08 diciembre 2009

La Esencia del Individuo


Me moriré de viejo y no acabaré de comprender al animal bípedo que llaman hombre, cada individuo es una variedad de su especie.
Miguel de Cervantes Saavedra

Podríamos decir que ciertos comportamientos dentro de los seres humanos están predeterminados. Hay determinados patrones de conducta que parecen repetirse en las personas, que de una u otra forma todos repetimos. Puede deberse esto a que los seres humanos aprendemos, en cierta manera amplia, en base a la imitación; y que es esta imitación la que nos hace comportarnos igual que las personas a las que imitamos.

También es cierto que cada persona es única. Cada cual tiene una experiencia vital propia, una educación personalizada (amalgama de familia, colegio y sociedad) y unos intereses, deseos e intenciones propios. Intentar determinar el comportamiento absoluto de una persona de manera universal, habiendo tantas variables propias para cada individuo es imposible, o al menos, queda mucho aún para poder realizarlo.

La esencia de las personas es precisamente esa incógnita en cuanto a sus actuaciones. Pese a que hay tendencias y hay valores y principios “regulados” por el entorno, las sociedades y las culturas; no se puede nunca afirmar a ciencia cierta que un determinado individuo vaya a actuar siguiendo un determinado patrón. Únicamente podemos fiarnos de las probabilidades, de lo que es más o menos probable, pero afirmar a ciencia cierta una actuación concreta es subestimar al ser humano.

Las personas tenemos una serie de voluntades ocultas, una capacidad de pensar por uno misma, una auto-determinación. Las decisiones, en última instancia, son propias de cada ser. Somos nosotros quienes decidimos hacer o dejar de hacer algo, los que pensamos de una u otra manera, y aunque a nuestro alrededor se tienda a un pensamiento o a una forma concreta de actuar, tenemos nosotros la última palabra, la última reacción. Somos quienes decidimos, aunque algunas decisiones, como todo en la vida, sean más difíciles que otras, precisamente por los condicionantes sociales y del entorno, en definitiva, por las consecuencias.

La libertad de decisión es algo que siempre pertenecerá al individuo. La sociedad, la cultura y las demás instituciones que conforman nuestro entorno no podrán sino influir y establecer “sanciones” o “consecuencias”. Esas consecuencias podrán limitar nuestra libertad, en el sentido de que agregarán peso a uno u otro lado de la balanza y la elección no estará exenta de consecuencias; pero pese a tener todo en nuestra contra, un individuo puede actuar contra lo esperado, rebelarse contra todo y todos y marcar su propio camino. Es esta capacidad de salirse del camino trazado, esta voluntad última personal, la que hace imposible determinar con rotundidad el comportamiento de cada individuo. Es lo que constituye la verdadera esencia del individuo.

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02 diciembre 2009

Conceptos y Palabras


Una palabra mal colocada estropea el más bello pensamiento.
Voltaire

Con las palabras, con el lenguaje en general, tratamos de hacer reglas generales a través de los conceptos, creándonos ideas mentales acerca de las cosas que suceden en la realidad. Esta característica “idealizadora” tiene, como todo en la vida, su parte positiva y su parte negativa; y como todo en esta vida también depende del punto de vista con el que se vea.

En primer lugar, esa conceptualización general de las cosas nos permite comunicación. Cuando hablamos de “árbol”, tu interlocutor tiene en su cabeza una idea más o menos similar a la tuya, y gracias a ello, es posible la transmisión de un conocimiento, de unas ideas o de unas sensaciones.

Cuando son objetos concretos, todo funciona de maravilla. Sin embargo, cuando entramos en el campo de los sentimientos y de las sensaciones se suscitan ciertos problemas: ¿es el amor igual para todo?

Ocurre, con las sensaciones y sentimientos también, que uno se encuentra sumergido en una de esas sensaciones. Rara es la sensación o sentimiento que uno guarda para sí; normalmente uno intenta transmitirlo, sino con gestos y acciones, con palabras. Cuando se emplean estas palabras para describir un sentimiento, nos estamos dejando siempre algo sin describir, o tal vez, algo puede no ser entendido tal y como nosotros los vivimos.

