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11 marzo 2017

La La Land o el Amor Posmoderno

Amar es una oportunidad, un motivo sublime que se ofrece a cada individuo para madurar y llegar a ser algo en sí mismo, para volverse mundo.
Rainer María Rilke

Esta entrada contiene contenido de la película. Si el que está leyendo estas líneas no la ha visto, le recomiendo no leerla hasta que no lo haya hecho. Una vez advertido el lector, y más allá de las consideraciones cinematográficas que pudieran hacerse (y que yo no voy a hacer en esta entrada), procedo a argumentar por qué creo que es una gran película. Entiendo que la película es un reflejo fiel a las relaciones sentimentales en plena posmodernidad. Y explico por qué.



Los protagonistas se encuentran por azares de la vida (como suelen encontrarse las parejas, en realidad) y entre ellos nace una química especial quizás basada en la singularidad de sus personalidades. Ninguno de ellos es un tipo corriente. Al revés, a ambos podríamos calificarlos de extravagantes, con un barniz de idealistas y soñadores. La atracción no se hace esperar y la relación, debido a cómo congenian sus caracteres, se desarrolla en la más profunda armonía.

Ambos, como soñadores que son e hijos de su tiempo, tienen sus aspiraciones individuales. Aspiraciones que llevan arrastrando muy probablemente desde su más ¿volátil? Adolescencia y que traen consigo hasta su presente. Ambas pasiones ligadas con las artes, con la creatividad. El carácter de ambos, además, favorece esta persecución de sueños que realmente es una aproximación cómoda de sus sueños, una adaptación “segura” de los mismos, en el fondo una desvirtuación. De lo que se acaba tratando es en una falsa búsqueda del sueño, de una imposición de la individualidad (pero no de la individualidad original, del sueño original, sino de la adaptación nacida a causa de no haber centrado plenamente los esfuerzos en la relación).

Poco a poco esta necesidad de individualidad los va alejando el uno del otro hasta que, por la distancia espacio-temporal, acaban rompiendo la relación, ya que ninguno es capaz de sacrificar esa individualidad, ese yo, por la relación; ni, por otro lado, son capaces de negociar un término en común.

Al final de la película se muestra una especie de final alternativo en el que ellos, en lugar de escogerse a sí mismos, escogen la relación y apartan del camino todo lo que los aleje del amor. Siguiendo esta línea, se ve como ambos consiguen llevar una vida plena en el plano individual (ninguno renuncia a sus pasiones, actuación y música) y además se ven reforzados por una vida plena en el amor.

El final de ellos, sin embargo, muestra cómo la mediocridad en la vida personal se ha apoderado de ellos aunque han triunfado y satisfecho plenamente sus iniciales ambiciones individuales.

Como bien titula la entrada, creo que esta película es un resumen perfecto de las relaciones posmodernas: el individuo en su vertiente más egoísta está en el centro de todas las cosas. El yo impera por encima de todo y la construcción y satisfacción directa del yo puede incluso llevar a socavar otro tipo de dimensiones que únicamente pueden satisfacerse a través (es decir, con) otra persona.

¿Merece la pena el sacrificio de una vida quizás más plena basada en otras personas que la satisfacción de unas ambiciones individuales muchas veces intelectualizadas y casi impuestas desde fuera (de terceros o de la sociedad? Quizás ésta debería ser una pregunta fundamental que habríamos de hacernos cada uno de nosotros. ¿Nos hacen nuestras ambiciones/sueños individuales más plenos que vivir el amor con otra persona?

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17 agosto 2011

La Propiedad

Cuanto más posee el hombre, menos se posee a sí mismo.
Arturo Graf

Uno de los principales pilares sobre los que se asiente el sistema liberal burgués es el derecho a la propiedad privada. De la misma manera, la corriente opuesta a éste, el marxismo (al menos en su versión primitiva), considera que la propiedad privada ha de suprimirse: todo ha de pertenecer al Estado en pro de la igualdad entre los ciudadanos.

Desde luego, el mundo en el que vivimos hoy es impensable sin la propiedad, sin la posesión de cosas. La propiedad ha sido objeto de reflexión continua a lo largo de la historia. Véase, por ejemplo, el voto de pobreza en las órdenes religiosas cristianas, que no es más que el desprendimiento del mundo material, la renuncia a la posesión, ya que son las cosas, la posesión, la ambición, la que de alguna manera nos alejan del mundo espiritual.

En cierta manera algo parecido está sucediendo en la actualidad, en este sistema social y económico en el que el beneficio a toda costa es el principal objetivo de las organizaciones, principalmente en las sociedades mercantiles. El deseo exhacerbado de poseer (esto son, la ambición y la codicia) deja de un lado la parte más humada y solidaria de los seres humanos y de las agrupaciones de los mismos.

El hecho de poseer lleva implícito el poseo de poseer más cuando, por un lado, no se acompaña esta posesión con unos valores humanos, y por otro, cuando el ser humano se vuelve en exceso individualista, egoísta.

Por otro lado, se ha comprobado también como la supresión de propiedad privada, la supresión de una recompensa individual material provoca la desbandada de la motivación, y con ello, del proyecto vital de la persona. La necesidad de ir mejorando, de ir superándose, de progresar, es necesaria para el hombre: el saber que uno permanecerá en el mismo estado actúe como actúe hace que para que el individuo rinda le sea necesario una fuerza moral considerable. Este progreso o evolución se satisface de una manera relativamente sencilla a través de la propiedad, en la búsqueda de aumentar el patrimonio.

La solidaridad es un valor humano, adquirido, no innato. El ser humano tiende a su propia supervivencia, al egoísmo. Si olvidamos o relativizamos los valores humanos el hombre se vuelve un lobo para el hombre, y si le negamos su naturaleza, lo destruimos. Por ello, para poder hacer posible una optimización del hombre y de la sociedad es necesario, una vez más, acudir al equilibrio aristotélico del punto medio.

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