito? ¿Por qué todos queremos dinero? ¿Por qué todos queremos el reconocimiento social, especialmente de los anónimos? ¿Por qué queremos llegar lejos? ¿Es todo esto una sed de gloria tan antigua como la de Aquiles en la Ilíada? ¿Es el éxito un producto más del sistema económico capitalista? ¿Es un fenómeno moderno? ¿Es una falta de identidad, de autoconocimiento?
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08 diciembre 2013

Lo Ciudadano y lo Social

El objetivo de la educación es la virtud y el deseo de convertirse en un buen ciudadano.
Platón

Ambos conceptos se antojan bastante similares. Hacen referencia, cuando se habla de movimientos sociales y/o ciudadanos, a movimientos que hunden sus raíces en personas que no ocupan un puesto en las instituciones y de la que se ha de presumir (o se pretende) espontaneidad, en el sentido en que nacen de la solidaridad y/o la conciencia de dichas personas, que no son arrastradas por élites o líderes. Son, en definitiva, movimientos horizontales.


No obstante, a mí se me antojan algunas diferencias entre ambos términos. Cuando se denota que algo es social, se hace más hincapié en la solidaridad que en la espontaneidad. Existen políticas sociales, y éstas, en su mayoría, están encaminadas a socorrer o auxiliar a personas (parte de nuestra sociedad, y de ahí nace la obligación moral) que precisan de dicha ayuda. Así, en cierta manera, lo social se me antoja a mí más sentimental, pudiendo ser incluso movida o llevado a cabo por algún tipo de liderazgo, e incluso pudiendo ser una moda o un movimiento de masa.

Por otro lado, cuando se hace referencia a ciudadanía, parece que el elemento principal del término es el individuo, su razón y su capacidad crítica, amén de su libertad. A través de su individualidad, esta persona puede (y así ocurre muchas veces) asociarse con otras en pro de acciones solidarias y de búsqueda del bienestar de sus conciudadanos y vecinos, pero la determinación de realizar tal o cual cosa viene de una reflexión crítica, de una libertad de conciencia y de acción que tiene como conclusión el llevar a cabo las proclamas o actividades que sean.

Además, el concepto ciudadano parece quedar claramente desvinculado al poder organizado y establecido, ya sea militar o político, haciendo referencia o aludiendo a una suerte de persona media, con sus propios intereses, criterios y preferencias.

Lo social, por su parte, puede ser impuesto (aunque cabría la cuestión metafísica o conceptual de si la solidaridad puede ser impuesta) como se demostró en regímenes fascistas o comunistas. Sin embargo, la ciudadanía nunca. Ya que, aunque se consagren formalmente derechos de ciudadanía, sin una educación y cultura apropiadas, una persona no podrá alcanzar el estatus de ciudadano, en cuanto que su libertad será incompleta. Serán la educación y la cultura, además, la que proporcionarán en el ciudadano, de manera espontánea, el instinto social, la necesidad de formar parte y construir una sociedad justa.

Esto son simplemente reflexiones acerca de dos conceptos muy de moda. Y podemos preguntarnos: ¿cabe lo social sin ciudadanía? ¿Sería plenamente social? ¿Es preferible lo social por parte de la ciudadanía o, por el contrario, del Estado u otros poderes organizados? Estas cuestiones las dejaremos, en todo caso, para otra entrada.

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01 octubre 2013

El Manantial (II)

Esta entrada es la continuación de esta otra

El director del periódico “The Banner” (Gail Wynand) representa en la película al hombre común de buenas intenciones que para lograr el éxito ha sacrificado sus convicciones. Sacrificio que, por otra parte, como persona también íntegra, no se perdona y espera la redención que sólo le será posible a través del arquitecto Hoark, donde ve plasmado lo que él querría ser o haber sido. Sin embargo, y pese a su nuevo juramento personal de mantenerse íntegro en sus convicciones, transige una vez más por las presiones de las masas y su consejo de dirección, acabando firmando un ediotiral en contra de su amigo Hoark. Cuestión que no se perdona y, en su función de hombre de honor, lo conduce al suicidio.

