22 julio 2014

La Necesidad de Expresión

El arte de la expresión no me apareció como un oficio retórico, independiente de la conducta, sino como un medio para realizar plenamente el sentido humano
Alfonso Reyes

Además de la archiconocida libertad de expresión consagrada en las constituciones de todas las democracias, existe, ya alejado del plano político y más próximo al vital, otra circunstancia relacionada con la comunicación y la expresión que es la necesidad de expresión.


Todo ser humano necesita comunicarse y expresar aquello que piensa y siente. Los casos que encontramos en la Historia que contradicen esta regla no son más que héroes que han conseguido superponer la necesidad ante la voluntad. Como excepción que es, confirma la regla, de la misma manera que hace presuponer que la mayoría de mortales se subsumen en la proposición general.

La motivación de esta necesidad puede ser variada. Puede surgir del altruismo humano, del hecho de querer compartir un mundo común, un sentimiento, una opinión o un pensamiento. Puede, también, provenir de la necesidad propiamente dicha, del hecho de que se necesiten a otros individuos para la consecución de una serie de fines más o menos primarios (desde la supervivencia, si se piensa en tribus, hasta un alegato en un juicio, o cualquier otra cosa).

Seguramente sean miles las causas probables de esta necesidad de expresión, aunque, además de las citadas, me gustaría llamar la atención sobre la necesidad de expresión como dimensión vital, es decir, como parte de la construcción del propio individuo. Cuando uno piensa, piensa para sí y no siempre piensa con nitidez ni sabe encajar el pensamiento (muchas veces mezclados con sentimientos, además) en un concepto. El hecho de expresar el pensamiento obliga al pensador a contenerlo en una serie de conceptos abstractos e ir dándole forma. La lengua y, en definitiva, la expresión, ayuda a conocer el pensamiento, a concretarlo, a ponerle nombre, a modelarlo. Y es sobre esos pensamientos concretos sobre los que parece más fácil que el individuo se edifique a sí mismo.

Esta necesidad de expresión puede no mostrarse siempre con la misma intensidad, pero es innegable que en ciertos casos se vuelve apremiante. Uno necesita expresarse para ordenarse. Y muchas veces, el hecho de la expresión resuelve un problema, simplemente por haber sabido ordenar una serie de abstractos no definidos.

Ocurre también a veces que uno quiere decir sin decir, transmitir casi sin querer, de manera sutil, sin que parezca que está expresando nada. Aparecen entonces toda una serie de recursos, como las metáforas o los mensajes entre líneas, próximos al campo del arte. Entonces el transmitente se libera de la carga de la transmisión aunque éste no haya sido recepticia o no pueda confirmarse la recepción. Aun así, la necesidad de expresión ha sido satisfecha, al menos parcialmente.

Posiblemente, y esto en todo caso será motivo de otra entrada, el arte no sea más que una forma de expresión a través de una serie de símbolos conocidos y compartidos en los que el artista se ordene a sí mismo, y que la estética sea ese lenguaje no verbal, y por ende normalmente menos certero, que comparten el que contempla o vive el arte y el artista.

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17 junio 2014

El Poder de las Preguntas

Tal vez las preguntas son más poderosas que las respuestas.
Dan Brown

Creo haber comentado ya por aquí alguna crítica o comentario que se me ha hecho en relación a que mis entradas, muchas veces, no concluyen nada, sino que se limitan a formular una serie de planteamientos y cuestiones sin determinar una solución o una aproximación a eso mismo que se viene planteando.

La reflexión que hoy propongo toca tangencialmente el tema de las preguntas, la trascendencia que tienen las preguntas, en ocasiones (sino siempre) más que las respuestas. En concreto, trasladaré esta cuestión que puede parecer a priori más teórica que práctica a un tema tangencial y cotidiano como es la política.

Cierto es que la respuesta concreta y las soluciones y “verdades” dadas por grupos con vocación política (lo que sería una ideología) es importante en cuanto suponen el camino para la acción política, esto es, la guía racional (a priori también) sobre la que se han de conducir los pasos para alcanzar la mejor de las sociedades. La ideología proporciona un contenido para la acción política, una estrella polar en el océano política, una fuente estática y perenne de verdad.

Pero no es menos cierto que la contingencia política (de los países democráticos) de cada día deja poco margen para la consecución de un programa ideológico completo, debido esto a la multiplicidad de actores, fuentes de poder, intereses enfrentados y otra suerte de factores políticos que tampoco pretendemos desarrollar aquí. Lo que pretendemos resaltar es que es harto difícil la consecución de un programa ideológico hasta sus últimas consecuencias.

Precisamente por la variedad de actores e intereses, el espacio político es finito: es decir, no se puede hablar y debatir de todo a la vez y es preciso llevar a cabo una selección de temas. Algo así como lo que se dice de los diarios de papel: que éste ha de tener el mismo número de hojas haya o no noticias. Si las hay, habrá que otorgar relevancia; que no las hay, habrá que traer al noticiero cuestiones menos intrascendentes o, en ocasiones, inapropiadas.

Cuando la agenda política está saturada, la capacidad de plantear temas hace que esta capacidad sea incluso más poderosa (en cuanto que tiene mejores beneficios, de cara a unas elecciones, por ejemplo) que la posibilidad de expresar el programa completo de uno. Es decir, la capacidad de que en las tertulias y en la prensa aparezcan determinados temas y no otros puede llegar a ser más relevante que la solución propuesta.

Esto, por su parte, hace que en muchas ocasiones se cuelen por trascendentes temas que son meramente anecdóticos. Lo cual, como otro de los posibles males que pueden aquejar una democracia, es la discusión sistemática de temáticas secundarias, dejando en un segundo plano otros problemas que pueden resultar vitales para el conjunto de la ciudadanía.

Es por todo esto que la ciudadanía debe ser lo suficientemente madura, racional y sosegada como para no dejarse llevar por ciertos debates que en ocasiones suscitan más el fervor pasional que la discusión razonada y que no sirven más allá que para ocultar otras realidades. Por eso, desde aquí, me gustaría llamar la atención de nuevo de la importancia de las preguntas y del poder que puede suponer tener la capacidad de poner sobre la mesa los asuntos a tratar.

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13 febrero 2014

La Sacralización de las Ideologías

Hay más religión en la ciencia del hombre que ciencia en su religión.
Henry David Thoreau 

El paso de las religiones hacia las ideologías supuso el paso de la adscripción política (y social) de un grupo por la mera creencia, superstición o tradición a una nueva adscripción con bases racionales. Al fin y al cabo, tanto religiones como ideologías tratan de explicar la realidad y por qué ésta se configura así y no de otra manera, además de dar una serie de prescripciones sobre actuaciones, individuales y colectivas, que harían del mundo un sitio mejor.

Así, las explicaciones de las ideologías (aunque no exentas de mitos), procuran tener una base enteramente racional, procuran, en relación a unos hechos descritos y observados, aportar unas soluciones y una nueva configuración de las cosas. Ello no implica, desde luego, que no se apele al sentimiento o a la creencia (no demostrable, se entiende), aunque los fundamentos de la ideología pretendan siempre mostrarse como más objetivos e incluso científicos.

