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01 abril 2021

La rebeldía ya no es lo que era

“Lo sagrado: ahí está el enemigo.”
Pintada en Nanterre, en mayo del 68

La rebeldía ya no es lo que era. O al menos, esa es la impresión que tengo. Mis últimas lecturas me han devuelto a unas generaciones anteriores que se comparaban con las contemporáneas y creo distinguir elementos diferentes en las proclamas de la juventud, que suele abanderar las causas de la rebeldía.

La generación de mis padres y las inmediatamente anteriores también fueron rebeldes en su época. No sólo en el contexto español, donde la dictadura hacía de diana para cualquier instinto subversivo, sino incluso en el contexto europeo. Pensemos en el mayo del 68 y el conjunto de revueltas estudiantiles que acontecieron en Europa sobre esos años. Los grafitis en la Sorbona y en otros puntos de la geografía urbana parecían tener una aspiración clara: la libertad, la libertad de poder elegir modos de vidas alternativos al occidental tradicional, la libertad de no seguir unas normas concretas (con especial mención a las sexuales), de poder cada cual dirimir las suyas. Eliminar, en definitiva, ciertas sacralizaciones de la época que ejercen de corsé. Secularizarlo lo máximo posible, esto es, abolir tabúes, derribar dogmas y exiliar los “porque sí” heredados de otras épocas.

El punto de mira, sin embargo, ha cambiado. Hoy los jóvenes no lanzan proclamas en pos de la libertad del individuo ni de su emancipación, hoy los mensajes (su mayoría en redes sociales) de los que se autoconciben como revolucionarios versan sobre cómo ha de comportarse el buen ciudadano. Miles de mensajes didácticos sobre cómo ha de ser la conducta del “buen ciudadano” y cómo cuidar el medio ambiente o cómo tienes que hacer si quieres ser, en definitiva, buena persona. Las redes están inundadas hoy de moralinas que pretenden encorsetar en un concepto concreto de bien y que pretenden postergar y señalar a todo el que no comulgue con los nuevos dogmas.

Hoy los rebeldes señalan a los nuevos herejes que viven sus vidas de otra manera (incluida la sexual). Hoy la rebeldía consiste en seguir una guía de “buen ciudadano” o, mejor dicho, de “ciudadano bueno”. La libertad y la emancipación hoy no forman parte de los objetivos de la rebeldía. Como decía, la rebeldía, hoy, ya no es lo que era.

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28 octubre 2020

El Dilema de las Redes Sociales

No hay educación si no hay verdad que transmitir, si todo es más o menos verdad, si cada cual tiene su verdad igualmente respetable y no se puede decidir racionalmente entre tanta diversidad.
Fernando Savater 

El otro día vi el documental que se titula como esta entrada. En él se hace un análisis de cómo las redes sociales influyen en la sociedad como conjunto y en cada uno de nosotros como individuos. Desde el punto de vista social, trata desde cómo las elecciones pueden inclinarse hacia uno u otro lado (generalmente polarizado); y desde el punto de vista individuo incide en la lobotomía que producen en sus consumidores. El documental, sin ser una obra maestra y dar ciertos saltos argumentales un poco, a mi entender, inconexos, resulta interesante y da pie a muchas posibles reflexiones no ya sólo en cuanto a las redes sociales sino en cuanto a la sociedad posmoderna en la que vivimos y en las tendencias de la misma. 

Me llamó la atención particularmente un tema que he tratado también en este blog en alguna ocasión y es el tema de la búsqueda de la verdad. Casi al final del documental se trata la verdad como uno de los valores o pilares que claramente se están perdiendo en pro de una “posvedad”, por citar el concepto tan utilizado por Marina (no sé si es suyo original o simplemente se hace eco), que vendría a ser una construcción de la realidad, sociedad e individuos basados en opiniones más que en hechos verificables. 

El tema de la verdad es uno de los temas por excelencia de la Filosofía (junto con lo Bueno y lo Bello). Ya los filósofos griegos teorizaron sobre esto y crearon los conceptos de doxa y episteme para distinguir los conceptos. El hecho de confundir el uno y el otro es tremendamente peligroso. Supone confundir lo cognoscible por la razón, lo objetivo, lo refutable por otros; con lo percibido y lo subjetivo. Se trata de confundir una realidad objetiva con una percepción personal (y quien nos dice que no interesada). 