 El personaje de Wynand representa o puede representar esa persona recta de intenciones que se abrumado y arrastrado por una opinión general en contra. Un poco el reflejo de lo que ocurre con frecuencia en las vidas cotidianas, quedando en un segundo escalón con respecto al semidiós Hoark, campeón de la integridad moral.

Por su parte, Ellsworth Monkton Toohey, el crítico de arquitectura del periódico de Wynand representa a ese hombre astuto que sabe manejar a las masas para, con ayuda de ellas, llegar al poder que tal y como confiesa a lo largo de la película, es su máxima aspiración. Suyas son afirmaciones del tipo que todo producto del hombre ha de estar a disposición de la sociedad de forma gratuita y altruista. Detesta a los genios porque son incorruptibles y funda su rencor en su propia mediocridad. Recuerda en cierta manera al reprimido del que habla Nietzsche en algunas de sus obras en el sentido de la ausencia de nobleza en sus actitudes, en su constante conspiración y en la transfiguración de valores como el altruismo o la igualdad para solapar el egoísmo y ansia de poder reales del propio personaje.

Es la contraposición de este personaje con Hoark lo que establece la cuestión principal de la película: ¿debe el individuo ajustarse en su configuración personal a las apetencias o caprichos de las masas?

Se mantiene también en la película, en boca de Toohey, que para controlar a la sociedad es necesario negar la personalidad y la autoestima del individuo, negándole su alma y espíritu, convirtiéndolo en un mero autómata al servicio de una sociedad que estará en todo caso controlada por unos pocos (en este caso, Toohey es el que crea la opinión pública y lidera a las masas). Hay, por otra parte, que tener en cuenta la época de la película (plena guerra fría y choque de los dos bloques capitalista y comunista) para poder matizar, como espectadores, el papel de Toohey, que en algunos momentos de la película puede confundirse con el mismo diablo.

Por último, en esta relación de personajes característicos de la película, hemos de encontrar a Peter Keating, al que podríamos describir como el mercenario o parásito: aquella persona que está dispuesta a vender su alma al demonio (como en efecto hace al anular su compromiso con Dominique Francon por la concesión de un edificio) por el éxito profesional. Nunca ha sido creativo, pero ni le ha hecho falta ni le importa: ha sabido estar al servicio de otros intereses más altos y ha prestado ese servicio de forma eficiente, aunque su castigo será el de ser alguien patético y carente de toda dignidad y principios, alguien que no merece el más mínimo respeto (lo que podría ser otra de las moralejas de la película).

Keating es el medio que utiliza Toohey para sus fines, es el eslabón intermedio entre masa y gobernante, es la herramienta necesaria para el triunfo del comunitarismo: un técnico o artistas al servicio de la sociedad (realmente, al servicio de los intereses de Toohey).

Este es el breve análisis de una película que genera incesantes debates. La caracterización y explicación de los personajes es una cuestión meramente personal y son muchas otras las cuestiones que suscita, como el papel del arte en la sociedad o, en esa misma sociedad, la función que ha de desempeñar la prensa. Sobre el poder y su atractivo también podría dar pie a hablar la película. Pero eso ya será otro día.

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29 septiembre 2013

El Manantial (I)

El ego del hombre es el manantial del progreso humano
Ayn Rand

Varias advertencias he de hacer para con esta entrada. Lo que se va a plasmar aquí es la crítica de una película (no del libro) El Manantial por lo que, en primer lugar, he de anunciar que los personajes a tratar, así como la trama, son los de la película que desconozco si coinciden con más o menos exactitud con los del libro o no y, en segundo lugar, también he de prevenir de que es posible que el argumento de la obra quede destripado, por lo que será exclusivamente parte de su responsabilidad el proseguir leyendo estas líneas.

Para llevar a cabo esta especie de crítica o comentario de la película analizaré de uno en uno a los personajes. Entiendo que esto debe hacerse así porque cada cual representa un estereotipo, una postura rígida y clara, difícil de encontrar ninguna en la vida real (aunque no en el arte). A continuación, extraeré el pensamiento y/o planteamientos filosóficos que creo que se desprenden de la película.