Podemos afirmar, por tanto, que la base de la ideología son unos hechos que tienen lugar en la realidad que mediante la razón se ordenan y que se proyectan en el mundo de las ideas de manera que dé como resultado una sociedad más armoniosa y justa. Se trataría, al menos en la génesis de estas ideologías, de un debate de ideas, racionales, basadas en hechos, mediciones, observaciones y constataciones.

Transcurrido el tiempo, el hecho objetivo y el análisis de la realidad se dejan a un lado. Se han formado ya grupos estables con estructuras sólidas de organización y lo que comienza a primarse no es ya la refutación o no de la bondad unos hechos, la corrección de unas políticas o la adecuación de unas u otras actividades. Lo que comienza a primar es la adscripción por parte de unos individuos a unos u otros grupos ideológicos. El sujeto reemplaza al objeto en los debates, y son los actores y no las actuaciones las que hacen ponderar al público en general la bondad o maldad de lo acontecido. Dependiendo de quien promulgue una u otra actuación, la actuación será buena o mala, aunque sea la misma (como se ha vista en España) fomentada por gobiernos de diferente color, la oposición siempre estará en contra.

Los hechos, las ideas e incluso los valores morales han pasado a una segunda fila. Lo importante de una ideología es adscribirse a ella, no seguir sus pautas. Además, los mensajes ideológicos y políticos se simplifican cada vez más, llegando ser meras consignas, cada vez más sencillas y banales, apropiándose de los conceptos de bien y otorgando de manera automática el mal a los adversarios. “Nosotros defendemos la justicia”. “Ellos nos roban”. Y un largo etcétera.

Hemos llegado a un punto en que es más importante quién hace o dice qué, que realmente qué hace o dice, algo que parece ir en contra del propósito o la filosofía de las propias ideologías. Cabe preguntarse entonces ¿son las ideologías las nuevas religiones?

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08 diciembre 2013

Lo Ciudadano y lo Social

El objetivo de la educación es la virtud y el deseo de convertirse en un buen ciudadano.
Platón

Ambos conceptos se antojan bastante similares. Hacen referencia, cuando se habla de movimientos sociales y/o ciudadanos, a movimientos que hunden sus raíces en personas que no ocupan un puesto en las instituciones y de la que se ha de presumir (o se pretende) espontaneidad, en el sentido en que nacen de la solidaridad y/o la conciencia de dichas personas, que no son arrastradas por élites o líderes. Son, en definitiva, movimientos horizontales.


No obstante, a mí se me antojan algunas diferencias entre ambos términos. Cuando se denota que algo es social, se hace más hincapié en la solidaridad que en la espontaneidad. Existen políticas sociales, y éstas, en su mayoría, están encaminadas a socorrer o auxiliar a personas (parte de nuestra sociedad, y de ahí nace la obligación moral) que precisan de dicha ayuda. Así, en cierta manera, lo social se me antoja a mí más sentimental, pudiendo ser incluso movida o llevado a cabo por algún tipo de liderazgo, e incluso pudiendo ser una moda o un movimiento de masa.

Por otro lado, cuando se hace referencia a ciudadanía, parece que el elemento principal del término es el individuo, su razón y su capacidad crítica, amén de su libertad. A través de su individualidad, esta persona puede (y así ocurre muchas veces) asociarse con otras en pro de acciones solidarias y de búsqueda del bienestar de sus conciudadanos y vecinos, pero la determinación de realizar tal o cual cosa viene de una reflexión crítica, de una libertad de conciencia y de acción que tiene como conclusión el llevar a cabo las proclamas o actividades que sean.

Además, el concepto ciudadano parece quedar claramente desvinculado al poder organizado y establecido, ya sea militar o político, haciendo referencia o aludiendo a una suerte de persona media, con sus propios intereses, criterios y preferencias.

Lo social, por su parte, puede ser impuesto (aunque cabría la cuestión metafísica o conceptual de si la solidaridad puede ser impuesta) como se demostró en regímenes fascistas o comunistas. Sin embargo, la ciudadanía nunca. Ya que, aunque se consagren formalmente derechos de ciudadanía, sin una educación y cultura apropiadas, una persona no podrá alcanzar el estatus de ciudadano, en cuanto que su libertad será incompleta. Serán la educación y la cultura, además, la que proporcionarán en el ciudadano, de manera espontánea, el instinto social, la necesidad de formar parte y construir una sociedad justa.

Esto son simplemente reflexiones acerca de dos conceptos muy de moda. Y podemos preguntarnos: ¿cabe lo social sin ciudadanía? ¿Sería plenamente social? ¿Es preferible lo social por parte de la ciudadanía o, por el contrario, del Estado u otros poderes organizados? Estas cuestiones las dejaremos, en todo caso, para otra entrada.

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02 diciembre 2013

El Papel de los Intelectuales

Los que se enamoran de la práctica sin la teoría son como los pilotos sin timón ni brújula, que nunca podrán saber a dónde van.
Leonardo Da Vinci

Se habla con relativa frecuencia de los intelectuales con la intención de dar una legitimidad al mensaje que es transmitido por su parte, aprovechando el respeto que la sociedad les profesa y la autoridad (en su sentido etimológico) que les confieren. Que un mensaje sea promulgado por un llamado intelectual gana ciertos enteros, y es por ello que muchos se empeñen en llamar intelectual a cualquier cosa.

Es esto una más de las consecuencia de la sociedad actual, la sociedad del eufemismo, la sociedad del cambiarle el nombre a las cosas y de llamar a unos conceptos con la denominación de otros, de tal manera que la mente del oyente (o lector) se amolde y se oriente hacia un concreto pensamiento, lo que implica acercarnos cada día más al doblepensar orwelliano que trae consigo la pérdida de libertad que previó Confucio: “cuando las palabras pierden su significado, el hombre pierde su libertad”.

Una vez enunciada mi disconformidad con la definición (o el uso, mejor dicho) de intelectual que destaca en la sociedad actual, quiero proponer en esta entrada la mía propia.

Cotidianamente lidiamos con unas construcciones abstractas meramente humanas. Debido a la familiaridad con que en las sociedades humanas hacemos uso de ellas dejamos incluso de ser conscientes de que son puras abstracciones. Me refiero a conceptos como el lenguaje, el sistema político o el Derecho. Conceptos que no se hallan sino en la cabeza de los seres humanos que los emplean y que se rigen según sus normas. Conceptos asumidos como naturales aunque realmente no lo son.

Este tipo de ideas y conceptos necesitan, al igual que los fenómenos naturales, un análisis y una reflexión, además de una reformulación abstracta. De igual manera que el científico y el ingeniero pretenden analizar, comprender y adaptar la realidad físicomaterial, los intelectuales desempeñan una realidad homóloga con las abstracciones del ser humano. Abstracciones por otra parte fundamentales para el funcionamiento de las sociedades y los grupos humanos como el desarrollo técnico.

