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02 agosto 2014

De Románticos y Cínicos

Así es la vida: hay quien se abstrae de ella con esperanza y hay quien lo hace con decepción
Fabrizio Mejía Madrid

Reducir la personalidad de las personas a una etiqueta en la que se resuman su cualidades personales es una simplificación lo suficientemente palpable como para no ser tenida en cuenta como patrón científico o dogma de fe. No obstante, no deja de ser menos cierto que existen ciertos modelos de personalidad, ciertos elementos comunes entre personas que permiten construir una suerte de estereotipo que más o menos abarquen los principales rasgos de una persona. Estos roles, modelos o estereotipos se observan con mayor nitidez en el arte. Piénsese, por ejemplo, en la literatura y en las figuras que representan determinados personajes en determinados géneros, siendo, además, la existencia de estos tipos de personajes lo que en la mayoría de ocasiones determina el género en sí.

En concreto, hoy traigo aquí para analizar dos prototipos de personalidades que, aunque toda la entrada esté escrito en masculino genérico, no deja de ser aplicable de la misma manera al sexo femenino. La primera de ellas es el romántico. Éste basa la mayor parte de su acción vital en la inspiración que le proporcionan determinadas ideas. Ideas sobre conceptos abstractos en su mayoría, de cómo deben ser las cosas, de cuáles son los principios que han de regir los comportamientos humanos para hacer de este mundo un lugar mejor. El romántico es un ser ético y moral, una persona que rige la vida a partir de unas normas y unos códigos de honor y conducta. No es tan importante el resultado sino el cómo se lleva a cabo, cómo se transita el camino, como se deja un rastro inmaculado allá por donde se pisa.

Es también bastante común que el romántico sea un altruista: dedique sus esfuerzos para el bien de los demás y que sea este bien de los demás el que fundamente el suyo propio. Un romántico es capaz de sacrificar su propia felicidad por la de los demás, ya que entiende que esos demás es una causa más grande que uno mismo. Un romántico es un pintor de causas, un arquitecto de edificios de ideas y conceptos que sabe minimizarse a sí mismo con tal de que la obra sobreviva y sobrepase a sí mismo. El romántico cree en la utopía. Cree que todo es posible con el suficiente esfuerzo. Cree en el cambio de las cosas, en la mejora, en el progreso. Mira hacia delante siempre.

El cínico, por su parte, no cree en nada más que en sí mismo. Él es dueño y señor de propia vida. Nada rige por encima de su soberana voluntad, sin importarle las consecuencias. Su satisfacción es el control de sí mismo, de su emocionalidad, que siempre ha de aparentar ser nula, y de su voluntad. La sensibilidad no es sino una muestra de debilidad.

El cínico no siente ni padece. Es un tipo duro. No reconoce autoridad y no le teme a las consecuencias de nada. Todo da absolutamente igual. Bebe porque quiere, por disfrutar el momento, por crear una realidad que durará como mucho hasta la resaca del día siguiente. Tiene un aire resuelto y no hace planes para más de una hora. Vive al día. Vive al momento. No le importa donde pasará la noche ni donde comerá, ni si comerá incluso.

El cínico quiere vivir el momento y demostrarse a sí mismo que absolutamente nada merece la pena. Que todo es una farsa. Que toda idea más allá de beberse una copa o echar un polvo no es más que un idealismo, que ni da de comer ni proporciona placer, y, por tanto, no merece la pena mover ni un ápice por ella. Lo que importa es lo que se toca, lo que se siente ahora, no a través de fraudes envueltos en gratificaciones diferidas, en supuestas sensaciones de bienestar futuro. Pensar no da de comer ni aporta absolutamente nada.

Este personaje, cree que todo sistema no es más que una jaula que, al final, beneficiará a un determinado grupo de individuos. Siempre hay una intencionalidad oscura detrás de cada buena obra. Al cínico no le importa si el mundo cambia o sigue igual. Sabe que no puede cambiarlo y considera que intentarlo si quiera es un acto de ingenuidad.