En el documental se muestra cómo puede esto influir en una sociedad: como las creencias o la mera propaganda puede ser confundido con la verdad y ponerla en el mismo nivel de valor, darle el mismo potencial argumentativo. Esto, a su vez, implica que los individuos configuren su mundo sobre unas creencias que no se respalda con la realidad, lo que acaba llevando en último término a la falta de libertad al no poder los propios individuos poder discriminar entre qué es cierto y que no. Es una parte fundamental de la libertad el tener las herramientas para conocer qué es cierto, ya que de ahí se deriva el comportamiento de los mismos. Comportamientos tan críticos como puede ser el voto en unas elecciones. 

Todo lo que se ve en redes sociales / Internet pasa por verdadero, como ocurría antaño con la televisión, sólo que ahora cualquiera puede subir contenido a Internet y maquillarlo con apariencia de verdad. Además, cada vez más, las instituciones que habrían de velar por la verdad se están contaminando por esta posverdad, están siendo absorbidos por intereses políticos o comerciales. A la vez que escribo esto no puedo dejar de pensar en la Universidad y en algunos de sus catedráticos y miembros docentes (sobre todo en algunas disciplinas) donde su servicio a un interés concreto ha dejado de lado su supuesta defensa del conocimiento, el rigor, la ciencia y la verdad. 

¿Quién defiende la verdad ahora en la posmodernidad?

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06 agosto 2018

La Inquietud Vital

Una gran filosofía no es la que instala la verdad definitiva, es la que produce una inquietud.
Charles Péguy

Puede que una de las características más visibles de la posmodernidad es la de mantener a los individuos en una actitud continua de “estar vivo”. Este estar vivo, que va mucho más allá de la mera supervivencia biológica, tampoco tiene una definición clara ni hay un consenso en torno a ello. Podría identificarse con la plenitud vital, aunque no del todo, porque la plenitud tranquila no parece estar del todo ligada a este “estar vivo”, que insinúa de alguna manera la experiencia activa.

¿Cómo podría describirse es estar vivo? Tal vez esta pregunta requiera cientos de páginas en un ensayo que explore más de una dimensión. Mi intención en estas líneas es simplemente llamar la atención sobre una de ellas: la de la inquietud.

En mi opinión la inquietud interior señala que una persona está viva. Esta inquietud puede revelarse de muy distintas maneras: desde la curiosidad científica a la necesidad de la exploración sensorial. Lo que sí parece que tienen de común denominador es la no conformidad con la realidad actual, con la situación presente. La inquietud arrastra al individuo al movimiento, a la acción, ya sea, como apuntaba arriba, desde una búsqueda intelectual a una experiencia.

El movimiento va intrínseco a la vida. Lo inerte está muerto y hay quien pese a respirar sufre interiormente una "estaticidad" tal que lo asemeja al mundo inanimado. Tal vez por eso la vida se asocie más a la juventud: por esa ingente de proyectos y energía que desprende, por la búsqueda continua de algo nuevo, de algo diferente. Es la inquietud el motor de las personas. Es, en cierta manera, la que dota de sentido las existencias.

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04 febrero 2018

Profesiones Estéticas

La belleza es muy superior al genio. No necesita explicación.
Oscar Wilde

Alguna de las polémicas recientes y ciertos debates con amigos por las redes sociales me han incitado a llevar a cabo esta reflexión. La cuestión a debatir, según he entendido yo de los argumentos y consignas esgrimidos, es la no pertinencia de que haya ciertos oficios que estén basados en la belleza (imagen) de los sujetos que la desempeñan.

A mí parecer, esta no aceptación de la estética o la belleza como criterio de discriminación viene confundido por ciertas ideologías feministas que asumen (implícitamente) que la única virtud posible para la mujer sea su estética. No negaré que no haya sido así en ciertas épocas de la historia donde la mujer estaba apartada de todo protagonismo social, pero creo que en la España del siglo XXI una mujer tiene muchas salidas y capacidad de actuación social fuera de su imagen, y precisamente por eso, no entiendo los ataques que refieren a estas profesiones (como azafata o modelo) siempre que esta profesión haya sido y se ejerza sin coacción alguna. Profesiones que en algunos casos además están mucho mejor pagadas que la inmensa mayoría.

