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06 septiembre 2024

Filia y Logos

La democracia es una forma superior de gobierno, porque se basa en el respeto del hombre como ser racional.

John Fitzgerald Kennedy

Siguiendo a Emilio Lledó, éste menciona que los antiguos griegos sostenían que había dos tipos principales de vinculación entre los sujetos de una sociedad: la “filia” y el “logos”. La primera de ellas supone un lazo emocional: un amor o afecto por los semejantes afectados principalmente por la lealtad o la simpatía hacia los otros. La segunda, sin embargo, la relación que presenta es una relación racional, un espacio común donde las representaciones tienden a ser lo más objetivas posibles, una objetivación de estas relaciones, ajenas lo más posible a la emotividad.

Estas dos fuerzas han estado presentes con más o menos intensidad en cualquier sociedad. Los vínculos de lealtad y pertenencia hacen que la sociedad coexista y cree sentimientos de pertenencia, de amor a la comunidad. Esta vinculación “filial” se ve complementada por la racionalización de las sociedades que, a través del “logos”, permiten la elaboración de normas y la búsqueda racional de la mejor forma de organización.

La política y las ideologías fluctúan entre estos dos elementos también. Hay movimientos o ideologías más cercanas a cada una de estas características. Así, es fácil ver el exceso de “filia” en el nacionalismo y pretendemos ver el dominio del “logos” en las democracias parlamentarias.

Esta última afirmación parece clara: los sistemas parlamentarios poseen una cámara (parlamento) donde la deliberación en el proceso de elaboración de las leyes es, a priori, fundamental. Esta cámara está llamada a ser la sede del debate y la confrontación de las ideas. Es el lugar donde mantener una suerte de conversación entre sensibilidades políticas diversas y donde el “logos”, el lenguaje y los conceptos comunes se hacen efectivos. Una parte puede referenciar, enmendar, criticar o alabar el discurso de otro. Y esto sólo es posible si existe ese espacio común de entendimiento que son, en el fondo, la lengua y la cultura.

La pérdida del “logos” en una sociedad supone, por tanto, un problema, en tanto que nos impiden la deliberación y el debate. Nos hace incapaces de hablar un mismo idioma, de unos mismos conceptos, lo que dificulta el posible acuerdo. Una sociedad sin acuerdos no puede derivar sino en una sociedad donde una parte impone a la otra. Estas imposiciones, a su vez, suponen a la larga agravios en los “impuestos”, lo que genera desafección.

España (e imagino que muchos otros países occidentales) en los últimos años ha entrado en una deriva de abandono del “logos”. Este abandono supone el abandono del espacio común y de la conversación. El sustituto está siendo la creación de una política de adhesiones. Uno sólo tiene que ver una sesión parlamentaria o un debate televisivo (entre políticos, sobre todo) para ver que son discursos aislados a los que el ciudadano sólo tiene la opción de sumarse o rechazarlo, pero parece difícil cualquier tipo de enmienda. La disidencia o, incluso, la matización, están cada vez más desterradas de la vida pública. Los partidos políticos son un prototipo de esto que digo, pero no es el único caso.

La perspectiva es algo desaladora, pero no irreversible. Tal vez, como ciudadanos, ajenos a partidos que subsisten cada vez más necesitados de adhesión, deberíamos buscar algún canal o alguna manera de volver a traer el “logos” a la vida pública: la construcción de un espacio común de diálogo, deliberación y debate; y exigir, quizás por la vía del ejemplo, a nuestros representantes que las cámaras de representación abracen, de nuevo, el “logos”.

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01 abril 2021

La rebeldía ya no es lo que era

“Lo sagrado: ahí está el enemigo.”
Pintada en Nanterre, en mayo del 68

La rebeldía ya no es lo que era. O al menos, esa es la impresión que tengo. Mis últimas lecturas me han devuelto a unas generaciones anteriores que se comparaban con las contemporáneas y creo distinguir elementos diferentes en las proclamas de la juventud, que suele abanderar las causas de la rebeldía.

La generación de mis padres y las inmediatamente anteriores también fueron rebeldes en su época. No sólo en el contexto español, donde la dictadura hacía de diana para cualquier instinto subversivo, sino incluso en el contexto europeo. Pensemos en el mayo del 68 y el conjunto de revueltas estudiantiles que acontecieron en Europa sobre esos años. Los grafitis en la Sorbona y en otros puntos de la geografía urbana parecían tener una aspiración clara: la libertad, la libertad de poder elegir modos de vidas alternativos al occidental tradicional, la libertad de no seguir unas normas concretas (con especial mención a las sexuales), de poder cada cual dirimir las suyas. Eliminar, en definitiva, ciertas sacralizaciones de la época que ejercen de corsé. Secularizarlo lo máximo posible, esto es, abolir tabúes, derribar dogmas y exiliar los “porque sí” heredados de otras épocas.

El punto de mira, sin embargo, ha cambiado. Hoy los jóvenes no lanzan proclamas en pos de la libertad del individuo ni de su emancipación, hoy los mensajes (su mayoría en redes sociales) de los que se autoconciben como revolucionarios versan sobre cómo ha de comportarse el buen ciudadano. Miles de mensajes didácticos sobre cómo ha de ser la conducta del “buen ciudadano” y cómo cuidar el medio ambiente o cómo tienes que hacer si quieres ser, en definitiva, buena persona. Las redes están inundadas hoy de moralinas que pretenden encorsetar en un concepto concreto de bien y que pretenden postergar y señalar a todo el que no comulgue con los nuevos dogmas.

Hoy los rebeldes señalan a los nuevos herejes que viven sus vidas de otra manera (incluida la sexual). Hoy la rebeldía consiste en seguir una guía de “buen ciudadano” o, mejor dicho, de “ciudadano bueno”. La libertad y la emancipación hoy no forman parte de los objetivos de la rebeldía. Como decía, la rebeldía, hoy, ya no es lo que era.

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30 septiembre 2020

De por qué el aprobado general perjudica a las clases más bajas

Donde hay educación no hay distinción de clases.

Confucio

Parece que la última idea del Gobierno en materia de educación es permitir que los alumnos de la ESO y el Bachillerato puedan obtener los respectivos títulos con asignaturas suspensas. Quiero entender que la razón de esta aberración es la idea, siempre presente en el mantra socialista, de “no dejar a nadie atrás” y se fundamentará en un principio fingido de “no discriminación” y “favorecer a las clases más bajas”, cuando lo que realmente van a conseguir es justo lo contrario: abrir una brecha cada vez mayor entre las clases con poder adquisitivo y sin él. 

Parece que hay cierto consenso en que el mejor ascensor social es el de la educación. Por eso se ve como un triunfo de la igualdad de oportunidades y de la democratización de las élites el hecho de que todo ciudadano reciba obligatoriamente una instrucción gratuita, de tal manera que su condición familiar no lo perjudique o discrimine en sus posibilidades de ascender en la escala social. 

Los títulos académicos se basan en una confianza: la confianza de que el poseedor del título tiene una serie de competencias o capacidades. Y es por eso por lo que cuando uno obtiene, por ejemplo, el carné de conducir no necesita, cuando la Guardia Civil lo para, demostrar fehacientemente sus habilidades conductoras y su conocimiento del código de circulación, sino que con la presentación del documento en cuestión se le presume habilitado para tal efecto. Lo mismo cabe esperar de un médico: a alguien con una licenciatura en medicina se le presupone una serie de conocimientos sobre la salud humana suficientes para que asuma las tareas de sanación de los ciudadanos. 

El problema está cuando el significante confunde el significado. Es decir, la habilidad para conducir no la otorga el carné, sino que el carné se otorga porque se reúnen las aptitudes y conocimientos necesarios para poder conducir. Igual ocurre con la licenciatura en Medicina: no es el título el que otorga conocimientos, sino el que ayuda a identificar a quienes los poseen. 