Toda expresión lingüística supone la mutilación de una idea. Es el gran problema de las palabras, que al fin y al cabo no son más que un instrumento de comunicación, y no una traslación de conceptos universal y unificada. Y es a la vez lo que tanto encanto les da, la esencia de la literatura, el doble juego que a veces proporcionan, pudiendo interpretar de ellas cada uno lo que uno quiera interpretar.

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30 noviembre 2009

Lo esencial


Lo esencial es invisible a los ojos
Antoine de Saint-Exupéry

Llevo muchas entradas, que a fin de cuentas no son más que un reflejo de mi pensamiento, hablando de cosas “importantes” como son la política, el derecho, las leyes, la separación de poderes, los gobiernos y la administración. Me planteo, no siempre en el blog, qué puede cambiarse para que el mundo gire cada vez con un poco más de armonía, y pareciera como si todo se redujera a un conjunto de leyes y a unas relaciones de poder.

Muchos de los grandes pensamientos y divagaciones tratan acerca del orden político y de las leyes, creyendo que en esos dos conceptos puede encontrarse algo más allá de un dolor de cabeza. Buscando la realidad fuera de ella misma, queriéndola modelar a base de conceptos abstractos e inventados.

Pareciera como si la verdad y la felicidad se encontraran entre las palabras, entre las ideas. Y puede que se hallen justo en la antípoda. ¿Es alguna ley es más verdad, acaso, que un beso, un abrazo o cualquier sentimiento? ¿Dónde se halla entonces la felicidad?

Pregunta compleja, y muy probablemente indisoluble de manera universal. Cada cual construye la suya, me temo. Hay quien pasa una vida entera pasando todo por el filtro de la razón, matematizándolo todo, abstrayéndolo en el pensamiento, buscando una fórmula que sacie sus ansias de no sabe muy bien qué; incapaz de comprender que la felicidad probablemente se encuentre en cualquier paisaje estival, en algún verso olvidado o en la buena compañía.

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27 noviembre 2009

La No Declaración de la Vivienda de Alquiler


¿Qué confianza puede tenerse ni qué protección encontrarse en leyes que dan lugar a trampas y enredos interminables, que arruinan a los pleiteantes, engordan a los curiales y facilitan a los Gobiernos el cargar impuestos y derechos sobre las disensiones y pleitos eternos de sus súbditos?
Barón de Holbach

Después de los datos que se publican hoy en IDEAL acerca de que el 74% de las viviendas en alquiler en la provincia de Granada no están declaradas y no pagan impuestos, ¿tiene pensando alguien dimitir? ¿Es culpa de alguien? Digo yo que si el periódico tiene acceso a esta información, la tendrá también Haciendo, ¿no?

Esto lleva a plantearnos qué es lo que le pedimos a los gobernantes. ¿Les pedimos únicamente que cada cuatro años se acuerden de nosotros para que los legitimemos en el poder? ¿O les pedimos que gestionen como si fueran suyos los recursos de todos?

¿Por qué la morosidad en los bancos, que es del 3% aproximadamente, es algo tan alarmante y la morosidad de otros impuestos, como este, del 74% sea aceptable? ¿Ustedes se imaginan una inmobiliaria que alquilara viviendas y que no le cobrara el alquiler al 74% de los inquilinos? Ciertamente, no. Pero parece que cuando el dinero no es de uno, duele menos perderlo. ¿Y cuántos casos similares a este de economía sumergida existen en nuestra provincia, región y país? ¿Y es que nadie sabe acaso que ocurren?

Cuando después el Estado presenta un déficit del “x” por cierto, y alegan los gobernantes que la “única” solución es subir más los impuestos. ¿Por qué no se plantean las administraciones cobrar los impuestos que ya les corresponden antes de subir otros?

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25 noviembre 2009

Reflexiones acerca del Tribunal Constitucional


Huid del país donde uno solo ejerce todos los poderes: es un país de esclavos.
Simón Bolívar

Llevo poco en el “mundillo” jurídico y puede que esta opinión sea prematura, pero con ese poco que llevo visto, al derecho le encuentro cada vez más puntos en común con la estadística, en el sentido de que todo puede ser interpretado, todo puede ser leído de mil maneras y todo puede ser llevado al terreno que más a uno le convenga.

