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09 septiembre 2012

El Sentimentalismo en las Ideas

No es con una idea como se levanta a un hombre, sino con un sentimiento.
Hipólito Taine

Desde un plano teórico, el debate de ideas debe ser aquella discusión en la que los participantes, mediante la razón y argumentación, consiguen hacer ver en los demás la bondad de las ideas que uno defiende. Entonces, cada uno de los participantes en la conversación, aportará su punto de vista fundamentado en su conocimiento y experiencia con el fin de hacer recapacitar al resto de interlocutores. Estos otros interlocutores, siempre en teoría, cuando reconozcan la superioridad de otra idea o la estimen más apropiada para el caso debatido, aceptarán esta nueva visión del problema o cuestión, y entre todos concluirán una misma idea, ya sea original de alguno de los exponentes, ya sea amalgama de varias de ellas.

Sin embargo, la práctica va por otro lado. Rara vez en un debate alguien cede ante las ideas de los demás, al menos en el propio debate, por muy convincentes que estas sean.

Las ideas pueden parecer a priori entes asépticos alejados de toda emotividad y sensación, simples argumentaciones expuestas en un plano lógico, abstracto, difuso y alejado de los individuos concretos. Pero mucho me temo que no es así.

Las ideas, en cierta manera, pertenecen a sus dueños. Defender una idea es más que defender una proposición lógica abstracta, es defender parte de uno mismo.

Cada individuo necesita hacerse una composición del mundo. Dicha composición está formada por ideas que le ordenan los objetos y fenómenos de ese mundo y establecen una serie de relaciones, causas y finalidades. La alteración de una de esas ideas, sobre todo si es fundamental, es la alteración del mundo, de la realidad.

El individuo, además, es consumidor de seguridad. El conocimiento de la realidad es una dimensión básica de esa seguridad: el creer que uno sabe cómo funciona el mundo y cuáles son los elementos que lo rigen es fundamental para esa seguridad. Nadie se siente igual, por ejemplo, el primer día que uno visita una ciudad.

A la seguridad, hay que añadirle además un sentimiento de pertenencia. En cierta manera, las ideas nos pertenecen. Son nuestras, sobre todo si somos incapaces de recordar donde las hemos aprendido o adquirido. Defender nuestras ideas es, en cierta manera, defendernos a nosotros mismos, y en esta defensa va implícito un sentimentalismo, unas emociones hacia esas ideas. La defensa de unas ideas que creemos nuestra se convierte entonces en una lucha de “lo nuestro”, al igual que defenderíamos a nuestra familia o nuestro equipo de fútbol. En cierta manera en las ideas también se da un sentimiento de pertenencia.

De este sentimiento de pertenencia/posesión y este sentimentalismo en las ideas nace un orgullo a la hora de defender unas ideas en una discusión. Es prácticamente imposible, si ésta es acalorada, que las ideas se reconozcan válidas por parte del “contrario” en el mismo momento del debate. Lo cual no significa que las ideas no penetren en el otro y que éstas sean inmutables una vez que se instalan en un individuo, simplemente necesitan cierto reposo para que el otro las adquiera o las empiece a sopesar, precisamente por este orgullo. Las ideas fluyen y varían, por supuesto, en cada uno, pero en el mismo momento del debate es difícil que reconozcamos la influencia de las otras.

Todo ello hace reflexionar sobre el carácter de las ideas. Las ideas, sobre todo las que forman parte de esa seguridad personal (religión, política, etc.) no son meros elementos abstractos que se modifican ante la evidencia de superioridad de otra. Ellas nos pertenecen, o nosotros les pertenecemos. Cuando las defendemos públicamente, en cierta manera nos defendemos a nosotros mismos, nuestra manera de actuar, nuestra manera de ser. Es tal vez por ello que un debate sosegado y cívico resulte tan complicado, ya que, en cierta manera, cambiar de idea significa reconocer que estábamos equivocados, y el orgullo no siempre lo consiente.

