29 septiembre 2013

El Manantial (I)

El ego del hombre es el manantial del progreso humano
Ayn Rand

Varias advertencias he de hacer para con esta entrada. Lo que se va a plasmar aquí es la crítica de una película (no del libro) El Manantial por lo que, en primer lugar, he de anunciar que los personajes a tratar, así como la trama, son los de la película que desconozco si coinciden con más o menos exactitud con los del libro o no y, en segundo lugar, también he de prevenir de que es posible que el argumento de la obra quede destripado, por lo que será exclusivamente parte de su responsabilidad el proseguir leyendo estas líneas.

Para llevar a cabo esta especie de crítica o comentario de la película analizaré de uno en uno a los personajes. Entiendo que esto debe hacerse así porque cada cual representa un estereotipo, una postura rígida y clara, difícil de encontrar ninguna en la vida real (aunque no en el arte). A continuación, extraeré el pensamiento y/o planteamientos filosóficos que creo que se desprenden de la película.

Habría que comenzar en primer lugar por el protagonista: el arquitecto Howard Roark. Desde el primer momento se deja translucir en la película el carácter decidido y obstinado del mismo, sabedor (o creyente) de su valía, que entiende que sus ideas artísticas/arquitectónicas son superiores a las dominantes en el momento. Así empieza la película: siendo expulsado de la Facultad por no adecuarse a los cánones, por creerse superior al paradigma establecido y siendo, luego, apartado de los grandes trabajos por ser su estilo demasiado rompedor, demasiado diferente al gusto común y de las masas. Se repiten varias peticiones para que transija, para que se adecúe a la sociedad, para que respete lo que ya está establecido.

Pronto nuestro protagonista tendrá su primera tentación a su integridad: adecuar un edificio de estilo moderno y eminentemente personal a los cánones clásicos, con ciertos ajustes que sin duda corromperían el estilo de Roark. Decide, como hará a lo largo de toda la película, mantenerse íntegro en sus ideas (estilo) y afirma que prefiere ser un vulgar peón de obra a pervertirse intelectualmente.

Y así es como puede quedar identificado este personaje (con la ayuda de diversos diálogos y su alegato final): como defensor de que el individuo ha de ser íntegro y que sus ideas personales (en este caso, el estilo arquitectónico) han de ser inalienables, aunque la sociedad de su tiempo no los apruebe. El individuo, por tanto, en cuanto a su capacidad de expresión y creación ha de estar por encima de la sociedad, no puede verse afectado por ella. Sin duda, uno de los principios filosóficos básicos del liberalismo: el individuo y el conjunto de derechos inalienables a su persona.

En segundo lugar tenemos a la crítica de arquitectura Dominique Francon que muestra otra concepción de la libertad opuesta a la de Hoark. Ella, aunque su personaje evolucionará hasta unas posiciones más afines a las de Hoark, entiende la libertad como la ausencia de cadenas, sean estas del tipo económico, social o, incluso, emocional. Por ello aparece desprendiéndose de todo lo que ama (esa estatua europea de un dios griego) y continuamente renegando del amor o de cualquier otro tipo de dependencia del tipo que sea. No está dispuesta a ceder en su concepción de la libertad como ausencia de cadenas o dependencia y por ello, cuando encuentra algo que le gusta o alguien a quien ama, decide huir, para garantizar su propia integridad y libertad.

A lo largo de la película, y he aquí también uno de los mensajes de la misma, ella se da cuenta de que esa libertad no consigue en no depender o sentir afinidad por nada ni por nadie, sino en hacerlo por aquellas causas o personas con las que uno se siente identificado. Puede leerse aquí entre líneas una apología al derecho de asociación, pilar fundamental también del liberalismo: cada individuo es libre de asociarse con quien lo desea y se adepto a las causas que considere oportunas, pero siempre desde el consentimiento, desde su más profunda libertad, no desde la imposición por parte de una sociedad que en muchas ocasiones carece de criterio.

Se puede ver, entonces, una contraposición entre dos conceptos o dimensiones de la libertad: una positiva (la capacidad para elegir cómo uno quiere ser y con quién quiere relacionarse) y una negativa (la no dependencia de nada ni nadie). Y, en mi opinión, la película aboga por un entendimiento de la libertad en un sentido exclusivamente positivo.

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28 junio 2013

El Imperio de la Voluntad

El espíritu cree naturalmente y la voluntad naturalmente ama; de modo que, a falta de objetos verdaderos, es preciso apegarse a los falsos.
Blaise Pascal

Vivimos tiempos en los que la racionalidad vuelve a ceder terreno en pos de la voluntad. No seré yo defensor del ultrarracionalismo, pero sí entiendo que determinadas cuotas mínimas de razón siempre son necesarias, máxime en determinados temas que tienden a derivarse por la senda de las pasiones.

Cada día se suceden más cantos a la voluntad, como fuente omnipotente. La voluntad, el querer, es justificación suficiente para todo. La reflexión sobre el bien o el mal, e incluso el análisis coste-beneficio han sido completamente postergados. Lo que importa es hacer lo que uno quiere. Y porque uno lo quiere. Todo ello enmascarado tras una suerte de derecho natural, muchas veces conceptualizado como “derecho a decidir” que no es sino un “imperio de la voluntad”, donde las apetencias de cada cual legitiman cualquier actuación de la índole que sean en el amplio abanico que va desde ir medio desnudo por la calle hasta la secesión de territorios o el aborto. Incluso se admite (moralmente) que Diputados (poder legislativo) se manifiesten fuera de los cauces previstos ante la sede del máximo órgano del Poder Judicial, porque “se tiene derecho”. Todo se basa en un “tener derecho”. Y nada es más que la exteriorización de la voluntad con máscaras de legitimidad.

Quien proclama y vive esta filosofía no sabe el peligro que corre, pues todo el mundo tiene voluntad y, por tanto, derecho a todo. La voluntad nunca podrá ser absoluta para todo el mundo, ya que siempre colisionará con otras voluntades, y entonces, ¿cuál ha de prevalecer? ¿La que mejor sepa recubrirla de la legitimidad? ¿La más fuerte? ¿La más ruidosa? Porque quien renuncia al Derecho para aplicar el “derecho a decidir”, imagino, no apelará al Derecho para solucionar las controversias de las voluntades.

Ignorar o no respetar el derecho ajeno supone dar pie a que hagan lo mismo con los propios. ¿Estamos dispuestos a ello? Ningún derecho es absoluto. Ninguno. Y lo que percibo es una tendencia a absolutizar un serie de querencias o intenciones en pro de un interés concreto, volitivo y particular, de manera completamente ajena a las reglas, si es necesario.