Esto que parece algo lógico y sencillo, no lo parece tanto para el Gobierno. No se trata de crear bachilleres: se trata de crear individuos con los conocimientos que se le presupone a un bachiller. Al permitir que el bachillerato pueda aprobarse de manera casi automática o sin el rigor suficiente, simplemente estamos engañando a quienes de damos un título, que por cierto está devaluado. Tener un título de bachiller ya no significará una serie de conocimientos, significará haber estado dos años de tu vida en un centro académico. Salvo que, lo hayas obtenido en no se qué centros (que casualmente serán privados y de pago) que crearán una serie de controles y rigores que serán suficientes para que las empresas y otros agentes económicos sepan discriminar quien SÍ reúne los conocimientos que se esperan de él. 

Esto que cuento no es ciencia ficción. De hecho, ya pasa con los idiomas. En España se da la siguiente paradoja, que ya he denunciado alguna vez en este blog. Un alumno se pasa en su vida académica al menos 8 años estudiando inglés. 8 años, insisto, como mínimo. Una media de 3 horas a la semana. Calculen ustedes solos la cantidad de horas que eso son. Pues bien, luego ese alumno llega a la Universidad y para obtener su grado, oh sorpresa, necesita un certificado de nivel de B1. Efectivamente. La propia Universidad desconfía de que, en esos 10 años de estudios obligatorias de inglés, el alumno haya adquirido los conocimientos de B1. Creo que esto se comenta solo. 

Sin embargo, si un alumno acude con un certificado de una organización cuyo derecho a examen ronda los 200€, entonces la Universidad sí da por bueno el título que sí acredita que el alumno tiene el B1 (o el que tenga). ¿No es maravilloso? 

Y ahora viene el quid de la cuestión. ¿A quién perjudica que la única forma de demostrarse competitivo en un mercado laboral sea a través de la obtención de un título de Máster (eso ahora, ya mismo descenderemos a los grados, y luego al bachillerato) cuyo precio sean miles de euros? ¿Beneficia, entonces, el aprobado general a las clases más desfavorecidas en el llamado ascensor social? En mi opinión, francamente, no. ¿Beneficia al conjunto de la sociedad un conjunto de ciudadanos y profesionales menos capacitados cada vez? En mi opinión, tampoco. Entonces… ¿a quién beneficia? A ustedes les dejo la respuesta.

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02 enero 2020

El Poder y la Risa

La sátira es el arma más eficaz contra el poder: el poder no soporta el humor, ni siquiera La sátira es el arma más eficaz contra el poder: el poder no soporta el humor, ni siquiera los gobernantes que se llaman democráticos, porque la risa libera al hombre de sus miedos. 

Dario Fo

Es prácticamente una tradición en mi casa visionar el especial de nochevieja de José Mota. Este año siguiendo la costumbre anual lo volvimos a hacer aunque para nuestra decepción fue el cómico quien no siguió la línea que traía consigo desde años atrás. Tal y como yo lo veo, el cómico manchego ha seguido siempre una línea crítica con el poder (de cualquier que haya sido su signo) haciendo especial hincapié en los políticos que andaban en el candelero. Una crítica respetuosa y no por ello exenta de ser inteligente y mordaz. Este año, casualmente, no ha sido así.

La completa ausencia de críticas al poder me llamó la atención, máxime cuando este año ha sido un año tan prolífico en cuanto a materia prima del humor político se refiere: el uso del Falcon, el caso de los ERE, la posible autonomía leonesa, el juicio del “procés”, los altercados en Barcelona tras la sentencia, la dimisión de Ribera, el auge de Vox, el caso de la Arandina, las legislaciones de género, etc. Sin embargo, toda la crítica política ha residido en Trump y Johnson, dos pinceladas breves a los políticos en general y eso sí, la parodia de un Golpe de Estado. Casualidades todo, imagino.

Desde que vi el programa se me ha venido a la cabeza varias veces la novela de Umberto Eco “El nombre de la rosa”. Sin ánimo de destripar la novela a nadie, uno de los pasajes finales y que justifica todo el argumento de la novela es una discusión sobre la risa y cómo, en el fondo, la risa relaja el control de la autoridad (para un análisis riguroso y profundo sobre esta parte de la novela de Eco os recomiendo este enlace; este texto no es más que un mero apunte). La risa (y el humor), en este caso la ausencia de ella, es una forma de control mediante el miedo y, por tanto, de ejercer el poder. No criticar al poder nos hace, en cierto sentido, menos libres. Así se expresa en la novela de Umberto Eco:

"La risa libera al aldeano del miedo al diablo, porque en la fiesta de los tontos también el diablo parece pobre y tonto, y, por tanto, controlable. Pero este libro podría enseñar que liberarse del miedo al diablo es un acto de sabiduría. Cuando ríe, mientras el vino gorgotea en su garganta, el aldeano se siente amo, porque ha invertido las relaciones de dominación: pero este libro podría enseñar a los doctos los artificios ingeniosos, y a partir de entonces ilustres, con los que legitimar esa inversión. Entonces se transformaría en operación del intelecto aquello que en el gesto impensado del aldeano aún, y afortunadamente, es operación del vientre. […] La risa distrae, por algunos instantes, al aldeano del miedo. Pero la ley se impone a través del miedo, cuyo verdadero nombre es temor de Dios. Y de este libro podría saltar la chispa luciferina que encendería un nuevo incendio en todo el mundo; y la risa sería el nuevo arte, ignorado incluso por Prometeo, capaz de aniquilar el miedo"

Cuando leo esto, veo el programa de José Mota y recuerdo los 70.000€ a los que fue condenado un señor por un poema satírico hacia Irene Montero me pregunto si el fiasco del programa del pasado día 31 es la natural consecuencia del declive de toda persona o si poco a poco pretenden recortarnos el humor y la risa.

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02 junio 2019

La “Alta Velocidad” en Granada o Cómo Tomarnos el Pelo por Enésima Vez

El político se convierte en estadista cuando comienza a pensar en las próximas generaciones y no en las próximas elecciones.
Winston Churchill

Recientemente se ha publicado la noticia de los horarios de los trenes AVE (siglas de Alta Velocidad Española) que unirá la ciudad de Granada con la capital de España. Habrá, según se publicó, servicio de tres trenes diarios: uno por la mañana (3 horas y 19 minutos de duración), otro al mediodía (3 horas y 5 minutos) y un último por la tarde (3 horas y 24 minutos). La distancia que une las estaciones de Puerta de Atocha y de Adif de Granada, según Google, es de 417 kilómetros (por carretera). El buscador de Internet estima que el trayecto dure 3 horas y 48 minutos en coche.

Cuando uno ve estos números se pregunta cuál es la ventaja que supone la llegada de la “Alta Velocidad” a Granada. Se puede argumentar que el tren tradicional (sin el que hemos estados más de tres años, por cierto) tarda unas 5 horas y media y que la llegada de este tren supone un ahorro significativo en tiempo. Y es así, pero estos tiempos de casi tres horas y media son tiempos de trenes convencionales, no de Alta Velocidad. Celebremos, entonces, que tenemos un tren normal y corriente a Granada, no que llega la Alta Velocidad a Granada. Celebremos, pues, que Granada ha entrado en el siglo XX (no sé cuántos años tarde).

Para sostener lo que digo sobre la no alta velocidad granadina, veamos qué ocurre en otras ciudades españolas que sí gozan de alta velocidad:


  • Málaga: 533 km. Tiempos entre 2 horas y 25 minutos y 3 horas y 5 minutos.
  • Sevilla: 511 km. Tiempos entre 2 horas y 21 minutos y 2 horas y 45 minutos.
  • Valencia: 353 km. Tiempos entre 1 hora y 40 minutos y 1 hora y 53 minutos.
  • Barcelona: 615 km. Tiempos entre 2 horas y 30 minutos y 3 horas y 10 minutos. 

¿Se imaginan ustedes que a Sevilla el AVE, además de llegar 27 años después, tardara entre 3 horas y media y 4 horas el trayecto (que es lo que tardaría el tren a la velocidad media que resulta del tren de Granada:411 kilómetros entre 3 horas y 20 minutos)? ¿Se imaginan a los gobernantes de Sevilla celebrando y vendiendo a bombo y platillo el éxito de la llegada del AVE a la capital andaluza? Pues eso está pasando en Granada.

Si uno, además de leer la prensa local, escucha las declaraciones de los políticos, ve que sus discusiones y reproches van sobre si las migajas que nos dejan son más o menos grandes; sobre si al trazado hasta Antequera vamos a poner doble vía o no, entre otros (¿alguien se imagina el debate de la doble vía en Sevilla? ¿Alguien se imagina que no hubiera doble vía en Sevilla?).