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01 noviembre 2011

La Moral como Manifestación contra la Naturaleza

Atacar las pasiones de raíz equivale a atacar la vida de raíz
Friedrich Nietzsche

Con este título encabeza Nietzsche uno de los capítulos de su obra “El Crepúsculo de los Ídolos”. Me ha parecido interesante y es por eso que quiero compartirlo con los lectores. El tema: la sensualidad y la moral a lo largo de la Historia. Juzguen ustedes mismos.

Todas las pasiones tienen una época en la que resultan sencillamente nefastas, en la que subyugan a sus víctimas con el peso de su estupidez; y una época posterior, mucho más tarde que la otra, en la que se desposan con el espíritu, en la que se «espiritualizan».

En otros tiempos se combatía la pasión en sí por la estupidez que implica; los hombres se conjuraban para aniquilarla; todos los viejos monstruos de la moral coincidían en sostener que hay que matar a las pasiones. La fórmula más conocida de esto se encuentra en el Nuevo Testamento, en el Sermón de la Montaña, donde, dicho sea de pasada, no se miran las cosas desde las alturas. En ese pasaje se dice, por ejemplo, refiriéndose a la sexualidad: «Si tu ojo te escandaliza, arráncatelo.» Afortunadamente, ningún cristiano ha seguido este precepto. Aniquilar las pasiones y los deseos por el mero hecho de evitar su estupidez y las desagradables consecuencias de ésta es algo que hoy nos parece una forma aguda de estupidez. Ya no admiramos a los dentistas que nos sacan los dientes para que no nos duelan. Por otra parte, cabe reconocer que la idea de «espiritualizar las pasiones» resulta inconcebible en el terreno donde surgió el cristianismo. Es sabido que la Iglesia primitiva luchó, efectivamente, contra los «inteligentes» a favor de los «pobres de espíritu». ¿Cómo se podía esperar de ella que combatiera inteligentemente las pasiones? La Iglesia combate las pasiones a base de extirpar, en todos los sentidos de la palabra: su medicina, su «terapia» consiste en castrar. No se pregunta nunca: «cómo espiritualizar, embellecer, divinizar un deseo?» En todo momento lo que ha hecho ha sido cargar las tintas de la disciplina sobre la base de exterminar (la sensualidad, el orgullo, el ansia de poder, de poseer, de vengarse). Pero atacar las pasiones de raíz equivale a atacar la vida de raíz: la praxis de la Iglesia es hostil a la vida.

Nota: Yo he leído el texto en una edición distinta, con otro traductor, que tal vez mantenga un estilo más literario. En cualquier caso, el mensaje sigue siendo el mismo.

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24 junio 2011

Pasiones Vitales

Las pasiones son como los vientos, que son necesarios para dar movimiento a todo, aunque a menudo sean causa de huracanes.
Bernard Le Bouvier de Fontenelle

Podríamos definir la pasión como un amor exacerbado hacia algo, como un algo irracional que abstiene nuestra voluntad en pro de conseguir un propósito concreto, bien sea la consecución de un algo, o bien la conservación de otro.

Una pasión es un modo de vida: un todo en la vida de alguien. El hecho de poseer una pasión significa dotar de sentido a una vida. Todo girar en torno a esa pasión, todo se hace por y para ella. El hecho de que una pasión invada a alguien significa darle un motivo por el que agarrarse a la vida, un porqué por el que vivir, un objetivo en la vida, una meta.

Cierto es que el hecho de encontrarse ajena la razón puede provocar que esta pasión desvaría y llegue más allá de ella misma: es peligroso todo sentimiento incontrolado, toda conducta irracional por el simple hecho que no se atiende a razones, sino que todo es una especie de impulso, una obsesión insalvable.

Pero miremos el lado positivo de ésta. Muchas veces queremos mirar hacia delante en nuestras propias vidas, y somos incapaces de vernos a nosotros mismos haciendo día tras día, año tras año, una misma actividad, un repetido conjunto de procesos, cuan autómatas. Somos incapaces de ponerle amor a nuestro futuro: simplemente nos vemos haciendo las cosas por mera supervivencia, no porque de verdad las deseemos.

Es por eso que podemos estar a veces tentados de envidiar al apasionado, a aquel que desempeña incansablemente una actividad por el mero hecho de gustarle, sin más razón que un sentimiento. Una pasión es capaz de dar sentido a la vida, es capaz de orientar las perspectivas de un individuo.