Renunciar a la razón y dejarlo todo subordinado a la voluntad puede suponer el enfrentamiento visceral de facciones y a la fractura social. Los gestos y actitudes también erosionan la convivencia, fomentan el enfrentamiento. No sé si quien levanta la bandera de la voluntad (muchas veces de manera inconsciente) sabe qué riesgos está asumiendo. Pero, tal vez, sería bueno reflexionar sobre ello.

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11 marzo 2013

¿Por qué las Humanidades?

La filosofía es la que nos distingue de los salvajes y bárbaros; las naciones son tanto más civilizadas y cultas cuanto mejor filosofan sus hombres.
René Descartes

En los tiempos que corren, en los cuales las Humanidades están siendo denostadas poco más que a un “hobby”, a una de las tantas posibilidades para el fin de semana (lectura, fútbol o cine), esta pregunta resulta todavía más de interés, pretendiendo ser, junto con el de la disciplina histórica, una alegato de defensa a los estudios en Humanidades, al estudio, en definitiva, del ser humano.

La obsesión de un lado por lo inmediato, y de otro por lo productivo o útil, hace que todo aquello que no reporte un beneficio económico en el corto plazo llegue a considerarse una pérdida de tiempo. Por su parte, los humanistas, los verdaderos humanistas, lo que aman al ser humano y sus creaciones (no hemos de perder de vista la figura de recién implantación de pseudo-humanista, que trae su causa en el toque intelectual que “humanismo” lleva aparejado consigo) han sucumbido a este tendencia y en ausencia de mejor argumento, en lugar de esgrimir un argumento positivo, acaban asumiendo el marco de la ciencia como suyo, creando engendros como “ciencias del espíritu”.

En lo relativo a la Historia (a la rama de las Humanidades que procura el conocimiento del pasado), y aunque nadie reconozca explícitamente su utilidad e importancia, implícitamente lo hacen. O si no, ¿por qué tanta polémica sobre lo que realmente pasó, por ejemplo, en la Guerra Civil? ¿Por qué tanto interés intentar en demostrar que Cataluña fue o no una nación?

Porque, como ocurre con las personas, uno es lo que fue y lo que ha sido. Y de igual manera ocurre con las sociedades, pueblos y naciones. Sólo el conocimiento certero de qué fuimos puede hacernos entender qué somos, por qué somos y cómo somos. Sólo el estudio riguroso del pasado puede darnos una visión completa de nosotros mismos, ya sea como individuos, ya sea como comunidad.

La ambición por ser mejor y por mejorar es lo que lleva a uno conocerse a sí mismo, con el fin de explorar los errores pretéritos y poder prevenirlos en el futuro. Y es la Historia, junto con otras áreas de conocimiento humanísticas, la que proporciona las herramientas para ello. Las Humanidades son la religión secular: la búsqueda del mejorarse a sí mismo y al entorno en busca del bienestar, no sólo material sino también espiritual. Y para ello, la construcción de lo segundo es lo que provoca el bienestar primero, y no a la inversa como actualmente se cree. ¿O alguien es capaz de imaginar su actual nivel de bienestar material sin Estado o sin derechos fundamentales? Ambas dos, a modo de ejemplo, son fruto de arduas disputas, disertaciones y discusiones en el seno de la Filosofía, otra de las ramas fundamentales de las Humanidades.

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23 febrero 2013

¿Qué hay de la lealtad?

Hasta la supervivencia de una banda de ladrones necesita de la lealtad recíproca.
Antonio Genovesi

Los análisis sobre la situación actual son numerosos hoy. Hay quien le achaca falta de solidaridad al problema de nuestro tiempo. Los hay también quien estiman que es la falta de libertad individual la que ha ocasionado este crisis, ya no sólo política, sino moral y social. También podemos leer que es la mediocridad la que se ha apoderado de todos nosotros, e incluso, la perenne picaresca española.

Tal vez todos y ninguno de estos argumentos sean ciertos. No voy a entrar (hoy) ahí, sino que intetaré enfocar la sociedad española desde el punto de vista de la lealtad: ¿Somos leales los españoles? ¿Somos leales, uno, a nosotros mismos, y dos, a nuestra sociedad y nación?

Los españoles hemos desterrado por completo la lealtad a las instituciones, quizás porque ellas mismas han dejado de ser leales sí mismas como instituciones para empezar a ser útiles a las personas o partidos que las controlan. Las despreciamos sistemáticamente. Somos incapaces de sentir la más mínima empatía o respeta por aquellas que son “de los otros”. Miramos primero el carné y después a la entidad. Son buenas o malas según puros intereses, ya no ideológicos, sino partidistas y sectarios. Pero es que muchas veces no somos leales ni dentro de la secta, sino que anteponemos nuestro interés/beneficio personal al del grupo o conjunto.

¿Por qué sucede esto? Pueden ser muchas causas, e incluso un conjunto de ellas. Lo que a mí me parece claro es que esto sucede porque hemos perdido la grandeza como referencia, el futuro, el largo plazo; y nos desvivimos por el presente, por lo material, por lo físico. Hemos perdido la referencia de gran proyecto y de lo duradero, lo persistente; y ante lo instantáneo y volátil es difícil sentir ninguna lealtad.

La lealtad, el sentirse fiel a los principios de uno, el anteponer el fin más grande sobre el fin personal, está prácticamente desterrada de los valores deseables sociales. Y ante la ausencia de un gran proyecto común ante el que participar y el cual subscribir todo se complica, ya que son la cantidad ingente de micro-proyectos (uno por persona), los cuales suponen la lucha de cada cual por el bienestar individual e inmediato, es fácil comprender por qué no somos leales los unos con los otros: porque las cesiones, en muchas ocasiones, son vistas como derrotas más que como partes imprescindibles del gran puzle social.

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02 febrero 2013

Una Oportunidad Perdida

El sentido moral es de gran importancia. Cuando desaparece de una nación, toda la estructura social va hacia el derrumbe.
Alexis Carrel

Y ya van unas cuantas. España, ese Imperio en el que no se ponía el sol, aunque sus miserias siguen siendo las mismas: fanatismo, corrupción y falsa hidalguía. Uno mira hacia atrás en la Historia de España y todo lo que evoca podría ser una escena cotidiana de la misma España del siglo XXI. Los españoles seguimos siendo los mismos.