¿Por qué habría entonces de no contemplarse la estética como una variable? ¿Por ser innata? ¿Pero es que acaso las capacidades intelectuales no lo son? ¿O la condición física para los deportistas? Se podrá argumentar que tanto lo intelectual como lo físico se trabaja, se entrena, se perfecciona y moldea. ¿Acaso la estética no tiene también, como la condición física o la capacidad intelectual, su trabajo y servidumbres? ¿Tendría sentido, por ejemplo, prohibir el baloncesto profesional porque las personas más altas tienen más probabilidad de triunfar?
Hay, creo, también otro porque las profesiones relacionadas con la imagen no son vistas con buenos ojos: su relación con el poder y el prestigio social. Todas las sociedades tienen una serie de cánones (de prestigio social, profesiones que son mejores valoradas que otras; económico; ideológico/moral, etc.) y uno de ellos también es el estético. Estas profesiones criticadas no representan sino la élite de este canon, lo que implica un reconocimiento latente de que en la dimensión estética son lo mejor de una sociedad, con la repercusión de estatus y prestigio que ello supone. Por ejemplo, un/a modelo y dependiendo de en qué agencia (pensemos en Victoria's Secret, por ejemplo) tiene mucho estatus social inherente: supone ser la élite del mundo estético y, nos guste o no, supone un reconocimiento por parte de los demás, igual que ser jugador del Real Madrid o el Barcelona lo provoca.

¿Quién, a priori y sobre todo a determinadas edades, no quería ser jugador profesional de fútbol? ¿Por qué entonces no es lícito querer ser modelo en lugar de trabajar en un supermercado, por ejemplo? Se podría argumentar contra esto que ser un profesional del fútbol, además de sus connotaciones sociales y económicas evidentes, tiene también la satisfacción de "hacer lo que te gusta". ¿Es que el pose no es algo voluntario también? ¿Qué es si no una buena parte del contenido de Instagram? ¿Quién obliga a nadie a subir una foto de sí mismo intentando exprimir toda la estética/belleza que se pueda? ¿No estarían acaso encantados quienes publican de manera voluntaria y libre fotos de sí mismo, que además persiguen la obtención de cuantos seguidores sea posible, que se les diera un salario y unas condiciones laborables homólogas a las de un contrato laboral? ¿No será entonces que la crítica a determinadas profesiones no es una posición mezquina fundamentada más en una subjetividad (envidia, por ejemplo) que en una razón objetiva?

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02 abril 2017

Prisa por Vivir

Cuanto se hace con prisa queda enseguida pasado de moda; por eso nuestra civilización industrial moderna ofrece tan curiosas analogías con la barbarie.
Gilbert Keith Chesterton

Existe una cierta vorágine alrededor de nosotros. Todo urge. Se trata de hacerlo todo, y de hacerlo rápido. Vivimos como si fuéramos coleccionistas de experiencias, pretendiendo siempre sumar países, conciertos, películas y pareciera que cada segundo que uno no dedica a convertir su tiempo en experiencia es un tiempo perdido. El vacío nos horroriza. Estar sin hacer algo relacionado con una experiencia nos produce la sensación de estar desaprovechando la vida. Este fenómeno, bastante común, lo podríamos denominar "prisa por vivir".

La juventud, ser joven, mantenerse joven. Estas son algunas de las máximas que imperan en nuestros días. El mundo parece rendido ante la juventud y a sus valores. Valores que podríamos identificar con vitalidad, la fuerza, el dinamismo, la belleza, la desinhibición, el comerse el mundo. Todo el que no aspire a estos ideales o esta forma de vida parece fuera de su tiempo, como si la vida hubiera de estar orientada a la experiencia si uno aspirar a formar parte de su siglo.

La otra cara de la moneda que subyace en todo esto es una posible frustración cuando ese ideal no se cumple. Cuando uno ya no pertenece a esa generación tan joven y, sin embargo, sigue empeñado en vivir como tal, insistiendo en alargar ese periodo de juventud que socialmente es concebido como una suerte de paraíso en la tierra. Ocurre precisamente en este albor de épocas cuando se empieza a sentir la presión por apurar sus últimos coletazos de juventud, por hacer esas cosas que (se supone) no podrán hacerse en el futuro, disfrutar esos días que ya no volverán jamás. Empieza a vivirse una nostalgia por adelantado, una ansiedad por estar alineado con los días y haber disfrutado y exprimido todo el jugo de la juventud.