Ahora, además, nos esperan días en los que los políticos irán a inaugurar el primer trayecto de este Madrid-Granada. Declararán, con toda probabilidad, que Granada está más conectada al mundo, que esto es un gran éxito de la Administración que en ese momento esté el partido que hace las declaraciones y un largo etcétera de palabras autocomplacientes.

Pero, ¿de verdad debemos estar los granadinos con la gestión de la alta velocidad en la ciudad? ¿De verdad podemos llamar alta velocidad a un trayecto a 126 kilómetros a la hora? ¿Acaso alguna administración ha velado porque esto no sea el fraude que es? ¿Nos ha considerado acaso la Junta de Andalucía como andaluces para defender unas infraestructuras dignas, que conecten lo que tenían que conectar, que es Jaén, Granada y Almería/Motril? ¿Se imaginan (y perdonen que insista) que el AVE a Sevilla tuviera que pasar por Antequera? ¿Por qué tenemos que seguir soportando nosotros agravios continuos? ¿Por qué tenemos que seguir soportando que Sevilla nos quiera únicamente como una provincia en la que recaudar del monumento más visitado de España y de la estación de esquí más al sur de Europa? ¿Alguien me puede explicar la ventaja que ha supuesto a Granada y su región histórica la pertenencia a este invento sevillano llamado Andalucía?

Este de la “alta velocidad” es sólo el último de los agravios, pero quizás el más flagrante porque la evidencia de los números es demoledora. ¿Alguien ha escuchado a algún político granadino rebelarse contra esta falsa alta velocidad? ¿Alguien desde Granada se ha plantado en San Telmo o en Moncloa a exigir que la ciudad o la provincia tengan una alta velocidad de verdad y no una meramente nominal? ¿Alguien se ha enfrentado a las cúpulas sevillanas o madrileñas desde Granada y le ha dicho a quien correspondiera que esto es una tomadura de pelo? ¿O, por el contrario, veremos celebraciones y palmaditas en la espalda de un proyecto que es un auténtico fracaso? ¿Habría pasado esto mismo si el interlocutor con el Ministerio de Fomento no hubiera sido alguien desde Sevilla sino alguien desde nuestra tierra?

Para terminar reutilizaré una frase que tomo prestada de un buen amigo y que digo con frecuencia, pero que no por ello deja de perder vigencia: el problema del tonto no es que sea tonto, sino que está contento. Y en Granada estamos muy contentos. Y la prueba de ello son el resultado de las últimas elecciones municipales, donde seguimos queriendo en nuestra alcaldía sumisos a las direcciones sevillanas y/o madrileñas. Recuerden que el trayecto Madrid-Granada, con los trazados y velocidades de las ciudades que arriba describía tardaría entre dos horas y dos horas y media, tiempo significativamente inferior y sí digno de ser llamado Alta Velocidad.

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07 marzo 2019

Elementos Religiosos en el Feminismo (I): El Pecado Original

La mayor parte de aquellos que no quieren ser oprimidos, quieren ser opresores.
Napoleón

El último (probablemente ya sea penúltimo cuando escribo estas líneas) hito para defender los supuestos valores de igualdad entre hombres y mujeres ha sido la propuesta de excluir del recreo a los adolescentes varones en un instituto de Andalucía. El motivo o intención, según alegan los promotores, es que los niños "comprendan lo que ha sentido la mujer durante mucho tiempo" (sic).


¿Cuál es el fundamento de estas medidas? ¿La toma de conciencia? Puestos a llevar esta forma de pensar al extremo: ¿Deberían los alemanes sufrir cámaras de gas por parte de los judíos? ¿Deberían los comunistas pasar unas vacaciones en Siberia en algún simulacro de Gulag? Cabe preguntarse entonces: ¿Tiene sentido replicar una injusticia en el tiempo presente para denunciar las que acontecieron en el pasado?


El fundamento, mucho me temo, está bastante alejado de la sana intención con la que nace, y no me refiero tanto a los individuos como a la organización. Aunque sus militantes no sean conscientes, estos movimientos redentores contemporáneos tienen mucho en común con sus homólogos históricos. En concreto, no son pocos los elementos que comparten con el cristianismo. Uno de ellos es el pecado original.

Según la teología católica, todos los seres humanos nacemos con el pecado original, que no es otra cosa que el heredar los pecados de nuestros antepasados en la historia. Es decir, portar la culpa no de nuestros actos sino de aquellos quienes nos han precedido. Contra estos pecados no cabe escapatoria, sólo la aceptación de la culpa congénita y la redención de este pecado mediante un rito (el bautismo), lo que provocará en el individuo su necesidad aceptar los dogmas inherentes al culto en cuestión, o sea, los del cristianismo.

Este mismo pecado original es el que replica el feminismo en la escuela que mencionaba al principio de esta entrada. Un varón nace con la culpa de pertenecer a una estirpe que se ha construido con base en el heteropatriarcado (otro día volveremos a este también elemento teológico). No es esta culpa una idea original dentro del feminismo. Recordemos como en aquel Congreso de Género se invitaba a los asistentes varones a ocupar las filas traseras del auditorio como "símbolo" para huir de su "privilegio" como varones. Curiosamente en este caso el varón que había en la mesa presidencial no cedió el sitio a nadie ni se desplazó. El sacerdocio (al igual que el católico) sigue manteniendo su puesto en el púlpito y sus reglas se rigen por otro código (también podría ser un elemento de análisis en una entrada, como elemento religioso dentro del movimiento general).

Volviendo a la culpa, ¿qué es lo que se esconde detrás de ella en el seno de un movimiento? Pues no es otra cosa que establecer un mecanismo de control y de poder. Insisto en que esta idea no es genuina del feminismo: ya el catolicismo parte de esa culpa y necesita de sus sacerdotes (mediante el sacramento de la confesión/penitencia) para expiarla. Es, además, el sacerdote quien discrecionalmente establece la penitencia y el penitente necesitará su aprobación y validación (aunque sobre esto podría ir más ligado a lo que se llama dentro del feminismo “micromachismos” y que en las religiones tradicionales es “pecado”).

Hoy los varones necesitamos (parece ser) esa penitencia también. Y esto lo establece el sacerdocio del feminismo que se ha erigido ahí no sé muy bien por qué. Sólo me sale argumentar "por obra y gracia de Dios", lo cual las asimila aún más a la ordenación sacerdotal católica. ¿Con qué legitimidad se arroga la autoridad de determinar qué es machista (pecaminoso) o no? ¿Por qué son defensoras de una buena causa? ¿Hay algo, acaso, mejor y más grande que Dios o el amor entre sus hijos, o sea, los seres humanos?

Por fortuna, no he tenido que cumplir ninguna de estas nuevas penitencias feministas y me temo que me negaría en rotundo a llevarla. No entendería que alguien que ha nacido, crecido y vivido en un entorno de completa igualdad tengo que redimirse de los pecados de otros. Y por eso miro con recelo estos nuevos movimientos cada vez más autoritarios. No vale simplemente una causa justa: sus medios han de serlos también. ¿Puede alguien negar la bondad del mensaje del Evangelio? ¿Y puede alguien negar los crímenes que se han cometido en nombre de esta misma buena causa? La Historia está ahí plagada de ejemplos para que aprendamos de ella. No me gustaría ver como otra buena causa se acaba pervirtiendo y convirtiendo en aquello contra lo que precisamente luchaba.

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04 febrero 2018

Profesiones Estéticas

La belleza es muy superior al genio. No necesita explicación.
Oscar Wilde

Alguna de las polémicas recientes y ciertos debates con amigos por las redes sociales me han incitado a llevar a cabo esta reflexión. La cuestión a debatir, según he entendido yo de los argumentos y consignas esgrimidos, es la no pertinencia de que haya ciertos oficios que estén basados en la belleza (imagen) de los sujetos que la desempeñan.