A esto hay que añadir además su carácter aséptico. Su labor se ciñe a esos abstractos, sin que persigan una repercusión en el mundo material. Sus instrumentos son las ideas abstractas, los conceptos abstractos, y aunque no ha de excluirse su participación en el mundo material, no será éste el que los mueva, sino como una forma de llevar a cabo sus análisis y construcciones.

Por eso, desde aquí, quiero reivindicar el papel de todos aquellos que se dedican a esa labor de análisis y desarrollo de esos entes abstractos, cuya importancia se ignora aunque su valor es fácilmente calculable imaginando la supresión de los mismos.

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12 octubre 2013

Uno de los Nuestros

No delates a tus amigos y mantén la boca cerrada
De la película “Uno de los Nuestros” 

En esta ocasión no se trata de ninguna reseña cinematrográfica, sino de una realidad que cada vez se hace más patente en España: lo importante no es el pensar de una determinada manera o subscribir una serie de principios, sino pertenecer a un grupo (ideológico o no). Lo importante no es que compartamos una serie de valores y premisas, sino que milites en un determinado grupo. En definitiva, que seas uno de los nuestros.

Esto es lo que cabe concluir después de haber visto las esperpénticas imágenes de sindicalistas vociferando a una Juez por el hecho de imputarle una serie de delitos a otros sindicalistas. No siente decepción, o al menos un cierto recelo o sospecha, porque uno de sus miembros está en el punto de mira de una instrucción judicial. Todo lo contrario, surge entonces el afán de defender al que milita donde nosotros, a uno de los nuestros.

No es un fenómeno genuinamente sindical este que nos atañe, aunque es paradigmático el caso. Se trata de un fenómeno muy español, muy nuestro, el de conformarnos una serie de prejuicios en función del grupo en que milita. E incluso más allá, tenemos los españoles una gran tendencia a aspirar a conocer todo el pensamiento de una persona por una mera opinión vertida sobre un tema “ideológico”.

Dos motivos se me ocurren para tan simple análisis: o bien nosotros somos tan sumamente simples que sólo podemos comprender el mundo y los fenómenos sociales y políticos desde dos perspectivas (los buenos y los malos) y, para ello, hemos de encasillar a todo sujeto en uno de sus bandos sin plantearnos de manera remota si quiera la posibilidad de que puedan existir personas con un criterio propio; o bien desconfiamos de manera tan exagerada de la capacidad del vecino que creemos a pies juntillas que éste sólo puede aspirar a ser de los unos o de los otros, negándole la opción de poseer un criterio propio. Una tercera opción, desde luego, es que concurran a la vez un poco de todo.

Tal vez un poco de raciocinio y serenidad en los debates y reflexiones no nos vengan nada mal. Apartar por un momento el encasillamiento sistemático entre buenos y malos en virtud exclusivamente del lado de la línea en que nos encontremos, procurando construir un mensaje u opinión con base en unos criterios más o menos absolutos, en el sentido en que no dependa de quien los sostenga sino de los argumentos o razones en sí, dándole el calificativo de bueno y de malo a los hechos por sí, y no dependiendo del grupo que los lleve a cabo o defienda.

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01 octubre 2013

El Manantial (II)

Esta entrada es la continuación de esta otra

El director del periódico “The Banner” (Gail Wynand) representa en la película al hombre común de buenas intenciones que para lograr el éxito ha sacrificado sus convicciones. Sacrificio que, por otra parte, como persona también íntegra, no se perdona y espera la redención que sólo le será posible a través del arquitecto Hoark, donde ve plasmado lo que él querría ser o haber sido. Sin embargo, y pese a su nuevo juramento personal de mantenerse íntegro en sus convicciones, transige una vez más por las presiones de las masas y su consejo de dirección, acabando firmando un ediotiral en contra de su amigo Hoark. Cuestión que no se perdona y, en su función de hombre de honor, lo conduce al suicidio.

 El personaje de Wynand representa o puede representar esa persona recta de intenciones que se abrumado y arrastrado por una opinión general en contra. Un poco el reflejo de lo que ocurre con frecuencia en las vidas cotidianas, quedando en un segundo escalón con respecto al semidiós Hoark, campeón de la integridad moral.

Por su parte, Ellsworth Monkton Toohey, el crítico de arquitectura del periódico de Wynand representa a ese hombre astuto que sabe manejar a las masas para, con ayuda de ellas, llegar al poder que tal y como confiesa a lo largo de la película, es su máxima aspiración. Suyas son afirmaciones del tipo que todo producto del hombre ha de estar a disposición de la sociedad de forma gratuita y altruista. Detesta a los genios porque son incorruptibles y funda su rencor en su propia mediocridad. Recuerda en cierta manera al reprimido del que habla Nietzsche en algunas de sus obras en el sentido de la ausencia de nobleza en sus actitudes, en su constante conspiración y en la transfiguración de valores como el altruismo o la igualdad para solapar el egoísmo y ansia de poder reales del propio personaje.

Es la contraposición de este personaje con Hoark lo que establece la cuestión principal de la película: ¿debe el individuo ajustarse en su configuración personal a las apetencias o caprichos de las masas?

Se mantiene también en la película, en boca de Toohey, que para controlar a la sociedad es necesario negar la personalidad y la autoestima del individuo, negándole su alma y espíritu, convirtiéndolo en un mero autómata al servicio de una sociedad que estará en todo caso controlada por unos pocos (en este caso, Toohey es el que crea la opinión pública y lidera a las masas). Hay, por otra parte, que tener en cuenta la época de la película (plena guerra fría y choque de los dos bloques capitalista y comunista) para poder matizar, como espectadores, el papel de Toohey, que en algunos momentos de la película puede confundirse con el mismo diablo.

Por último, en esta relación de personajes característicos de la película, hemos de encontrar a Peter Keating, al que podríamos describir como el mercenario o parásito: aquella persona que está dispuesta a vender su alma al demonio (como en efecto hace al anular su compromiso con Dominique Francon por la concesión de un edificio) por el éxito profesional. Nunca ha sido creativo, pero ni le ha hecho falta ni le importa: ha sabido estar al servicio de otros intereses más altos y ha prestado ese servicio de forma eficiente, aunque su castigo será el de ser alguien patético y carente de toda dignidad y principios, alguien que no merece el más mínimo respeto (lo que podría ser otra de las moralejas de la película).

Keating es el medio que utiliza Toohey para sus fines, es el eslabón intermedio entre masa y gobernante, es la herramienta necesaria para el triunfo del comunitarismo: un técnico o artistas al servicio de la sociedad (realmente, al servicio de los intereses de Toohey).

Este es el breve análisis de una película que genera incesantes debates. La caracterización y explicación de los personajes es una cuestión meramente personal y son muchas otras las cuestiones que suscita, como el papel del arte en la sociedad o, en esa misma sociedad, la función que ha de desempeñar la prensa. Sobre el poder y su atractivo también podría dar pie a hablar la película. Pero eso ya será otro día.