Habría que comenzar en primer lugar por el protagonista: el arquitecto Howard Roark. Desde el primer momento se deja translucir en la película el carácter decidido y obstinado del mismo, sabedor (o creyente) de su valía, que entiende que sus ideas artísticas/arquitectónicas son superiores a las dominantes en el momento. Así empieza la película: siendo expulsado de la Facultad por no adecuarse a los cánones, por creerse superior al paradigma establecido y siendo, luego, apartado de los grandes trabajos por ser su estilo demasiado rompedor, demasiado diferente al gusto común y de las masas. Se repiten varias peticiones para que transija, para que se adecúe a la sociedad, para que respete lo que ya está establecido.

Pronto nuestro protagonista tendrá su primera tentación a su integridad: adecuar un edificio de estilo moderno y eminentemente personal a los cánones clásicos, con ciertos ajustes que sin duda corromperían el estilo de Roark. Decide, como hará a lo largo de toda la película, mantenerse íntegro en sus ideas (estilo) y afirma que prefiere ser un vulgar peón de obra a pervertirse intelectualmente.

Y así es como puede quedar identificado este personaje (con la ayuda de diversos diálogos y su alegato final): como defensor de que el individuo ha de ser íntegro y que sus ideas personales (en este caso, el estilo arquitectónico) han de ser inalienables, aunque la sociedad de su tiempo no los apruebe. El individuo, por tanto, en cuanto a su capacidad de expresión y creación ha de estar por encima de la sociedad, no puede verse afectado por ella. Sin duda, uno de los principios filosóficos básicos del liberalismo: el individuo y el conjunto de derechos inalienables a su persona.

En segundo lugar tenemos a la crítica de arquitectura Dominique Francon que muestra otra concepción de la libertad opuesta a la de Hoark. Ella, aunque su personaje evolucionará hasta unas posiciones más afines a las de Hoark, entiende la libertad como la ausencia de cadenas, sean estas del tipo económico, social o, incluso, emocional. Por ello aparece desprendiéndose de todo lo que ama (esa estatua europea de un dios griego) y continuamente renegando del amor o de cualquier otro tipo de dependencia del tipo que sea. No está dispuesta a ceder en su concepción de la libertad como ausencia de cadenas o dependencia y por ello, cuando encuentra algo que le gusta o alguien a quien ama, decide huir, para garantizar su propia integridad y libertad.

A lo largo de la película, y he aquí también uno de los mensajes de la misma, ella se da cuenta de que esa libertad no consigue en no depender o sentir afinidad por nada ni por nadie, sino en hacerlo por aquellas causas o personas con las que uno se siente identificado. Puede leerse aquí entre líneas una apología al derecho de asociación, pilar fundamental también del liberalismo: cada individuo es libre de asociarse con quien lo desea y se adepto a las causas que considere oportunas, pero siempre desde el consentimiento, desde su más profunda libertad, no desde la imposición por parte de una sociedad que en muchas ocasiones carece de criterio.

Se puede ver, entonces, una contraposición entre dos conceptos o dimensiones de la libertad: una positiva (la capacidad para elegir cómo uno quiere ser y con quién quiere relacionarse) y una negativa (la no dependencia de nada ni nadie). Y, en mi opinión, la película aboga por un entendimiento de la libertad en un sentido exclusivamente positivo.

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23 febrero 2013

¿Qué hay de la lealtad?

Hasta la supervivencia de una banda de ladrones necesita de la lealtad recíproca.
Antonio Genovesi

Los análisis sobre la situación actual son numerosos hoy. Hay quien le achaca falta de solidaridad al problema de nuestro tiempo. Los hay también quien estiman que es la falta de libertad individual la que ha ocasionado este crisis, ya no sólo política, sino moral y social. También podemos leer que es la mediocridad la que se ha apoderado de todos nosotros, e incluso, la perenne picaresca española.

Tal vez todos y ninguno de estos argumentos sean ciertos. No voy a entrar (hoy) ahí, sino que intetaré enfocar la sociedad española desde el punto de vista de la lealtad: ¿Somos leales los españoles? ¿Somos leales, uno, a nosotros mismos, y dos, a nuestra sociedad y nación?