A mí parecer, esta no aceptación de la estética o la belleza como criterio de discriminación viene confundido por ciertas ideologías feministas que asumen (implícitamente) que la única virtud posible para la mujer sea su estética. No negaré que no haya sido así en ciertas épocas de la historia donde la mujer estaba apartada de todo protagonismo social, pero creo que en la España del siglo XXI una mujer tiene muchas salidas y capacidad de actuación social fuera de su imagen, y precisamente por eso, no entiendo los ataques que refieren a estas profesiones (como azafata o modelo) siempre que esta profesión haya sido y se ejerza sin coacción alguna. Profesiones que en algunos casos además están mucho mejor pagadas que la inmensa mayoría.

¿Por qué habría entonces de no contemplarse la estética como una variable? ¿Por ser innata? ¿Pero es que acaso las capacidades intelectuales no lo son? ¿O la condición física para los deportistas? Se podrá argumentar que tanto lo intelectual como lo físico se trabaja, se entrena, se perfecciona y moldea. ¿Acaso la estética no tiene también, como la condición física o la capacidad intelectual, su trabajo y servidumbres? ¿Tendría sentido, por ejemplo, prohibir el baloncesto profesional porque las personas más altas tienen más probabilidad de triunfar?
Hay, creo, también otro porque las profesiones relacionadas con la imagen no son vistas con buenos ojos: su relación con el poder y el prestigio social. Todas las sociedades tienen una serie de cánones (de prestigio social, profesiones que son mejores valoradas que otras; económico; ideológico/moral, etc.) y uno de ellos también es el estético. Estas profesiones criticadas no representan sino la élite de este canon, lo que implica un reconocimiento latente de que en la dimensión estética son lo mejor de una sociedad, con la repercusión de estatus y prestigio que ello supone. Por ejemplo, un/a modelo y dependiendo de en qué agencia (pensemos en Victoria's Secret, por ejemplo) tiene mucho estatus social inherente: supone ser la élite del mundo estético y, nos guste o no, supone un reconocimiento por parte de los demás, igual que ser jugador del Real Madrid o el Barcelona lo provoca.

¿Quién, a priori y sobre todo a determinadas edades, no quería ser jugador profesional de fútbol? ¿Por qué entonces no es lícito querer ser modelo en lugar de trabajar en un supermercado, por ejemplo? Se podría argumentar contra esto que ser un profesional del fútbol, además de sus connotaciones sociales y económicas evidentes, tiene también la satisfacción de "hacer lo que te gusta". ¿Es que el pose no es algo voluntario también? ¿Qué es si no una buena parte del contenido de Instagram? ¿Quién obliga a nadie a subir una foto de sí mismo intentando exprimir toda la estética/belleza que se pueda? ¿No estarían acaso encantados quienes publican de manera voluntaria y libre fotos de sí mismo, que además persiguen la obtención de cuantos seguidores sea posible, que se les diera un salario y unas condiciones laborables homólogas a las de un contrato laboral? ¿No será entonces que la crítica a determinadas profesiones no es una posición mezquina fundamentada más en una subjetividad (envidia, por ejemplo) que en una razón objetiva?

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05 octubre 2017

El Derecho a Decidir en Granada

Dar ejemplo no es la principal manera de influir sobre los demás; es la única manera.
Albert Einstein

El pasado domingo 1 de octubre se presenció en las calles de Granada una suerte de contramanifestación para contrarrestar el apoyo que los habitantes de la ciudad querían mostrar a España y su unidad. En la pancarta que portaban los contramanifestantes se podía leer "el pueblo trabajador andaluz por el derecho a decidir". Su mensaje, entiendo (y digo entiendo porque no queda explícito el derecho a decidir qué), iba orientado a apoyar la celebración la consulta popular que ha pretendido el gobierno regional de Cataluña en su territorio.

Esta consulta celebrada el pasado 1 de octubre, como ya ha indicado el Tribunal Constitucional, es manifiestamente contraria a la Carta Magna, entre otras cosas, porque la convocatoria de referéndums recae de manera exclusiva en el Estado, tal y como lo recoge el 149.1.32º del texto legal.

No obstante, tal vez en Granada deberíamos coger el guante y plantearnos nuestra capacidad de decidir sobre nuestra organización territorial. Hay que aprovechar la sensibilidad democrática y la convicción profunda que desprendían los asistentes a la contramanifestación referida por que cada territorio decida por sí mismo su organización territorial. Máxime cuando, a diferencia de lo que ocurre con la Comunidad Autónoma catalana, la Constitución española sí prevé en su artículos 143 (puntos 1 y 2) la iniciativa autonómica para las provincias y municipios.

En Granada hay una serie de ciudadanos que cada vez más empezamos a cuestionarnos la pertinencia o no de ser parte de una Comunidad Autónoma en la que, con determinadas artimañas políticas y jurídicas, se nos incluyó durante la Transición. Algunos granadinos creemos que a Granada le corresponde un papel más importante en el contexto de España y de Europa. Estos ciudadanos analizamos los últimos 35 años de la historia granadina y no podemos sino concluir que Andalucía no es el mejor marco para conseguir esa prosperidad que anhelamos. El maltrato económico e identitario sufrido por parte de la Junta sita en Sevilla es más que evidente. Por eso, tal vez vaya siendo hora de que Granada recupere protagonismo y fuerza en España. Y si algo ha quedado claro en estos años de aventura en la "Gran Andalucía" diseñada por Blas Infante es que a Granada no le beneficia formar parte de una región centralizada hasta el extremo en Sevilla.

Mirando el panorama político en busca de posibles apoyos tenemos lo siguiente: Podemos se ha manifestado muchas veces muy favorable la auto-organización territorial a a la descentralización del poder (no creo que puedan ser tan cínicos como para negárselo a Granada). Una buena parte del PSOE también ve con buenos ojos las consultas populares en este sentido. Partido Popular y Ciudadanos no cesan de anunciar a bombo y platillo que están con lo que la Constitución dictamina, y como argumenté arriba, nuestra Carta Magna permite el acceso de las provincias a la Autonomía.

El único escollo posible podría ser el nacionalismo andaluz. Sin embargo, éste ha mostrado una sensibilidad extrema ante la decisión de los territorios por su futuro, llegando incluso a manifestarse en ese sentido, tal y como he venido relatando al principio de este artículo. No creo que puedan ataviarse de tanta incoherencia como para negar a unos lo que piden para otros.

Entonces, si hasta el nacionalismo andaluz se manifiesta públicamente a favor de que los ciudadanos decidamos sobre nuestra propia organización territorial y la Constitución española de manera clara otorga a las provincias y municipios la iniciativa autonómica, ¿por qué no promovemos la constitución de la región de Granada con la forma jurídica de Comunidad Autónoma en el marco, siempre, de la indivisible unidad de la nación española?

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15 septiembre 2017

La Española Hidalguía de los Nacionalismos Periféricos

Somos engañados por la apariencia de la verdad.
Quinto Horacio Flaco

La hidalguía es una de las atribuciones más recurrentes al carácter español. Desde Pérez-Reverte a Américo Castro han reparado en la tendencia del español a rehuir los trabajos manuales basándose en su distinta condición, en la nobleza de su sangre y en lo ancestral de dicha nobleza (recordemos la importancia de ser cristiano viejo). Siempre ha sido el español propenso a otorgarse títulos, a mirar desde la altura que presuntamente otorga un blasón.


No deja de ser paradójico que este fenómeno se encuentre arraigado también en los movimientos nacionalistas periféricos dentro de España. Llama la atención que en su delirio mitológico, las regiones que exigen una superioridad sobre el resto carezcan precisamente de ese “título” (nacionalidad histórica lo llaman) que les concede una suerte de superioridad moral para justificar su diferenciación sobre el resto, que reside, si analizamos en profundidad, en lo económico. En cierta manera, las regiones españolas que hoy se denominan históricas se asemejan a esos burgueses de los siglos XV y XVI que casaban con familias de nobles venidas abajo para poder así formar parte de una aristocracia.

Para ello, las regiones mal llamadas históricas no cesan en el empeño de “casar” con sus vecinas aristocráticas. Así, las provincias vascongadas miran con deseo al Reino de Navarra y Cataluña (que no pasó de principado) hace lo propio con los Reinos de Valencia y Mallorca, además de atribuirse la mitad de la Corona de Aragón (en lenguaje nacionalista catalana, Corona catalanoaragonesa). La más lista (como casi siempre) ha sido Andalucía, que ya ha conseguido la absorción del Reino de Granada y su completa asimilación.