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29 septiembre 2013

El Manantial (I)

El ego del hombre es el manantial del progreso humano
Ayn Rand

Varias advertencias he de hacer para con esta entrada. Lo que se va a plasmar aquí es la crítica de una película (no del libro) El Manantial por lo que, en primer lugar, he de anunciar que los personajes a tratar, así como la trama, son los de la película que desconozco si coinciden con más o menos exactitud con los del libro o no y, en segundo lugar, también he de prevenir de que es posible que el argumento de la obra quede destripado, por lo que será exclusivamente parte de su responsabilidad el proseguir leyendo estas líneas.

Para llevar a cabo esta especie de crítica o comentario de la película analizaré de uno en uno a los personajes. Entiendo que esto debe hacerse así porque cada cual representa un estereotipo, una postura rígida y clara, difícil de encontrar ninguna en la vida real (aunque no en el arte). A continuación, extraeré el pensamiento y/o planteamientos filosóficos que creo que se desprenden de la película.

Habría que comenzar en primer lugar por el protagonista: el arquitecto Howard Roark. Desde el primer momento se deja translucir en la película el carácter decidido y obstinado del mismo, sabedor (o creyente) de su valía, que entiende que sus ideas artísticas/arquitectónicas son superiores a las dominantes en el momento. Así empieza la película: siendo expulsado de la Facultad por no adecuarse a los cánones, por creerse superior al paradigma establecido y siendo, luego, apartado de los grandes trabajos por ser su estilo demasiado rompedor, demasiado diferente al gusto común y de las masas. Se repiten varias peticiones para que transija, para que se adecúe a la sociedad, para que respete lo que ya está establecido.

Pronto nuestro protagonista tendrá su primera tentación a su integridad: adecuar un edificio de estilo moderno y eminentemente personal a los cánones clásicos, con ciertos ajustes que sin duda corromperían el estilo de Roark. Decide, como hará a lo largo de toda la película, mantenerse íntegro en sus ideas (estilo) y afirma que prefiere ser un vulgar peón de obra a pervertirse intelectualmente.

Y así es como puede quedar identificado este personaje (con la ayuda de diversos diálogos y su alegato final): como defensor de que el individuo ha de ser íntegro y que sus ideas personales (en este caso, el estilo arquitectónico) han de ser inalienables, aunque la sociedad de su tiempo no los apruebe. El individuo, por tanto, en cuanto a su capacidad de expresión y creación ha de estar por encima de la sociedad, no puede verse afectado por ella. Sin duda, uno de los principios filosóficos básicos del liberalismo: el individuo y el conjunto de derechos inalienables a su persona.

En segundo lugar tenemos a la crítica de arquitectura Dominique Francon que muestra otra concepción de la libertad opuesta a la de Hoark. Ella, aunque su personaje evolucionará hasta unas posiciones más afines a las de Hoark, entiende la libertad como la ausencia de cadenas, sean estas del tipo económico, social o, incluso, emocional. Por ello aparece desprendiéndose de todo lo que ama (esa estatua europea de un dios griego) y continuamente renegando del amor o de cualquier otro tipo de dependencia del tipo que sea. No está dispuesta a ceder en su concepción de la libertad como ausencia de cadenas o dependencia y por ello, cuando encuentra algo que le gusta o alguien a quien ama, decide huir, para garantizar su propia integridad y libertad.

A lo largo de la película, y he aquí también uno de los mensajes de la misma, ella se da cuenta de que esa libertad no consigue en no depender o sentir afinidad por nada ni por nadie, sino en hacerlo por aquellas causas o personas con las que uno se siente identificado. Puede leerse aquí entre líneas una apología al derecho de asociación, pilar fundamental también del liberalismo: cada individuo es libre de asociarse con quien lo desea y se adepto a las causas que considere oportunas, pero siempre desde el consentimiento, desde su más profunda libertad, no desde la imposición por parte de una sociedad que en muchas ocasiones carece de criterio.

Se puede ver, entonces, una contraposición entre dos conceptos o dimensiones de la libertad: una positiva (la capacidad para elegir cómo uno quiere ser y con quién quiere relacionarse) y una negativa (la no dependencia de nada ni nadie). Y, en mi opinión, la película aboga por un entendimiento de la libertad en un sentido exclusivamente positivo.

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28 junio 2013

El Imperio de la Voluntad

El espíritu cree naturalmente y la voluntad naturalmente ama; de modo que, a falta de objetos verdaderos, es preciso apegarse a los falsos.
Blaise Pascal

Vivimos tiempos en los que la racionalidad vuelve a ceder terreno en pos de la voluntad. No seré yo defensor del ultrarracionalismo, pero sí entiendo que determinadas cuotas mínimas de razón siempre son necesarias, máxime en determinados temas que tienden a derivarse por la senda de las pasiones.

Cada día se suceden más cantos a la voluntad, como fuente omnipotente. La voluntad, el querer, es justificación suficiente para todo. La reflexión sobre el bien o el mal, e incluso el análisis coste-beneficio han sido completamente postergados. Lo que importa es hacer lo que uno quiere. Y porque uno lo quiere. Todo ello enmascarado tras una suerte de derecho natural, muchas veces conceptualizado como “derecho a decidir” que no es sino un “imperio de la voluntad”, donde las apetencias de cada cual legitiman cualquier actuación de la índole que sean en el amplio abanico que va desde ir medio desnudo por la calle hasta la secesión de territorios o el aborto. Incluso se admite (moralmente) que Diputados (poder legislativo) se manifiesten fuera de los cauces previstos ante la sede del máximo órgano del Poder Judicial, porque “se tiene derecho”. Todo se basa en un “tener derecho”. Y nada es más que la exteriorización de la voluntad con máscaras de legitimidad.

Quien proclama y vive esta filosofía no sabe el peligro que corre, pues todo el mundo tiene voluntad y, por tanto, derecho a todo. La voluntad nunca podrá ser absoluta para todo el mundo, ya que siempre colisionará con otras voluntades, y entonces, ¿cuál ha de prevalecer? ¿La que mejor sepa recubrirla de la legitimidad? ¿La más fuerte? ¿La más ruidosa? Porque quien renuncia al Derecho para aplicar el “derecho a decidir”, imagino, no apelará al Derecho para solucionar las controversias de las voluntades.

Ignorar o no respetar el derecho ajeno supone dar pie a que hagan lo mismo con los propios. ¿Estamos dispuestos a ello? Ningún derecho es absoluto. Ninguno. Y lo que percibo es una tendencia a absolutizar un serie de querencias o intenciones en pro de un interés concreto, volitivo y particular, de manera completamente ajena a las reglas, si es necesario.

Renunciar a la razón y dejarlo todo subordinado a la voluntad puede suponer el enfrentamiento visceral de facciones y a la fractura social. Los gestos y actitudes también erosionan la convivencia, fomentan el enfrentamiento. No sé si quien levanta la bandera de la voluntad (muchas veces de manera inconsciente) sabe qué riesgos está asumiendo. Pero, tal vez, sería bueno reflexionar sobre ello.

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11 marzo 2013

¿Por qué las Humanidades?