En estadística, si mi vecino tiene dos coches y yo ninguno, oficialmente ambos tenemos un coche de media. En el derecho sucede algo similar: resulta que eso que en su día fue (y que tanto se cita por parte de los políticos) verdad casi axiomática, infalible, racional y perfecta (la ley); deja totalmente abierta al juez o magistrado la veda de la interpretación. Esto puede chocarle a todo aquel que tenga un concepto de la ley como fuente directa del derecho. Pero la realidad va por otro lado. Al final, la ley no es la ley en sí misma, sino la interpretación que se hace de ella.

La jurisprudencia en España (las interpretaciones definitivas de las leyes, por decirlo de alguna manera) la sientan dos órganos: el Tribunal Supremo y el Tribunal Constitucional. Cuando hablamos del segundo de ellos se nos viene siempre a la cabeza la defensa de los derechos fundamentales: la libertad de expresión, la de reunión, la de circulación, etc. Pero resulta que el Tribunal Constitucional no sólo resuelve sobre temas concernientes a los individuos y a las personas físicas, sino que tiene la gran responsabilidad de dictar sentencias acerca de la configuración del Estado, ya que es la Constitución donde se “constituye” el estado.

El Tribunal Constitucional es, por tanto, un tribunal político, en el sentido de que las sentencias de este órgano trascienden en la política y organización del estado. La próxima sentencia del Estatuto de Cataluña configurará, para bien o para mal, España, al igual que lo han hecho todas y cada una de las anteriores. Esto se debe a que lo que el Tribunal Constitucional interprete se convertirá en la única lectura válida (a nivel jurídico) de la Constitución.

Precisamente porque el Tribunal Constitucional es un órgano de vital importancia para un Estado, chirría el hecho de que sea el Parlamento el que, directa e indirectamente, elija a sus miembros. ¿No se supone que este país se rige por una división de poderes? ¿Cómo es posible que el mayor órgano de un poder (judicial) sea elegido por otro (legislativo)?

Hay ciertos aspectos de la democracia que hay aún que incluir o mejorar en España si pretendemos una verdadera democracia, como por ejemplo la participación ciudadana. Pero ¿cómo vamos a aspirar a tener una democracia avanzada, que supone una evolución del Estado, si los principios básicos, aquellos que ya se consolidaron en aquel Estado Liberal del siglo XVIII (separación de poderes), no los tenemos aún instaurados?

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20 noviembre 2009

Relativismo


Si mi teoría de la relatividad es exacta, los alemanes dirán que soy alemán y los franceses que soy ciudadano del mundo. Pero si no, los franceses dirán que soy alemán, y los alemanes que soy judío.
Albert Einstein

Todo es relativo. O al menos eso es lo que pretende defender el relativismo. Nada se puede verificar ni refutar de manera absoluta. Siempre queda un “pero”. Ni lo bueno es bueno, ni lo malo es malo: todo depende de cómo enfoquemos esa mirada, de cómo describamos las acciones y de con que partes nos quedamos.

Todo puede ser reducido al relativismo. Incluso las matemáticas, absolutas donde las haya. No siempre dos más dos son cuatro. Y eso es cierto. Si trabajamos en un sistema en base tres, por ejemplo, dos más dos será uno.

En las conductas morales el relativismo es bastante frecuente para defender una determinada actitud. “Es que para mí eso no es malo”, argumento el que defiendo algo que choca con la conducta o moral de la mayoría. “Y la moral es algo totalmente personal y subjetiva”.

Igual puede pasar con el arte. Es más, suele pasar cuando a uno le critican una obra: “No, pero es que el arte es algo de cada uno. Y a mí me gusta así”, aunque sea una auténtica porquería.