Queda el panorama español de la siguiente manera: las regiones con menos reivindicaciones históricas posibles son las que se consideran a un nivel casi oficial como “históricas”, poniendo en manos de la historiografía ideologizada la búsqueda de antecedentes que justifiquen su hidalguía, su “historicidad”. No conformes con eso, se empeñan en absorber a sus vecinas, verdaderas regiones con historia, habiendolo conseguido, hasta el momento, sólo Andalucía.

Como ya adelantaba, y era este el motivo de la redacción de esta entrada, no deja de ser curioso que los movimientos que reniegan de España profundicen tanto en un fenómeno español como es la hidalguía y la búsqueda del título para justificar, precisamente, su no españolidad.

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28 agosto 2017

Tadeo Jones en Granada

Toda lengua es un templo en el que está encerrada el alma del que habla.
Oliver Wendell Holmes 

Hoy he visto un vídeo que publicaba la Agencia Albaicín en su página de Facebook en el que se recogía una escena de la nueva película de Tadeo Jones. En ella, el protagonista de la película es perseguido por tres motoristas por las calles del barrio granadino del Albaicín, lo que sin duda supondrá una publicidad para dicho barrio y su ciudad, con su pertinente repercusión turística y económica, algo que sin duda se ha de agradecer. La escena en sí, por otra parte, pasará desapercibida para cualquier espectador, salvo para aquel que conozca en profundidad Granada.


A nadie oriundo de la ciudad le ha debido de pasar por alto que el taxista de la película (un presunto nativo granadino) utilice la expresión “notas” para referirse de modo despectivo a sus perseguidores y que converse con el protagonista en un marcado acento sevillano. ¿Desde cuándo en Granada se habla como en Sevilla? Esto no puede deberse sino a que los responsables de la película desconocen la esencia del habla granadina y simplemente han tirado del estereotipo “acento andaluz”. Porque como todos sabemos (o así nos quiere hacer creer la Junta sita en Sevilla), Andalucía sólo hay una.

Sería fácil ahora acusarme de quisquilloso, casi de, disculpen la expresión, “tocapelotas”. Pero el caso es que este hecho sin importancia (sin importancia sólo si se analiza de manera aislada) no es sino la punta del iceberg: es el descaro fehaciente del ninguneo sistemático que desde Andalucía (que es lo mismo que decir Sevilla) se trata a la región histórica de Granada y a todas sus provincias.

La sevillanización del reino de Granada es ya un hecho consumado, como bien se profetizaba en la Transición. A las pruebas me remito. Granada (entiéndase siempre la región) ha perdida su identidad propia, por no hablar de sus instituciones (véanse las maniobras de la Junta con respecto al TSJA, antigua, ni más ni menos, Real Chancillería). Prácticamente nadie en Granada conoce la historia de su región desde 1492. De eso bien se ha encargado la Consejería de Educación. Hoy en Granada se han prácticamente olvidado y ninguneado los casi 500 años de historia de una región que nada tenía que ver con Andalucía salvo la vecindad.

Pese a los incesantes empeños desde Sevilla y la propaganda institucional por crear esa identidad andaluza, hay sedimentos de siglos de historia que no se pueden borrar, y una de ellas es el habla de sus gentes. Por eso insisto que quien bien conozca Granada sabe que ese taxista de la película no podría nunca ser granadino.

Un buen amigo mío siempre me dice que la verdadera desgracia de un tonto no es ser tonto, sino estar contento. Y mucho me temo que en Granada llevamos casi cuarenta años muy contentos. Quizás vaya siendo hora ya de despertar del letargo y hacerse algunas preguntas: ¿Ha mejorado Granada en los últimos cuarenta años su posición económica dentro de España y/o Europa? ¿Ha ahondado en su identidad y cultura? Entonces, ¿qué beneficios han obtenido las provincias orientales de su anexión a Andalucía? ¿para qué le sirve Andalucía a la región de Granada?

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20 octubre 2016

Calpe u Otro Ejemplo de Despilfarro Público

La incompetencia es tanto más dañina cuanto mayor sea el poder del incompetente.

Francisco Ayala

Por los pasillos del metro de Madrid me he cruzado con un cartel publicitario de las fiestas de moros y cristianos de Calpe. Ha llamado mi atención porque tiene un colorido intenso y, aunque no hubiera sido así, seguramente lo hubiera leído. El cartel no tenía nada más extraordinario salvo el pequeño detalle de que estaba todo, absolutamente todo, escrito en valenciano. Lo cual me lleva a hacerme una serie de preguntas.

¿Tiene sentido que en Madrid, donde el 100% de la población es castellanohablante haya un anuncio, supuestamente turístico y supuestamente con la finalidad de atraer turistas a las mencionadas fiestas, en una lengua donde nadie habla salvo quizás los valencianos que residen actualmente en Madrid? ¿Cuál es el objetivo del cartel? Si suponemos que es la atracción de gente a las fiestas de moros y cristianos, ¿no es algo elemental incluir la publicidad en el idioma nativo del respecto? ¿Se imagina alguien un panfleto para ir a Alemania de vacaciones escrito íntegramente en alemán? ¿No es un principio básico de la comunicación publicitaria, del marketing, la seducción del posible cliente o respecto del mensaje?

La otra posibilidad es que se trate de propaganda nacionalista, obsesionada en los últimos tiempos con la lengua y la identidad cultural. ¿Qué sentido tiene entonces la publicidad nacionalista a cientos de kilómetros del público objetivo? ¿Por qué gastar el dinero que puede costar una campaña de publicidad de carteles en el Metro de Madrid?

Lo mire por donde lo mire me parece un despilfarro la campaña (amén de legitimidad o moralidad que la acompañe, que sería para otro entrada). Por un lado, es una nefasta campaña de publicidad, y por otro, una nefasta campaña de propaganda, ya que sus posibles votantes no van a estar en el Metro de Madrid.

¿Hay algún responsable político de este despilfarro? ¿Alguien va a pedir cuentas por esta campaña?

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27 abril 2016

La responsabilidad del que elabora las normas

Las leyes inútiles debilitan a las necesarias.
Montesquieu

Parece claro que cuando uno infringe una norma (del tipo que sea: moral, legal, etc.) la responsabilidad recae sobre el transgresor, máxime cuando estaba avisado de esa norma. Si una sabe que no puede pasar un semáforo en rojo y lo hace, sabe que se expone a una sanción por parte de la autoridad competente, que suele ser quien elabora las normas o un agente del mismo.


Por otro lado, el hecho de la existencia de normas viene justificado por la necesidad de organizar y dar consistencia a un sistema u organización (estado, empresa, familia, asociación, etc.) y aquéllas se hacen obligatorias, precisamente, bajo la legitimidad de que es necesario que el sistema funcione.

Así, podríamos inferir que el transgresor de una norma está, en cierta manera, alterando el buen funcionamiento de la organización, perturbando su orden y, probablemente, haciendo del sistema en cuestión un ente menos eficiente y/o eficaz. Todo esto parece más o menos claro. Pero, ¿qué ocurre cuándo son las normas las que hacen ineficiente el sistema? ¿Qué sucede cuando el sistema está mal diseñado y es la propia configuración del sistema la que penaliza al propio sistema?

Podríamos recurrir a la responsabilidad individual de aquél que ha sido encargado de elaborar las normas y exigirle la responsabilidad por un mal diseño o configuración. El problema estribaría aquí en la carga de la prueba: cómo probar que un sistema es ineficiente por su mala configuración.

Sin embargo, esta responsabilidad individual no es depurable con este método porque normalmente quien elabora las normas las elabora como consecuencia de un poder anterior (económico, militar, carismático, etc.) y no como consecuencia de una legitimidad o una decisión racional. Tal vez en los estados democráticos exista más proporción de esta legitimidad, aunque no sea del todo plena en muchas ocasiones (ver teorías pluralistas del poder). Es por esto que en muchas ocasiones el creador de normas queda impune (irresponsable), por ser las normas una consecuencia del poder más que una fuente de poder en sí mismas.