La filosofía es la que nos distingue de los salvajes y bárbaros; las naciones son tanto más civilizadas y cultas cuanto mejor filosofan sus hombres.
René Descartes

En los tiempos que corren, en los cuales las Humanidades están siendo denostadas poco más que a un “hobby”, a una de las tantas posibilidades para el fin de semana (lectura, fútbol o cine), esta pregunta resulta todavía más de interés, pretendiendo ser, junto con el de la disciplina histórica, una alegato de defensa a los estudios en Humanidades, al estudio, en definitiva, del ser humano.

La obsesión de un lado por lo inmediato, y de otro por lo productivo o útil, hace que todo aquello que no reporte un beneficio económico en el corto plazo llegue a considerarse una pérdida de tiempo. Por su parte, los humanistas, los verdaderos humanistas, lo que aman al ser humano y sus creaciones (no hemos de perder de vista la figura de recién implantación de pseudo-humanista, que trae su causa en el toque intelectual que “humanismo” lleva aparejado consigo) han sucumbido a este tendencia y en ausencia de mejor argumento, en lugar de esgrimir un argumento positivo, acaban asumiendo el marco de la ciencia como suyo, creando engendros como “ciencias del espíritu”.

En lo relativo a la Historia (a la rama de las Humanidades que procura el conocimiento del pasado), y aunque nadie reconozca explícitamente su utilidad e importancia, implícitamente lo hacen. O si no, ¿por qué tanta polémica sobre lo que realmente pasó, por ejemplo, en la Guerra Civil? ¿Por qué tanto interés intentar en demostrar que Cataluña fue o no una nación?

Porque, como ocurre con las personas, uno es lo que fue y lo que ha sido. Y de igual manera ocurre con las sociedades, pueblos y naciones. Sólo el conocimiento certero de qué fuimos puede hacernos entender qué somos, por qué somos y cómo somos. Sólo el estudio riguroso del pasado puede darnos una visión completa de nosotros mismos, ya sea como individuos, ya sea como comunidad.

La ambición por ser mejor y por mejorar es lo que lleva a uno conocerse a sí mismo, con el fin de explorar los errores pretéritos y poder prevenirlos en el futuro. Y es la Historia, junto con otras áreas de conocimiento humanísticas, la que proporciona las herramientas para ello. Las Humanidades son la religión secular: la búsqueda del mejorarse a sí mismo y al entorno en busca del bienestar, no sólo material sino también espiritual. Y para ello, la construcción de lo segundo es lo que provoca el bienestar primero, y no a la inversa como actualmente se cree. ¿O alguien es capaz de imaginar su actual nivel de bienestar material sin Estado o sin derechos fundamentales? Ambas dos, a modo de ejemplo, son fruto de arduas disputas, disertaciones y discusiones en el seno de la Filosofía, otra de las ramas fundamentales de las Humanidades.

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23 febrero 2013

¿Qué hay de la lealtad?

Hasta la supervivencia de una banda de ladrones necesita de la lealtad recíproca.
Antonio Genovesi

Los análisis sobre la situación actual son numerosos hoy. Hay quien le achaca falta de solidaridad al problema de nuestro tiempo. Los hay también quien estiman que es la falta de libertad individual la que ha ocasionado este crisis, ya no sólo política, sino moral y social. También podemos leer que es la mediocridad la que se ha apoderado de todos nosotros, e incluso, la perenne picaresca española.

Tal vez todos y ninguno de estos argumentos sean ciertos. No voy a entrar (hoy) ahí, sino que intetaré enfocar la sociedad española desde el punto de vista de la lealtad: ¿Somos leales los españoles? ¿Somos leales, uno, a nosotros mismos, y dos, a nuestra sociedad y nación?

Los españoles hemos desterrado por completo la lealtad a las instituciones, quizás porque ellas mismas han dejado de ser leales sí mismas como instituciones para empezar a ser útiles a las personas o partidos que las controlan. Las despreciamos sistemáticamente. Somos incapaces de sentir la más mínima empatía o respeta por aquellas que son “de los otros”. Miramos primero el carné y después a la entidad. Son buenas o malas según puros intereses, ya no ideológicos, sino partidistas y sectarios. Pero es que muchas veces no somos leales ni dentro de la secta, sino que anteponemos nuestro interés/beneficio personal al del grupo o conjunto.

¿Por qué sucede esto? Pueden ser muchas causas, e incluso un conjunto de ellas. Lo que a mí me parece claro es que esto sucede porque hemos perdido la grandeza como referencia, el futuro, el largo plazo; y nos desvivimos por el presente, por lo material, por lo físico. Hemos perdido la referencia de gran proyecto y de lo duradero, lo persistente; y ante lo instantáneo y volátil es difícil sentir ninguna lealtad.

La lealtad, el sentirse fiel a los principios de uno, el anteponer el fin más grande sobre el fin personal, está prácticamente desterrada de los valores deseables sociales. Y ante la ausencia de un gran proyecto común ante el que participar y el cual subscribir todo se complica, ya que son la cantidad ingente de micro-proyectos (uno por persona), los cuales suponen la lucha de cada cual por el bienestar individual e inmediato, es fácil comprender por qué no somos leales los unos con los otros: porque las cesiones, en muchas ocasiones, son vistas como derrotas más que como partes imprescindibles del gran puzle social.

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02 febrero 2013

Una Oportunidad Perdida

El sentido moral es de gran importancia. Cuando desaparece de una nación, toda la estructura social va hacia el derrumbe.
Alexis Carrel

Y ya van unas cuantas. España, ese Imperio en el que no se ponía el sol, aunque sus miserias siguen siendo las mismas: fanatismo, corrupción y falsa hidalguía. Uno mira hacia atrás en la Historia de España y todo lo que evoca podría ser una escena cotidiana de la misma España del siglo XXI. Los españoles seguimos siendo los mismos.

Pero esta vez podía haber sido diferente. Estaban todos los ingredientes, el ánimo del pueblo, un referente del que huir, el ansia de democracia y el espíritu henchido de querer mirar hacia delante, de querer salir de ese lastre histórico. Recibimos, además, apoyo internacional, europeo sobre todo. El odio entre paisanos parecía haberse desterrado: los exiliados regresaban, todas las opciones políticas iban siendo incluidas en la construcción de la nueva España, una voluntad de construir un nuevo país. Pero esa oportunidad, más clara incluso que la de 1898, parece haberse esfumado también. Y mucha de la culpa la tenemos nosotros, la ciudadanía, que se ha dejado embaucar en el juego de buenos y malos, que no era otra variante del “pan y circo”, consintiendo barbaridades a “los nuestros” y siendo peores que la secta de los maniqueos para con “los otros”.

Nosotros, los ciudadanos, nos hemos dejado engañar por unas élites políticas que han conseguido hacer pasar la mediocridad por democracia, el cinismo por política y los abusos desde el poder por necesarios. Hemos consentido el enchufismo, la partidización de todas las instituciones del Estado, la corrupción (que siempre es moral), en definitiva.

