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20 junio 2017

Personas que Transforman a Personas

El encuentro de dos personas es como el contacto de dos sustancias químicas: si hay alguna reacción, ambas se transforman
Carl Gustav Jung

La identidad y el carácter no son cosas que se forjen en un día. Más allá de las teorías del carácter y la personalidad que existen, hoy vengo a proponer una reflexión más profana. ¿Cuánto es el peso de otras personas en la forja de una personalidad o carácter? ¿Cuándo un elemento, característica, gusto o afición ajenos pasan a ser propios?

De cada individuo se pueden extraer una serie de elementos que son identificativos de éste, que lo definen y conforman. Algunos de ellos son biológicos (el chico de los ojos azules), otros sociales/familiares (la hija del panadero) y podríamos distinguir un tercero que son personales, como son los rasgos del carácter y los gustos o aficiones.

Estos primeros pueden provenir de una lucha del individuo contra sí mismo (los esfuerzos que se hacen contra la timidez) y de la imitación de otras personas, consciente o inconscientemente (como por ejemplo a nuestros padres). Estos elementos evolucionan gradualmente con las etapas de la edad y van marcándose o diluyéndose según los casos, pero en cualquier caso, es difícil determinar el origen de los mismos.

Sin embargo, con los gustos o aficiones, la determinación del origen puede observarse con relativa facilidad: un hijo que sigue al mismo de fútbol que su padre, por ejemplo. La cuestión es, cuándo esto ocurre, ¿cuándo pasa a ser esto un elemento identificativo del “imitador”? ¿Cuándo es parte de la personalidad del hijo la afición por ese determinado equipo?

En el caso de los equipos de fútbol, que suele hacerse en la infancia, podríamos concluir que esto se produce con el desarrollo de la personalidad del hijo, con la toma de conciencia de ese elemento como suyo: cuando siente por sí mismo y voluntaria y públicamente esa afición. Pensemos ahora en algo más sutil, como la afición por un libro, un grupo de música o una canción. Supongamos que un amigo recomienda a otro un libro que significa mucho para el obsequiante, y que el obsequiado acaba por disfrutar e interiorizar también. Supongamos un grupo de música que es recomendado por un amigo, por de él su favorito, y acaba por gustar más al que lo descubrió después. ¿De quién es ese rasgo? ¿Cuándo empieza a ser identificativo de esa persona el libro o la banda?

Seguramente pueda solucionarse esto desde el punto de vista inverso: esto es, que la identificación de las personas no provenga del sujeto identificado sino del identificante. Si yo conocí a Juan siendo muy devoto de un determinado libro, aunque Pedro lo haya sido después, para mí, el libro en cuestión definirá más a Juan que a Pedro.

Volviendo un poco a donde iba mi reflexión en su origen, los seres humanos transforman a los seres humanos con el simple contacto, con la simple relación. Si esta es más intensa, la transformación será mayor. Todos cambiamos de alguna manera al entrar en contacto con otros seres humanos: aprendemos de ellos, nos inspiramos de sus aficiones, gustos y maneras de ser. Es muy difícil que después de un contacto intenso con otra persona uno sea exactamente el mismo que antes de éste. Por eso, tal vez podamos afirmar que los mayores cambios en las personas no los producen sino otras personas.

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11 mayo 2017

El Humano Sentimiento de Pertenencia

Ese sentimiento de pertenencia a algún lugar me parece que es una cosa natural del hombre
José Mújica 

El ser humano tiene una serie de caracteres inherentes que no puede obviar. Algunas de estos están estrechamente relacionado con lo físico, como las del comer o beber, pero otras de ellas son de carácter espiritual o psicológico, como puede ser el sentimiento de trascendencia o la imagen de sí mismo.

La necesidad de pertenencia es uno esos caracteres espirituales (no físicos). Lo que el hombre experimenta a través de la pertenencia genera atracción. Casi drogodependencia. Uno se siente abrigado, respetado, partícipe; y aleja de nosotros la soledad, esa fatal sensación. La pertenencia navega por dos vertientes: por un lado, que los problemas que aquejan o sufre un individuo no son tan problemas si los comparte, si los “comuniza”, porque de una manera u otra se diluye el pesar y la responsabilidad; de otro lado, las alegrías se multiplican si son en colectivo, como si la suma sentimientos de cada uno de los individuos todo un grupo fuera experimentado por cada uno de sus miembros.