Los españoles hemos desterrado por completo la lealtad a las instituciones, quizás porque ellas mismas han dejado de ser leales sí mismas como instituciones para empezar a ser útiles a las personas o partidos que las controlan. Las despreciamos sistemáticamente. Somos incapaces de sentir la más mínima empatía o respeta por aquellas que son “de los otros”. Miramos primero el carné y después a la entidad. Son buenas o malas según puros intereses, ya no ideológicos, sino partidistas y sectarios. Pero es que muchas veces no somos leales ni dentro de la secta, sino que anteponemos nuestro interés/beneficio personal al del grupo o conjunto.

¿Por qué sucede esto? Pueden ser muchas causas, e incluso un conjunto de ellas. Lo que a mí me parece claro es que esto sucede porque hemos perdido la grandeza como referencia, el futuro, el largo plazo; y nos desvivimos por el presente, por lo material, por lo físico. Hemos perdido la referencia de gran proyecto y de lo duradero, lo persistente; y ante lo instantáneo y volátil es difícil sentir ninguna lealtad.

La lealtad, el sentirse fiel a los principios de uno, el anteponer el fin más grande sobre el fin personal, está prácticamente desterrada de los valores deseables sociales. Y ante la ausencia de un gran proyecto común ante el que participar y el cual subscribir todo se complica, ya que son la cantidad ingente de micro-proyectos (uno por persona), los cuales suponen la lucha de cada cual por el bienestar individual e inmediato, es fácil comprender por qué no somos leales los unos con los otros: porque las cesiones, en muchas ocasiones, son vistas como derrotas más que como partes imprescindibles del gran puzle social.

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16 enero 2013

La Vida Contemplativa

El ser capaz de llenar el ocio de una manera inteligente es el último resultado de la civilización.
Bertrand Russell

Dicen algunos estudiosos del tema que una de las claves del florecimiento de la filosofía, la política y la ciencia en la Antigua Grecia es la cantidad y uso del tiempo libre del que disponían los ciudadanos, el cual les permitía dedicarse a la “vida contemplativa”, es decir, a preocuparse por aquellas cuestiones que trascienden más allá de la mera supervivencia.

Hoy en día señala muchas veces al tiempo libre (escndido tras los conceptos de productividad y competitividad) como causante del escaso desarrollo de los países, entendido, por supuesto, el desarrollo como un componente meramente material. Sin embargo, la Historia nos muestra ciertos ejemplos en que esto no ocurre así, como el mencionado sobre Grecia.

La creatividad, ese interés por crear y/o descubrir, y por ende y a gran escala el florecimiento de las artes y las ciencias de las naciones, viene auspiciada en gran medida por una serie de factores, de los que destacaré dos.

En primer lugar podemos hablar del hastío de la obligación. Aunque hay caracteres que son más propensos a seguir caminos trazados por otros, no es menos cierto que existen otros que prefieren construir el suyo propio. Más en estos segundos que en los primeros se da, en ocasiones, un rechazo natural a todo lo que vienen impuesto, lo que es obligado, incluso aunque esa obligación haya sido auto-impuesta. Ocurre en estas personas que pierden el incentivo, la motivación; o simplemente que pierden la capacidad de disponer del tiempo en el que hacer efectivo ese interés o apetencia, que impide su aplazamiento, y por tanto, sienten cierta presión sobre la actividad que mitiga su interés y despierta cierto sentido de rebelión. Es común el algunos estudiantes imaginar actividades alternativas posibles infinitas en periodo de exámenes que, habiendo podido ser desarrolladas durante el curso, no lo han sido, y afloran precisamente en este periodo.

Un segundo factor que acentúa la creatividad es la competitividad social o grupal. Dentro de un grupo con intereses afines (piénsese grupo de amigos, grupo en torno a una actividad artística o intelectual, etc.) se incrementa la creatividad en cuanto se entra en competición. Esta competición no ha de ser formal ni declarada. La competición tácita, provocada en ocasiones por la propia vanidad del individuo o por su necesidad de status, fomenta e incentiva la creación y el trabajo, viéndose aumentada en el hecho de que los miembros del grupo sean cercanos (conocidos).