Sin embargo, todo esto no es más que una quimera. Es como el horizonte, por más que andemos, nunca lo alcanzaremos. Nunca satisfaceremos todos nuestros deseos fundados en la experiencia: siempre quedarán sitios para visitar, experiencias que vivir, gente a la que conocer. La vida, por suerte o por desgracia, es una infinidad de posibilidades, y nos obliga irremediablemente a escoger. Y es esa elección consigue frustrarnos a veces, porque todo a lo que renunciamos siempre será más de que consigamos o hagamos.

Las redes sociales y los nuevos medios de comunicación tampoco ayudan al joven posmoderno. La comparativa y la inmediatez son inevitables. El streaming, las fotos con filtros (que hacen más atractiva la realidad) y la saturación de información y de posibilidades. Todo eso nos hace sentir pequeños y nos hace compararnos (comparaciones que, además, no son justas, por la sencilla razón de que vemos las vidas de doscientas personas e inconscientemente las tratamos como si fuera una). Vemos todo lo que se hace a nuestro alrededor. Vemos, en directo, todo lo que nos estamos perdiendo. Y todo esto, como dije arriba, mientras sentimos la presión de que la etapa que parece la mejor de nuestra vida se nos esfuma sin que nada podamos hacer al respecto, inmersos en la idea de que nunca podremos rescatar el tiempo perdido y que lo que no consigamos ahora se perderá para siempre. Por eso tenemos prisa. Una prisa por vivir que acaba por convertirse muchas veces en ansiedad.

¿Qué hacer? ¿Cómo huye uno del tiempo en el que le ha tocado vivir? ¿Cómo desacelerar la prisa? Tal vez sería conveniente centrarnos más en nosotros mismos y procurar evadirnos de esos estímulos externos que nos aceleran. Quizás deberíamos aceptar nuestras limitaciones, edad y situación vital y no querer precipitar nada. Vivir en el hoy, sin más objetivos que el hoy (entiéndase el hoy como el presente, como un periodo de tiempo más o menos actual), con lo que ese hoy nos traiga. Probablemente la clave para no tener prisa por vivir y dejar así de sentir la urgencia vital sea, precisamente, vivir sin prisa.

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11 marzo 2017

La La Land o el Amor Posmoderno

Amar es una oportunidad, un motivo sublime que se ofrece a cada individuo para madurar y llegar a ser algo en sí mismo, para volverse mundo.
Rainer María Rilke

Esta entrada contiene contenido de la película. Si el que está leyendo estas líneas no la ha visto, le recomiendo no leerla hasta que no lo haya hecho. Una vez advertido el lector, y más allá de las consideraciones cinematográficas que pudieran hacerse (y que yo no voy a hacer en esta entrada), procedo a argumentar por qué creo que es una gran película. Entiendo que la película es un reflejo fiel a las relaciones sentimentales en plena posmodernidad. Y explico por qué.



Los protagonistas se encuentran por azares de la vida (como suelen encontrarse las parejas, en realidad) y entre ellos nace una química especial quizás basada en la singularidad de sus personalidades. Ninguno de ellos es un tipo corriente. Al revés, a ambos podríamos calificarlos de extravagantes, con un barniz de idealistas y soñadores. La atracción no se hace esperar y la relación, debido a cómo congenian sus caracteres, se desarrolla en la más profunda armonía.

Ambos, como soñadores que son e hijos de su tiempo, tienen sus aspiraciones individuales. Aspiraciones que llevan arrastrando muy probablemente desde su más ¿volátil? Adolescencia y que traen consigo hasta su presente. Ambas pasiones ligadas con las artes, con la creatividad. El carácter de ambos, además, favorece esta persecución de sueños que realmente es una aproximación cómoda de sus sueños, una adaptación “segura” de los mismos, en el fondo una desvirtuación. De lo que se acaba tratando es en una falsa búsqueda del sueño, de una imposición de la individualidad (pero no de la individualidad original, del sueño original, sino de la adaptación nacida a causa de no haber centrado plenamente los esfuerzos en la relación).

Poco a poco esta necesidad de individualidad los va alejando el uno del otro hasta que, por la distancia espacio-temporal, acaban rompiendo la relación, ya que ninguno es capaz de sacrificar esa individualidad, ese yo, por la relación; ni, por otro lado, son capaces de negociar un término en común.

