11 junio 2008

Vidas Ajenas


Nadie es feliz sino por comparación.
Thomas Shadwell

Es usual entre las personas sentir admiración hacia otras. Entendemos su manera de obrar o pensar como algo bueno y en cierta manera nos gustaría participar en ese comportamiento o pensamiento.

También sucede que nos sentimos identificados con personajes ficticios: personajes de novelas, películas, teatro, dibujos animados, etc. Y suele pasar, con mucha más frecuencia con personajes que con personas, que sintamos un profundo interés sobre su vida y su obra.

Nos gustan las anécdotas de los personajes, su vida, su manera de actuar. Sufrimos con ellos, disfrutamos con ellos, nos emocionamos con ellos y nos alegramos por ellos. Opinamos acerca de ellos como si de amigos se tratara, como si fueran el vecino del quinto o la compañera de clase.

Lo cierto es que uno de los grandes entretenimientos de las personas es la observación de vidas ajenas. Sólo hay que ver las audiencias de los “realities” (o realitys). Los programas del corazón otro ejemplo de que miramos constantemente las vidas ajenas, no sólo por conocerlas; sino también por opinar y debatir acerca de ellas.

Y es que en cierta manera se produce una confrontación entre lo que queremos ser, lo que queremos adquirir de otras personas, y lo que queremos que sean, lo que queremos influir en otras personas.

Cuando uno lee una novela o ve una película le es imposible no compararse o dejar de sentirse identificado con los personajes. Sus ocurrencias nos resultan familiares, cercanas a las nuestras. Y es por eso que el amor sea el tema universal de cualquier género: porque todo ser humano ha sentido amor alguna vez por alguien; y es indiscutiblemente el sentimiento que más empatía despierta en los personajes. Comprendemos perfectamente lo que el personaje padece y sentimos solidaridad hacia el personaje, o viceversa; la del personaje hacia nosotros.

Recurrimos también con las personas y personajes a la comparación. La comparación es el instrumento que tenemos para situarnos. Todo es una comparación y nada se entiende sin ellas. Algo no es grande o pequeño por sí solo: algo es pequeño o grande comparado con algo. La Luna puede ser grande comparada con una canica, y a la vez es diminuta al lado del sol.

Dicen que las comparaciones son odiosas. En realidad sólo lo son cuando salimos perjudicados de ellas. Cuando somos beneficiarios de la comparación nadie se queja de ésta. Esto ocurre porque, como ya he dicho en otras entradas, aspiramos a ser los mejores, a superarnos continuamente, a eternizarnos como decía Unamuno. Es la consecuencia de la vanidad, y ésta lo es de aquel instinto de supervivencia intelectual del que alguna vez he hablando.

La conclusión de todo esto es que continuamente miramos a otras personas o personajes para sentirnos mejores que ellos; para demostrarnos a nosotros mismos de que estamos por encima de quién nos rodea. A veces descubrimos que estamos por debajo y suele no gustarnos. Pero en cualquier caso, sea cual fuere el resultado, la herramienta que emplearemos será la comparación.

Incluso en la ciencia, en la Física, de las magnitudes no se toman absolutas prácticamente ninguna; sino que se emplea el incremento de la magnitud (delta); que no es otra cosa que una comparación.

1 comentario:

Alberto Bueno dijo...

Son odiosas si salimos perjudicados. Creo, por otro lado ,que intentar compararnos con alguien para mejorarnos a nosotros mismos es siempre positivo.

Un saludo