Por otro lado, como ya he mencionado, que algunos señalan al exceso de tiempo libre como uno de los grandes problemas de la sociedad actual. Más bien parece lo contrario: el tiempo libre y el cómo lo empleemos va a ser una base fundamental del desarrollo del individuo. Si éste es capaz de enfocar su tiempo libre de manera satisfactoria podrá llegar a alcanzar una vida plena, pudiéndose incluso paliar contratiempos o desafecciones en facetas “obligatorias” como trabajo o familia, haciendo las veces de vía de escape.

Por eso, más que señalar al tiempo libre como un problema (tal vez cierta corriente económica nos hablará de la productividad y competitividad como argumento para reducirlo respecto del trabajador; y a esta misma corriente habrá que recordarle el factor consumo en la economía que, generalmente, se produce en o para el tiempo libre), habría que señalar a la gestión que de ese tiempo libre se hace, criticando, por ejemplo, actitudes como las del exceso de televisión (telebasura generalmente) como, en efecto, uno de los males de nuestro tiempo.

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07 junio 2011

Sociabilización Obligatoria

Toda actividad humana transcurre dentro de la sociedad, sin que pueda nadie sustraerse a su influjo.
Georg Simmel

El ser humano es un ser social. Sea el origen de su socialización y necesidad socializadora instinto o aprendizaje (discusión que en todo caso será abarcada en otra entrada diferente), la conclusión es que la sociabilización se hace imprescindible para el ser humano. Este sociabilización puede ser de múltiples maneras, desde la conversación, la pertenencia a un puesto de trabajo, la vida en casa, etc. Todos los actos que una persona realiza están enmarcadas dentro de una red social (entiéndase como red de personas).

La sociabilización es además parte fundamental en la configuración de los seres humanos como individuos. La creación de nosotros mismos es en parte un proceso de retroalimentación, donde en la interacción con los otros obtenemos de los demás, aportamos y cambiamos de manera más o menos abultada nuestra propia configuración de nosotros mismos.

El ser humano no para de estar en contacto continuo con la especie. De manera más o menos directa, perceptible y voluminosa, prácticamente cada acción de nuestras vidas entra en contacto con el ser humano o un producto de éste. Estamos inmersos en una humanización continua.

El individuo necesita de la sociabilización para la construcción y reafirmación de sí mismo. En el momento en que ésta le falta o le es deficiente, el potencial del individuo se ve truncado y la gestación de éste (del individuo) no alcanzará su máximo posible.

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02 mayo 2011

Escepticismo Social

La primera vez que me engañes la culpa será tuya; la segunda vez, la culpa será mía.
Proverbio árabe

Parece que la mentira se ha instalado en el plano político. Hay quien incluso la defiende como necesaria. Mentiras piadosas, dicen. Es posible que se puedan perdonar ciertos medios cuando el fin es noble, pero cuando el único fin no es ni siquiera comprendido por las víctimas de los medios empleados, esa persona no puede será perdonada jamás.

Sucede con la clase política hoy en día lo que en la tradición popular española se conoce como el cuento de Pedro y el lobo. Es difícil creer en una clase política que justifica la mentira, que ve la paja en el ojo ajeno y ve la viga en el suyo propio. Y cuando un país no cree en su clase política, éste está perdido.

No acabo de aclararme qué es más grave: si que los políticos recurran a medios inmorales para preservar su poder, o que los ciudadanos lleguemos a justificar esos medios inmorales atrincherados en bandos románticos de buenos contra malos, de izquierdas contra derechas y viceversa. Cuando no hay ideas, el fanatismo es lo que queda. Apegarse a un sentimiento, a un ideal abstracto, a lo que despiertan unas siglas y un logotipo. Considero que eso es algo muy peligroso en una actividad como la política que debería ser en su mayor parte racional. Cuando los sentimientos de aversión vencen, nada bueno puede ocurrir.

Por otro lado, cuando se llegan a estos términos, el escepticismo aumento entre las personas. Crece el escepticismo social. Cada vez que alguien miente, la siguiente vez que este mentiroso trata de convencer a alguien es mucho más costoso. Se desconfía de quien ya ha mentido. Y cuando esta desconfianza es general, cuando el escepticismo es una característica de la sociedad, los políticos no funcionan. Y cuando éstos no lo hacen, tampoco lo puede hacer la nación.