Yo creo que hasta el relativismo es relativo. No todo puede ser relativizado, o al menos, no hasta el extremo que se quiera. Cuando algo se relativiza en exceso, pierde su esencia. La moral deja de ser moral cuando todo vale. El arte deja de ser arte cuando cualquier manifestación es considerada con valiosa. Todo ha de seguir unos criterios y normas más o menos establecidos. Todo tiene unos límites.

Debe haber algo, unos criterios (en los que hoy no entraremos) que dispongan la libertad del arte. Pero debe haber una serie de características, atributos o factores comunes que describan lo que es el arte. No todo puede ser arte. Igual que dos más dos no puede ser cualquier número. De acuerdo con que no siempre es cuatro, pero no puede ser el número que nos dé la gana. Habrá que fijarlo con las normas de ese sistema o esa base. Y según una u otra base, será uno u otro resultado.

El relativismo debe ser manejado entre unos límites. Veamos por ejemplo que ocurre con la libertad. La libertad marca unos límites, tradicionalmente se dice que acaba la de uno donde empieza la de otro. En el momento que borramos ese límite la libertad se convierte en libertinaje. Todo vale. Todo está permitido. Y eso anula por completo la esencia de la libertad.

El relativismo es necesario, desde luego. No todo es blanco o es negro. Hay puntos intermedios. Hay que nadar por esos mares intermedios, y es ahí donde se encuentra la variedad y la humanización. Si todos pensáramos igual, por ejemplo, no seríamos personas. Seríamos productos de fábrica. Es la variedad lo que enriquece a la humanidad, la diversidad de puntos de vista y lo relativo de ciertas instituciones propiamente humanas, como son la moral o el arte.

Sin embargo, un exceso relativismo conduce a la desintegración, a la extinción, a la destrucción. Todo pierde su identidad. Nada es nada y todo es todo a la vez. El exceso relativismo acaba en una anarquía conceptual donde nadie sabe qué es nada.

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10 noviembre 2009

El Sentido del Ridículo


Cualquiera que se tome demasiado en serio corre el riesgo de parecer ridículo. No ocurre lo mismo con quien siempre es capaz de reírse de sí mismo.
Václav Havel

Uno de los grandes miedos que tiene el ser humano es el miedo al ridículo. Podemos entender como “quedar en ridículo” aquella situación, provocada por algo que hemos dicho o hecho, que queda alejada de lo que el grupo, ante el cual mostramos el “ridículo”, piensa o actúa.

Es el ridículo por tanto una característica social. Nadie hace el ridículo solo. Necesita salirse uno de los cánones de lo corriente, de las mayorías, o de al menos de lo concebido como “normal”, para entrar en el terreno de lo ridículo.

El ridículo también tiene una connotación de fracaso. No se concibe el ridículo sin una previa aspiración a demostrar la valía personal de uno. Sólo si uno consiente ser excéntrico o excepcional considera que no está cayendo en el “ridículo”. Si uno es sorprendido en un acto comprometido, puede sentir en ridículo.

Pero quizás la característica más significativa del ridículo es que no tenga sus consecuencias de manera inmediata. Lo que a una persona puede provocarle vergüenza, o sentido del ridículo, es el posterior recordatorio o reproche respecto de lo que dijo o hizo, no en el momento concreto.

Nos da miedo el ridículo muchas veces porque sentimos que siempre nos recordarán y nos señalarán como diferentes. Nos da miedo precisamente porque tenemos miedo a ser diferentes, porque no queremos destacar, porque nos gusta más observar que ser observados.

Todo esto último, lógicamente, no es aplicable a esas personas que quieren destacar, porque, en ese caso, pese a cometer ridículo y a ser ellos conscientes de ello, lo disfrazan de voluntad o de acto diferencial (en el sentido de que marca la diferencia).

Es probable que el sentirse en ridículo sea un signo de inferioridad. Es uno mismo el que se siente en ridículo, no el grupo quien nos pone. En ocasiones, aunque ciertas personas intenten evidenciar nuestro ridículo, somos nosotros al final los que cedemos y lo reconocemos. En el momento en que otorgamos la razón a este grupo, empezamos a sentir ridículo. Si por el contrario nos mantenemos firmes en nuestra posición, nos reafirmamos. Hayamos hecho lo que hayamos hecho, no podríamos hablar de ridículo, porque aunque nos acusen, somos nosotros los que finalmente decidimos.