Pero esta vez podía haber sido diferente. Estaban todos los ingredientes, el ánimo del pueblo, un referente del que huir, el ansia de democracia y el espíritu henchido de querer mirar hacia delante, de querer salir de ese lastre histórico. Recibimos, además, apoyo internacional, europeo sobre todo. El odio entre paisanos parecía haberse desterrado: los exiliados regresaban, todas las opciones políticas iban siendo incluidas en la construcción de la nueva España, una voluntad de construir un nuevo país. Pero esa oportunidad, más clara incluso que la de 1898, parece haberse esfumado también. Y mucha de la culpa la tenemos nosotros, la ciudadanía, que se ha dejado embaucar en el juego de buenos y malos, que no era otra variante del “pan y circo”, consintiendo barbaridades a “los nuestros” y siendo peores que la secta de los maniqueos para con “los otros”.

Nosotros, los ciudadanos, nos hemos dejado engañar por unas élites políticas que han conseguido hacer pasar la mediocridad por democracia, el cinismo por política y los abusos desde el poder por necesarios. Hemos consentido el enchufismo, la partidización de todas las instituciones del Estado, la corrupción (que siempre es moral), en definitiva.

Hemos llegado a ser ese país que entra en cólera cuando el portero titular es sentado en el banquillo, pero que permanece inmune, como dice Pérez-Reverte, ante Diputados que no tienen ni el graduado escolar. ¿Por qué en el deporta se acepta que sólo puedan jugar los mejores y no se acepta esto mismo en otras facetas de la vida político y social? Somos un país que ve normal que una persona sea alcalde con cinco imputaciones penales.

Parece que el único consuelo que nos queda en este país es el deporte, lo cual da un halo (mínimo, pero halo al fin y al cabo) de esperanza. Dice, de alguna manera, que sabemos trabajar duro, que sabemos luchar, y que podemos ser un gran país. Sólo que en el deporte no consentimos que a nuestro equipo de Primera División lo entrene alguien cuya categoría habitual es Tercera División, y para el resto de cosas, nos conformamos y a veces elegimos de categorías aún inferiores.

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16 enero 2013

La Vida Contemplativa

El ser capaz de llenar el ocio de una manera inteligente es el último resultado de la civilización.
Bertrand Russell

Dicen algunos estudiosos del tema que una de las claves del florecimiento de la filosofía, la política y la ciencia en la Antigua Grecia es la cantidad y uso del tiempo libre del que disponían los ciudadanos, el cual les permitía dedicarse a la “vida contemplativa”, es decir, a preocuparse por aquellas cuestiones que trascienden más allá de la mera supervivencia.

Hoy en día señala muchas veces al tiempo libre (escndido tras los conceptos de productividad y competitividad) como causante del escaso desarrollo de los países, entendido, por supuesto, el desarrollo como un componente meramente material. Sin embargo, la Historia nos muestra ciertos ejemplos en que esto no ocurre así, como el mencionado sobre Grecia.

La creatividad, ese interés por crear y/o descubrir, y por ende y a gran escala el florecimiento de las artes y las ciencias de las naciones, viene auspiciada en gran medida por una serie de factores, de los que destacaré dos.

En primer lugar podemos hablar del hastío de la obligación. Aunque hay caracteres que son más propensos a seguir caminos trazados por otros, no es menos cierto que existen otros que prefieren construir el suyo propio. Más en estos segundos que en los primeros se da, en ocasiones, un rechazo natural a todo lo que vienen impuesto, lo que es obligado, incluso aunque esa obligación haya sido auto-impuesta. Ocurre en estas personas que pierden el incentivo, la motivación; o simplemente que pierden la capacidad de disponer del tiempo en el que hacer efectivo ese interés o apetencia, que impide su aplazamiento, y por tanto, sienten cierta presión sobre la actividad que mitiga su interés y despierta cierto sentido de rebelión. Es común el algunos estudiantes imaginar actividades alternativas posibles infinitas en periodo de exámenes que, habiendo podido ser desarrolladas durante el curso, no lo han sido, y afloran precisamente en este periodo.

Un segundo factor que acentúa la creatividad es la competitividad social o grupal. Dentro de un grupo con intereses afines (piénsese grupo de amigos, grupo en torno a una actividad artística o intelectual, etc.) se incrementa la creatividad en cuanto se entra en competición. Esta competición no ha de ser formal ni declarada. La competición tácita, provocada en ocasiones por la propia vanidad del individuo o por su necesidad de status, fomenta e incentiva la creación y el trabajo, viéndose aumentada en el hecho de que los miembros del grupo sean cercanos (conocidos).

Por otro lado, como ya he mencionado, que algunos señalan al exceso de tiempo libre como uno de los grandes problemas de la sociedad actual. Más bien parece lo contrario: el tiempo libre y el cómo lo empleemos va a ser una base fundamental del desarrollo del individuo. Si éste es capaz de enfocar su tiempo libre de manera satisfactoria podrá llegar a alcanzar una vida plena, pudiéndose incluso paliar contratiempos o desafecciones en facetas “obligatorias” como trabajo o familia, haciendo las veces de vía de escape.

Por eso, más que señalar al tiempo libre como un problema (tal vez cierta corriente económica nos hablará de la productividad y competitividad como argumento para reducirlo respecto del trabajador; y a esta misma corriente habrá que recordarle el factor consumo en la economía que, generalmente, se produce en o para el tiempo libre), habría que señalar a la gestión que de ese tiempo libre se hace, criticando, por ejemplo, actitudes como las del exceso de televisión (telebasura generalmente) como, en efecto, uno de los males de nuestro tiempo.

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31 diciembre 2012

Leyes naturales de la Historia de España

Comparto hoy un texto extraído de libro de Pedro Voltes titulado Historia Inaudita de España, el cual ofrece una visión apócrifa de nuestra historia nacional. En el mismo, hay un apartado con diez leyes naturales acerca de nuestra historia y de los españoles y que, en mi opinión, gozan aun de actualidad. Copio sólo tres, que me parecen las más certeras y auténticas. Hago notar que la edición que manejo es de 1992.

Ley octava. – Todo régimen imperante en España ha designado como enemigos suyos a cierta multitud de españoles.

Ley novena. – Los criterios de conducta menos exigentes desalojan en España a los más exigentes. (Transposición a lo político social de la Ley de Gresham de que la mala moneda expulsa de la circulación a la buena). De acuerdo con este norma, en la vida colectiva española las gentes se conducen conforme a la tabla de los valores más estimados por la masa. Los superiores imitan a los inferiores.