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08 febrero 2011

El Precio de los Libros

En España la mejor manera de guardar un secreto es escribir un libro.
Manuel Azaña

Algo que me ha llamado mucho la atención de aquí de Irlanda del Norte y que me resulta bastante significativo, aunque no sé cómo interpretarlo, es la diferencia abismal de precios que hay en los libros y la tecnología. Sobre todo en los libros. Los precios que únicamente se encuentra en ferias del libro en España (muchos de ellos de segunda mano), en Irlanda del Norte son precios habituales, incluyendo múltiples ofertas de tres libros por cinco libras o libros a noventa y nueve peniques.

Es realmente abrupta la diferencia. Únicamente en los best-sellers más recientes o en libros sumamente técnicos he visto precios que se dispararan un poco (por supuesto siempre debajo de los precios españoles). El resto de libros, bastante asequibles. Y si encima decides entrar a una librería de segunda mano (muchas de ellas benéficas, por cierto, organizadas por Oxfam o Asociaciones Contra el Cáncer) los libros se convierten en auténticas gangas.

No sé si en el Reino Unido los libros tienen algún tipo de subvención por parte del Gobierno. O las distribuidoras y editoriales no manejan tan grandes beneficios como en España. O que la ley de la oferta y la demanda (que los británicos leen muchos libros) hace que éstos disminuyan su precio. Cualquiera de estas tres opciones que se me ocurren deja en mal lugar a España en comparación con el territorio insular al que me refiero.

Tal vez sean pequeños gestos que ayuden a entender las diferencias entre Gran Bretaña y España. Las diferencias entre las sociedades (cómo cada una gasta su dinero) y por ende, las diferentes sociedades civiles (si es que podamos hablar de que en España existe realmente). El consumo de libros podría ser un buen indicador de las preocupaciones y preferencias de las sociedades. Desconozco si se ha hecho algún estudio al respecto, pero creo que sería bastante ilustrador.

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05 febrero 2011

Mitos

El deseo de felicidad mantiene presente el mito del artista.
Félix de Azúa

Toda persona tiene una referencia ideal respecto a cada una de sus dimensiones vitales. Todo el mundo aspira a algo, y en esas aspiraciones, tendemos a tomar por referencia situaciones, hechos o personas que entendemos son perfectos e ideales y que de alguna manera van marcando nuestro tope.

Una de estas dimensiones es la historia y la política. La definición de una ideología política en uno mismo no puede llegar a definirse sin una mitificación previa de un personaje, una situación, un territorio o una sociedad concreta. La formación de los sentimientos relacionados con la ideología política nacen de la concepción abstracta (de la elevación al abstracto más bien) de una situación concreta que nunca fue tal y como se describe.

Los mitos son necesarios cuando se trata de creer en una cosa. Ya los griegos usaban a los héroes como ejemplos absolutos de las virtudes, idealizándolos en extremos y creando una necesidad o voluntad de imitación de estos, siendo esta imitación el objetivo vital más importante.

También ha sucedido en muchas religiones. Las figuras principales de muchas religiones han sido divinizadas e idealizadas, y mucha de la conducta exigida a los fieles de éstas es la imitación de aquéllos, la aproximación a al ideal perfecto que se desprende de dichos personajes.

Así bien, las naciones también han creado sus mitos de formación. Toda nación tiene personajes y tiempos de gloria, donde las virtudes de los héroes y las épocas no hacen sino invitar al ciudadano a conseguir recuperar la gloria que la nación tuvo en tiempos de los héroes. Se invoca a idealizar la nación, ha elevarla hasta el abstracto del mito.

Lo que no pueden olvidar aquellos que quieren hacer un análisis serio de la Historia o la política es que estas mitificaciones no son más que eso, idealizaciones y exaltaciones que persiguen orientar la conducta de sus ciudadanos en busca de estos mitos. A la hora de ser rigurosos, ha de bajarse a los hechos. No obstante, estos mitos y exaltaciones pueden decirnos muchos sobre una cultura y una sociedad, cuáles son sus valores y a qué aspira.

Y así ocurre también para el hombre: son los mitos que uno admira los que van marcando la conducta en la vida. Son las creencias que, independientemente de verdaderas o falsas, inspiran a cada uno y moldean su voluntad.

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