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01 abril 2021

La rebeldía ya no es lo que era

“Lo sagrado: ahí está el enemigo.”
Pintada en Nanterre, en mayo del 68

La rebeldía ya no es lo que era. O al menos, esa es la impresión que tengo. Mis últimas lecturas me han devuelto a unas generaciones anteriores que se comparaban con las contemporáneas y creo distinguir elementos diferentes en las proclamas de la juventud, que suele abanderar las causas de la rebeldía.

La generación de mis padres y las inmediatamente anteriores también fueron rebeldes en su época. No sólo en el contexto español, donde la dictadura hacía de diana para cualquier instinto subversivo, sino incluso en el contexto europeo. Pensemos en el mayo del 68 y el conjunto de revueltas estudiantiles que acontecieron en Europa sobre esos años. Los grafitis en la Sorbona y en otros puntos de la geografía urbana parecían tener una aspiración clara: la libertad, la libertad de poder elegir modos de vidas alternativos al occidental tradicional, la libertad de no seguir unas normas concretas (con especial mención a las sexuales), de poder cada cual dirimir las suyas. Eliminar, en definitiva, ciertas sacralizaciones de la época que ejercen de corsé. Secularizarlo lo máximo posible, esto es, abolir tabúes, derribar dogmas y exiliar los “porque sí” heredados de otras épocas.

El punto de mira, sin embargo, ha cambiado. Hoy los jóvenes no lanzan proclamas en pos de la libertad del individuo ni de su emancipación, hoy los mensajes (su mayoría en redes sociales) de los que se autoconciben como revolucionarios versan sobre cómo ha de comportarse el buen ciudadano. Miles de mensajes didácticos sobre cómo ha de ser la conducta del “buen ciudadano” y cómo cuidar el medio ambiente o cómo tienes que hacer si quieres ser, en definitiva, buena persona. Las redes están inundadas hoy de moralinas que pretenden encorsetar en un concepto concreto de bien y que pretenden postergar y señalar a todo el que no comulgue con los nuevos dogmas.

Hoy los rebeldes señalan a los nuevos herejes que viven sus vidas de otra manera (incluida la sexual). Hoy la rebeldía consiste en seguir una guía de “buen ciudadano” o, mejor dicho, de “ciudadano bueno”. La libertad y la emancipación hoy no forman parte de los objetivos de la rebeldía. Como decía, la rebeldía, hoy, ya no es lo que era.

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31 diciembre 2020

El Año que Comienza

La única alegría en el mundo es comenzar. Es hermoso vivir porque vivir es comenzar, siempre, a cada instante. Cuando falta esa sensación uno quisiera morir.
Cesare Pavese

Los ciclos tienen una característica que es a su vez ventaja e inconveniente: se repiten. El tedio de volver a empezar, la monotonía de la repetición y el a veces absurdo ritual tienen a su vez (como las monedas) su revés. Hoy, por ser el último, es posiblemente el día del año donde más balances se haga de los acontecido los doce meses anteriores. En año como este, además, cuesta imaginar que enero y febrero fueron parte del conjunto, por lo distantes que quedan y por lo diferente que han sido de los otros diez. Posiblemente, este haya sido el año más anómalo de nuestras vidas, pero, como todos, también se acaba. 

Una vez más se nos presenta ante nosotros la ilusión del año nuevo, otros 365 días sobre los que diseñar proyectos e intentar reconducir lo desviado de nuestras vidas. Nos haremos propósitos con la sensación de que fueran la primera vez los formulamos, aunque haya siempre en esta lista una serie de viejos conocidos, perennes deseos de cambios que, probablemente, estarán en esta misma lista del próximo fin de año.

Lo bueno de los años es que se acaban y nos permite renovar para con nosotros mismos toda una serie de intenciones. Los compromisos, aunque se verbalicen y se publiquen, no dejan de ser para nosotros mismos. Es el día del balance en el que, si somos un poco audaces, podemos sacar grandes momentos, alegrías y acontecimientos y ando casi convencido de que el resultado saldrá francamente positivo. A pesar de todo, el hecho de poder hacer un balance del año ya es en sí mismo una buena noticia.

Aprovecho estas líneas para felicitar el año a todo el que haya llegado hasta aquí (y al que no también) y espero que el próximo año se cumplan los renovados propósitos que nazcan de un día como hoy. La tiranía/superstición/psicología de las cifras así lo establece. Comenzar de vez en cuando es necesario. Los comienzos son una buena oportunidad para, esta vez sí, llevar lo propuesto a cabo.

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08 diciembre 2020

1917

La vida es una gran sorpresa. No veo por qué la muerte no podría ser una mayor.
Vladimir Nabokov

La película 1917 puede ser una de las mejores películas que he visto del año 2019. No siendo muy seguidor del cine bélico, he de reconocer que esta película te sumerge por completo en la tensión y angustia de dos soldados de las trincheras de aquella Primera Gran Guerra del siglo XX. Toda la cinta mantiene la tensión de si los protagonistas conseguirán o no sus objetivos, mezclada con los horrores de la propia guerra. 

Comienza la película con un fotograma de una pradera preciosa donde uno de los soldados protagonistas duerme placenteramente la siesta. Acto seguido, y durante prácticamente toda la película, la cámara gira 180 grados y comienza la oscuridad del campo de batalla y de las trincheras: una metáfora perfecta de la capacidad destructora y de oscuridad de la guerra.

La reflexión sobre la que va a girar este texto es acerca de una escena concreta de la película. Advierto al lector que a partir de aquí se destriparán contenidos del argumento. La escena en cuestión es la muerte del soldado Blake. La reflexión gira en torno a dos aspectos: por un lado, como en la guerra un acto de humanidad con el enemigo puede costar la propia vida. El miedo al enemigo o lo que éste puede hacer contigo, o el propio odio visceral contra el igual que está en frente puede ser superior a los gestos de humanidad que éste presente. Si bien es cierto que, además, el hablar diferentes lenguas cada bando hace mucho más difícil la comunicación humana, el contexto bélico hace incrementar la confianza en el que está en frente y despertar (como fue el caso del piloto alemán) el instinto de supervivencia a toda costa que, paradójicamente, le llevó a la muerte (y a la del soldado inglés que intentó salvarle la vida).

La segunda reflexión en torno a esta escena trata acerca de un aspecto que no sólo se encuentra en el ambiente bélico, sino que puede acontecer en la vida diaria de cualquiera. Esto es, lo repentino de la muerte.

En la película, basta un giro de la cámara hacia un abrevadero de animales para que en ese intervalo de 10 segundos la suerte de uno de los protagonistas cambie por completo. La muerte le llega de repente, con una puñalada en el vientre. Y el mismo protagonista es consciente de lo que esa puñalada supone. Es ese lamento de los minutos posteriores de creer poder haber evitado el desenlace no ayudando al enemigo, por ejemplo, el que incrementa la angustia del soldado. La conciencia de que todo lo anterior (el paso por la trinchera alemana) ha sido en vano desespera aún más al moribundo. 