Ley décima. – En la vida histórica española no se cumple siempre el “principio de Peter” de que todo empleado inserto en una jerarquía tiende a ascender hasta el novel de su incompetencia. Aquí se puede seguir ascendiendo mucho más arriba del nivel de incompetencia. Cabe incluso que, si el fracaso causa algún efecto calificativo, sea en son favorable y simpático. Nada está peor visto que la capacidad y el éxito.

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11 diciembre 2012

La España de El Capitán Alatriste

Que muy cierta llega la asolación de la república el día que los vicios se vuelven costumbre; pues deja de tenerse por infame al vicioso y toda bajeza se vuelve natural 
Arturo Pérez-Reverte

Dejo hoy un texto de Arturo Pérez-Reverte extraído de la obra del Capitán Alatriste, en concreto, del cuarto libro titulado “El Oro del Rey”. Me parece que es un buen retrato de la España del siglo XVII y que, en buena parte, refleja aun hoy a España.

El imperio ultramarino creado un siglo antes por Cortés, Pizarro y otros aventureros de pocos escrúpulos y muchos hígados, sin nada que perder salvo la vida y con todo por ganar, era ahora un flujo de riquezas que permitía a España sostener las guerras que, por defender su hegemonía militar y la verdadera religión, la empeñaban contra medio orbe; dinero más necesario aún, si cabe, en una tierra como la nuestra, donde –como ya apunté alguna vez- todo cristo se daba aires, el trabajo estaba mal visto, el comercio carecía de buena fama, y el sueño del último villano era conseguir una ejecutoria de hidalgo, vivir sin pagar impuestos y no trabajar nunca; de modo que los jóvenes preferían probar fortuna en las Indias o Flandes a languidecer en campos yermos a merced de un clero ocioso, de una aristocracia ignorante y envilecida y de unos funcionarios corruptos que chupaban la sangre y la vida: que muy cierta llega la asolación de la república el día que los vicios se vuelven costumbre; pues deja de tenerse por infame al vicioso y toda bajeza se vuelve natural.

Arturo Pérez-Reverte
El Oro del Rey

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17 noviembre 2012

La Democracia como Garantía

La democracia es el peor sistema de gobierno diseñado por el hombre. Con excepción de todos los demás. 
Winston Churchill

Si algo bueno tiene el estudiar Ciencia Política, es que tanto en las clases como en las conversaciones con los compañeros salen continuamente debates acerca de temas políticos, lo cual permite a uno conocer puntos de vista diversos además de que nos vemos forzados a refinar argumentos y a reflexionar sobre esos mismos debates. Sin ir más lejos, unas de las cuestiones que planteábamos era: ¿puede una democracia consentir que compitan en unas elecciones partidos no-democráticos?


El sólo concepto de democracia podría llevarnos a escribir miles y miles de folios, procurando precisar sus detalles y reflexionando sobre algunas de sus características. Siendo un poco simples, podemos quedarnos con dos elementos principales: elecciones libres competitivas para elegir gobierno y protección de derechos fundamentales (es posible, incluso, que dentro de lo segundo se incluya lo primero). En esta reflexión, nos quedaremos con el primero de los elementos descritos.

Volviendo a la cuestión que nos atañe, parece claro que el argumento de que si la democracia consiste en la libertad de concurrencia a las elecciones, sería una contradicción en sí misma que la democracia impidiera a otros movimientos presentarse a la misma.

Sin embargo, esta concepción se hace desde una perspectiva positiva de la democracia. Positiva en el sentido de que se entiende a la democracia como un movimiento político más, una ideología, un conjunto de pensamientos que pugnan por imponerse en la sociedad, una serie de valores concretos que también compiten.

Tal vez esta concepción positiva no sea del todo adecuada para analizar la democracia. Ésta, por otro lado, puede comprenderse desde una perspectiva negativa: la democracia no es sino una garantía de que diferentes movimientos ideológicos puedan competir en la lucha por el poder, siendo la democracia una garantía formal y procedimental de que ningún grupo pueda imponerse al resto sin un refrendo popular. En otras palabras: que la democracia, más que para elegir gobernantes sirve para quitarlos.

Esta idea (que es prestada, por cierto), me parece más adecuada para explicar la democracia. Y desde esta perspectiva, la pregunta que abría la entrada podría responderse negativamente sin riesgo de socavar la esencia de la democracia, permitiendo, legítimamente, impedir que grupos que pretendan acabar con esta garantía misma que es la democracia, opten al poder. La democracia, desde este punto de vista, no es más que un esqueleto, una estructura básica, que puede y deber ser completado con las más diversas aportaciones de movimientos ideológicos; una garantía de que nadie que no cuente con el respaldo de la mayoría del pueblo pueda ostentar el poder de manera ilimitada.

Asimismo, y como conclusión personal considero que todo movimiento político que contradiga las normas mínimas de la convivencia democrática (simplificando mucho, elecciones libres competitivas y derechos fundamentales) no debería poder competir de manera legítima por la ostentación de poder.

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05 noviembre 2012

El Ideal Ascético según Nietzsche

El hombre prefiere querer la nada a no querer
Nietzsche

Hoy, ante la escasez de imaginación e inspiración, me gustaría dejar un extracto de la obra de Nietzsche “La Genealogía de la Moral”, en concreto de su tercer tratado sobre el ideal ascético. Si prescindimos del ideal ascético, entonces el hombre, el animal hombre, no ha tenido hasta ahora ningún sentido. Su existencia sobre la tierra no ha albergado ninguna meta; «¿para qué en absoluto el hombre?» - ha sido una pregunta sin respuesta; faltaba la voluntad de hombre y de tierra; ¡detrás de todo gran destino humano resonaba como estribillo un «en vano» todavía más fuerte! Pues justamente esto es lo que significa el ideal ascético: que algo faltaba, que un vacío inmenso rodeaba al hombre - éste no sabía justificarse, explicarse, afirmarse a sí mismo, sufría del problema de su sentido. Sufría también por otras causas, en lo principal era un animal enfermizo: pero su problema no era el sufrimiento mismo, sino el que faltase la respuesta al grito de la pregunta: «¿para qué sufrir?» El hombre, el animal más valiente y más acostumbrado a sufrir, no niega en sí el sufrimiento: lo quiere, lo busca incluso, presuponiendo que se le muestre un sentido del mismo, un para––esto del sufrimiento. La falta de sentido del sufrimiento, y no este mismo, era la maldición que hasta ahora yacía extendida sobre la humanidad, - ¡y el ideal ascético ofreció a ésta un sentido! Fue hasta ahora el único sentido; algún sentido es mejor que ningún sentido; el ideal ascético ha sido, en todos los aspectos, el fuute de mieux [mal menor] par excellence habido hasta el momento. En él el sufrimiento aparecía interpretado; el inmenso vacío parecía colmado; la puerta se cerraba ante todo nihilismo suicida. La interpretación - no cabe dudarlo- traía consigo un nuevo sufrimiento, más profundo, más íntimo, más venenoso, más devorador de vida: situaba todo sufrimiento en la perspectiva de la culpa... Mas, a pesar de todo ello, - el hombre quedaba así salvado, tenía un sentido, en adelante no era ya como una hoja al viento, como una pelota del absurdo, del «sin-sentido», ahora podía querer algo, por el momento era indiferente lo que quisiera, para qué lo quisiera y con qué lo quisiera: la voluntad misma estaba salvada. No podemos ocultarnos a fin de cuentas qué es lo que expresa propiamente todo aquel querer que recibió su orientación del ideal ascético: ese odio contra lo humano, más aún, contra lo animal, más aún, contra lo material, esa repugnancia ante los sentidos, ante la razón misma, el miedo a la felicidad y a la belleza, ese anhelo de apartarse de toda apariencia, cambio, devenir, muerte, deseo, anhelo mismo - ¡todo eso significa, atrevámonos a comprenderlo, una voluntad de la nada, una aversión contra la vida, un rechazo de los presupuestos más fundamentales de la vida, pero es, y no deja de ser, una voluntad!. Y repitiendo al final lo que dije al principio: el hombre prefiere querer la nada a no querer...

