Mostrando entradas con la etiqueta Hablar por Hablar. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Hablar por Hablar. Mostrar todas las entradas

12 abril 2009

Cuaresma


Para rezar a Dios con devoción no hace falta creer en Dios según los dogmas de ninguna religión.
William Somerset Maugham

- ¿Qué hay hoy para comer mamá?
- Hoy he pensado en ti. He preparado lasaña.
- ¿Lasaña hoy?
- Sí. ¿Qué pasa?
- Mamá, ¡hoy es vigilia!
- ¡Ala! ¡Es verdad! Se me ha olvidado por completo…
- Pues haz otra cosa.
- Pero si ya está echa y es ya la hora de comer…
- Pero no podemos comer carne…
- ¿Qué hago entonces
- Guardarla
- No se puede, estaba congelada.
- Pues tirarla entonces.
- ¿Tirarla?
- Claro. Hoy es viernes de Cuaresma. No podemos comer carne.
- Pero si ya está hecha…
- Mamá. ¡Es pecado! No podemos comer carne. ¡Así me lo habéis enseñado!.
- ¿Y tú no crees que es peor tirar la lasaña que comérsela, aunque hoy sea Vigilia?
- No. Nadie dice que tirar la comida sea pecado. No es ningún mandamiento de nada.
- Y si embargo tú sabes que tirarla está mal, ¿verdad? Porque sabes que hay muchísimas personas en el mundo que no pueden comer, ¿verdad?
- Sí mamá, pero Dios no dice que no tiremos la comida y sí dice que no comamos carne los viernes.
- Vamos a ver, hijo. Dios ha mandado que los viernes no se coma carne. También Dios sabe que se me ha olvidado que hoy era viernes y que no podíamos comer carne. Sabe que no lo he hecho de mala fe. Por otro lado Dios sabe que tirar la comida está mal. Y sabe que la lasaña o se come ahora, o hay que tirarla. Si Dios te peguntara qué es peor, si comerte la lasaña porque se te ha olvidado la vigilia, o tirarla, ¿tú qué le dirías?

Leer más

03 febrero 2009

Hablar por Hablar


Habla para que yo te conozca.
Sócrates

Hoy inauguro sección. Una sección totalmente diferente a lo que lleva siendo el blog este año casi y medio. Se trata de diálogos. Diálogos un tanto extraordinarios. Prácticamente sin hablar de nada, hablan de todo. Y creo que el nombre de la sección, define perfectamente su contenido: “hablar por hablar”.

- ¿Se puede?
- Claro, claro. Adelante.
- Hola, ¿cómo está?
- Esperándole, como ve. Llega muy puntual usted
- Tengo esa manía
- ¿Y le sirve para algo?
- ¿El qué? ¿La puntualidad?
- Sí
- Pues claro. –dudó - Pero no era ese el tema de mi visita
- Seguramente usted no ha abierto la puerta imaginándose esta conversación; pero mire usted por dónde, la está teniendo, ¿qué más da?
- Pues que tengo muchas cosas que hacer
- ¿Alguna más importante que hablar con un amigo?
- Mucho me temo, señor, que no somos amigos.
- Pues con más razón, así podemos llegar a serlos.
- Mire señor, no tengo ningún interés en su amistad, tengo muchos asuntos pendientes y sí, bastante más importantes que analizar mi puntualidad.
- No se ponga nervioso, tranquilícese. Imagine usted que ha llegado cinco minutos tarde, que había atasco, que el ascensor no bajaba ni subía, que la puerta no abría, que había olvidado apagar alguna luz de su casa o cualquier otro pretexto que usted invente; y mientras hablamos de otra cosa.
- Mire… hágame el favor de atenderme, ¿quiere?
- Hasta dentro de cinco minutos, no.
- Bien, volveré en cinco minutos. Adiós.

- Hola de nuevo, ¿puede atenderme usted ya?
- Llega usted dos minutos después de lo estipulado.
- Discúlpeme
- ¿Discúlpeme a secas?
- ¿Qué más quiere que le diga?
- Pues que qué le ha pasado para llegar dos minutos tarde, ¿qué ha pasado con su manía?
- Mire, no le entiendo. No le entiendo en absoluto. Primero que si soy muy demasiado puntual, luego que si no lo soy, ¿puede usted explicarme qué importa eso? Es asunto mío.
- No dije que era demasiado, simplemente le pregunté que por qué era puntual. Luego de su convincente razón, usted llega tarde. No entiendo cómo actúa. ¿Cómo voy a poder ayudarle?
- Pero es que no entiendo qué tiene que ver la puntualidad con el asunto que teníamos pendiente. No. No lo entiendo.
- Tal vez todo se hubiera resuelto si usted hubiera llegado tarde la primera vez y puntual la segunda.
- Mire. Lo siento. No aguanto más. Desde luego, después de hablar con usted, uno se siente cabal y cuerdo. Ya me buscaré a otro psicólogo. Adiós.

Leer más