La conclusión que obtuve de esta escena de la película es que un mínimo acto puede ser fatal, que los acontecimientos pueden torcerse en menos de ir a una fuente a por agua y que son pequeños instantes los que pueden condicionar el curso de la historia de cada uno.

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07 enero 2019

La Belleza del Páramo

Vistas las cosas en la cámara oscura del recuerdo, toman un relieve singular.
Théophile Gautier

Uno se pasa toda la vida transitando los mismos lugares. Anda las mismas calles, come en los mismos restaurantes, se sientas en las mismas plazas. Son sitios normales, corrientes, sin ningún tipo de relevancia especial. No son especiales por tratarse de monumentos o por restaurantes con estrellas Michelín. Son sitios a los que tiene acceso cualquier persona de a pie, pero han sido parte del paisaje de cada uno durante años. En esos momentos, uno no es consciente de lo hondo que calan ciertos detalles del urbanismo y el entorno.


Al tiempo, uno ha de irse y alejarse de esas calles y rincones y pasa tiempo sin recorrerlos. Comienza a pasear debajo de otros balcones y frecuentar otros comercios. Los tenderos tienen ya otros nombres y otras hablas. Empieza uno a acostumbrarse a los sitios nuevos y los comienza a hacer suyos, hijos naturales de la rutina, dejando a los primeros como espejismos de la memoria.

Esta Navidad volví a caminar por un páramo que hacía años que no recorría. Una inmensa llanura seca con el blanco de Sierra Nevada de fondo. Una estampa que había visto decenas de veces. Sin embargo, no fue hasta ese día que no me había dado cuenta de todo lo que encerraba ese páramo ni tampoco había sido consciente de lo que representaban los días que pasábamos en el pueblo que allí se levantaba.

Cuando pasados los años uno vuelve a caminar por todos esos sitios de antaño, algo se despierta en la memoria y uno se traslada a aquellos años ya lejanos en el tiempo. Es fascinante la capacidad que tiene la memoria para despertar sensaciones dormidas con tan sólo contemplar una calle. Como uno por un momento se transforma en la persona que era y tiene aquellas mismas sensaciones, angustias, preocupaciones y alegrías. Se puede incluso sentir los anhelos de aquellos tiempos y se hace inevitable sonreír al ver lo diferente que se es. La distancia temporal frente a los lugares que han sido parte de épocas pretéritas envuelve los recuerdos con una especie de aura, creando una fijación especial en la memoria.

Eso me pasó en aquel páramo granadino, cuando vi que ese sitio había ganado para su belleza el haber sido inmortalizado entre mis recuerdos.

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03 octubre 2018

La Caja de los Fantasmas

En apariencia, fácil es hacer desaparecer al vivo. La cuestión es hacer desaparecer al muerto. Un cadáver se entierra, un fantasma, no. ¡Matar! Y ¿Después? ¿Para qué cerrar la puerta al vivo durante el día, si ha de venir el muerto cada noche a sentarse en el borde de la cama?
Rafael Barrett 

Imagino que todo el mundo conoce el mito de Pandora. Ella al desposarse traía consigo una caja. Al igual que ella, todos tenemos una caja que viene con nosotros allá donde vamos. Una caja que bien sabemos que no debemos abrir. 


Ya le pasó a Pandora, aunque no fuera exactamente el mismo contenido. En el interior de la caja que ella abrió habitaban todos los males de la Humanidad mientras que en la particular que cada uno guarda en el fondo de su armario (o debajo de su cama) habitan sólo partes de la propia vida. Tampoco son iguales los fines: a Pandora la movía una curiosidad infinita por conocer lo que con cuanto celo se guardaba y tal vez fue la advertencia/prohibición de no abrirla la que de manera inconsciente despertó el deseo de saber de la protagonista del mito. Ya se sabe: la prohibición alimenta el deseo.
Por el contrario, nosotros sabemos de sobra cuál es el contenido de nuestra caja. Es posible hasta que hagamos inventario mental con excesiva frecuencia. Lo que a cada uno de nosotros nos arrastra a levantar esa tapa no es la curiosidad sino la soberbia: la errónea creencia de que todo lo que salga de nuestra particular caja de los fantasmas está domesticado y podremos imponerles nuestra voluntad, como si de una mascota se tratara.

Pero poco hay más salvaje que un fantasma. Los fantasmas siempre se desbocan. Nunca obedecen. Nada más salir de su jaula nos desordenan el mundo y es hercúlea la tarea de volver a encerrarlos. Algunos son incluso violentos y pueden durante la lucha, además, provocarnos magulladuras que pueden tardar hasta meses en sanar.

Seguramente nada de esto sea nuevo para nadie: es probable que todo el mundo conozca los riesgos de abrir su particular caja de los fantasmas. Es igual de probable que la inmensa mayoría no considere buena idea acercarse si quiera a ellas. Y, sin embargo, se abren.

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02 septiembre 2018

El Síndrome de Forrest Gump

“Mamá siempre decía que tienes que dejar atrás el pasado antes de seguir adelante”
Forrest Gump

Imagino que todos o casi todos habréis visto la película de Forrest Gump. Si hacéis memoria, me gustaría que recordarais la escena de esta misma película en la que el protagonista encarnado por Tom Hanks comienza a correr tras un desencuentro con Jenny. Es de esta manera que Forrest comienza a correr sin rumbo ni sentido alguno. Simplemente corre. Corre por correr. Corre porque, quizás, no encuentre otra cosa mejor que hacer. Parece que es la propia actividad de correr lo único a lo que le encuentra sentido o, precisamente, porque no tiene que darle ninguno.

Tras ese arranque, Forrest llega con esta filosofía hasta el mar de una de las costas de Estados Unidos. Y emprende entonces el camino hacia la otra. Y cuando encuentra ésta, vuelve de nuevo sobre sus pasos. Se tira así varios años y hasta consigue formar un grupo de seguidores detrás de él que lo siguen de manera ciega en su carrera infinita. Todo sigue así hasta que un día, de manera súbita, decide parar de correr. La gente incluso le inquiere acerca de sus motivos, pero él no da ninguno. Se vuelve a casa, dice. Y así lo hace.

Esto que le ocurrió al bueno de Forrest es una buena metáfora de lo que puede pasarnos alguna vez en la vida. De repente un día sufrimos un contratiempo. O simplemente reparamos en algún aspecto de nuestra vida que no habíamos reparado. Empezamos, por ejemplo, a ver la finitud de la juventud o vislumbramos un futuro cercano que difiera a la vida que llevamos ahora. Tal vez, por qué no, el desencadenante haya podido ser que un elemento de estabilidad en nuestras vidas se trunca, desaparece.