Nietzsche. La Genealogía de la Moral.

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13 octubre 2012

La Nación como Base de Solidaridad

El sentido moral es de gran importancia. Cuando desaparece de una nación, toda la estructura social va hacia el derrumbe.
Alexis Carrel

Leyendo un comentario en una red social me surge una reflexión sobre el egoísmo del ser humano. Negarle a éste su más básico instinto de supervivencia y querer negar que el progreso de “lo suyo” y de “los suyos” no sea aquello que mueva sus acciones es querer eliminar del hombre una de sus más básicas dimensiones, es querer borrar de él uno de sus más primarios instintos. Pero, ¿cuál es el límite de “los suyos”? ¿Hasta dónde llega el grado o sentimiento de pertenencia? Este es, probablemente, uno de los elementos que distinguen a los Estados de las Naciones.

Es en los momentos de penuria cuando salen a la luz las rencillas y conflictos. Durante la bonanza, sin embargo, todo queda soslayado por un bienestar material que solapa el conflicto espiritual o inmaterial. Los viajes y fiestas, entre otros eventos, pueden disimular de alguna manera las fricciones en el interior de los grupos. Este fenómeno ocurre en todos los ámbitos: grupos de amigos, familias e incluso sociedades. Es por ello que la existencia de nexos y vínculos fuertes, más allá de un mero compartir bienestar, se hacen imprescindibles si se quiere que las dificultades no supongan el deterioro de los vínculos.

En estos momentos difíciles los grupos se hacen más fuertes si la colectividad está bien definida y los miembros de la misma se sienten como tales, parte integrante de un todo.

En la dificultad, sobre todo cuando el individuo ve peligrar su existencia (entiéndase ésta en un sentido amplio), la tendencia es a salvarse a sí mismo a cualquier precio. Ese “sí mismo” conlleva, por lo general, la familia, en especial la más cercana. La familia, prácticamente para la mayoría de la población, forma parte de uno mismo y el sacrificio por ésta se concibe como natural. Analizando esto con detenimiento, lo que a primera vista se nos presenta como natural no lo es tal si tomamos al individuo como referencia, como unidad básica que compone la sociedad. Así, siendo puramente racionales, parece lógico que “uno mismo” no suponga más que el individuo. Sin embargo, debido a la cultura o a otra forma de control y de socialización, sentimos a la familia como una extensión de nosotros, como parte de nosotros mismos.

Esta misma sensación, o al menos una similar, es observable en las naciones fuertes, en aquellos países en los que los individuos se sienten parte de un mismo colectivo y en los que la solidaridad de sus miembros no es forzada, sino real, porque hay una entidad superior que los agrupa, que los convierte a todos partes de un mismo todo: la nación.

Tal vez por ello, hoy en día, en la España de los diecisiete territorios, sea esto más difícil. Los agravios entre unos y otros se han convertido en el pan de cada día y pareciera como que los vínculos de solidaridad entre los ciudadanos ya no los diera la españolidad, sino la pertenencia a una determinada región, provincia o municipio.

Puede que sea éste uno de los factores que compliquen la salida de la crisis. Factor por supuesto inmaterial, alejado de la economía y el desempleo, pero no por ello menos importante. Si a un ciudadano le duele ceder riqueza en provecho de otro, la cesión de ésta no será pacífica, sino traumática, y pronto se convertirá en un futuro agravio que arrojar. La nación puede tener múltiples significados y funciones, pero uno de ellos, sin duda, es la creación de lazos de solidaridad y pertenencia entre sus ciudadanos.

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03 octubre 2012

Derecho a Decidir

La libertad es el derecho a hacer lo que las leyes permiten. Si un ciudadano tuviera derecho a hacer lo que éstas prohíben, ya no sería libertad, pues cualquier otro tendría el mismo derecho. 
Montesquieu

Parece, por lo que vengo escuchando y leyendo últimamente, que el único componente de la democracia es el denominado “derecho a decidir”, que, además, este derecho se configura de manera absoluta y que es de aplicación directa. Tal vez la más reciente y sonada apelación a dicho derecho se haya producido en Cataluña, que basándose en lo antes expuesto, habla abiertamente (al menos una parte de la sociedad catalana) de secesión.

El derecho a la decisión, que tan romántico sueno en boca de quien lo pronuncia, no supone, ni puede suponer, la aprobación sistemática por parte del que lo ejerce de toda actividad tanto pública como privada que tenga a éste como protagonista. No todo, incluso en democracia, puede estar sometido a la aprobación. Si por el contrario así fuera, podríamos vernos en situaciones perjudiciales para el interés general. ¿Quién no se negaría a pagar impuestos?

El problema aquí es la territorialidad, dirán algunos: que los ciudadanos de un territorio tienen derecho a decidir sobre su territorio. Decidir sobre lo propio, al fin y al cabo. Pero, ¿dónde está el límite de la territorialidad? ¿Tendrían los comerciantes y habitantes de Camino de Ronda derecho a decidir si el metropolitano de Granada debe pasar por su calle?

