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27 octubre 2011

El Razonamiento en la Argumentación

Razonar y convencer, ¡qué difícil, largo y trabajoso! ¿Sugestionar? ¡Qué fácil, rápido y barato!
Santiago Ramón y Cajal

He recibido algunos comentarios acerca de lo que escribo en mi blog, o mejor dicho, de cómo escribo lo que escribo en mi blog. La crítica principal ha sido que trato un tema, pero que no transmito mi opinión, que no me mojo, que no emito veredicto de a favor o en contra respecto de lo expuesto en la entrada en la mayoría de los casos. Tal vez algunos de los lectores que no se han pronunciado de esta manera han podido concluir que tal vez mi intención no es dar respuestas, sino formular preguntas.

Algo de eso ocurre también en las conversaciones, principalmente con amigos, y sobre todo en temas relacionados sobre la metafísica, la ética o cuestiones humanas y/o humanísticas que no tienen una solución única y verdadera.

En este tipo de charlas no se trata sino de formular teorías (es decir, proposiciones no demostradas) y de defender estos argumentos con razonamientos que los sostengan. No se trata tanto de la conclusión que se obtiene, sino de cómo se obtiene. El razonamiento es muchas veces más importante que los datos en sí o las conclusiones aprendidas. Saber llegar a una conclusión a través de un mecanismo deductivo habilita además que esa conclusión pueda ser analizada, rebatido y corregida en el caso de que no fuera del todo acertada. Estamos suponiendo, por supuesto, que en el debate se pretende la búsqueda o el descubrimiento de una “verdad”, entendamos por verdad algo que es real objetivamente. En el momento en que las conclusiones están determinadas de antemano el debate ha quedado totalmente corrompido siendo la argumentación un justificante, más que un método.

Por todo ello considero que en la educación de cualquier materia es casi tan importante (si no más en algunos casos) enseñar a razonar como enseñar conocimientos ya elaborados. Insisto con el ejemplo que en alguna entrada ya he empleado: más vale aprender a pescar que recibir el pez en la mano.

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23 marzo 2011

De las Izquierdas y las Derechas

Cuando se exagera un sentimiento, desaparece la capacidad de razonar.
Gustavo Le Bon

La política española tiene bastantes vicios. Uno de ellos es el inevitable parecido de los partidarios políticos a las hinchadas de fútbol: fanatismo, sentimiento de pertenencia, odio al adversario. Alguna vez he escrito en este blog sobre la relación que hay en España de política con sentimentalismo, con los sentimientos, con lo racional.

A mi entender, la política debe ser algo racional. Debe éste buscar la manera de optimizar el bienestar de los ciudadanos. Para ello, han de planificarse una serie de medidas, propuestas y principios con los que la sociedad pretenda mejorar. La política ha de ser la búsqueda del bien común, de la gestión de la “polis”, de la optimización de recursos.

En España, sin embargo, la política está basada en la lucha de dos enemigos irreconciliables: el equipo de la izquierda o el equipo de la derecha. La actividad política en España se desarrolla desde el sentimiento de pertenencia al grupo y, por ende, del odio al adversario. Lo que menos importan son las ideas concretas, lo importante es de donde vienen. La guerra es diferente si el Gobierno es de izquierdas o de derechas; al igual que la subida de los impuestos, o cualquier otra política que ambos sectores políticos hayan de determinar tarde o temprano: para alguien de izquierdas es intolerable cualquier medida que venga de la derecha, y viceversa.

Existen también los disidentes, por diversos motivos, del “equipo” oficial, aquellos que afirman: “yo no soy del PP, pero soy de derechas, ¿eh?”, o viceversa de nuevo. También está aquella de “de la crisis se sale por la izquierda”. Y yo pregunto, ¿qué es ser de derechas?, ¿qué es ser de izquierdas?

Hasta que no enterremos este caduco romanticismo ideológico sobre nuestra filiación política y comencemos a entender la política como algo racional, no podremos evolucionar. Hasta que la política no deje de ser un sentimiento, no podremos pensar en qué es lo mejor para el país, en qué conviene más a los ciudadanos y en qué nos hace progresar.

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14 febrero 2011

La Importancia de la Razón en los Sentimientos

Nuestros pensamientos más importantes son los que contradicen nuestros sentimientos.
Paul Ambroise Valéry

Muchas veces paramos un momento a analizarnos a nosotros mismo y a tratar de trazar el mejor camino a seguir de entre todos los posibles. En ocasiones andamos convencidos de que el camino es uno y lo seguimos sin reparo alguno. En cambio, otras, las decisiones vienen enfrentadas: cabeza contra corazón.

No es fácil siempre seguir el camino más ético o coherente. El corazón posee un cordel con el que a veces tira de tal manera que nos es muy difícil resistirnos. Deseamos algo con mucha fuerza aun sabiendo que ese algo no nos hace bien, es insano para nosotros. La razón ve con claridad, pero muchas veces se ve nublada por los sentimientos desatados de las pasiones.

Por eso es fundamental contar con los amigos. Son ellos la parte racional cuando el alma anda nublada. Poseen la distancia emocional suficiente para discernir qué es mejor y qué es peor. Su mirada es fría y calculadora, sin ningún sentimiento que medie.

Y es en esas situaciones en que queremos pero no debemos cuando su insistencia y ayuda sobre la decisión que tomar se hace tan valiosa. Son los que están fuera los que tienen una perspectiva objetiva sobre la situación, los que ven flagrantes oportunismos cuando nosotros vemos oportunidades. Son ellos quienes nos reconducen al camino.

Cuando nos hayamos sumergidos en alguna pasión, todo parece trascendental. Todo parece insustituible e inigualable. Por eso la visión fría de alguien en quien confiamos nos puede, en determinados momentos, hacernos tanto bien. Porque anda fuera de las exageraciones sentimentales.

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