Pertenecer es en cierta manera trascender: abandonar el individuo en pro de algo superior. Es rellenar los vacíos de la existencia con otros individuos. La pertenencia concede parte del sentido vital del individuo y en ese no saberse solos se vuelcan muchas esperanzas, anhelos y energías, a la vez que se reciben de éste. La pertenencia, siempre que esta sea sana, hace más liviana la vida y conduce al individuo a través de ella.

La pertenencia otorga identidad. Más allá de una definición objetiva según a qué se pertenezca, nos transforma en cierta manera: nos nutre de quienes nos rodeamos, al igual que el grupo se nutre de sus individuos. Pertenecer nos define. Cada pertenencia nos transmite inconscientemente valores, forma de ser, comportamientos, lenguajes y actitudes.

Aristóteles lo advirtió cuando describió al hombre como un ser social. ¿Puede acaso alguien sentir plenitud en la soledad del individuo? No significa que toda pertenencia sea plena, pero sí que la plenitud necesita que exista cierto grado de pertenencia a uno o varios grupos. O, al menos, que el individuo así lo sienta, se sienta partícipe, porque no debemos olvidar que el sentimiento de pertenencia no deja de ser algo intangible casi completamente subjetivo.

Es por todo lo descrito que no sorprenden los fenómenos como el nacionalismo o las sectas, capaces de canalizar y explotar de manera considerable este sentimiento. Puede comprobarse con los ejemplos citados que no todo son virtudes en los grupos. Muchos de ellos son capaces de extinguir al individuo. Aunque esa reflexión lo dejaremos ya para otra entrada.

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22 julio 2014

La Necesidad de Expresión

El arte de la expresión no me apareció como un oficio retórico, independiente de la conducta, sino como un medio para realizar plenamente el sentido humano
Alfonso Reyes

Además de la archiconocida libertad de expresión consagrada en las constituciones de todas las democracias, existe, ya alejado del plano político y más próximo al vital, otra circunstancia relacionada con la comunicación y la expresión que es la necesidad de expresión.


Todo ser humano necesita comunicarse y expresar aquello que piensa y siente. Los casos que encontramos en la Historia que contradicen esta regla no son más que héroes que han conseguido superponer la necesidad ante la voluntad. Como excepción que es, confirma la regla, de la misma manera que hace presuponer que la mayoría de mortales se subsumen en la proposición general.

La motivación de esta necesidad puede ser variada. Puede surgir del altruismo humano, del hecho de querer compartir un mundo común, un sentimiento, una opinión o un pensamiento. Puede, también, provenir de la necesidad propiamente dicha, del hecho de que se necesiten a otros individuos para la consecución de una serie de fines más o menos primarios (desde la supervivencia, si se piensa en tribus, hasta un alegato en un juicio, o cualquier otra cosa).

Seguramente sean miles las causas probables de esta necesidad de expresión, aunque, además de las citadas, me gustaría llamar la atención sobre la necesidad de expresión como dimensión vital, es decir, como parte de la construcción del propio individuo. Cuando uno piensa, piensa para sí y no siempre piensa con nitidez ni sabe encajar el pensamiento (muchas veces mezclados con sentimientos, además) en un concepto. El hecho de expresar el pensamiento obliga al pensador a contenerlo en una serie de conceptos abstractos e ir dándole forma. La lengua y, en definitiva, la expresión, ayuda a conocer el pensamiento, a concretarlo, a ponerle nombre, a modelarlo. Y es sobre esos pensamientos concretos sobre los que parece más fácil que el individuo se edifique a sí mismo.

Esta necesidad de expresión puede no mostrarse siempre con la misma intensidad, pero es innegable que en ciertos casos se vuelve apremiante. Uno necesita expresarse para ordenarse. Y muchas veces, el hecho de la expresión resuelve un problema, simplemente por haber sabido ordenar una serie de abstractos no definidos.

Ocurre también a veces que uno quiere decir sin decir, transmitir casi sin querer, de manera sutil, sin que parezca que está expresando nada. Aparecen entonces toda una serie de recursos, como las metáforas o los mensajes entre líneas, próximos al campo del arte. Entonces el transmitente se libera de la carga de la transmisión aunque éste no haya sido recepticia o no pueda confirmarse la recepción. Aun así, la necesidad de expresión ha sido satisfecha, al menos parcialmente.