La respuesta a esta última pregunta nos parece obvia: las decisiones han de ser tomadas por los gobiernos, en pos del interés general, aunque los residentes y trabajadores de Camino de Ronda se nieguen. Son los gobiernos (local y regional en este caso) los que deciden sobre los gobernados, sin que quepa el negarse por parte de los afectados. ¿O acaso tendría derecho que su rechazo paralizara un proyecto que afecta a toda la capital granadina y parte del cinturón?

Pues algo similar ocurre con Cataluña. En 1978 se aprobó la Constitución con un amplio respaldo de la población catalana. Ese pacto que supone la Carta Magna implica que las decisiones que afecten a una parte de la nación no pueden ser decididas exclusivamente por los que habitan en el territorio, sino por el conjunto. Y para ser más precisos, en nuestro caso concreto, por los representantes democráticamente elegidos.

Es por ello que considero que quienes se amparan en un “derecho a decidir” (al menos no como se plantea actualmente, en el sentido territorial arriba descrito) lo hacen sin consistencia ninguna, ya que dicho derecho no queda consagrado en ninguna fuente jurídica. Las proclamas que apelan a dicho derecho lo hacen, pues, sin consistencia jurídica alguna.

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01 octubre 2012

Volver a Empezar

La historia es un incesante volver a empezar. Tucídides

Es probable, no lo he mirado, que todos los comienzo de curso empiece el blog con una propuesta de darle más continuidad, de actualizarlo más a menudo. Debe de haber en el cerebro algún mecanismo psicológico que haga que los día 1, en concreto los 1 de grandes ciclos (comienzo de curso, comienzo de año), a uno le venga el impulso de darse una nueva oportunidad, de comenzar de nuevo, de poder enmendar lo errado.

Y menos mal que es así, menos mal que los años son periódicos y de esta manera podamos volver a empezar, podamos volver a renovar nuestros ánimos y nuestras voluntades para poder superarnos un poco más. El hecho de volver a empezar le da a uno de nuevo esa oportunidad de superarse a sí mismo, de poder decir “este año sí que sí”. Y, aunque es probable que este año pase lo que el anterior, el hecho es que tenemos (al menos psicológicamente así nos lo parece) una nueva oportunidad. Siempre hay cierto encanto en algo que empieza.

¿Qué pasaría si los años fueran lineales, si no se volviera a volver? Tal vez, si el tiempo no fuera periódico, nos costaría encontrar el día de darnos otra oportunidad, el día de empezar, el día primero. Y es que los número tienen algo de psicológico, y los propósitos se hacen en año nuevo. ¿O alguien se propone empezar a partir de un día 18 de algún mes?

Espero en esta temporada del blog (la séptima ya) poder escribir más a menudo y retomar el aire de las antiguas reflexiones.

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19 septiembre 2012

Lo Bueno y lo Malo como Elementos de Poder

No puedo desear que ganen los buenos, ya que ignoro quienes son.
Gonzalo Torrente Ballester

Encontrar una definición acerca de lo bueno y de lo malo puede resultar harto difícil, sobre todo cuando los conceptos están viciados por el lenguaje y los usos. Si miramos a estos conceptos desde su acepción ética, desde su valoración axiológica/normativa, lo que sí parece más o menos claro es que ambos conceptos son antagónicos entre sí, es decir, algo no puede ser bueno y a la vez: una conducta no puede ser buena y mala a la vez.

Lo enunciado en el párrafo anterior se cumple siempre que consideremos que lo bueno y lo malo son conceptos fijos, no relativos, eternos. Pero, ¿es realmente así? ¿O son los conceptos bueno y malo conceptos discrecionales?

Aunque pueden ser varios los parámetros sobre los que medir estos conceptos (la bondad asociada a lo natural, la bondad asociada al altruismo, etc.), la bondad y la maldad, al fin y al cabo, no es sino reducir el mundo a dos mundos: todo fenómeno de la realidad se acaba insertando en uno de estos conjuntos, lo cual lleva a una simplificación excesiva de la realidad. Esta reducción del mundo, cuando no existe en ella un ánimo de verdad, nobleza o autenticidad, puede ser realmente atractiva a la hora de trasladar mensajes a la sociedad y a la opinión pública.

Imaginemos que uno de los grupos de la sociedad que pugna por el poder (no necesariamente político) consigue establecer en la mente de los demás que todos los actos y opiniones emitidos por su parte forman parte de lo “bueno”. ¿Qué más argumentos habría que esgrimir o qué más razonamiento serían necesarios para el convencimiento de los demás que partir de la calificación de bueno? ¿Cómo se destruye esa presunción de bondad?

La simplificación de la realidad en bueno y malo puede ser peligroso, máxime cuando se han perdido las referencias sobre qué es bueno y qué no. De la misma manera, el que ostenta en sus opiniones y actitudes la calificación de bueno, ya tiene una gran porción de legitimidad. Es por ello que puede decirse que la capacidad de enunciar qué es bueno y qué es malo es un gran elemento de poder.

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09 septiembre 2012

El Sentimentalismo en las Ideas

No es con una idea como se levanta a un hombre, sino con un sentimiento.
Hipólito Taine

Desde un plano teórico, el debate de ideas debe ser aquella discusión en la que los participantes, mediante la razón y argumentación, consiguen hacer ver en los demás la bondad de las ideas que uno defiende. Entonces, cada uno de los participantes en la conversación, aportará su punto de vista fundamentado en su conocimiento y experiencia con el fin de hacer recapacitar al resto de interlocutores. Estos otros interlocutores, siempre en teoría, cuando reconozcan la superioridad de otra idea o la estimen más apropiada para el caso debatido, aceptarán esta nueva visión del problema o cuestión, y entre todos concluirán una misma idea, ya sea original de alguno de los exponentes, ya sea amalgama de varias de ellas.

Sin embargo, la práctica va por otro lado. Rara vez en un debate alguien cede ante las ideas de los demás, al menos en el propio debate, por muy convincentes que estas sean.

Las ideas pueden parecer a priori entes asépticos alejados de toda emotividad y sensación, simples argumentaciones expuestas en un plano lógico, abstracto, difuso y alejado de los individuos concretos. Pero mucho me temo que no es así.

Las ideas, en cierta manera, pertenecen a sus dueños. Defender una idea es más que defender una proposición lógica abstracta, es defender parte de uno mismo.

Cada individuo necesita hacerse una composición del mundo. Dicha composición está formada por ideas que le ordenan los objetos y fenómenos de ese mundo y establecen una serie de relaciones, causas y finalidades. La alteración de una de esas ideas, sobre todo si es fundamental, es la alteración del mundo, de la realidad.