Lo que sucede normalmente es que estamos sometidos a “lo normal” y somos pronto conscientes de si algo está o no dentro de ese ámbito. Tenemos un sentido del ridículo que va intrínsecamente ligado a la sociedad y a la cultura. Quizás una de las maneras para evitar el ridículo sea simular que uno estaba convencido de lo que hacía o decía en el momento en cuestión.

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29 octubre 2009

Lenguaje Redundante


La lengua disimula y encubre los designios.
Diego de Saavedra Fajardo

O también llamado “lenguaje no sexista”. Se trata del fenómeno lingüístico consistente en un continuo acompañamiento, como si no se presupusiera, del género femenino en cualquier sustantivo o adjetivo de género masculino. Por ejemplo decir “los alumnos y las alumnas del centro…” en vez de “los alumnos del centro”, como si alguien con una capacidad intelectual media no dedujera que la expresión “los alumnos del centro” va dirigida a todo aquel “discípulo, respecto de su maestro, de la materia que está aprendiendo o de la escuela, colegio o universidad donde estudia” independientemente de su sexo.

Se trata pues, a mi entender, de una manera más de transformar la realidad, o más bien las percepciones que los individuos tienen de ésta, a costa del lenguaje. Es una manera de vender una realidad aún no existente y que muchas veces no llega nunca a establecerse. Se pretende en este país conseguir la igualdad a través de las palabras antes que de los hechos. Parece que fuera preferible tener una “sala para empleados y empleadas” que equiparar los sueldos entre ambos sexos. Se prefiere vivir en la ilusión del lenguaje antes que bajar a la cruda realidad.

El problema de este lenguaje redundante, que a priori puede parecer inocuo, surge cuando los cambios en el lenguaje no van acompañados de cambios reales de igualdad. Cuando se cree que por repetir como loros los dos géneros de cada sustantivo, que aparte de demostrar que sabemos concordar géneros en castellano no sirve para nada, cambia la realidad cuando en realidad no es así, sino que seguimos en la misma igualdad (o desigualdad, según como se mire) que antes. Cuando los verdaderos problemas siguen siendo problemas.

A los que creemos en las acciones más que en las palabras y a los que hemos estudiado durante el instituto a conciencia la lengua castellana, esta nueva moda del lenguaje redundante (disfrazado de igualitario) nos choca de frente. Por más que se repita “padres y madres” en los nombres de las asociaciones escolares, si después llega uno a las reuniones y ve que la proporción de asistencia es de ochenta por ciento para los varones y veinte para las mujeres, no sirve para nada.

Propongo una fórmula para todos aquellos redundantes: cambien la realidad, para que así, de manera natural, el lenguaje se amolde a esta realidad, como ya ha pasado con palabras como “jueza”, “médica” o “bombera”, asimiladas después de la inserción de la mujer a estas profesiones. Palabras que hasta hace unos años no existían en el castellano y hoy son parte asimilada de la lengua.

Por favor, no empobrezcan la lengua con redundancias vacías que no aportan nada al significado de las frases ya que todo el mundo las entiende sin redundancias.

Desde la ignorancia, y probablemente violando nuestra libertad opinión al acusarnos, a todos los que defendemos la lengua castellana con sus normas actuales y no comulgamos con este nuevo lenguaje redundante se nos llama machistas. Pido por favor que en el momento en que yo minusvalore a una persona por ser mujer, o discrimine a alguien por su condición de mujer, o agreda físicamente a una mujer; entonces, y sólo entonces, llámenme machista.

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20 octubre 2009

Ética y Política


La indigestión es la encargada de predicar la moral al estómago.
Victor Hugo

Tanto la política como la ética son dos descendientes directos de la filosofía. En ambas dos se analiza cómo es y cómo ha de ser el comportamiento humano, con la salvedad de que en la segunda se analiza al individuo de manera individual, desde unas convicciones meramente personales; y en la segunda se analiza cómo han los individuos de organizarse para convivir de una manera óptima.