Posiblemente, y esto en todo caso será motivo de otra entrada, el arte no sea más que una forma de expresión a través de una serie de símbolos conocidos y compartidos en los que el artista se ordene a sí mismo, y que la estética sea ese lenguaje no verbal, y por ende normalmente menos certero, que comparten el que contempla o vive el arte y el artista.

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11 marzo 2013

¿Por qué las Humanidades?

La filosofía es la que nos distingue de los salvajes y bárbaros; las naciones son tanto más civilizadas y cultas cuanto mejor filosofan sus hombres.
René Descartes

En los tiempos que corren, en los cuales las Humanidades están siendo denostadas poco más que a un “hobby”, a una de las tantas posibilidades para el fin de semana (lectura, fútbol o cine), esta pregunta resulta todavía más de interés, pretendiendo ser, junto con el de la disciplina histórica, una alegato de defensa a los estudios en Humanidades, al estudio, en definitiva, del ser humano.

La obsesión de un lado por lo inmediato, y de otro por lo productivo o útil, hace que todo aquello que no reporte un beneficio económico en el corto plazo llegue a considerarse una pérdida de tiempo. Por su parte, los humanistas, los verdaderos humanistas, lo que aman al ser humano y sus creaciones (no hemos de perder de vista la figura de recién implantación de pseudo-humanista, que trae su causa en el toque intelectual que “humanismo” lleva aparejado consigo) han sucumbido a este tendencia y en ausencia de mejor argumento, en lugar de esgrimir un argumento positivo, acaban asumiendo el marco de la ciencia como suyo, creando engendros como “ciencias del espíritu”.

En lo relativo a la Historia (a la rama de las Humanidades que procura el conocimiento del pasado), y aunque nadie reconozca explícitamente su utilidad e importancia, implícitamente lo hacen. O si no, ¿por qué tanta polémica sobre lo que realmente pasó, por ejemplo, en la Guerra Civil? ¿Por qué tanto interés intentar en demostrar que Cataluña fue o no una nación?

Porque, como ocurre con las personas, uno es lo que fue y lo que ha sido. Y de igual manera ocurre con las sociedades, pueblos y naciones. Sólo el conocimiento certero de qué fuimos puede hacernos entender qué somos, por qué somos y cómo somos. Sólo el estudio riguroso del pasado puede darnos una visión completa de nosotros mismos, ya sea como individuos, ya sea como comunidad.

La ambición por ser mejor y por mejorar es lo que lleva a uno conocerse a sí mismo, con el fin de explorar los errores pretéritos y poder prevenirlos en el futuro. Y es la Historia, junto con otras áreas de conocimiento humanísticas, la que proporciona las herramientas para ello. Las Humanidades son la religión secular: la búsqueda del mejorarse a sí mismo y al entorno en busca del bienestar, no sólo material sino también espiritual. Y para ello, la construcción de lo segundo es lo que provoca el bienestar primero, y no a la inversa como actualmente se cree. ¿O alguien es capaz de imaginar su actual nivel de bienestar material sin Estado o sin derechos fundamentales? Ambas dos, a modo de ejemplo, son fruto de arduas disputas, disertaciones y discusiones en el seno de la Filosofía, otra de las ramas fundamentales de las Humanidades.

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28 diciembre 2011

Lo que la Lengua es para el Ser Humano

La lengua no es la envoltura del pensamiento sino el pensamiento mismo.
Miguel de Unamuno

El otro día en una de estas conversaciones que se mantienen durante las comidas navideñas, plantearon la siguiente pregunta: ¿qué diferencia al ser humano de los animales? La pregunta no tiene una respuesta, sino más bien es una de esas preguntas retóricas que obligan a uno a agudizar la mente, a afinar en el razonamiento sin llegar a una conclusión clara.

Consciente, por tanto, de que no puedo hallar ninguna respuesta clara y que son tenidos todos los animales en cuenta a la vez, se puede concluir lo siguiente: la suma de todas esas habilidades, presentes en algunos animales pero en ninguno todas a la vez, es un rasgo característico del ser humano: el andar erguido, el uso de las manos, la sociabilización, etc. Además, todos estos rasgos están mucho más depurados en el ser humano que en los animales, sean éstos los que sean.