Al final de la película se muestra una especie de final alternativo en el que ellos, en lugar de escogerse a sí mismos, escogen la relación y apartan del camino todo lo que los aleje del amor. Siguiendo esta línea, se ve como ambos consiguen llevar una vida plena en el plano individual (ninguno renuncia a sus pasiones, actuación y música) y además se ven reforzados por una vida plena en el amor.

El final de ellos, sin embargo, muestra cómo la mediocridad en la vida personal se ha apoderado de ellos aunque han triunfado y satisfecho plenamente sus iniciales ambiciones individuales.

Como bien titula la entrada, creo que esta película es un resumen perfecto de las relaciones posmodernas: el individuo en su vertiente más egoísta está en el centro de todas las cosas. El yo impera por encima de todo y la construcción y satisfacción directa del yo puede incluso llevar a socavar otro tipo de dimensiones que únicamente pueden satisfacerse a través (es decir, con) otra persona.

¿Merece la pena el sacrificio de una vida quizás más plena basada en otras personas que la satisfacción de unas ambiciones individuales muchas veces intelectualizadas y casi impuestas desde fuera (de terceros o de la sociedad? Quizás ésta debería ser una pregunta fundamental que habríamos de hacernos cada uno de nosotros. ¿Nos hacen nuestras ambiciones/sueños individuales más plenos que vivir el amor con otra persona?

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13 septiembre 2016

Utilidad Práctica y Utilidad Inmediata

Nada es más útil al hombre que aquellas artes que no tienen ninguna utilidad.
Ovidio

Hay últimamente una obsesión generalizada por la utilidad. Tal vez sea la sociedad posindustrial, la inmediatez de la era de las comunicaciones o la necesidad constante de que todo tenga un fin práctico y directo. No lo tengo nada claro, pero que la carrera por la utilidad ha invadido todos los espacios de la sociedad es algo que parece evidente. Incluso aquellos que deberían ser ajenos a estas luchas y carreras, como la Universidad.


Esta reflexión nace en un comentario que he leído sobre la Filosofía, aunque creo que puede extrapolarse al resto de disciplinas de Humanidades. Los planes de estudios cada vez las apartan más de sus currículos porque “no tienen utilidad práctica”.

“Utilidad práctica”, en mi opinión, contiene ya cierta redundancia, y creo que lo que realmente se quiere expresar es que su utilidad no es inmediata, no puede consumirse al instante de aprenderse, no pueden verse ni medirse sus resultados y no puede evaluarse con un “método científico” el desempeño de su actividad. Creo, honestamente, que a eso se refieren los que argumentan que ciertas disciplinas como la Filosofía (o la lengua) no son prácticas.

Mi opinión, por el contrario, disiente completamente. Considero que las ramas de las Humanidades son útiles en cuanto crean mejores individuos, aunque esa “mejoría” no siempre es medible. Por ejemplo, creo que la Filosofía Política, el hecho de preguntarse ciertas cosas, el hecho de hacer ciertas preguntas, construye mejores ciudadanos, que no genera dinero de manera inmediata, pero que ayuda a construir sociedades más justas y, a la larga, más ricas.

De la misma manera, la lengua ayuda a pensar, a crear conceptos, a interpretar el mundo, porque el pensamiento lo manejamos a través de la lengua y, creo, que cuanto mejor dominio tengamos del lenguaje, mejor lo tendremos del pensamiento y seremos capaces de controlar de una mejor manera estrucutras, situaciones, símbolos y construcciones abstractas. Cosas que, directamente ni de manera inmediata son útiles, pero que son transversales a cualquier utilidad y, sobre todo, son útiles para el individuo.

Podría ir una a una con cada una de las disciplinas humanísticas, pero creo que la idea queda clara. Es una pena, como digo, que se confunda de manera tan repetida y en instancias tan cualificadas la utilidad práctica con la utilidad inmediata. Tal vez, y ya será para otra entrada, habría que preguntarse: ¿útil para quién?

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Utilidad Práctica y Utilidad Inmediata

Nada es más útil al hombre que aquellas artes que no tienen ninguna utilidad.
Ovidio

Hay últimamente una obsesión generalizada por la utilidad. Tal vez sea la sociedad posindustrial, la inmediatez de la era de las comunicaciones o la necesidad constante de que todo tenga un fin práctico y directo. No lo tengo nada claro, pero que la carrera por la utilidad ha invadido todos los espacios de la sociedad es algo que parece evidente. Incluso aquellos que deberían ser ajenos a estas luchas y carreras, como la Universidad.