El individuo, además, es consumidor de seguridad. El conocimiento de la realidad es una dimensión básica de esa seguridad: el creer que uno sabe cómo funciona el mundo y cuáles son los elementos que lo rigen es fundamental para esa seguridad. Nadie se siente igual, por ejemplo, el primer día que uno visita una ciudad.

A la seguridad, hay que añadirle además un sentimiento de pertenencia. En cierta manera, las ideas nos pertenecen. Son nuestras, sobre todo si somos incapaces de recordar donde las hemos aprendido o adquirido. Defender nuestras ideas es, en cierta manera, defendernos a nosotros mismos, y en esta defensa va implícito un sentimentalismo, unas emociones hacia esas ideas. La defensa de unas ideas que creemos nuestra se convierte entonces en una lucha de “lo nuestro”, al igual que defenderíamos a nuestra familia o nuestro equipo de fútbol. En cierta manera en las ideas también se da un sentimiento de pertenencia.

De este sentimiento de pertenencia/posesión y este sentimentalismo en las ideas nace un orgullo a la hora de defender unas ideas en una discusión. Es prácticamente imposible, si ésta es acalorada, que las ideas se reconozcan válidas por parte del “contrario” en el mismo momento del debate. Lo cual no significa que las ideas no penetren en el otro y que éstas sean inmutables una vez que se instalan en un individuo, simplemente necesitan cierto reposo para que el otro las adquiera o las empiece a sopesar, precisamente por este orgullo. Las ideas fluyen y varían, por supuesto, en cada uno, pero en el mismo momento del debate es difícil que reconozcamos la influencia de las otras.

Todo ello hace reflexionar sobre el carácter de las ideas. Las ideas, sobre todo las que forman parte de esa seguridad personal (religión, política, etc.) no son meros elementos abstractos que se modifican ante la evidencia de superioridad de otra. Ellas nos pertenecen, o nosotros les pertenecemos. Cuando las defendemos públicamente, en cierta manera nos defendemos a nosotros mismos, nuestra manera de actuar, nuestra manera de ser. Es tal vez por ello que un debate sosegado y cívico resulte tan complicado, ya que, en cierta manera, cambiar de idea significa reconocer que estábamos equivocados, y el orgullo no siempre lo consiente.

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11 julio 2012

Mirando hacia delante

El hoy es malo, pero el mañana es mío
Antonio Machado

Hoy he leído en el diario ABC una reflexión sobre la situación actual de España. Me gustaría compartirla con todo aquel que quiera. Creo que lleva razón y que hay que empezar a mirar hacia el futuro, a empezar a construir, a mirar hacia delante. Hay que salir a decidir nuestro futuro y no esperar a que éste venga solo.

Nuestro futuro está abierto. Es fruto de un aprendizaje y, sobre todo, territorio de una esperanza. Pero nuestra desorientación sólo se resolverá si somos conscientes de lo ocurrido: no ha sido consecuencia de una inevitable desgracia, sino resultado de nuestros actos. No hemos luchado contra molinos ni contra la furia desatada de los elementos, sino contra nuestras propias carencias, contra nuestra dolorosa inmadurez. “El hoy es malo, pero el mañana es mío” dijo Machado hace cien años, cuando España afrontaba la necesidad de reconocerse como nación en marcha. Si el hoy es malo, el futuro sólo será nuestro como reconocimiento de nuestra responsabilidad, como delación de nuestros errores, como acto de construcción y resuelta empuñadura de nuestra decisión de ser, de una vez por todas, ciudadanos de una nación que nos aguarda para realizarse desde hace ya demasiado tiempo. 

Fernando García de Cortázar

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07 julio 2012

A vosotros (políticos) os hemos formado en interés del Estado tanto como en el propio vuestro, para que seáis en nuestra República nuestros jefes y vuestros reyes.
Platón 

No es pequeño el clamor que existe contra la “politización” de todo. Las cajas de ahorro, las universidades, sindicatos y así un sinfín de instituciones, más civiles que políticas, que han desviado el desempeño de sus funciones hacia otras serie de objetivos distintos para los que se crearon se consideran “politizadas”, cuando realmente lo que están es “partidizadas”.

Aunque sé, por supuesto, lo que hoy día “politización” quiere significar, entiendo que el concepto está mal empleado y que lo que realmente se quiere decir es “partidización”, es decir, poner al servicio de un determinado partido o ideología estructurada los recursos, decisiones y acciones de las instituciones en cuestión.

Si miramos la etimología y origen de la palabra “política” nos podemos dar cuenta de que éste significa “relativo a la polis”, es decir, a la ciudad. Este concepto de origen griego puede extrapolarse perfectamente, debido al cambio de las estructuras organizativas, al Estado. Podríamos hablar de política como “de lo relativo al Estado”.

El Estado dejó de ser hace ya el conjunto de estructuras formales burocráticas que garantiza la seguridad de sus ciudadanos y recauda y gestiona sus impuestos. El Estado pasó a ser una nación cuya soberanía reside en el pueblo, en el conjunto de los ciudadanos, y por ende, en el conjunto de sus instituciones.

A lo que quiero llegar es a que el hecho de hacer política, el hecho de influir en la nación, afecta no únicamente a las instituciones del poder político, sino que la capacidad y la responsabilidad de hacer política, de intervenir en los asuntos de la nación, corresponde a cada ciudadanos y a cada una de las instituciones del país. La política, prácticamente, es omnipresente.

Lo siguiente que hemos de ver es cuál es el objetivo de la política, qué se espera de ella. Cuando alguien hace política (en cualquiera de sus ámbitos y niveles) y gestiona unos determinados recursos debe tener claro cuál es el objetivo que persigue, qué es lo que pretende conseguir. Y es aquí donde se produce la desavenencia de los conceptos: se hace política cuando se persiguen los objetivos del conjunto de la nación, y se es partidista cuando se antepone el partido a todo lo demás.

Por eso no considero que el hecho de que miembros de partidos políticos formen parte de instituciones sea malo porque sí. El problema llega cuando éstos, en el desempeño de los cargos institucionales, desplazan los intereses generales por los suyos particulares, ya sea esta particularidad individual o colectiva.

El problema no es que una ideología (a través de las personas que la siguen y de las estructuras que las soportan) llegue a las instituciones. El problema es que una vez en ellas olviden el sentido de dichas instituciones y pongas ésta al servicio de unos intereses concretos, bien alejados del interés general. Los partidos han de comprender que son medios para hacer política, no fines en sí mismos.