No obstante, para mí sí hay un rasgo claramente diferenciador con respecto a los animales: el lenguaje. No me refiero a sistemas de comunicación entre seres ni a códigos de transmisión de información, me refiero al lenguaje. Lenguaje como capacidad de abstracción, de representación del mundo mediante símbolos, al simbolismo que hay detrás de las palabras, a las matizaciones, al orden que supone en la mente del ser humano poder nombrar las cosas, y de la misma manera, poder transmitir esa información a otros de manera clara, concisa y diferenciada.

Muchas veces tenemos incluso en nuestra cabeza pensamientos rondando, sin concreción. Son más bien sentimientos, sensaciones. Sabemos a qué nos referimos, sabemos lo que queremos decir, pero no podemos ponerlos nítidos ni claros hasta que no pasa por el filtro de la lengua, por el filtro de las palabras. Es entonces cuando tiene realmente significado, cuando se puede expresar, cuando se puede pensar claramente y no como una nebulosa de sensaciones, sentimientos y pensamientos.

¿Se puede pensar sin palabras? Seguramente se pueda, pero estoy convencido de que el pensamiento no puede articularse igual sin la lengua. La lengua es la herramienta del pensamiento, al igual que las matemáticas de la ciencia. Conocer y dominar una lengua es imprescindible para poder articular correctamente el pensamiento. La lengua nos ayuda a definir, precisar, ordenar y relacionar conceptos, a moldear el pensamiento.

Tal vez no seamos conscientes de la lengua y es por ello por lo que no incidimos lo suficiente en el sistema educativo sobre ella. Vemos la asignatura como un compendio de cosas inútiles: la gramática, sintaxis ortografía, cosas prescindibles en nuestra vida diaria. Pero lo cierto es que, repitiendo lo que vengo diciendo, el conocimiento de la lengua hace más poderoso nuestro pensamiento.

Volviendo al inicio del mensaje, es el que la lengua nos permite describir y articular lo que nos ha permitido, de la misma manera, inventar sistemas fundamentales en el ser humano: la filosofía, el derecho, la política, etc. Todo ello ha sido creado a partir de la lengua, a partir de la definición de conceptos, del raciocinio que dan las palabras, de los matices. Lo humano, las humanidades, las letras, se han construido a partir del lenguaje, porque el pensamiento se construye a través de él. La lengua es para las humanidades lo que las matemáticas son para las ciencias.

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01 noviembre 2011

La Moral como Manifestación contra la Naturaleza

Atacar las pasiones de raíz equivale a atacar la vida de raíz
Friedrich Nietzsche

Con este título encabeza Nietzsche uno de los capítulos de su obra “El Crepúsculo de los Ídolos”. Me ha parecido interesante y es por eso que quiero compartirlo con los lectores. El tema: la sensualidad y la moral a lo largo de la Historia. Juzguen ustedes mismos.

Todas las pasiones tienen una época en la que resultan sencillamente nefastas, en la que subyugan a sus víctimas con el peso de su estupidez; y una época posterior, mucho más tarde que la otra, en la que se desposan con el espíritu, en la que se «espiritualizan».

En otros tiempos se combatía la pasión en sí por la estupidez que implica; los hombres se conjuraban para aniquilarla; todos los viejos monstruos de la moral coincidían en sostener que hay que matar a las pasiones. La fórmula más conocida de esto se encuentra en el Nuevo Testamento, en el Sermón de la Montaña, donde, dicho sea de pasada, no se miran las cosas desde las alturas. En ese pasaje se dice, por ejemplo, refiriéndose a la sexualidad: «Si tu ojo te escandaliza, arráncatelo.» Afortunadamente, ningún cristiano ha seguido este precepto. Aniquilar las pasiones y los deseos por el mero hecho de evitar su estupidez y las desagradables consecuencias de ésta es algo que hoy nos parece una forma aguda de estupidez. Ya no admiramos a los dentistas que nos sacan los dientes para que no nos duelan. Por otra parte, cabe reconocer que la idea de «espiritualizar las pasiones» resulta inconcebible en el terreno donde surgió el cristianismo. Es sabido que la Iglesia primitiva luchó, efectivamente, contra los «inteligentes» a favor de los «pobres de espíritu». ¿Cómo se podía esperar de ella que combatiera inteligentemente las pasiones? La Iglesia combate las pasiones a base de extirpar, en todos los sentidos de la palabra: su medicina, su «terapia» consiste en castrar. No se pregunta nunca: «cómo espiritualizar, embellecer, divinizar un deseo?» En todo momento lo que ha hecho ha sido cargar las tintas de la disciplina sobre la base de exterminar (la sensualidad, el orgullo, el ansia de poder, de poseer, de vengarse). Pero atacar las pasiones de raíz equivale a atacar la vida de raíz: la praxis de la Iglesia es hostil a la vida.