Hemos llegado a ser ese país que entra en cólera cuando el portero titular es sentado en el banquillo, pero que permanece inmune, como dice Pérez-Reverte, ante Diputados que no tienen ni el graduado escolar. ¿Por qué en el deporta se acepta que sólo puedan jugar los mejores y no se acepta esto mismo en otras facetas de la vida político y social? Somos un país que ve normal que una persona sea alcalde con cinco imputaciones penales.

Parece que el único consuelo que nos queda en este país es el deporte, lo cual da un halo (mínimo, pero halo al fin y al cabo) de esperanza. Dice, de alguna manera, que sabemos trabajar duro, que sabemos luchar, y que podemos ser un gran país. Sólo que en el deporte no consentimos que a nuestro equipo de Primera División lo entrene alguien cuya categoría habitual es Tercera División, y para el resto de cosas, nos conformamos y a veces elegimos de categorías aún inferiores.

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16 enero 2013

La Vida Contemplativa

El ser capaz de llenar el ocio de una manera inteligente es el último resultado de la civilización.
Bertrand Russell

Dicen algunos estudiosos del tema que una de las claves del florecimiento de la filosofía, la política y la ciencia en la Antigua Grecia es la cantidad y uso del tiempo libre del que disponían los ciudadanos, el cual les permitía dedicarse a la “vida contemplativa”, es decir, a preocuparse por aquellas cuestiones que trascienden más allá de la mera supervivencia.

Hoy en día señala muchas veces al tiempo libre (escndido tras los conceptos de productividad y competitividad) como causante del escaso desarrollo de los países, entendido, por supuesto, el desarrollo como un componente meramente material. Sin embargo, la Historia nos muestra ciertos ejemplos en que esto no ocurre así, como el mencionado sobre Grecia.

La creatividad, ese interés por crear y/o descubrir, y por ende y a gran escala el florecimiento de las artes y las ciencias de las naciones, viene auspiciada en gran medida por una serie de factores, de los que destacaré dos.

En primer lugar podemos hablar del hastío de la obligación. Aunque hay caracteres que son más propensos a seguir caminos trazados por otros, no es menos cierto que existen otros que prefieren construir el suyo propio. Más en estos segundos que en los primeros se da, en ocasiones, un rechazo natural a todo lo que vienen impuesto, lo que es obligado, incluso aunque esa obligación haya sido auto-impuesta. Ocurre en estas personas que pierden el incentivo, la motivación; o simplemente que pierden la capacidad de disponer del tiempo en el que hacer efectivo ese interés o apetencia, que impide su aplazamiento, y por tanto, sienten cierta presión sobre la actividad que mitiga su interés y despierta cierto sentido de rebelión. Es común el algunos estudiantes imaginar actividades alternativas posibles infinitas en periodo de exámenes que, habiendo podido ser desarrolladas durante el curso, no lo han sido, y afloran precisamente en este periodo.

Un segundo factor que acentúa la creatividad es la competitividad social o grupal. Dentro de un grupo con intereses afines (piénsese grupo de amigos, grupo en torno a una actividad artística o intelectual, etc.) se incrementa la creatividad en cuanto se entra en competición. Esta competición no ha de ser formal ni declarada. La competición tácita, provocada en ocasiones por la propia vanidad del individuo o por su necesidad de status, fomenta e incentiva la creación y el trabajo, viéndose aumentada en el hecho de que los miembros del grupo sean cercanos (conocidos).

Por otro lado, como ya he mencionado, que algunos señalan al exceso de tiempo libre como uno de los grandes problemas de la sociedad actual. Más bien parece lo contrario: el tiempo libre y el cómo lo empleemos va a ser una base fundamental del desarrollo del individuo. Si éste es capaz de enfocar su tiempo libre de manera satisfactoria podrá llegar a alcanzar una vida plena, pudiéndose incluso paliar contratiempos o desafecciones en facetas “obligatorias” como trabajo o familia, haciendo las veces de vía de escape.

Por eso, más que señalar al tiempo libre como un problema (tal vez cierta corriente económica nos hablará de la productividad y competitividad como argumento para reducirlo respecto del trabajador; y a esta misma corriente habrá que recordarle el factor consumo en la economía que, generalmente, se produce en o para el tiempo libre), habría que señalar a la gestión que de ese tiempo libre se hace, criticando, por ejemplo, actitudes como las del exceso de televisión (telebasura generalmente) como, en efecto, uno de los males de nuestro tiempo.

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31 diciembre 2012

Leyes naturales de la Historia de España

Comparto hoy un texto extraído de libro de Pedro Voltes titulado Historia Inaudita de España, el cual ofrece una visión apócrifa de nuestra historia nacional. En el mismo, hay un apartado con diez leyes naturales acerca de nuestra historia y de los españoles y que, en mi opinión, gozan aun de actualidad. Copio sólo tres, que me parecen las más certeras y auténticas. Hago notar que la edición que manejo es de 1992.

Ley octava. – Todo régimen imperante en España ha designado como enemigos suyos a cierta multitud de españoles.

Ley novena. – Los criterios de conducta menos exigentes desalojan en España a los más exigentes. (Transposición a lo político social de la Ley de Gresham de que la mala moneda expulsa de la circulación a la buena). De acuerdo con este norma, en la vida colectiva española las gentes se conducen conforme a la tabla de los valores más estimados por la masa. Los superiores imitan a los inferiores.

Ley décima. – En la vida histórica española no se cumple siempre el “principio de Peter” de que todo empleado inserto en una jerarquía tiende a ascender hasta el novel de su incompetencia. Aquí se puede seguir ascendiendo mucho más arriba del nivel de incompetencia. Cabe incluso que, si el fracaso causa algún efecto calificativo, sea en son favorable y simpático. Nada está peor visto que la capacidad y el éxito.

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11 diciembre 2012

La España de El Capitán Alatriste

Que muy cierta llega la asolación de la república el día que los vicios se vuelven costumbre; pues deja de tenerse por infame al vicioso y toda bajeza se vuelve natural 
Arturo Pérez-Reverte

Dejo hoy un texto de Arturo Pérez-Reverte extraído de la obra del Capitán Alatriste, en concreto, del cuarto libro titulado “El Oro del Rey”. Me parece que es un buen retrato de la España del siglo XVII y que, en buena parte, refleja aun hoy a España.

El imperio ultramarino creado un siglo antes por Cortés, Pizarro y otros aventureros de pocos escrúpulos y muchos hígados, sin nada que perder salvo la vida y con todo por ganar, era ahora un flujo de riquezas que permitía a España sostener las guerras que, por defender su hegemonía militar y la verdadera religión, la empeñaban contra medio orbe; dinero más necesario aún, si cabe, en una tierra como la nuestra, donde –como ya apunté alguna vez- todo cristo se daba aires, el trabajo estaba mal visto, el comercio carecía de buena fama, y el sueño del último villano era conseguir una ejecutoria de hidalgo, vivir sin pagar impuestos y no trabajar nunca; de modo que los jóvenes preferían probar fortuna en las Indias o Flandes a languidecer en campos yermos a merced de un clero ocioso, de una aristocracia ignorante y envilecida y de unos funcionarios corruptos que chupaban la sangre y la vida: que muy cierta llega la asolación de la república el día que los vicios se vuelven costumbre; pues deja de tenerse por infame al vicioso y toda bajeza se vuelve natural.

