20 noviembre 2009

Relativismo


Si mi teoría de la relatividad es exacta, los alemanes dirán que soy alemán y los franceses que soy ciudadano del mundo. Pero si no, los franceses dirán que soy alemán, y los alemanes que soy judío.
Albert Einstein

Todo es relativo. O al menos eso es lo que pretende defender el relativismo. Nada se puede verificar ni refutar de manera absoluta. Siempre queda un “pero”. Ni lo bueno es bueno, ni lo malo es malo: todo depende de cómo enfoquemos esa mirada, de cómo describamos las acciones y de con que partes nos quedamos.

Todo puede ser reducido al relativismo. Incluso las matemáticas, absolutas donde las haya. No siempre dos más dos son cuatro. Y eso es cierto. Si trabajamos en un sistema en base tres, por ejemplo, dos más dos será uno.

En las conductas morales el relativismo es bastante frecuente para defender una determinada actitud. “Es que para mí eso no es malo”, argumento el que defiendo algo que choca con la conducta o moral de la mayoría. “Y la moral es algo totalmente personal y subjetiva”.

Igual puede pasar con el arte. Es más, suele pasar cuando a uno le critican una obra: “No, pero es que el arte es algo de cada uno. Y a mí me gusta así”, aunque sea una auténtica porquería.

Yo creo que hasta el relativismo es relativo. No todo puede ser relativizado, o al menos, no hasta el extremo que se quiera. Cuando algo se relativiza en exceso, pierde su esencia. La moral deja de ser moral cuando todo vale. El arte deja de ser arte cuando cualquier manifestación es considerada con valiosa. Todo ha de seguir unos criterios y normas más o menos establecidos. Todo tiene unos límites.

Debe haber algo, unos criterios (en los que hoy no entraremos) que dispongan la libertad del arte. Pero debe haber una serie de características, atributos o factores comunes que describan lo que es el arte. No todo puede ser arte. Igual que dos más dos no puede ser cualquier número. De acuerdo con que no siempre es cuatro, pero no puede ser el número que nos dé la gana. Habrá que fijarlo con las normas de ese sistema o esa base. Y según una u otra base, será uno u otro resultado.

El relativismo debe ser manejado entre unos límites. Veamos por ejemplo que ocurre con la libertad. La libertad marca unos límites, tradicionalmente se dice que acaba la de uno donde empieza la de otro. En el momento que borramos ese límite la libertad se convierte en libertinaje. Todo vale. Todo está permitido. Y eso anula por completo la esencia de la libertad.

El relativismo es necesario, desde luego. No todo es blanco o es negro. Hay puntos intermedios. Hay que nadar por esos mares intermedios, y es ahí donde se encuentra la variedad y la humanización. Si todos pensáramos igual, por ejemplo, no seríamos personas. Seríamos productos de fábrica. Es la variedad lo que enriquece a la humanidad, la diversidad de puntos de vista y lo relativo de ciertas instituciones propiamente humanas, como son la moral o el arte.

Sin embargo, un exceso relativismo conduce a la desintegración, a la extinción, a la destrucción. Todo pierde su identidad. Nada es nada y todo es todo a la vez. El exceso relativismo acaba en una anarquía conceptual donde nadie sabe qué es nada.

1 comentario:

Alberto Bueno dijo...

99% relativista, 1% absoluto.
Éso soy yo. El 1% se corresponde con una sóla cosa: dignidad. Es el único valor absoluto; el problema, cómo no, es que hasta la dignidad se puede relativizar.

Puestos a elegir, pues, me quedo con Nietzsche. Relatividad.