Habiendo visto estos dos perfiles tan sumamente opuestos puede parecer paradójico que, en la mayoría de los casos, cuando uno rasca un poco dentro del corazón los cínicos, se da cuenta de que éstos no son más que unos románticos frustrados. Románticos que han sufrido la decepción de sus ideas a través de la realidad. Personas que han creído tanto en sus ideas y en su concepción perfecta del mundo que al chocar con realidad se han visto tan sumamente frustrados que no pueden soportar el dolor y deciden huir, deciden que a partir de ese momento ninguna gran obra o idea puede merecer más la pena que el presente, el ahora o el yo. Todo cínico ha sufrido una gran desilusión. Lo que se esconde detrás de los cínicos, como bien apuntó una vez un buen amigo mío, es la desesperanza, y es esa desesperanza, fruto muchas veces de la frustración, la que lo hace seguir las pautas cínicas y aferrarse a lo material, al ahora porque se les hace imposible tener fe en ningún futuro posible. El futuro les duele todavía.

Sin embargo, no parece que el cinismo sea para siempre ya que se basa en la voluntad de no creer. Es harto probable que en cuanto aparezca un atisbo de esperanza, el cínico abrace poco a poco, suavizando la voluntad de no creer en nada, y nunca exento de recelo, hasta, sin darse cuenta, volver donde solía y volver a mirar al futuro como un lugar donde se puede estar mejor.

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28 junio 2013

El Imperio de la Voluntad

El espíritu cree naturalmente y la voluntad naturalmente ama; de modo que, a falta de objetos verdaderos, es preciso apegarse a los falsos.
Blaise Pascal

Vivimos tiempos en los que la racionalidad vuelve a ceder terreno en pos de la voluntad. No seré yo defensor del ultrarracionalismo, pero sí entiendo que determinadas cuotas mínimas de razón siempre son necesarias, máxime en determinados temas que tienden a derivarse por la senda de las pasiones.

Cada día se suceden más cantos a la voluntad, como fuente omnipotente. La voluntad, el querer, es justificación suficiente para todo. La reflexión sobre el bien o el mal, e incluso el análisis coste-beneficio han sido completamente postergados. Lo que importa es hacer lo que uno quiere. Y porque uno lo quiere. Todo ello enmascarado tras una suerte de derecho natural, muchas veces conceptualizado como “derecho a decidir” que no es sino un “imperio de la voluntad”, donde las apetencias de cada cual legitiman cualquier actuación de la índole que sean en el amplio abanico que va desde ir medio desnudo por la calle hasta la secesión de territorios o el aborto. Incluso se admite (moralmente) que Diputados (poder legislativo) se manifiesten fuera de los cauces previstos ante la sede del máximo órgano del Poder Judicial, porque “se tiene derecho”. Todo se basa en un “tener derecho”. Y nada es más que la exteriorización de la voluntad con máscaras de legitimidad.

Quien proclama y vive esta filosofía no sabe el peligro que corre, pues todo el mundo tiene voluntad y, por tanto, derecho a todo. La voluntad nunca podrá ser absoluta para todo el mundo, ya que siempre colisionará con otras voluntades, y entonces, ¿cuál ha de prevalecer? ¿La que mejor sepa recubrirla de la legitimidad? ¿La más fuerte? ¿La más ruidosa? Porque quien renuncia al Derecho para aplicar el “derecho a decidir”, imagino, no apelará al Derecho para solucionar las controversias de las voluntades.

Ignorar o no respetar el derecho ajeno supone dar pie a que hagan lo mismo con los propios. ¿Estamos dispuestos a ello? Ningún derecho es absoluto. Ninguno. Y lo que percibo es una tendencia a absolutizar un serie de querencias o intenciones en pro de un interés concreto, volitivo y particular, de manera completamente ajena a las reglas, si es necesario.

Renunciar a la razón y dejarlo todo subordinado a la voluntad puede suponer el enfrentamiento visceral de facciones y a la fractura social. Los gestos y actitudes también erosionan la convivencia, fomentan el enfrentamiento. No sé si quien levanta la bandera de la voluntad (muchas veces de manera inconsciente) sabe qué riesgos está asumiendo. Pero, tal vez, sería bueno reflexionar sobre ello.