Cuando esto ocurre, la primera reacción en la mayoría de nosotros está invadida por un impulso vital más que de uno reflexivo nacido probablemente por la ansiedad o el desconcierto. Y, como hizo Forrest, empezamos a correr. ¿A dónde? ¿Para qué? Es lo de menos. Huimos. Huimos hacia delante. Sin ritmo. Corremos por correr. Y mientras vamos en esta carrera sin destino sentimos, al menos, que avanzamos. De una u otra manera hemos conseguido crear el espejismo de que seguimos adelante, que el obstáculo ha sido superado o que tomamos distancia de aquello que nos genera ansiedad.

Y así como le ocurrió al personaje de la película referida, podemos estar años en ese torbellino, en esa actividad frenética sin más sentido que la propia actividad. Y es en esa actividad donde buscamos el sentido de dicha actividad. Estamos avanzando porque estamos haciendo cosas, pensamos. Progresamos porque no paramos, porque no respiramos, porque se pueden cuantificar las actividades. Caemos en la ilusión de que movimiento significa progreso.

Todo es así hasta que un día nos sacude de repente una pregunta, ¿por qué estamos corriendo? De repente hemos olvidado el motivo que nos indujo a correr, probablemente porque hayamos digerido tal motivo y haya mermado aquello que nos impulsó. Dejamos de sentir el impulso frenético del movimiento. Hemos, siguiendo los consejos de la madre de Forrest, dejado el pasado atrás y es entonces cuando podemos seguir hacia delante. Es en ese momento cuando, como Gump en su película, decidimos parar y volver a casa.

Trozo de la película: https://www.youtube.com/watch?v=BsJuouD-qNE

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06 agosto 2018

La Inquietud Vital

Una gran filosofía no es la que instala la verdad definitiva, es la que produce una inquietud.
Charles Péguy

Puede que una de las características más visibles de la posmodernidad es la de mantener a los individuos en una actitud continua de “estar vivo”. Este estar vivo, que va mucho más allá de la mera supervivencia biológica, tampoco tiene una definición clara ni hay un consenso en torno a ello. Podría identificarse con la plenitud vital, aunque no del todo, porque la plenitud tranquila no parece estar del todo ligada a este “estar vivo”, que insinúa de alguna manera la experiencia activa.

¿Cómo podría describirse es estar vivo? Tal vez esta pregunta requiera cientos de páginas en un ensayo que explore más de una dimensión. Mi intención en estas líneas es simplemente llamar la atención sobre una de ellas: la de la inquietud.

En mi opinión la inquietud interior señala que una persona está viva. Esta inquietud puede revelarse de muy distintas maneras: desde la curiosidad científica a la necesidad de la exploración sensorial. Lo que sí parece que tienen de común denominador es la no conformidad con la realidad actual, con la situación presente. La inquietud arrastra al individuo al movimiento, a la acción, ya sea, como apuntaba arriba, desde una búsqueda intelectual a una experiencia.

El movimiento va intrínseco a la vida. Lo inerte está muerto y hay quien pese a respirar sufre interiormente una "estaticidad" tal que lo asemeja al mundo inanimado. Tal vez por eso la vida se asocie más a la juventud: por esa ingente de proyectos y energía que desprende, por la búsqueda continua de algo nuevo, de algo diferente. Es la inquietud el motor de las personas. Es, en cierta manera, la que dota de sentido las existencias.

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10 abril 2018

La Trascendencia a través del Tiempo

El tiempo físico nos es extraño, mientras el tiempo interior es nosotros mismos.
Alexis Carrel

Leyendo un pasaje de una novela en el que los protagonistas mantenían una conversación con aires de trascendencia se me ha venido a la cabeza un párrafo de Risto Mejide en el que hablaba sobre ciertas conversaciones trascendentes que se tienen en la vida y que uno sólo es capaz de apreciar su trascendencia una vez que se ha depositado sobre ésta el sutil manto del tiempo.
E incluso voy más allá. Este mismo fenómeno sucede también con hechos de la vida de cada uno: hechos que uno juzgó en su día intrascendentes pero que con la perspectiva que proporciona el tiempo nos resalta la significancia del momento en nuestra propia intrahistoria.

Es la variable tiempo la que probablemente mejor nos ayude a comprender nuestras propias vidas, a encajar nuestros motivos y sentimientos dentro de un conjunto. Al igual que es ese mismo tiempo el que nos muta y también socava, haciendo que nos perdonemos a nosotros mismos y permitiendo que podamos contradecirnos con el yo pasado sin juzgarnos como traidores a nuestra esencial.

Es el tiempo, y la indulgencia que trae aparejada, quien nos permite evolucionar y avanzar, mirar las cosas de otra manera, entender a los otros y a nosotros mismos. Es por eso que, como bien auguraba Risto, sólo con cierta perspectiva se puedan apreciar la trascendencia de ciertas conversaciones.

Comparto a continuación el texto en sí como prueba de que el tiempo nos hace, o al menos permite, beber de aguas que antaño negábamos que alguna vez beberíamos. Lo comparto pese a que el autor no sea santo de mi devoción, aunque a veces se le escapen genialidades (al César lo que es del César). Y lo comparto también como agradecimiento a quienes previamente lo han compartido y, así, otros lo descubrimos.

“Y sin embargo, a lo largo de una misma vida, si tienes suerte y como mucho, tendrás dos o tres conversaciones memorables. Serán conversaciones que jamás habrás planificado. Serán momentos que vendrán disfrazados de uno más. Pero en cuanto te ocurran, o mejor dicho, en cuanto ya hayan ocurrido, los reconocerás, sin fisuras, sin lugar a dudas, con absoluta claridad. Son conversaciones que cambiarán el curso de las cosas. Son nuestros verdaderos puntos de inflexión. Jornadas de forma convexa que se volverán cóncavas al recordar.”

Texto completo aquí:  

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04 febrero 2018

Profesiones Estéticas

La belleza es muy superior al genio. No necesita explicación.
Oscar Wilde

Alguna de las polémicas recientes y ciertos debates con amigos por las redes sociales me han incitado a llevar a cabo esta reflexión. La cuestión a debatir, según he entendido yo de los argumentos y consignas esgrimidos, es la no pertinencia de que haya ciertos oficios que estén basados en la belleza (imagen) de los sujetos que la desempeñan.

A mí parecer, esta no aceptación de la estética o la belleza como criterio de discriminación viene confundido por ciertas ideologías feministas que asumen (implícitamente) que la única virtud posible para la mujer sea su estética. No negaré que no haya sido así en ciertas épocas de la historia donde la mujer estaba apartada de todo protagonismo social, pero creo que en la España del siglo XXI una mujer tiene muchas salidas y capacidad de actuación social fuera de su imagen, y precisamente por eso, no entiendo los ataques que refieren a estas profesiones (como azafata o modelo) siempre que esta profesión haya sido y se ejerza sin coacción alguna. Profesiones que en algunos casos además están mucho mejor pagadas que la inmensa mayoría.