Por lo tanto, y aunque hoy la única garantía para evitar la “partidización” parezca esa, no se trata tanto de que los partidos no intervengan en las instituciones, sino de que las respeten, busquen de entre sus miembros los más aptos para liderarlas y hagan así política, procurando siempre el interés general.

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28 junio 2012

La Generalitat y su particular concepto de democracia

La ley debe ser como la muerte, que no exceptúa a nadie.
 Montesquieu 

No estoy descubriendo nada nuevo cuando digo que la democracia va mucho más allá de la existencia de elecciones. El hecho de votar, por sí solo, no da democracia. Al igual que no tiene por qué ser democrático un gobierno elegido en las urnas. El ejemplo paradigmático de esto es la Alemania nazi, en la que un gobierno elegido estableció un sistema policial eliminando cualquier atisbo de democracia. La democracia va más allá de emitir un voto cada cierto tiempo.

Es, sin embargo, el Estado de Derecho uno de los principales pilares que sustentan la democracia. Este cimiento fundamental podría resumirse en la igualdad ante la ley y en el sometimiento de todo ciudadano a su imperio, no a la voluntad arbitraria de ningún individuo particular. La ley, como manifestación de la soberanía popular, es la que debe regir para todos de una manera idéntica.

Dicho esto, llama poderosamente la atención lo que acontece en Cataluña. Las recientes sentencias del Tribunal Supremo en materia lingüística vuelven a quitarle por enésima vez la razón a la Generalitat. Los miembros del gobierno catalán, ni cortos ni perezosos, se apresuran a decir que en esa materia no van a acatar ninguna sentencia que contradiga su santa voluntad.

Me gustaría aprovechar estas líneas para recordarles al Molt Honorable Presidente y a todo su Gobierno que son esa misma ley y esa misma Constitución que ellos se empeñan en ningunear las que les permite a ellos gozar de su autogobierno y su autonomía en la región catalana. Me gustaría recordarles que es desde el 1978 cuando se les ha permitido en España, gracias al consenso nacional plasmado en la Constitución, disfrutar de la libertad de legislar en materias de sus competencias, reconocer sus símbolos institucionales y acceder al autogobierno regional.

Es esa misma Constitución que habilita la creación de su Comunidad Autónoma la que le obliga a acatar todas y cada una de las sentencias de los Tribunales de Justicia de España. Ya que, si no están dispuestos a acatar esa parte, ¿por qué debería entonces nadie respetar su autonomía?

Casualmente, el discurso independentista se radicaliza ahora, cuando la impopularidad amenaza la rentabilidad electoral de su gestión: recortes de sanidad, cierres de quirófanos y centros de salud, presuntos casos de corrupción, presunta financiación ilegal de partidos, etc. Cuando más acorraladas se sientes las élites catalanas, más independentistas se proclaman. Nacionalismo instrumental puro y duro.

Por eso mismo es conveniente recordarles de vez en cuando cuál es el origen jurídico y político de su actual autonomía, muchísimo más amplia hoy que en cualquier otro momento de la Historia. Ya está bien de acatar las sentencias a la carta: o se respeta el Estado de Derecho (Constitución incluida) o no. Con todas sus consecuencias.

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25 junio 2012

Nacionalismo Instrumental

Patriotismo es amar la patria de uno, nacionalismo es odiar todas las demás.
 Charles de Gaulle

Hoy quiero compartir en este espacio dos fragmentos de un libro que trata sobre las nuevas guerras. En concreto, el libro presta especial atención a los conflictos de los Balcanes (Bosnia y Kósovo) e intenta analizar los orígenes del conflicto. La autora, Mary Kaldor, se lo achaca en gran a los nacionalismos surgidos tras la escisión de Yugoslavia o más bien, por ser más precisos, a la instrumentalización política del nacionalismo concebido como un odio hacia el otro. En concreto lo llama “Nacionalismo Instrumental”. El libro se titula “Las Nuevas Guerras”.

Las nuevas políticas de identidades consisten en reivindicar el poder basándose en etiquetas

Los movimientos nacionalistas reinventan versiones concretas de la historia y la memoria con el fin de construir nuevas formas culturales que sean útiles a la manipulación política.


Comparto estos textos porque no puedo dejar de compararlos con ciertas políticas llevadas a cabo tanto en País Vasco y Cataluña, donde en muchas ocasiones el nacionalismo de estas regiones esconde las pretensiones, bajo la idea de la diferenciación, a una élite de poder social y económica que está dispuesta a todo por perpetuarse en ese poder.

Me pareció significativo también como justo tras los primeros recortes de Sanidad y cierres de alas, quirófanos y centros de salud, Convergencia, en su congreso, llamaba a la independencia. Como dije en su momento, ante la mala gestión, nacionalismo.

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20 junio 2012

Idealismos

El verdadero heroísmo está en transformar los deseos en realidades y las ideas en hechos.
Alfonso Rodríguez Castelao

 Hay quien, hablando sobre el carácter y el espíritu de los españoles, nos describe como idealistas. Al principio, a uno se le viene a la cabeza el Lazarillo de Tormes, siempre tan presente, aunque sin saberse, en la actitud de los españoles que el concebir al español como idealista choca.

No obstante, la concepción de idealista no tiene una acepción única. Quizás la primera imagen que nos venga a la cabeza de un idealista es esa persona ingenua, un poco ajena al mundo, que mantiene cierta esperanza en que los procesos y circunstancias mejoren, basándose, la mayoría de las veces, en unos valores o ideas abstractos, etéreos, principalmente morales, proyectados sobre el conjunto de personas que, estimaría el idealista, los tiene interiorizados.

Podríamos hablar de esta persona como aquella que confía en que el mundo base su comportamiento en ideales morales y abstractos.

Sin embargo, idealista podría representar también a esa persona que cree firmemente en unas ideas, que tiene unas convicciones tan profundas que es capaz de hacer sacrificios enormes en pro de la materialización de esas ideas. Desde luego, el trasfondo de estas ideas suele descansar en un ideal de justicia y cierta bondad moral, pero a diferencia del perfil anterior, no espera ninguna actitud por parte de los demás, sino que es él mismo, mediante su fe, actitud, hechos, discursos o acciones quien pretende extender esas ideas, llevarlas a la práctica y transformar el mundo a partir de ellas.

Correspondería este tipo de personas a aquellos idealistas que creen en la fuerza transformadora de las ideas llevadas a la práctica.

Quizás, pensando con detenimiento, este segundo perfil de idealista si podría corresponderse con el carácter del español: la asimilación de unas ideas y/o concepciones y su incesante esfuerzo por llevarlas a cabo.

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