Arturo Pérez-Reverte
El Oro del Rey

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17 noviembre 2012

La Democracia como Garantía

La democracia es el peor sistema de gobierno diseñado por el hombre. Con excepción de todos los demás. 
Winston Churchill

Si algo bueno tiene el estudiar Ciencia Política, es que tanto en las clases como en las conversaciones con los compañeros salen continuamente debates acerca de temas políticos, lo cual permite a uno conocer puntos de vista diversos además de que nos vemos forzados a refinar argumentos y a reflexionar sobre esos mismos debates. Sin ir más lejos, unas de las cuestiones que planteábamos era: ¿puede una democracia consentir que compitan en unas elecciones partidos no-democráticos?


El sólo concepto de democracia podría llevarnos a escribir miles y miles de folios, procurando precisar sus detalles y reflexionando sobre algunas de sus características. Siendo un poco simples, podemos quedarnos con dos elementos principales: elecciones libres competitivas para elegir gobierno y protección de derechos fundamentales (es posible, incluso, que dentro de lo segundo se incluya lo primero). En esta reflexión, nos quedaremos con el primero de los elementos descritos.

Volviendo a la cuestión que nos atañe, parece claro que el argumento de que si la democracia consiste en la libertad de concurrencia a las elecciones, sería una contradicción en sí misma que la democracia impidiera a otros movimientos presentarse a la misma.

Sin embargo, esta concepción se hace desde una perspectiva positiva de la democracia. Positiva en el sentido de que se entiende a la democracia como un movimiento político más, una ideología, un conjunto de pensamientos que pugnan por imponerse en la sociedad, una serie de valores concretos que también compiten.

Tal vez esta concepción positiva no sea del todo adecuada para analizar la democracia. Ésta, por otro lado, puede comprenderse desde una perspectiva negativa: la democracia no es sino una garantía de que diferentes movimientos ideológicos puedan competir en la lucha por el poder, siendo la democracia una garantía formal y procedimental de que ningún grupo pueda imponerse al resto sin un refrendo popular. En otras palabras: que la democracia, más que para elegir gobernantes sirve para quitarlos.

Esta idea (que es prestada, por cierto), me parece más adecuada para explicar la democracia. Y desde esta perspectiva, la pregunta que abría la entrada podría responderse negativamente sin riesgo de socavar la esencia de la democracia, permitiendo, legítimamente, impedir que grupos que pretendan acabar con esta garantía misma que es la democracia, opten al poder. La democracia, desde este punto de vista, no es más que un esqueleto, una estructura básica, que puede y deber ser completado con las más diversas aportaciones de movimientos ideológicos; una garantía de que nadie que no cuente con el respaldo de la mayoría del pueblo pueda ostentar el poder de manera ilimitada.

Asimismo, y como conclusión personal considero que todo movimiento político que contradiga las normas mínimas de la convivencia democrática (simplificando mucho, elecciones libres competitivas y derechos fundamentales) no debería poder competir de manera legítima por la ostentación de poder.

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05 noviembre 2012

El Ideal Ascético según Nietzsche

El hombre prefiere querer la nada a no querer
Nietzsche

Hoy, ante la escasez de imaginación e inspiración, me gustaría dejar un extracto de la obra de Nietzsche “La Genealogía de la Moral”, en concreto de su tercer tratado sobre el ideal ascético. Si prescindimos del ideal ascético, entonces el hombre, el animal hombre, no ha tenido hasta ahora ningún sentido. Su existencia sobre la tierra no ha albergado ninguna meta; «¿para qué en absoluto el hombre?» - ha sido una pregunta sin respuesta; faltaba la voluntad de hombre y de tierra; ¡detrás de todo gran destino humano resonaba como estribillo un «en vano» todavía más fuerte! Pues justamente esto es lo que significa el ideal ascético: que algo faltaba, que un vacío inmenso rodeaba al hombre - éste no sabía justificarse, explicarse, afirmarse a sí mismo, sufría del problema de su sentido. Sufría también por otras causas, en lo principal era un animal enfermizo: pero su problema no era el sufrimiento mismo, sino el que faltase la respuesta al grito de la pregunta: «¿para qué sufrir?» El hombre, el animal más valiente y más acostumbrado a sufrir, no niega en sí el sufrimiento: lo quiere, lo busca incluso, presuponiendo que se le muestre un sentido del mismo, un para––esto del sufrimiento. La falta de sentido del sufrimiento, y no este mismo, era la maldición que hasta ahora yacía extendida sobre la humanidad, - ¡y el ideal ascético ofreció a ésta un sentido! Fue hasta ahora el único sentido; algún sentido es mejor que ningún sentido; el ideal ascético ha sido, en todos los aspectos, el fuute de mieux [mal menor] par excellence habido hasta el momento. En él el sufrimiento aparecía interpretado; el inmenso vacío parecía colmado; la puerta se cerraba ante todo nihilismo suicida. La interpretación - no cabe dudarlo- traía consigo un nuevo sufrimiento, más profundo, más íntimo, más venenoso, más devorador de vida: situaba todo sufrimiento en la perspectiva de la culpa... Mas, a pesar de todo ello, - el hombre quedaba así salvado, tenía un sentido, en adelante no era ya como una hoja al viento, como una pelota del absurdo, del «sin-sentido», ahora podía querer algo, por el momento era indiferente lo que quisiera, para qué lo quisiera y con qué lo quisiera: la voluntad misma estaba salvada. No podemos ocultarnos a fin de cuentas qué es lo que expresa propiamente todo aquel querer que recibió su orientación del ideal ascético: ese odio contra lo humano, más aún, contra lo animal, más aún, contra lo material, esa repugnancia ante los sentidos, ante la razón misma, el miedo a la felicidad y a la belleza, ese anhelo de apartarse de toda apariencia, cambio, devenir, muerte, deseo, anhelo mismo - ¡todo eso significa, atrevámonos a comprenderlo, una voluntad de la nada, una aversión contra la vida, un rechazo de los presupuestos más fundamentales de la vida, pero es, y no deja de ser, una voluntad!. Y repitiendo al final lo que dije al principio: el hombre prefiere querer la nada a no querer...

Nietzsche. La Genealogía de la Moral.

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13 octubre 2012

La Nación como Base de Solidaridad

El sentido moral es de gran importancia. Cuando desaparece de una nación, toda la estructura social va hacia el derrumbe.
Alexis Carrel

Leyendo un comentario en una red social me surge una reflexión sobre el egoísmo del ser humano. Negarle a éste su más básico instinto de supervivencia y querer negar que el progreso de “lo suyo” y de “los suyos” no sea aquello que mueva sus acciones es querer eliminar del hombre una de sus más básicas dimensiones, es querer borrar de él uno de sus más primarios instintos. Pero, ¿cuál es el límite de “los suyos”? ¿Hasta dónde llega el grado o sentimiento de pertenencia? Este es, probablemente, uno de los elementos que distinguen a los Estados de las Naciones.