¿Por qué habría entonces de no contemplarse la estética como una variable? ¿Por ser innata? ¿Pero es que acaso las capacidades intelectuales no lo son? ¿O la condición física para los deportistas? Se podrá argumentar que tanto lo intelectual como lo físico se trabaja, se entrena, se perfecciona y moldea. ¿Acaso la estética no tiene también, como la condición física o la capacidad intelectual, su trabajo y servidumbres? ¿Tendría sentido, por ejemplo, prohibir el baloncesto profesional porque las personas más altas tienen más probabilidad de triunfar?
Hay, creo, también otro porque las profesiones relacionadas con la imagen no son vistas con buenos ojos: su relación con el poder y el prestigio social. Todas las sociedades tienen una serie de cánones (de prestigio social, profesiones que son mejores valoradas que otras; económico; ideológico/moral, etc.) y uno de ellos también es el estético. Estas profesiones criticadas no representan sino la élite de este canon, lo que implica un reconocimiento latente de que en la dimensión estética son lo mejor de una sociedad, con la repercusión de estatus y prestigio que ello supone. Por ejemplo, un/a modelo y dependiendo de en qué agencia (pensemos en Victoria's Secret, por ejemplo) tiene mucho estatus social inherente: supone ser la élite del mundo estético y, nos guste o no, supone un reconocimiento por parte de los demás, igual que ser jugador del Real Madrid o el Barcelona lo provoca.

¿Quién, a priori y sobre todo a determinadas edades, no quería ser jugador profesional de fútbol? ¿Por qué entonces no es lícito querer ser modelo en lugar de trabajar en un supermercado, por ejemplo? Se podría argumentar contra esto que ser un profesional del fútbol, además de sus connotaciones sociales y económicas evidentes, tiene también la satisfacción de "hacer lo que te gusta". ¿Es que el pose no es algo voluntario también? ¿Qué es si no una buena parte del contenido de Instagram? ¿Quién obliga a nadie a subir una foto de sí mismo intentando exprimir toda la estética/belleza que se pueda? ¿No estarían acaso encantados quienes publican de manera voluntaria y libre fotos de sí mismo, que además persiguen la obtención de cuantos seguidores sea posible, que se les diera un salario y unas condiciones laborables homólogas a las de un contrato laboral? ¿No será entonces que la crítica a determinadas profesiones no es una posición mezquina fundamentada más en una subjetividad (envidia, por ejemplo) que en una razón objetiva?

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19 diciembre 2017

Absolutos, Relativos y Convenciones

Sólo hay una máxima absoluta y es que no hay nada absoluto.
Auguste Comte

Uno de los peligros a los que se enfrenta la libertad de pensamiento en los tiempos actuales es el exagerado “derecho a la ofensa” que los individuos posmodernos se arrogan: toda persona se considera hoy en día en la potestad de expresar ofensa ante alguna opinión o expresión, cuando en muchas de las ocasiones lo que subyace no es sino simple desacuerdo. Es este un peligro a mi entender en el sentido de que limita y coarta ciertas exploraciones del pensamiento alejadas de la aceptación dominante, la cual a veces también se esconde bajo el eufemismo de “lo políticamente correcto”.

Sin ser defensor, vaya esto por delante, de que toda opinión es igual de válida y todo se puede expresar libremente, observo cierta tendencia a la relativización creciente del mundo: al depender todo de mi exclusivo entendimiento (o mis sentimientos, los cuales son susceptibles de ofensa), tengo la potestad de desmontar ideas no bajo el prisma común de la razón sino con el egoísta del sentimentalismo.

Todo esto acaba con el debate. Supone un veto permanente, una no necesidad de explicar nada, de convencer. Rápidamente apelo a mis sentimientos y al ser estos individuales e intransferibles, nada puede hacerse al respecto. El riesgo del relativismo es el mismo que el del abstracto: cabe todo.

Un debate tradicional ha sido el de lo absoluto contra lo relativo. ¿Existen los absolutos? ¿Es todo relativo? El debate es probablemente inagotable. Lo que pretendo en estas líneas es simplemente dar un par de brochazos al respecto del tema, que en el fondo no es sino el problema de la convivencia humana y sus conductas sociales.

Que todo sea relativo, como ya denunció algún filósofo, es una paradoja en sí misma: la formulación de este axioma básico y “absoluto” hace que, precisamente, no todo sea relativo, ya que este propio axioma no lo sería. Aun así, más allá de los juegos de lógica y las palabras, la relatividad llevada al extremo parece no ser una solución por, entre otros muchos argumentos, lo dicho al comienzo de esta entrada.

¿Existe entonces lo absoluto? ¿Hay algo que haya perdurado a lo largo del tiempo? Tal vez aquí lo absoluto pueda confundirse con la idea de Dios para algunos, aunque si exploramos un poco la Historia, rápido caeremos en la cuenta de que hasta esta idea de Dios ha sido mutada a lo largo del tiempo.

Parece por tanto definir la existencia de lo absoluto, si bien es cierto que hay problemas, conductas y dilemas que se repiten a lo largo de los siglos de una manera casi idéntica, aunque bien distintas han sido sus soluciones. No se trata tampoco de que cada individuo se dicte sus propias normas para la relación social (relativismo) sino de trazar normas que son distintas (y por tanto no absolutas) según en el momento del espacio y del tiempo que nos encontremos.

¿No es acaso lo que se llama absoluto, entonces, algo meramente convencional? ¿No se han regido las distintas sociedades por distintas normas? ¿No se han resuelto los problemas vitales y terrenales de maneras diferentes en función de una época y geografía? Y si es así, ¿quién determina las convenciones? ¿cómo se imponen? ¿cómo se cambian? ¿cómo se explicitan? ¿cómo se sancionan? ¿el legítimo que las convenciones aplasten al individuo? Todo estos son problemas viejos que dejamos para otras entradas.

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30 octubre 2017

Juventud (I): la falsa infinitud del tiempo

De mis disparates de juventud lo que más pena me da no es el haberlos cometido, sino el no poder volver a cometerlos.
Pierre Benoit

Ortega y Gasset distinguía en las épocas de la Humanidad algunas en las que imperaban los caracteres masculinos y otras en los que, por contra, eran los femeninos los que marcaban el sino de su tiempo. De igual manera, hablaba de épocas que estaban marcadas por los valores de la juventud y otras por los de la madurez o senectud. Los tiempos posmodernos en los que vivimos, dentro de esta segunda clasificación orteguiana, puede describirse como una época de valores ligados a la juventud.