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05 noviembre 2012

El Ideal Ascético según Nietzsche

El hombre prefiere querer la nada a no querer
Nietzsche

Hoy, ante la escasez de imaginación e inspiración, me gustaría dejar un extracto de la obra de Nietzsche “La Genealogía de la Moral”, en concreto de su tercer tratado sobre el ideal ascético. Si prescindimos del ideal ascético, entonces el hombre, el animal hombre, no ha tenido hasta ahora ningún sentido. Su existencia sobre la tierra no ha albergado ninguna meta; «¿para qué en absoluto el hombre?» - ha sido una pregunta sin respuesta; faltaba la voluntad de hombre y de tierra; ¡detrás de todo gran destino humano resonaba como estribillo un «en vano» todavía más fuerte! Pues justamente esto es lo que significa el ideal ascético: que algo faltaba, que un vacío inmenso rodeaba al hombre - éste no sabía justificarse, explicarse, afirmarse a sí mismo, sufría del problema de su sentido. Sufría también por otras causas, en lo principal era un animal enfermizo: pero su problema no era el sufrimiento mismo, sino el que faltase la respuesta al grito de la pregunta: «¿para qué sufrir?» El hombre, el animal más valiente y más acostumbrado a sufrir, no niega en sí el sufrimiento: lo quiere, lo busca incluso, presuponiendo que se le muestre un sentido del mismo, un para––esto del sufrimiento. La falta de sentido del sufrimiento, y no este mismo, era la maldición que hasta ahora yacía extendida sobre la humanidad, - ¡y el ideal ascético ofreció a ésta un sentido! Fue hasta ahora el único sentido; algún sentido es mejor que ningún sentido; el ideal ascético ha sido, en todos los aspectos, el fuute de mieux [mal menor] par excellence habido hasta el momento. En él el sufrimiento aparecía interpretado; el inmenso vacío parecía colmado; la puerta se cerraba ante todo nihilismo suicida. La interpretación - no cabe dudarlo- traía consigo un nuevo sufrimiento, más profundo, más íntimo, más venenoso, más devorador de vida: situaba todo sufrimiento en la perspectiva de la culpa... Mas, a pesar de todo ello, - el hombre quedaba así salvado, tenía un sentido, en adelante no era ya como una hoja al viento, como una pelota del absurdo, del «sin-sentido», ahora podía querer algo, por el momento era indiferente lo que quisiera, para qué lo quisiera y con qué lo quisiera: la voluntad misma estaba salvada. No podemos ocultarnos a fin de cuentas qué es lo que expresa propiamente todo aquel querer que recibió su orientación del ideal ascético: ese odio contra lo humano, más aún, contra lo animal, más aún, contra lo material, esa repugnancia ante los sentidos, ante la razón misma, el miedo a la felicidad y a la belleza, ese anhelo de apartarse de toda apariencia, cambio, devenir, muerte, deseo, anhelo mismo - ¡todo eso significa, atrevámonos a comprenderlo, una voluntad de la nada, una aversión contra la vida, un rechazo de los presupuestos más fundamentales de la vida, pero es, y no deja de ser, una voluntad!. Y repitiendo al final lo que dije al principio: el hombre prefiere querer la nada a no querer...

Nietzsche. La Genealogía de la Moral.

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28 mayo 2011

Voluntad y Motivación

Voluntad firme no es lo mismo que voluntad enérgica y mucho menos que voluntad impetuosa.
Jaime Luciano Balmes

¿Cuántos planes habremos hecho a lo largo de nuestra vida? Y de todos ellos, ¿cuántos hemos llevado a cabo? ¿Cuántos han fracasado? Y estos que fracasan, ¿lo hacen por ser en exceso ambiciosos? ¿O por ser nimiedades que no merecen la pena? ¿Cuántas veces habremos rehecho nuestra agenda de vida? ¿Cuántas veces habremos deseado y cuántas más habremos abandonado?

La vida de una persona puede describirse y conocerse a través de sus anhelos y renuncias. Todo hombre ha sentido la necesidad de reorientar una vida para finalmente trazarla de la misma manera. Pasa un poco como con el sistema político: cada cuatro años nos proponemos cambiar el país para volver a ser los mismos miserables, o si se puede, un poco más.

Cambiarnos a nosotros mismos es harto difícil. No siempre depende de nuestra exclusiva voluntad, aunque sin ella, queda el propósito relegado a la utopía. La motivación es fundamental en cualquier cambio: querer ese cambio, desearlo, palparlo casi antes de alcanzarlo. Querer con firmeza nos mueve al cambio, nos lleva a él. Pero pasa con la motivación como con el deporte: de nada sirve el esfuerzo excesivo un día sino para obtener agujetas. La motivación ha de persistir en el tiempo, ha de prolongarse durante nuestro empeño, ya que, gracias a ella, el trabajo y el esfuerzo puede convertirse casi en un placer. Querer algo, y mantenerlo, es la clave del éxito de nuestros proyectos.

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