Nota: Yo he leído el texto en una edición distinta, con otro traductor, que tal vez mantenga un estilo más literario. En cualquier caso, el mensaje sigue siendo el mismo.

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17 agosto 2011

La Propiedad

Cuanto más posee el hombre, menos se posee a sí mismo.
Arturo Graf

Uno de los principales pilares sobre los que se asiente el sistema liberal burgués es el derecho a la propiedad privada. De la misma manera, la corriente opuesta a éste, el marxismo (al menos en su versión primitiva), considera que la propiedad privada ha de suprimirse: todo ha de pertenecer al Estado en pro de la igualdad entre los ciudadanos.

Desde luego, el mundo en el que vivimos hoy es impensable sin la propiedad, sin la posesión de cosas. La propiedad ha sido objeto de reflexión continua a lo largo de la historia. Véase, por ejemplo, el voto de pobreza en las órdenes religiosas cristianas, que no es más que el desprendimiento del mundo material, la renuncia a la posesión, ya que son las cosas, la posesión, la ambición, la que de alguna manera nos alejan del mundo espiritual.

En cierta manera algo parecido está sucediendo en la actualidad, en este sistema social y económico en el que el beneficio a toda costa es el principal objetivo de las organizaciones, principalmente en las sociedades mercantiles. El deseo exhacerbado de poseer (esto son, la ambición y la codicia) deja de un lado la parte más humada y solidaria de los seres humanos y de las agrupaciones de los mismos.

El hecho de poseer lleva implícito el poseo de poseer más cuando, por un lado, no se acompaña esta posesión con unos valores humanos, y por otro, cuando el ser humano se vuelve en exceso individualista, egoísta.

Por otro lado, se ha comprobado también como la supresión de propiedad privada, la supresión de una recompensa individual material provoca la desbandada de la motivación, y con ello, del proyecto vital de la persona. La necesidad de ir mejorando, de ir superándose, de progresar, es necesaria para el hombre: el saber que uno permanecerá en el mismo estado actúe como actúe hace que para que el individuo rinda le sea necesario una fuerza moral considerable. Este progreso o evolución se satisface de una manera relativamente sencilla a través de la propiedad, en la búsqueda de aumentar el patrimonio.

La solidaridad es un valor humano, adquirido, no innato. El ser humano tiende a su propia supervivencia, al egoísmo. Si olvidamos o relativizamos los valores humanos el hombre se vuelve un lobo para el hombre, y si le negamos su naturaleza, lo destruimos. Por ello, para poder hacer posible una optimización del hombre y de la sociedad es necesario, una vez más, acudir al equilibrio aristotélico del punto medio.

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24 junio 2011

Pasiones Vitales

Las pasiones son como los vientos, que son necesarios para dar movimiento a todo, aunque a menudo sean causa de huracanes.
Bernard Le Bouvier de Fontenelle

Podríamos definir la pasión como un amor exacerbado hacia algo, como un algo irracional que abstiene nuestra voluntad en pro de conseguir un propósito concreto, bien sea la consecución de un algo, o bien la conservación de otro.

Una pasión es un modo de vida: un todo en la vida de alguien. El hecho de poseer una pasión significa dotar de sentido a una vida. Todo girar en torno a esa pasión, todo se hace por y para ella. El hecho de que una pasión invada a alguien significa darle un motivo por el que agarrarse a la vida, un porqué por el que vivir, un objetivo en la vida, una meta.

Cierto es que el hecho de encontrarse ajena la razón puede provocar que esta pasión desvaría y llegue más allá de ella misma: es peligroso todo sentimiento incontrolado, toda conducta irracional por el simple hecho que no se atiende a razones, sino que todo es una especie de impulso, una obsesión insalvable.

Pero miremos el lado positivo de ésta. Muchas veces queremos mirar hacia delante en nuestras propias vidas, y somos incapaces de vernos a nosotros mismos haciendo día tras día, año tras año, una misma actividad, un repetido conjunto de procesos, cuan autómatas. Somos incapaces de ponerle amor a nuestro futuro: simplemente nos vemos haciendo las cosas por mera supervivencia, no porque de verdad las deseemos.