Esta reflexión nace en un comentario que he leído sobre la Filosofía, aunque creo que puede extrapolarse al resto de disciplinas de Humanidades. Los planes de estudios cada vez las apartan más de sus currículos porque “no tienen utilidad práctica”.

“Utilidad práctica”, en mi opinión, contiene ya cierta redundancia, y creo que lo que realmente se quiere expresar es que su utilidad no es inmediata, no puede consumirse al instante de aprenderse, no pueden verse ni medirse sus resultados y no puede evaluarse con un “método científico” el desempeño de su actividad. Creo, honestamente, que a eso se refieren los que argumentan que ciertas disciplinas como la Filosofía (o la lengua) no son prácticas.

Mi opinión, por el contrario, disiente completamente. Considero que las ramas de las Humanidades son útiles en cuanto crean mejores individuos, aunque esa “mejoría” no siempre es medible. Por ejemplo, creo que la Filosofía Política, el hecho de preguntarse ciertas cosas, el hecho de hacer ciertas preguntas, construye mejores ciudadanos, que no genera dinero de manera inmediata, pero que ayuda a construir sociedades más justas y, a la larga, más ricas.

De la misma manera, la lengua ayuda a pensar, a crear conceptos, a interpretar el mundo, porque el pensamiento lo manejamos a través de la lengua y, creo, que cuanto mejor dominio tengamos del lenguaje, mejor lo tendremos del pensamiento y seremos capaces de controlar de una mejor manera estrucutras, situaciones, símbolos y construcciones abstractas. Cosas que, directamente ni de manera inmediata son útiles, pero que son transversales a cualquier utilidad y, sobre todo, son útiles para el individuo.

Podría ir una a una con cada una de las disciplinas humanísticas, pero creo que la idea queda clara. Es una pena, como digo, que se confunda de manera tan repetida y en instancias tan cualificadas la utilidad práctica con la utilidad inmediata. Tal vez, y ya será para otra entrada, habría que preguntarse: ¿útil para quién?

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08 febrero 2016

Espontaneidad posmoderna

El genio comienza las grandes obras, pero sólo el trabajo las acaba.
Joseph Joubert

Cada época tiene una serie de valores culturales y sociales asociados fruto, probablemente, de la evolución y reacción frente a las anteriores. Hay que estar de acuerdo con la dialéctica hegeliana y sus tesis y antítesis, con la acción y reacción newtoniana y asumir que cada época nace en una parte de una reacción contra lo precedente.

Para los tiempos que corren, me da la sensación de que con respecto a la variable “espontaneidad” y “trabajo” con respecto a un resultado o actividad, prima lo primero con respecto lo segundo. Pareciera como el mérito reside más en el resultado en que éste haya sido a través de poco trabajo, que proceda de algo innato o no elaborado. Parece que le resta magia si algo ha sido trabajado previamente, si hay un entrenamiento detrás.

Ejemplo claro de esto que digo puede verse en el mundo estudiantil. Cuando alguien saca buenas notas, este resultado parece estar penalizado por “haber estudiado mucho”. Parece como que estudiar le resta mérito a la actividad cuyo objetivo es, precisamente, que se estudie. No mola estudiar. Mola sacar buenas notas, pero que parezca que alguien las ha sacado por revelación divina, o por pura y mera inteligencia.

Pero no sólo en los ámbitos del propio trabajo puede apreciarse esto. En la misma moda hay una tendencia a parecer “desenfadado”, espontáneo, aunque paradójicamente el parecer desarreglado, espontáneo y natural haya costado no sé cuantas horas de preparación y elaboración de la apariencia.

Tal vez el ocultar el trabajo que hay detrás de los procesos no sea sino otro hijo de la posmodernidad, una dimensión más del hedonismo en la que se pretende apartar todo lo que parece llevar aparejado un trabajo, esfuerzo o dedicación de la vista de las personas. Puede que sea un vástago de la generación de la inmediatez, en la que todo ha de tenerse aquí y ahora y en la que no se está acostumbrado a la espera ni a los procesos.

Desde luego es un tema denso y complejo que podría dar lugar a estudios y ensayos sobre el tema y sobre el estudio de la sociedad contemporánea, los comportamiento y valores imperantes. Yo simplemente dejo una semilla. Tal vez el tiempo haga crecer el árbol.

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