Puede ser interesante reflexionar sobre cómo podría distinguirse las veces en que los resultados son malos por una mala ejecución del operador y cuando lo son por un mal acondicionamiento del sistema. Esto, quizás, para otra entrada.

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10 diciembre 2015

El rigor del vencedor

El que se enamora de la práctica sin ciencia, es como el marino que sube al navío sin timón ni brújula, sin saber con certeza hacia dónde va.
Leonardo Da Vinci

El pasado lunes, un número alto de españoles vimos por televisión lo que se denominó un debate político. El debate definitivo, para ser exactos. Podrían escribirse libros enteros a raíz de lo observado en ese debate. Podría analizarse, por ejemplo, el ajuste a la temática de los candidatos (y sustitutos), la exposición de ideas, la argumentación, el lenguaje no verbal de los mismos, el tono de barra de bar, la tranquilidad o el nerviosismo de los participantes y un largo etcétera.

Sin embargo, y máxime tras llevar tantos meses sin escribir por aquí y pretendiendo que esto sirva más como limpieza de telarañas que otra cosa, me limitaré a una brevísima reflexión tras una serie de cuestiones que creo que hace mucho que no nos hacemos: ¿en qué consiste ganar un debate? ¿Qué esperamos los espectadores de debates electorales cuando consumimos uno? ¿Cómo es posible que Pablo Iglesias con la falta de rigor mostrada pueda erigirse como vencedor del debate?

Desde luego los españoles, en política y en tantos otros ámbitos, hemos desterrado el rigor y la verdad en pos de abrazar de forma descarada el espectáculo y los envoltorios de los mensajes. No hablo yo de gazapos con nombres de consultoras, ni de posibles hipótesis en la aplicación de determinadas políticas o escenarios futuribles, con lo que se puede tener cierta indulgencia. No. Me refiero a falta rigor respecto a cosas cognoscibles, determinadas y ciertas, como los derechos que se incluyen en la Constitución o la naturaleza de los referéndums que ocurren en regiones de España.

Hay cosas opinables y hay cosas que no lo son. Puede tenerse opinión sobre ciertos hechos, o incluso sobre su oportunidad/normatividad (debería ser así, no debería ser así, debería o no haber sido así, etc.). Pero estimo que la falta de rigor sobre hechos objetivos no es excusable. Queremos políticos excelentes, decimos, y nos quejamos cuando no lo son. Pero todo parece indicar, como ya dije alguna vez en este blog, que más que el rigor lo que nos interesa que sea uno de los nuestros.

Si pretendemos rigor, hemos de exigirlo. No me entra en la cabeza querer políticos a la altura y transigir con la falta de rigor. Salvando, por supuesto,que lo que realmente queremos de la política sea otra cosa.


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28 diciembre 2014

El fin y los medios en la política española actual

No tardará en transigir con el fin quien está dispuesto a transigir con los medios.
Arturo Graf

Una de las grandes cuestiones de la filosofía es la de si el fin justifica los medios. Especial relieve toma en consideración, o al menos visibilidad, esta pregunta en el ámbito político en el que las sociedades más justas (fines) deben ser soportadas y llevadas a cabo por unas políticas, hechos y acciones concretas (medios).


Aparte de mi consideración particular de que la democracia es un medio que supone un fin sí mismo (respeto a la ley, soberanía nacional, libertades y derechos fundamentales, etc.) cada vez me encuentro más evidente la diferencia en el plano político español entre unos partidos y otros.

Distingo, y vaya por delante que todo esto es una mera reflexión personal y no una verdad científica ni objetiva, de partidos que parecen estar obsesionados con el ganar unas elecciones, a toda costa, para (no lo dudo) llevar a cabo una transformación de la sociedad una vez se haya alcanzado el poder. Los discursos llevan consigo un tinte demasiado electoralista y, en algunas ocasiones, a sus líderes se les ha podido oír hablar de la necesidad de ganar, y que hay que ganar a toda costa.

Pareciera de estos partidos que hubieran pervertido el fin, que se supone que es la transformación social, por el hecho de ganar unas elecciones y alcanzar el poder, que podría suponerse a priori que es un medio.

Por el contrario, distingo otros partidos (uno destaca sobre el resto) en los que veo más nítida la voluntad de transformación de la sociedad por encima de los resultados electorales, en los que no aprecio tanto un discurso sobre la necesidad de ganar y la necesidad de que el cambio en la sociedad se transforme “desde arriba” (desde el gobierno), sino que más bien procuran ser un espejo en el que el resto de fuerzas políticas haya necesariamente que reflejarse.

Estos partidos reciben innumerables críticos, incluso desde sus mismo afiliados. Y tal vez sean estos afiliados los que en cierta manera, mediados por la impaciencia y por el mimetismo con el resto de fuerzas, pierden de vista el fin de la política, que no es sino transformar la sociedad en una sociedad mejor. Cambiar el mundo en definitiva.

Para mí, merecen mucha más admiración y respeto aquellos partidos que conciben las elecciones como algo secundario y que entienden que el mundo puede cambiarse no sólo a través del poder, sino a través del ejemplo. Seguramente una vez alcance el poder, éste los malee lo suficiente como para perder esta esencial, pero me cuesta otorgarles la presunción de buena fe a aquellos partidos (y sus líderes y militantes) que encuentran en el gobierno la única manera de transformar el mundo, la única manera de influir. Y desconfío, porque ya no sé hasta qué punto el fin de se ha desvirtuado de un “cambio de la sociedad” a un “alcanzar el poder”, habiéndo el primero venido a ser un medio en lugar del fin.

La política, como casi todo en la vida, nos sumerge en un mundo particular en el que se hacen perder las referencias. Cuando nos inmiscuimos tanto en algo a veces se nos diluyen los originales objetivos por otros que primeramente fueron meros medios. No sólo ocurre en la política, sino en el arte, en el trabajo e incluso las relaciones. Tal vez por ello se haga imprescindible la filosofía y el pensamiento distante.

En definitiva, desconfío de quien ansia de manera explícita el poder, ya que entiendo que éste no debe ser sino un medio, y veo en este cambio de objetivos/prioridades un peligro de que el poder sea el nuevo fin y su mantenimiento se haga a toda costa. Por eso prefiero aquellos discursos y medidas que van orientadas a un cambio en la sociedad, aunque no sean populares, pero estén guiadas por la razón y el deseo de convertir la sociedad en un sitio mejor. Aunque sea al margen de estar en el gobierno y acariciar de cerca el poder.


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29 septiembre 2014

La política española a través de Grecia y Roma

Hay una cosa que se llamaba Occidente y que empezó con Grecia, con Roma
Arturo Pérez-Reverte

De sobra es sabido por todos que la cultura occidental hunde sus raíces en las culturas antiguas de Grecia y Roma. A través de esta entrada me gustaría poner de manifiesto una idea que me viene recurrentemente a la cabeza y que no está basada en más ciencia que mi propia experiencia y observación, por tanto, pido al lector que se entienda como eso: como un mero apunte mental y no como una tesis científica. Tal vez en el futuro, esta idea se desarrolle de manera más profusa en otro texto con la pertinente documentación. Pero de momento no es el caso.

Cuando uno mira hacia el panorama político español quiere ver en las diferentes familias ideológicas (el eje tradicional izquierda-derecha que, a mi modo de entender está desfasado y ha perdido la connotación que pudiera tener, aunque no obstante hoy lo utilizaré para intentar simplificar el discurso) una diferente concepción de la política, teniendo a su vez, y probablemente de manera inconsciente, un antecesor o referencia en las culturas antiguas que arriba se mencionan.

La vida política en la polis griega (Atenas) era una vida activa en la que todo ciudadano libre y natural de la ciudad participaba (o era impulsado a participar) en la vida de la ciudad. La actividad política ateniense tenía lugar en el ágora donde la libertad de expresión gozaba de términos casi absolutos: uno se subía a la tribuna y podía decir prácticamente de todo y el resto de sus conciudadanos atendía o no a sus palabras.