Es por eso que podemos estar a veces tentados de envidiar al apasionado, a aquel que desempeña incansablemente una actividad por el mero hecho de gustarle, sin más razón que un sentimiento. Una pasión es capaz de dar sentido a la vida, es capaz de orientar las perspectivas de un individuo.

Son finalmente los sentimientos los que llenan en el fondo la vida, las que nos mueven por ella. Es por ello que aunque llevada al límite una pasión puede ser destructiva, teniendo ésta con cierta moderación es posible llenar la vida con ella y darle un sentido a la misma.

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15 marzo 2011

El Ser Humano y la Naturaleza

Produce una inmensa tristeza pensar que la naturaleza habla mientras el género humano no escucha.
Victor Hugo

Llevo unos cuantos días ajeno al mundo y por tanto ajeno al blog y a las noticias. Notable ha sido mi sorpresa al encontrarme con la tragedia japonesa. De este aislamiento informativo mío podrían surgir dos reflexiones: una, sobre cómo es la vida de una persona sin la información; y dos, de lo volátil que es el ser humano cuando se compara con la Naturaleza, lo débil que es. Creo que hoy explotaremos la segunda.

Es muy propio del ser humano la vanidad y la soberbia. Creerse por encima de todo, creerse a salvo siempre, creerse diferente de sus antepasados por el desarrollo tecnológico, creer que nunca nos va a pasar a nosotros, dejar todo a merced de la ciencia y la tecnología.

Se nos olvida con demasiada frecuencia que somos pobladores de un mundo que aunque hayamos conseguido más o menos “domesticar” sigue siendo salvaje. Este terremoto (o sus consecuencias, más bien) nos deben hacer sentir por un momento más mortales. Nadie está a salvo de una catástrofe natural, aunque vivamos ajenos a ello.

También es cierto que no podemos dejarnos vencer por la psicosis colectiva. Tampoco podemos dejar de vivir por el hecho de que en cualquier momento pueda acontecer un terremoto. Lo que debemos, simplemente, es hacernos más humildes y no olvidar lo que somos.

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05 febrero 2011

Mitos

El deseo de felicidad mantiene presente el mito del artista.
Félix de Azúa

Toda persona tiene una referencia ideal respecto a cada una de sus dimensiones vitales. Todo el mundo aspira a algo, y en esas aspiraciones, tendemos a tomar por referencia situaciones, hechos o personas que entendemos son perfectos e ideales y que de alguna manera van marcando nuestro tope.

Una de estas dimensiones es la historia y la política. La definición de una ideología política en uno mismo no puede llegar a definirse sin una mitificación previa de un personaje, una situación, un territorio o una sociedad concreta. La formación de los sentimientos relacionados con la ideología política nacen de la concepción abstracta (de la elevación al abstracto más bien) de una situación concreta que nunca fue tal y como se describe.

Los mitos son necesarios cuando se trata de creer en una cosa. Ya los griegos usaban a los héroes como ejemplos absolutos de las virtudes, idealizándolos en extremos y creando una necesidad o voluntad de imitación de estos, siendo esta imitación el objetivo vital más importante.

También ha sucedido en muchas religiones. Las figuras principales de muchas religiones han sido divinizadas e idealizadas, y mucha de la conducta exigida a los fieles de éstas es la imitación de aquéllos, la aproximación a al ideal perfecto que se desprende de dichos personajes.

Así bien, las naciones también han creado sus mitos de formación. Toda nación tiene personajes y tiempos de gloria, donde las virtudes de los héroes y las épocas no hacen sino invitar al ciudadano a conseguir recuperar la gloria que la nación tuvo en tiempos de los héroes. Se invoca a idealizar la nación, ha elevarla hasta el abstracto del mito.

Lo que no pueden olvidar aquellos que quieren hacer un análisis serio de la Historia o la política es que estas mitificaciones no son más que eso, idealizaciones y exaltaciones que persiguen orientar la conducta de sus ciudadanos en busca de estos mitos. A la hora de ser rigurosos, ha de bajarse a los hechos. No obstante, estos mitos y exaltaciones pueden decirnos muchos sobre una cultura y una sociedad, cuáles son sus valores y a qué aspira.

Y así ocurre también para el hombre: son los mitos que uno admira los que van marcando la conducta en la vida. Son las creencias que, independientemente de verdaderas o falsas, inspiran a cada uno y moldean su voluntad.

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