Como corolario de esto, la comprensión y el estudio de la juventud y sus características supone una herramienta para intentar comprender mejor la época en la que vivimos. Lo que pretendo en esta entrada (y espero que en las subsiguientes) es analizar qué supone esta juventud, qué se esconde detrás de ella y qué rasgos la hacen diferente a otras etapas de la vida del ser humano.

La juventud tiene diferentes rasgos que la diferencia de otras etapas. Uno de ellos (al menos en su fase más temprana, en lo que podemos llamar primera juventud) es la soberbia inconsciente de saber (creer, vivir como si así fuera) que no se va a morir jamás, que todo lo que me es posible hoy, me lo será siempre. Se trata de esa forma de mirar la vida de tal manera que la variable tiempo no es un problema, porque se sabe (se cree) que la vida durará siempre y que siempre se está a tiempo de todo.

La juventud vive sin prisa, segura de sí misma, viviéndola de tal manera que pareciera que esa misma juventud durará sine díe. La juventud es inconsciente de su finitud. No se imagina otro estado posible. No acaba de asimilar el inexorable paso del tiempo.

Sin embargo, paradójicamente, esta etapa no es eterna y uno va comenzando a dejar atrás esta época, a cambiar de etapa, cuando toma conciencia de que el tiempo es finito, de que no todo lo que uno ambiciona puede conseguirse, que hay momentos y personas en la vida que jamás regresan. A veces esta toma de conciencia se torna traumática (que no es otra cosa que negación y/o ausencia de aceptación) y uno empieza a convertir en su objetivo la optimización del tiempo: el hacer lo máximo posible en el menor tiempo, de tal manera que no quede en el tintero de la conciencia la culpa de no haber aprovechado al máximo los sabores de la temprana edad.

Tras esta crisis, uno comienza a aceptar que el tiempo es finito y que una de las claves de la vida es aprender a renunciar: tomar conciencia de que el mundo, las personas y sus prioridades cambian. No se puede estar en todos sitios ni se puede hacer de todo. Uno empieza a aprender a elegir y a dejar atrás. Poco a poco, con el tiempo, uno comienza a disfrutar con lo que le es dado, sin la presión interna de la voracidad por exprimir el tiempo. Empieza a realmente disfrutar de lo que hace con el saber interiorizado de que nada es para siempre y, precisamente por eso, tiene que disfrutar lo que hace como si nunca más volviera a repetirse, aunque con la tranquilidad de haber asumido la lección que en la juventud se desconoce, esto es, que parte de la vida es justamente no volver a repetir jamás.

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20 junio 2017

Personas que Transforman a Personas

El encuentro de dos personas es como el contacto de dos sustancias químicas: si hay alguna reacción, ambas se transforman
Carl Gustav Jung

La identidad y el carácter no son cosas que se forjen en un día. Más allá de las teorías del carácter y la personalidad que existen, hoy vengo a proponer una reflexión más profana. ¿Cuánto es el peso de otras personas en la forja de una personalidad o carácter? ¿Cuándo un elemento, característica, gusto o afición ajenos pasan a ser propios?

De cada individuo se pueden extraer una serie de elementos que son identificativos de éste, que lo definen y conforman. Algunos de ellos son biológicos (el chico de los ojos azules), otros sociales/familiares (la hija del panadero) y podríamos distinguir un tercero que son personales, como son los rasgos del carácter y los gustos o aficiones.

Estos primeros pueden provenir de una lucha del individuo contra sí mismo (los esfuerzos que se hacen contra la timidez) y de la imitación de otras personas, consciente o inconscientemente (como por ejemplo a nuestros padres). Estos elementos evolucionan gradualmente con las etapas de la edad y van marcándose o diluyéndose según los casos, pero en cualquier caso, es difícil determinar el origen de los mismos.

Sin embargo, con los gustos o aficiones, la determinación del origen puede observarse con relativa facilidad: un hijo que sigue al mismo de fútbol que su padre, por ejemplo. La cuestión es, cuándo esto ocurre, ¿cuándo pasa a ser esto un elemento identificativo del “imitador”? ¿Cuándo es parte de la personalidad del hijo la afición por ese determinado equipo?

En el caso de los equipos de fútbol, que suele hacerse en la infancia, podríamos concluir que esto se produce con el desarrollo de la personalidad del hijo, con la toma de conciencia de ese elemento como suyo: cuando siente por sí mismo y voluntaria y públicamente esa afición. Pensemos ahora en algo más sutil, como la afición por un libro, un grupo de música o una canción. Supongamos que un amigo recomienda a otro un libro que significa mucho para el obsequiante, y que el obsequiado acaba por disfrutar e interiorizar también. Supongamos un grupo de música que es recomendado por un amigo, por de él su favorito, y acaba por gustar más al que lo descubrió después. ¿De quién es ese rasgo? ¿Cuándo empieza a ser identificativo de esa persona el libro o la banda?

Seguramente pueda solucionarse esto desde el punto de vista inverso: esto es, que la identificación de las personas no provenga del sujeto identificado sino del identificante. Si yo conocí a Juan siendo muy devoto de un determinado libro, aunque Pedro lo haya sido después, para mí, el libro en cuestión definirá más a Juan que a Pedro.

Volviendo un poco a donde iba mi reflexión en su origen, los seres humanos transforman a los seres humanos con el simple contacto, con la simple relación. Si esta es más intensa, la transformación será mayor. Todos cambiamos de alguna manera al entrar en contacto con otros seres humanos: aprendemos de ellos, nos inspiramos de sus aficiones, gustos y maneras de ser. Es muy difícil que después de un contacto intenso con otra persona uno sea exactamente el mismo que antes de éste. Por eso, tal vez podamos afirmar que los mayores cambios en las personas no los producen sino otras personas.

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11 mayo 2017

El Humano Sentimiento de Pertenencia

Ese sentimiento de pertenencia a algún lugar me parece que es una cosa natural del hombre
José Mújica 

El ser humano tiene una serie de caracteres inherentes que no puede obviar. Algunas de estos están estrechamente relacionado con lo físico, como las del comer o beber, pero otras de ellas son de carácter espiritual o psicológico, como puede ser el sentimiento de trascendencia o la imagen de sí mismo.

La necesidad de pertenencia es uno esos caracteres espirituales (no físicos). Lo que el hombre experimenta a través de la pertenencia genera atracción. Casi drogodependencia. Uno se siente abrigado, respetado, partícipe; y aleja de nosotros la soledad, esa fatal sensación. La pertenencia navega por dos vertientes: por un lado, que los problemas que aquejan o sufre un individuo no son tan problemas si los comparte, si los “comuniza”, porque de una manera u otra se diluye el pesar y la responsabilidad; de otro lado, las alegrías se multiplican si son en colectivo, como si la suma sentimientos de cada uno de los individuos todo un grupo fuera experimentado por cada uno de sus miembros.