El órgano político principal era la asamblea donde todo ciudadano tenía derecho a la palabra. Es por ello que la palabra empezó a adquirir un valor fundamental, ya que de ella dependía el convencer a sus conciudadanos para la adopción de unas u otras políticas. De esta manera las escuelas de oradores empezaron a ganar adeptos y el estudio de la retórica era necesario para cualquiera que aspirara a ser político en Atenas. Elementos propios de esta época y circunstancia son los sofistas, maestros de la retórica y del arte de la palabra, que acababan por pervertir el mensaje y el contenido a través de adornos verbales (el más acérrimo atacante de este grupo de filósofos es Sócrates).

Por su parte, la vida política de Roma se fundamenta en la ley. Dura lex sed lex resume perfectamente la filosofía romana en ese aspecto. La ley es la ley y es inquebrantable. Puede que sea injusta, pero es ley, emana del poder legítimo y ha de ser acatada a toda costa.

Pariente cercano de este principio es el exceso rigor formalista del derecho romano en el que todo ha de quedar avalado por testigos y cuyos procedimientos, todos ellos muy rituales, han de ser llevados a cabo de manera estricta, so pena de quedar anulado por error en el procedimiento. Cualquier negocio jurídico es ritualizado. Los contratos son típicos. Todo queda regulado. Y en el derecho público y/o político tres cuarto de lo mismo: las instituciones son intocables y los actos de proclamación de cargos políticos solemnes.

¿No se saltaban los romanos acaso las leyes? Por supuesto que sí, pero que mientras que los griegos fundamentaban el cambio legal o el incumplimiento de las leyes en la justicia y persuadían (no siempre de manera limpia y lícita) a sus conciudadanos; en Roma las trampas legales se basaban en la propia ley, en interpretaciones retorcidas y en lagunas legales.

Una vez expuestas de manera somera y nada documentada las tradiciones políticas de unos y otros, ¿acaso la izquierda española no recuerda a la tradición griega en cuanto a continuas apelaciones a la justicia y derechos no positivados, continuas florituras en los discursos apelando a esa misma justicia y a la bondad, y con una tendencia a la asamblea? Y por otra parte, ¿no recurre de manera casi automática la derecha española a la ley y todo argumento político se basa en disposiciones legales que dicen tal o cual?

Por todo lo expresado es por lo que considero que la izquierda española, en materia política, bebe de la tradición griega mientras que la derecha lo hace de la romana. Vaya por delante que no hay opinión axiológica en lo escrito sino una mera observación continuada de actuaciones de unos y otros además de la comparativa con las tradiciones clásicas. Ya que cada cual opine lo que quiera.

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17 junio 2014

El Poder de las Preguntas

Tal vez las preguntas son más poderosas que las respuestas.
Dan Brown

Creo haber comentado ya por aquí alguna crítica o comentario que se me ha hecho en relación a que mis entradas, muchas veces, no concluyen nada, sino que se limitan a formular una serie de planteamientos y cuestiones sin determinar una solución o una aproximación a eso mismo que se viene planteando.

La reflexión que hoy propongo toca tangencialmente el tema de las preguntas, la trascendencia que tienen las preguntas, en ocasiones (sino siempre) más que las respuestas. En concreto, trasladaré esta cuestión que puede parecer a priori más teórica que práctica a un tema tangencial y cotidiano como es la política.

Cierto es que la respuesta concreta y las soluciones y “verdades” dadas por grupos con vocación política (lo que sería una ideología) es importante en cuanto suponen el camino para la acción política, esto es, la guía racional (a priori también) sobre la que se han de conducir los pasos para alcanzar la mejor de las sociedades. La ideología proporciona un contenido para la acción política, una estrella polar en el océano política, una fuente estática y perenne de verdad.

Pero no es menos cierto que la contingencia política (de los países democráticos) de cada día deja poco margen para la consecución de un programa ideológico completo, debido esto a la multiplicidad de actores, fuentes de poder, intereses enfrentados y otra suerte de factores políticos que tampoco pretendemos desarrollar aquí. Lo que pretendemos resaltar es que es harto difícil la consecución de un programa ideológico hasta sus últimas consecuencias.

Precisamente por la variedad de actores e intereses, el espacio político es finito: es decir, no se puede hablar y debatir de todo a la vez y es preciso llevar a cabo una selección de temas. Algo así como lo que se dice de los diarios de papel: que éste ha de tener el mismo número de hojas haya o no noticias. Si las hay, habrá que otorgar relevancia; que no las hay, habrá que traer al noticiero cuestiones menos intrascendentes o, en ocasiones, inapropiadas.

Cuando la agenda política está saturada, la capacidad de plantear temas hace que esta capacidad sea incluso más poderosa (en cuanto que tiene mejores beneficios, de cara a unas elecciones, por ejemplo) que la posibilidad de expresar el programa completo de uno. Es decir, la capacidad de que en las tertulias y en la prensa aparezcan determinados temas y no otros puede llegar a ser más relevante que la solución propuesta.

Esto, por su parte, hace que en muchas ocasiones se cuelen por trascendentes temas que son meramente anecdóticos. Lo cual, como otro de los posibles males que pueden aquejar una democracia, es la discusión sistemática de temáticas secundarias, dejando en un segundo plano otros problemas que pueden resultar vitales para el conjunto de la ciudadanía.

Es por todo esto que la ciudadanía debe ser lo suficientemente madura, racional y sosegada como para no dejarse llevar por ciertos debates que en ocasiones suscitan más el fervor pasional que la discusión razonada y que no sirven más allá que para ocultar otras realidades. Por eso, desde aquí, me gustaría llamar la atención de nuevo de la importancia de las preguntas y del poder que puede suponer tener la capacidad de poner sobre la mesa los asuntos a tratar.

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13 febrero 2014

La Sacralización de las Ideologías

Hay más religión en la ciencia del hombre que ciencia en su religión.
Henry David Thoreau 

El paso de las religiones hacia las ideologías supuso el paso de la adscripción política (y social) de un grupo por la mera creencia, superstición o tradición a una nueva adscripción con bases racionales. Al fin y al cabo, tanto religiones como ideologías tratan de explicar la realidad y por qué ésta se configura así y no de otra manera, además de dar una serie de prescripciones sobre actuaciones, individuales y colectivas, que harían del mundo un sitio mejor.

Así, las explicaciones de las ideologías (aunque no exentas de mitos), procuran tener una base enteramente racional, procuran, en relación a unos hechos descritos y observados, aportar unas soluciones y una nueva configuración de las cosas. Ello no implica, desde luego, que no se apele al sentimiento o a la creencia (no demostrable, se entiende), aunque los fundamentos de la ideología pretendan siempre mostrarse como más objetivos e incluso científicos.

Podemos afirmar, por tanto, que la base de la ideología son unos hechos que tienen lugar en la realidad que mediante la razón se ordenan y que se proyectan en el mundo de las ideas de manera que dé como resultado una sociedad más armoniosa y justa. Se trataría, al menos en la génesis de estas ideologías, de un debate de ideas, racionales, basadas en hechos, mediciones, observaciones y constataciones.

Transcurrido el tiempo, el hecho objetivo y el análisis de la realidad se dejan a un lado. Se han formado ya grupos estables con estructuras sólidas de organización y lo que comienza a primarse no es ya la refutación o no de la bondad unos hechos, la corrección de unas políticas o la adecuación de unas u otras actividades. Lo que comienza a primar es la adscripción por parte de unos individuos a unos u otros grupos ideológicos. El sujeto reemplaza al objeto en los debates, y son los actores y no las actuaciones las que hacen ponderar al público en general la bondad o maldad de lo acontecido. Dependiendo de quien promulgue una u otra actuación, la actuación será buena o mala, aunque sea la misma (como se ha vista en España) fomentada por gobiernos de diferente color, la oposición siempre estará en contra.

Los hechos, las ideas e incluso los valores morales han pasado a una segunda fila. Lo importante de una ideología es adscribirse a ella, no seguir sus pautas. Además, los mensajes ideológicos y políticos se simplifican cada vez más, llegando ser meras consignas, cada vez más sencillas y banales, apropiándose de los conceptos de bien y otorgando de manera automática el mal a los adversarios. “Nosotros defendemos la justicia”. “Ellos nos roban”. Y un largo etcétera.

Hemos llegado a un punto en que es más importante quién hace o dice qué, que realmente qué hace o dice, algo que parece ir en contra del propósito o la filosofía de las propias ideologías. Cabe preguntarse entonces ¿son las ideologías las nuevas religiones?