Son finalmente los sentimientos los que llenan en el fondo la vida, las que nos mueven por ella. Es por ello que aunque llevada al límite una pasión puede ser destructiva, teniendo ésta con cierta moderación es posible llenar la vida con ella y darle un sentido a la misma.

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23 marzo 2011

De las Izquierdas y las Derechas

Cuando se exagera un sentimiento, desaparece la capacidad de razonar.
Gustavo Le Bon

La política española tiene bastantes vicios. Uno de ellos es el inevitable parecido de los partidarios políticos a las hinchadas de fútbol: fanatismo, sentimiento de pertenencia, odio al adversario. Alguna vez he escrito en este blog sobre la relación que hay en España de política con sentimentalismo, con los sentimientos, con lo racional.

A mi entender, la política debe ser algo racional. Debe éste buscar la manera de optimizar el bienestar de los ciudadanos. Para ello, han de planificarse una serie de medidas, propuestas y principios con los que la sociedad pretenda mejorar. La política ha de ser la búsqueda del bien común, de la gestión de la “polis”, de la optimización de recursos.

En España, sin embargo, la política está basada en la lucha de dos enemigos irreconciliables: el equipo de la izquierda o el equipo de la derecha. La actividad política en España se desarrolla desde el sentimiento de pertenencia al grupo y, por ende, del odio al adversario. Lo que menos importan son las ideas concretas, lo importante es de donde vienen. La guerra es diferente si el Gobierno es de izquierdas o de derechas; al igual que la subida de los impuestos, o cualquier otra política que ambos sectores políticos hayan de determinar tarde o temprano: para alguien de izquierdas es intolerable cualquier medida que venga de la derecha, y viceversa.

Existen también los disidentes, por diversos motivos, del “equipo” oficial, aquellos que afirman: “yo no soy del PP, pero soy de derechas, ¿eh?”, o viceversa de nuevo. También está aquella de “de la crisis se sale por la izquierda”. Y yo pregunto, ¿qué es ser de derechas?, ¿qué es ser de izquierdas?

Hasta que no enterremos este caduco romanticismo ideológico sobre nuestra filiación política y comencemos a entender la política como algo racional, no podremos evolucionar. Hasta que la política no deje de ser un sentimiento, no podremos pensar en qué es lo mejor para el país, en qué conviene más a los ciudadanos y en qué nos hace progresar.

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14 febrero 2011

La Importancia de la Razón en los Sentimientos

Nuestros pensamientos más importantes son los que contradicen nuestros sentimientos.
Paul Ambroise Valéry

Muchas veces paramos un momento a analizarnos a nosotros mismo y a tratar de trazar el mejor camino a seguir de entre todos los posibles. En ocasiones andamos convencidos de que el camino es uno y lo seguimos sin reparo alguno. En cambio, otras, las decisiones vienen enfrentadas: cabeza contra corazón.

No es fácil siempre seguir el camino más ético o coherente. El corazón posee un cordel con el que a veces tira de tal manera que nos es muy difícil resistirnos. Deseamos algo con mucha fuerza aun sabiendo que ese algo no nos hace bien, es insano para nosotros. La razón ve con claridad, pero muchas veces se ve nublada por los sentimientos desatados de las pasiones.

Por eso es fundamental contar con los amigos. Son ellos la parte racional cuando el alma anda nublada. Poseen la distancia emocional suficiente para discernir qué es mejor y qué es peor. Su mirada es fría y calculadora, sin ningún sentimiento que medie.

Y es en esas situaciones en que queremos pero no debemos cuando su insistencia y ayuda sobre la decisión que tomar se hace tan valiosa. Son los que están fuera los que tienen una perspectiva objetiva sobre la situación, los que ven flagrantes oportunismos cuando nosotros vemos oportunidades. Son ellos quienes nos reconducen al camino.

Cuando nos hayamos sumergidos en alguna pasión, todo parece trascendental. Todo parece insustituible e inigualable. Por eso la visión fría de alguien en quien confiamos nos puede, en determinados momentos, hacernos tanto bien. Porque anda fuera de las exageraciones sentimentales.

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