Pertenecer es en cierta manera trascender: abandonar el individuo en pro de algo superior. Es rellenar los vacíos de la existencia con otros individuos. La pertenencia concede parte del sentido vital del individuo y en ese no saberse solos se vuelcan muchas esperanzas, anhelos y energías, a la vez que se reciben de éste. La pertenencia, siempre que esta sea sana, hace más liviana la vida y conduce al individuo a través de ella.

La pertenencia otorga identidad. Más allá de una definición objetiva según a qué se pertenezca, nos transforma en cierta manera: nos nutre de quienes nos rodeamos, al igual que el grupo se nutre de sus individuos. Pertenecer nos define. Cada pertenencia nos transmite inconscientemente valores, forma de ser, comportamientos, lenguajes y actitudes.

Aristóteles lo advirtió cuando describió al hombre como un ser social. ¿Puede acaso alguien sentir plenitud en la soledad del individuo? No significa que toda pertenencia sea plena, pero sí que la plenitud necesita que exista cierto grado de pertenencia a uno o varios grupos. O, al menos, que el individuo así lo sienta, se sienta partícipe, porque no debemos olvidar que el sentimiento de pertenencia no deja de ser algo intangible casi completamente subjetivo.

Es por todo lo descrito que no sorprenden los fenómenos como el nacionalismo o las sectas, capaces de canalizar y explotar de manera considerable este sentimiento. Puede comprobarse con los ejemplos citados que no todo son virtudes en los grupos. Muchos de ellos son capaces de extinguir al individuo. Aunque esa reflexión lo dejaremos ya para otra entrada.

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02 abril 2017

Prisa por Vivir

Cuanto se hace con prisa queda enseguida pasado de moda; por eso nuestra civilización industrial moderna ofrece tan curiosas analogías con la barbarie.
Gilbert Keith Chesterton

Existe una cierta vorágine alrededor de nosotros. Todo urge. Se trata de hacerlo todo, y de hacerlo rápido. Vivimos como si fuéramos coleccionistas de experiencias, pretendiendo siempre sumar países, conciertos, películas y pareciera que cada segundo que uno no dedica a convertir su tiempo en experiencia es un tiempo perdido. El vacío nos horroriza. Estar sin hacer algo relacionado con una experiencia nos produce la sensación de estar desaprovechando la vida. Este fenómeno, bastante común, lo podríamos denominar "prisa por vivir".

La juventud, ser joven, mantenerse joven. Estas son algunas de las máximas que imperan en nuestros días. El mundo parece rendido ante la juventud y a sus valores. Valores que podríamos identificar con vitalidad, la fuerza, el dinamismo, la belleza, la desinhibición, el comerse el mundo. Todo el que no aspire a estos ideales o esta forma de vida parece fuera de su tiempo, como si la vida hubiera de estar orientada a la experiencia si uno aspirar a formar parte de su siglo.

La otra cara de la moneda que subyace en todo esto es una posible frustración cuando ese ideal no se cumple. Cuando uno ya no pertenece a esa generación tan joven y, sin embargo, sigue empeñado en vivir como tal, insistiendo en alargar ese periodo de juventud que socialmente es concebido como una suerte de paraíso en la tierra. Ocurre precisamente en este albor de épocas cuando se empieza a sentir la presión por apurar sus últimos coletazos de juventud, por hacer esas cosas que (se supone) no podrán hacerse en el futuro, disfrutar esos días que ya no volverán jamás. Empieza a vivirse una nostalgia por adelantado, una ansiedad por estar alineado con los días y haber disfrutado y exprimido todo el jugo de la juventud.

Sin embargo, todo esto no es más que una quimera. Es como el horizonte, por más que andemos, nunca lo alcanzaremos. Nunca satisfaceremos todos nuestros deseos fundados en la experiencia: siempre quedarán sitios para visitar, experiencias que vivir, gente a la que conocer. La vida, por suerte o por desgracia, es una infinidad de posibilidades, y nos obliga irremediablemente a escoger. Y es esa elección consigue frustrarnos a veces, porque todo a lo que renunciamos siempre será más de que consigamos o hagamos.

Las redes sociales y los nuevos medios de comunicación tampoco ayudan al joven posmoderno. La comparativa y la inmediatez son inevitables. El streaming, las fotos con filtros (que hacen más atractiva la realidad) y la saturación de información y de posibilidades. Todo eso nos hace sentir pequeños y nos hace compararnos (comparaciones que, además, no son justas, por la sencilla razón de que vemos las vidas de doscientas personas e inconscientemente las tratamos como si fuera una). Vemos todo lo que se hace a nuestro alrededor. Vemos, en directo, todo lo que nos estamos perdiendo. Y todo esto, como dije arriba, mientras sentimos la presión de que la etapa que parece la mejor de nuestra vida se nos esfuma sin que nada podamos hacer al respecto, inmersos en la idea de que nunca podremos rescatar el tiempo perdido y que lo que no consigamos ahora se perderá para siempre. Por eso tenemos prisa. Una prisa por vivir que acaba por convertirse muchas veces en ansiedad.

¿Qué hacer? ¿Cómo huye uno del tiempo en el que le ha tocado vivir? ¿Cómo desacelerar la prisa? Tal vez sería conveniente centrarnos más en nosotros mismos y procurar evadirnos de esos estímulos externos que nos aceleran. Quizás deberíamos aceptar nuestras limitaciones, edad y situación vital y no querer precipitar nada. Vivir en el hoy, sin más objetivos que el hoy (entiéndase el hoy como el presente, como un periodo de tiempo más o menos actual), con lo que ese hoy nos traiga. Probablemente la clave para no tener prisa por vivir y dejar así de sentir la urgencia vital sea, precisamente, vivir sin prisa.

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12 marzo 2017

Nuestro Pasado Común

Quienes comparten nuestra niñez, nunca parecen crecer.
Graham Greene

Pasa uno por la calle y ve un grupo de chavales jugando en el parque. Los sujetos en cuestión tendrán unos 8 años. Todos resultan parejos: ninguno mucho más alto que el resto ni ninguno destaca por su color del pelo. Son prácticamente uniformes. Casi clónicos. Hasta su vestimenta es muy similar. Lo que ellos no saben es que dentro de no muchos años sus vidas, prioridades y pensamientos serán completamente diferentes.

No deja de producir un efecto curioso cuando te vuelves a encontrar con alguien con quien has crecido o ves una fotografía de mucho tiempo ha. Puedes, por un lado, perfectamente reconocer a esa persona en vuestro espacio anterior común compartido. Sientes que la conoces. Sientes una confianza y una seguridad considerable. Todo esto a la vez que recalas en cómo de diferentes sois ahora, en cómo de separados son los caminos que cada cual eligió en su día. Tanto es así, que si no os uniera esos juegos pretéritos, probablemente jamás cruzarías ninguna palabra con esa persona o, al menos, no tendrías demasiado interés en profundizar esa relación. Sois, al mismo tiempo, viejos conocidos y profundos extraños.