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08 diciembre 2013

Lo Ciudadano y lo Social

El objetivo de la educación es la virtud y el deseo de convertirse en un buen ciudadano.
Platón

Ambos conceptos se antojan bastante similares. Hacen referencia, cuando se habla de movimientos sociales y/o ciudadanos, a movimientos que hunden sus raíces en personas que no ocupan un puesto en las instituciones y de la que se ha de presumir (o se pretende) espontaneidad, en el sentido en que nacen de la solidaridad y/o la conciencia de dichas personas, que no son arrastradas por élites o líderes. Son, en definitiva, movimientos horizontales.


No obstante, a mí se me antojan algunas diferencias entre ambos términos. Cuando se denota que algo es social, se hace más hincapié en la solidaridad que en la espontaneidad. Existen políticas sociales, y éstas, en su mayoría, están encaminadas a socorrer o auxiliar a personas (parte de nuestra sociedad, y de ahí nace la obligación moral) que precisan de dicha ayuda. Así, en cierta manera, lo social se me antoja a mí más sentimental, pudiendo ser incluso movida o llevado a cabo por algún tipo de liderazgo, e incluso pudiendo ser una moda o un movimiento de masa.

Por otro lado, cuando se hace referencia a ciudadanía, parece que el elemento principal del término es el individuo, su razón y su capacidad crítica, amén de su libertad. A través de su individualidad, esta persona puede (y así ocurre muchas veces) asociarse con otras en pro de acciones solidarias y de búsqueda del bienestar de sus conciudadanos y vecinos, pero la determinación de realizar tal o cual cosa viene de una reflexión crítica, de una libertad de conciencia y de acción que tiene como conclusión el llevar a cabo las proclamas o actividades que sean.

Además, el concepto ciudadano parece quedar claramente desvinculado al poder organizado y establecido, ya sea militar o político, haciendo referencia o aludiendo a una suerte de persona media, con sus propios intereses, criterios y preferencias.

Lo social, por su parte, puede ser impuesto (aunque cabría la cuestión metafísica o conceptual de si la solidaridad puede ser impuesta) como se demostró en regímenes fascistas o comunistas. Sin embargo, la ciudadanía nunca. Ya que, aunque se consagren formalmente derechos de ciudadanía, sin una educación y cultura apropiadas, una persona no podrá alcanzar el estatus de ciudadano, en cuanto que su libertad será incompleta. Serán la educación y la cultura, además, la que proporcionarán en el ciudadano, de manera espontánea, el instinto social, la necesidad de formar parte y construir una sociedad justa.

Esto son simplemente reflexiones acerca de dos conceptos muy de moda. Y podemos preguntarnos: ¿cabe lo social sin ciudadanía? ¿Sería plenamente social? ¿Es preferible lo social por parte de la ciudadanía o, por el contrario, del Estado u otros poderes organizados? Estas cuestiones las dejaremos, en todo caso, para otra entrada.

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12 octubre 2013

Uno de los Nuestros

No delates a tus amigos y mantén la boca cerrada
De la película “Uno de los Nuestros” 

En esta ocasión no se trata de ninguna reseña cinematrográfica, sino de una realidad que cada vez se hace más patente en España: lo importante no es el pensar de una determinada manera o subscribir una serie de principios, sino pertenecer a un grupo (ideológico o no). Lo importante no es que compartamos una serie de valores y premisas, sino que milites en un determinado grupo. En definitiva, que seas uno de los nuestros.

Esto es lo que cabe concluir después de haber visto las esperpénticas imágenes de sindicalistas vociferando a una Juez por el hecho de imputarle una serie de delitos a otros sindicalistas. No siente decepción, o al menos un cierto recelo o sospecha, porque uno de sus miembros está en el punto de mira de una instrucción judicial. Todo lo contrario, surge entonces el afán de defender al que milita donde nosotros, a uno de los nuestros.

No es un fenómeno genuinamente sindical este que nos atañe, aunque es paradigmático el caso. Se trata de un fenómeno muy español, muy nuestro, el de conformarnos una serie de prejuicios en función del grupo en que milita. E incluso más allá, tenemos los españoles una gran tendencia a aspirar a conocer todo el pensamiento de una persona por una mera opinión vertida sobre un tema “ideológico”.

Dos motivos se me ocurren para tan simple análisis: o bien nosotros somos tan sumamente simples que sólo podemos comprender el mundo y los fenómenos sociales y políticos desde dos perspectivas (los buenos y los malos) y, para ello, hemos de encasillar a todo sujeto en uno de sus bandos sin plantearnos de manera remota si quiera la posibilidad de que puedan existir personas con un criterio propio; o bien desconfiamos de manera tan exagerada de la capacidad del vecino que creemos a pies juntillas que éste sólo puede aspirar a ser de los unos o de los otros, negándole la opción de poseer un criterio propio. Una tercera opción, desde luego, es que concurran a la vez un poco de todo.

Tal vez un poco de raciocinio y serenidad en los debates y reflexiones no nos vengan nada mal. Apartar por un momento el encasillamiento sistemático entre buenos y malos en virtud exclusivamente del lado de la línea en que nos encontremos, procurando construir un mensaje u opinión con base en unos criterios más o menos absolutos, en el sentido en que no dependa de quien los sostenga sino de los argumentos o razones en sí, dándole el calificativo de bueno y de malo a los hechos por sí, y no dependiendo del grupo que los lleve a cabo o defienda.

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28 junio 2013

El Imperio de la Voluntad

El espíritu cree naturalmente y la voluntad naturalmente ama; de modo que, a falta de objetos verdaderos, es preciso apegarse a los falsos.
Blaise Pascal

Vivimos tiempos en los que la racionalidad vuelve a ceder terreno en pos de la voluntad. No seré yo defensor del ultrarracionalismo, pero sí entiendo que determinadas cuotas mínimas de razón siempre son necesarias, máxime en determinados temas que tienden a derivarse por la senda de las pasiones.

Cada día se suceden más cantos a la voluntad, como fuente omnipotente. La voluntad, el querer, es justificación suficiente para todo. La reflexión sobre el bien o el mal, e incluso el análisis coste-beneficio han sido completamente postergados. Lo que importa es hacer lo que uno quiere. Y porque uno lo quiere. Todo ello enmascarado tras una suerte de derecho natural, muchas veces conceptualizado como “derecho a decidir” que no es sino un “imperio de la voluntad”, donde las apetencias de cada cual legitiman cualquier actuación de la índole que sean en el amplio abanico que va desde ir medio desnudo por la calle hasta la secesión de territorios o el aborto. Incluso se admite (moralmente) que Diputados (poder legislativo) se manifiesten fuera de los cauces previstos ante la sede del máximo órgano del Poder Judicial, porque “se tiene derecho”. Todo se basa en un “tener derecho”. Y nada es más que la exteriorización de la voluntad con máscaras de legitimidad.

Quien proclama y vive esta filosofía no sabe el peligro que corre, pues todo el mundo tiene voluntad y, por tanto, derecho a todo. La voluntad nunca podrá ser absoluta para todo el mundo, ya que siempre colisionará con otras voluntades, y entonces, ¿cuál ha de prevalecer? ¿La que mejor sepa recubrirla de la legitimidad? ¿La más fuerte? ¿La más ruidosa? Porque quien renuncia al Derecho para aplicar el “derecho a decidir”, imagino, no apelará al Derecho para solucionar las controversias de las voluntades.

Ignorar o no respetar el derecho ajeno supone dar pie a que hagan lo mismo con los propios. ¿Estamos dispuestos a ello? Ningún derecho es absoluto. Ninguno. Y lo que percibo es una tendencia a absolutizar un serie de querencias o intenciones en pro de un interés concreto, volitivo y particular, de manera completamente ajena a las reglas, si es necesario.

Renunciar a la razón y dejarlo todo subordinado a la voluntad puede suponer el enfrentamiento visceral de facciones y a la fractura social. Los gestos y actitudes también erosionan la convivencia, fomentan el enfrentamiento. No sé si quien levanta la bandera de la voluntad (muchas veces de manera inconsciente) sabe qué riesgos está asumiendo. Pero, tal vez, sería bueno reflexionar sobre ello.

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