Es en los momentos de penuria cuando salen a la luz las rencillas y conflictos. Durante la bonanza, sin embargo, todo queda soslayado por un bienestar material que solapa el conflicto espiritual o inmaterial. Los viajes y fiestas, entre otros eventos, pueden disimular de alguna manera las fricciones en el interior de los grupos. Este fenómeno ocurre en todos los ámbitos: grupos de amigos, familias e incluso sociedades. Es por ello que la existencia de nexos y vínculos fuertes, más allá de un mero compartir bienestar, se hacen imprescindibles si se quiere que las dificultades no supongan el deterioro de los vínculos.

En estos momentos difíciles los grupos se hacen más fuertes si la colectividad está bien definida y los miembros de la misma se sienten como tales, parte integrante de un todo.

En la dificultad, sobre todo cuando el individuo ve peligrar su existencia (entiéndase ésta en un sentido amplio), la tendencia es a salvarse a sí mismo a cualquier precio. Ese “sí mismo” conlleva, por lo general, la familia, en especial la más cercana. La familia, prácticamente para la mayoría de la población, forma parte de uno mismo y el sacrificio por ésta se concibe como natural. Analizando esto con detenimiento, lo que a primera vista se nos presenta como natural no lo es tal si tomamos al individuo como referencia, como unidad básica que compone la sociedad. Así, siendo puramente racionales, parece lógico que “uno mismo” no suponga más que el individuo. Sin embargo, debido a la cultura o a otra forma de control y de socialización, sentimos a la familia como una extensión de nosotros, como parte de nosotros mismos.

Esta misma sensación, o al menos una similar, es observable en las naciones fuertes, en aquellos países en los que los individuos se sienten parte de un mismo colectivo y en los que la solidaridad de sus miembros no es forzada, sino real, porque hay una entidad superior que los agrupa, que los convierte a todos partes de un mismo todo: la nación.

Tal vez por ello, hoy en día, en la España de los diecisiete territorios, sea esto más difícil. Los agravios entre unos y otros se han convertido en el pan de cada día y pareciera como que los vínculos de solidaridad entre los ciudadanos ya no los diera la españolidad, sino la pertenencia a una determinada región, provincia o municipio.

Puede que sea éste uno de los factores que compliquen la salida de la crisis. Factor por supuesto inmaterial, alejado de la economía y el desempleo, pero no por ello menos importante. Si a un ciudadano le duele ceder riqueza en provecho de otro, la cesión de ésta no será pacífica, sino traumática, y pronto se convertirá en un futuro agravio que arrojar. La nación puede tener múltiples significados y funciones, pero uno de ellos, sin duda, es la creación de lazos de solidaridad y pertenencia entre sus ciudadanos.

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03 octubre 2012

Derecho a Decidir

La libertad es el derecho a hacer lo que las leyes permiten. Si un ciudadano tuviera derecho a hacer lo que éstas prohíben, ya no sería libertad, pues cualquier otro tendría el mismo derecho. 
Montesquieu

Parece, por lo que vengo escuchando y leyendo últimamente, que el único componente de la democracia es el denominado “derecho a decidir”, que, además, este derecho se configura de manera absoluta y que es de aplicación directa. Tal vez la más reciente y sonada apelación a dicho derecho se haya producido en Cataluña, que basándose en lo antes expuesto, habla abiertamente (al menos una parte de la sociedad catalana) de secesión.

El derecho a la decisión, que tan romántico sueno en boca de quien lo pronuncia, no supone, ni puede suponer, la aprobación sistemática por parte del que lo ejerce de toda actividad tanto pública como privada que tenga a éste como protagonista. No todo, incluso en democracia, puede estar sometido a la aprobación. Si por el contrario así fuera, podríamos vernos en situaciones perjudiciales para el interés general. ¿Quién no se negaría a pagar impuestos?

El problema aquí es la territorialidad, dirán algunos: que los ciudadanos de un territorio tienen derecho a decidir sobre su territorio. Decidir sobre lo propio, al fin y al cabo. Pero, ¿dónde está el límite de la territorialidad? ¿Tendrían los comerciantes y habitantes de Camino de Ronda derecho a decidir si el metropolitano de Granada debe pasar por su calle?

La respuesta a esta última pregunta nos parece obvia: las decisiones han de ser tomadas por los gobiernos, en pos del interés general, aunque los residentes y trabajadores de Camino de Ronda se nieguen. Son los gobiernos (local y regional en este caso) los que deciden sobre los gobernados, sin que quepa el negarse por parte de los afectados. ¿O acaso tendría derecho que su rechazo paralizara un proyecto que afecta a toda la capital granadina y parte del cinturón?

Pues algo similar ocurre con Cataluña. En 1978 se aprobó la Constitución con un amplio respaldo de la población catalana. Ese pacto que supone la Carta Magna implica que las decisiones que afecten a una parte de la nación no pueden ser decididas exclusivamente por los que habitan en el territorio, sino por el conjunto. Y para ser más precisos, en nuestro caso concreto, por los representantes democráticamente elegidos.

Es por ello que considero que quienes se amparan en un “derecho a decidir” (al menos no como se plantea actualmente, en el sentido territorial arriba descrito) lo hacen sin consistencia ninguna, ya que dicho derecho no queda consagrado en ninguna fuente jurídica. Las proclamas que apelan a dicho derecho lo hacen, pues, sin consistencia jurídica alguna.

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01 octubre 2012

Volver a Empezar

La historia es un incesante volver a empezar. Tucídides

Es probable, no lo he mirado, que todos los comienzo de curso empiece el blog con una propuesta de darle más continuidad, de actualizarlo más a menudo. Debe de haber en el cerebro algún mecanismo psicológico que haga que los día 1, en concreto los 1 de grandes ciclos (comienzo de curso, comienzo de año), a uno le venga el impulso de darse una nueva oportunidad, de comenzar de nuevo, de poder enmendar lo errado.

Y menos mal que es así, menos mal que los años son periódicos y de esta manera podamos volver a empezar, podamos volver a renovar nuestros ánimos y nuestras voluntades para poder superarnos un poco más. El hecho de volver a empezar le da a uno de nuevo esa oportunidad de superarse a sí mismo, de poder decir “este año sí que sí”. Y, aunque es probable que este año pase lo que el anterior, el hecho es que tenemos (al menos psicológicamente así nos lo parece) una nueva oportunidad. Siempre hay cierto encanto en algo que empieza.

¿Qué pasaría si los años fueran lineales, si no se volviera a volver? Tal vez, si el tiempo no fuera periódico, nos costaría encontrar el día de darnos otra oportunidad, el día de empezar, el día primero. Y es que los número tienen algo de psicológico, y los propósitos se hacen en año nuevo. ¿O alguien se propone empezar a partir de un día 18 de algún mes?

Espero en esta temporada del blog (la séptima ya) poder escribir más a menudo y retomar el aire de las antiguas reflexiones.

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