El pasado común es en este caso la única argamasa de esta amistad (que aunque no puedes considerar a esta persona tu amigo, repito lo escrito arriba, existe una confianza que tampoco la hace ajena a ti, ni se puede considerar como un desconocido). El haber compartido con estas personas emociones y sensaciones en los tiempos en los que estos eran plenamente sinceros y nobles, donde no había mayor interés en la amistad que la amistad en sí misma (pensad en la amistad de los niños y púberes) hace que la sensación de afecto que sintamos de la otra persona lo tomemos como sincero, y sin la mediación de otros intereses subyacentes (dinero, trabajo, poder, etc.).

Es tal vez por eso que cuando nos reencontramos con personas que han formado parte de nuestro sintamos los coletazos aún hoy de aquellos sentimientos puros y nobles. Y es por eso también, quiero creer, que las amistades que se forjan en los primeros años de nuestra juventud durarán para siempre, porque están fundadas sobre esos mismos sentimientos nobles que decía, sin que medie otro tipo de interés o compromiso que desvirtúe a la propia amistad.

¿Sucede esto mismo con las naciones y sociedades? ¿Es por eso tan necesaria la historia común de los pueblos y es por eso el constante y continuo esfuerzo por reescribirla e inventarla? Eso ya lo dejaremos para otro entrada.

Cabe también sorprenderse, y tal vez otro día vuelva sobre el mismo tema, de cómo (retomemos la imagen del grupo de niños en el parque) seres completamente uniformes las personalidades, experiencias y prioridades hayan hecho llegar a cada uno a lugares tan extraordinariamente diferentes, siendo cada uno de estos lugares de la vida, además, opciones de vida que probablemente también nosotros podríamos haber cursado. ¿Dónde se determinan las vidas? ¿Cuándo los caminos comienzan a separarse? ¿Cuándo uno conforme la esencia de lo que realmente será el resto de su vida? Estas cuestiones, como las anteriores, las dejaremos para otra entrada.

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11 marzo 2017

La La Land o el Amor Posmoderno

Amar es una oportunidad, un motivo sublime que se ofrece a cada individuo para madurar y llegar a ser algo en sí mismo, para volverse mundo.
Rainer María Rilke

Esta entrada contiene contenido de la película. Si el que está leyendo estas líneas no la ha visto, le recomiendo no leerla hasta que no lo haya hecho. Una vez advertido el lector, y más allá de las consideraciones cinematográficas que pudieran hacerse (y que yo no voy a hacer en esta entrada), procedo a argumentar por qué creo que es una gran película. Entiendo que la película es un reflejo fiel a las relaciones sentimentales en plena posmodernidad. Y explico por qué.



Los protagonistas se encuentran por azares de la vida (como suelen encontrarse las parejas, en realidad) y entre ellos nace una química especial quizás basada en la singularidad de sus personalidades. Ninguno de ellos es un tipo corriente. Al revés, a ambos podríamos calificarlos de extravagantes, con un barniz de idealistas y soñadores. La atracción no se hace esperar y la relación, debido a cómo congenian sus caracteres, se desarrolla en la más profunda armonía.

Ambos, como soñadores que son e hijos de su tiempo, tienen sus aspiraciones individuales. Aspiraciones que llevan arrastrando muy probablemente desde su más ¿volátil? Adolescencia y que traen consigo hasta su presente. Ambas pasiones ligadas con las artes, con la creatividad. El carácter de ambos, además, favorece esta persecución de sueños que realmente es una aproximación cómoda de sus sueños, una adaptación “segura” de los mismos, en el fondo una desvirtuación. De lo que se acaba tratando es en una falsa búsqueda del sueño, de una imposición de la individualidad (pero no de la individualidad original, del sueño original, sino de la adaptación nacida a causa de no haber centrado plenamente los esfuerzos en la relación).

Poco a poco esta necesidad de individualidad los va alejando el uno del otro hasta que, por la distancia espacio-temporal, acaban rompiendo la relación, ya que ninguno es capaz de sacrificar esa individualidad, ese yo, por la relación; ni, por otro lado, son capaces de negociar un término en común.

Al final de la película se muestra una especie de final alternativo en el que ellos, en lugar de escogerse a sí mismos, escogen la relación y apartan del camino todo lo que los aleje del amor. Siguiendo esta línea, se ve como ambos consiguen llevar una vida plena en el plano individual (ninguno renuncia a sus pasiones, actuación y música) y además se ven reforzados por una vida plena en el amor.

El final de ellos, sin embargo, muestra cómo la mediocridad en la vida personal se ha apoderado de ellos aunque han triunfado y satisfecho plenamente sus iniciales ambiciones individuales.

Como bien titula la entrada, creo que esta película es un resumen perfecto de las relaciones posmodernas: el individuo en su vertiente más egoísta está en el centro de todas las cosas. El yo impera por encima de todo y la construcción y satisfacción directa del yo puede incluso llevar a socavar otro tipo de dimensiones que únicamente pueden satisfacerse a través (es decir, con) otra persona.

¿Merece la pena el sacrificio de una vida quizás más plena basada en otras personas que la satisfacción de unas ambiciones individuales muchas veces intelectualizadas y casi impuestas desde fuera (de terceros o de la sociedad? Quizás ésta debería ser una pregunta fundamental que habríamos de hacernos cada uno de nosotros. ¿Nos hacen nuestras ambiciones/sueños individuales más plenos que vivir el amor con otra persona?

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24 enero 2017

La Artística Deformación de la Memoria

Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos.
Jorge Luis Borges

La memoria es como una fotografía tras retocarla. La materia prima está ahí: el instante que queda inmortalizado existió sin duda, pero se muestra al mundo con los contornos perfilados y las texturas redefinidas. Tras los efectos, la fotografía queda realzada en sus elementos y aumenta la intensidad de las emociones que provoca. Igual sucede con los recuerdos. El tiempo es el artista del pasado que consigue difuminar las formas y realzar deteterminadas figuras, intensificando los sentimientos que almacenó pero con un barniz artístico, con un aroma diferente.

Los recuerdos quedan ahí, como quedan las fotografías tras los filtros. En la memoria. Y evocan cosas que nunca llegaron a ser tal cual se recuerdan. Igual que ocurre con las fotos. Y de esta misma manera, nos impulsan (como el arte mismo) a dibujar momentos, instantes y sensaciones que serán artísticamente deformados con el inevitable paso del tiempo.

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13 septiembre 2016

Utilidad Práctica y Utilidad Inmediata

Nada es más útil al hombre que aquellas artes que no tienen ninguna utilidad.
Ovidio

Hay últimamente una obsesión generalizada por la utilidad. Tal vez sea la sociedad posindustrial, la inmediatez de la era de las comunicaciones o la necesidad constante de que todo tenga un fin práctico y directo. No lo tengo nada claro, pero que la carrera por la utilidad ha invadido todos los espacios de la sociedad es algo que parece evidente. Incluso aquellos que deberían ser ajenos a estas luchas y carreras, como la Universidad.


Esta reflexión nace en un comentario que he leído sobre la Filosofía, aunque creo que puede extrapolarse al resto de disciplinas de Humanidades. Los planes de estudios cada vez las apartan más de sus currículos porque “no tienen utilidad práctica”.

“Utilidad práctica”, en mi opinión, contiene ya cierta redundancia, y creo que lo que realmente se quiere expresar es que su utilidad no es inmediata, no puede consumirse al instante de aprenderse, no pueden verse ni medirse sus resultados y no puede evaluarse con un “método científico” el desempeño de su actividad. Creo, honestamente, que a eso se refieren los que argumentan que ciertas disciplinas como la Filosofía (o la lengua) no son prácticas.

Mi opinión, por el contrario, disiente completamente. Considero que las ramas de las Humanidades son útiles en cuanto crean mejores individuos, aunque esa “mejoría” no siempre es medible. Por ejemplo, creo que la Filosofía Política, el hecho de preguntarse ciertas cosas, el hecho de hacer ciertas preguntas, construye mejores ciudadanos, que no genera dinero de manera inmediata, pero que ayuda a construir sociedades más justas y, a la larga, más ricas.

De la misma manera, la lengua ayuda a pensar, a crear conceptos, a interpretar el mundo, porque el pensamiento lo manejamos a través de la lengua y, creo, que cuanto mejor dominio tengamos del lenguaje, mejor lo tendremos del pensamiento y seremos capaces de controlar de una mejor manera estrucutras, situaciones, símbolos y construcciones abstractas. Cosas que, directamente ni de manera inmediata son útiles, pero que son transversales a cualquier utilidad y, sobre todo, son útiles para el individuo.

Podría ir una a una con cada una de las disciplinas humanísticas, pero creo que la idea queda clara. Es una pena, como digo, que se confunda de manera tan repetida y en instancias tan cualificadas la utilidad práctica con la utilidad inmediata. Tal vez, y ya será para otra entrada, habría que preguntarse: ¿útil para quién?

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Utilidad Práctica y Utilidad Inmediata

Nada es más útil al hombre que aquellas artes que no tienen ninguna utilidad.
Ovidio

Hay últimamente una obsesión generalizada por la utilidad. Tal vez sea la sociedad posindustrial, la inmediatez de la era de las comunicaciones o la necesidad constante de que todo tenga un fin práctico y directo. No lo tengo nada claro, pero que la carrera por la utilidad ha invadido todos los espacios de la sociedad es algo que parece evidente. Incluso aquellos que deberían ser ajenos a estas luchas y carreras, como la Universidad.


Esta reflexión nace en un comentario que he leído sobre la Filosofía, aunque creo que puede extrapolarse al resto de disciplinas de Humanidades. Los planes de estudios cada vez las apartan más de sus currículos porque “no tienen utilidad práctica”.

“Utilidad práctica”, en mi opinión, contiene ya cierta redundancia, y creo que lo que realmente se quiere expresar es que su utilidad no es inmediata, no puede consumirse al instante de aprenderse, no pueden verse ni medirse sus resultados y no puede evaluarse con un “método científico” el desempeño de su actividad. Creo, honestamente, que a eso se refieren los que argumentan que ciertas disciplinas como la Filosofía (o la lengua) no son prácticas.

Mi opinión, por el contrario, disiente completamente. Considero que las ramas de las Humanidades son útiles en cuanto crean mejores individuos, aunque esa “mejoría” no siempre es medible. Por ejemplo, creo que la Filosofía Política, el hecho de preguntarse ciertas cosas, el hecho de hacer ciertas preguntas, construye mejores ciudadanos, que no genera dinero de manera inmediata, pero que ayuda a construir sociedades más justas y, a la larga, más ricas.

De la misma manera, la lengua ayuda a pensar, a crear conceptos, a interpretar el mundo, porque el pensamiento lo manejamos a través de la lengua y, creo, que cuanto mejor dominio tengamos del lenguaje, mejor lo tendremos del pensamiento y seremos capaces de controlar de una mejor manera estrucutras, situaciones, símbolos y construcciones abstractas. Cosas que, directamente ni de manera inmediata son útiles, pero que son transversales a cualquier utilidad y, sobre todo, son útiles para el individuo.

Podría ir una a una con cada una de las disciplinas humanísticas, pero creo que la idea queda clara. Es una pena, como digo, que se confunda de manera tan repetida y en instancias tan cualificadas la utilidad práctica con la utilidad inmediata. Tal vez, y ya será para otra entrada, habría que preguntarse: ¿útil para quién?

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22 agosto 2016

Relatos de Vida

"La vida sólo puede ser comprendida hacia atrás, pero únicamente puede ser vivida hacia delante."
Søren Kierkegaard

Todos hemos leído alguna vez una novela. O al menos, hemos visto una película. En ambas situaciones, se narran las vidas de personajes con las que muchas veces nos sentimos identificados. Querríamos ser ellos en ocasiones. Empatizamos con ellos. Sentimos con ellos. Y simplemente son personajes de una historia. ¿Qué pasaría viéramos nuestra vida como un relato o, simplemente, nos dedicamos a relatar nuestra vida?

Ese relato de vida, esa forma que tenemos nosotros mismos de contar nuestra propia historia, de verla y de vivirla, va a condicionar la manera en la que la vamos a vivir y, sobre todo, lo que vamos a sentir cuando la estamos viviendo. El relato que hagamos de nosotros mismos contribuirá a nuestra propia imagen.

Esta historia tiene dos momentos. Una es la historia pasado. La historia ya vivida. Lo ya acaecido. Ésta se basa en los recuerdos, en las sensaciones experimentadas, en lo que fuimos. La segunda, sin embargo, es la historia del futuro, la historia que está por construir. En esta última creamos las expectativas, esperanzas e ilusiones de lo que vendrá mañana, de lo que seremos mañana. Es una narración adelantada, una suerte de declaración de intenciones, pero que marcará de una manera inevitable el momento presente.

El narrarnos de manera poética el futuro nos puede ayudar a que este llegue de esa manera que pretendemos. El darle forma bella al porvenir puede traer la belleza de ese futuro. El creer en nuestra propia historia puede ser suficiente para darnos fuerza al ir a por ella. Esa ilusión que nace casi por completo en la belleza del relato.

Por eso creo que es importante que mantengamos siempre vivos nuestros propios relatos: el de ayer y el de mañana. Porque a través de la narración de nosotros mismos podemos ver y sentir la belleza, grandeza y armonía de nuestras propias vidas. Como si de personajes de ficción se tratara.

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