Obviamente, el hecho de que sean necesarias una o varias personas para conformar esta organización, implica que esta o varias personas son individuos, y por tanto portadores de una moral encuadrada dentro de una ética.

Surge, pues, en el gobernante, legislador o juez (suponiendo de una separación de poderes) cómo actuar, ya que, a pesar de unas convicciones personales, ha de promover siempre, debido a su ocupación en la estructura de organización política, el bien común. Es posible que este bien común, este bienestar, sino de todos al menos de la mayoría, entre en contradicción con las convicciones personales de cada uno. Supongamos el caso del gobernante que se encuentra ante una enfermedad de un animal, altamente contagiosa y letal en el género humano, cuyo único tratamiento habría de ser la muerte del animal. Supongamos asimismo que este gobernante es contrario a la muerte de los animales. ¿Cómo habría de actuar este gobernante? ¿Qué es primero, individuo o gobernante?

Supongo que ante este caso la respuesta de la mayoría es más que obvia. Y es obvia porque miramos desde nuestra moral. Pero ¿y si fuera un ser humano a quién habría que sacrificar? Aquí seguramente las respuestas se equipararían. Y tanto una como otra respuesta son comprensibles.

Es comprensible, en primer lugar, que este gobernante se negara a sacrificar a nadie; ya que entiende que en su calidad de individuo no es bueno ni justo acabar con la vida de nadie. La cosa cambiaría desde la perspectiva del gobernante. Él ha sido designado como gobernante para salvaguardar la vida y el bienestar de esa sociedad, y es por tanto su obligación moral. No es comparable, podría pensar él, la vida de un individuo con la de toda una sociedad. Su obligación, puede pensar, es salvaguardar la sociedad, el bienestar de la misma, y por tanto, habría de sacrificarlo por el bien de los demás. El fin justifica los medios, que dijo Maquiavelo.

Pero, ¿y nosotros? ¿Qué pensaríamos cada uno de nosotros como parte de esa sociedad que sólo puede salvarse en caso del sacrificio de esa vida? Mucho me temo que todos seríamos partidarios de sacrificar al enfermo, en pro de nuestra vida. Salvo el caso en que nosotros fuéramos esos enfermos, y apelaríamos a la moral y al derecho a la vida por encima de todo.

Y es que mucho me temo, que por encima de toda moral, o mejor dicho, en el puesto más elevado de toda moral, está el instinto de supervivencia individual. En un caso extremo, donde nuestra vida verdaderamente pendiera de un hilo, siempre abogaríamos por salvarnos. Y es sólo cuando nuestra vida anda a salvo cuando nos planteamos sobre la vida de los demás.

Es por eso que conciliar ética y política es harto difícil. Porque es necesario atarse a una moral deontológica muy robusta para no dejarse llevar por los numerosos cantos de sirena que a la política acompañan.

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16 octubre 2009

Ciencia e Ingeniería


Es un hecho que el hombre tiene que controlar la ciencia y chequear ocasionalmente el avance de la tecnología.
Thomas Henry Huxley

¿Es la ciencia equivalente a la ingeniería? Mucho me temo que no. Aunque compartan cosas en común, la ciencia y la ingeniería (al igual que creo que ocurre con la ciencia y las ciencias sociales) no son iguales, ni persiguen los mismos objetivos; aunque sus métodos puedan tener una sistemática parecida.

La ciencia tiene como objetivo la explicación de las cosas. Es una mera observadora. Un actor pasivo. Un mero ente que trata de explicar lo que acontece en el mundo y comprender por qué son las cosas como son.

La ingeniería, sin embargo, pretende cambiar ese mundo. Pretende aportarle a éste soluciones nuevas. Pretende mejorar la realidad a través de nuevos instrumentos y herramientas. Y aunque para ello utilice la ciencia, no son la misma cosa, ya que persiguen fines distintos. La ingeniería es un sujeto activo. Interviene en el mundo.
Para las dos disciplinas es probable que se compartan habilidades. La creatividad es importante tanto para uno, como para la otra, en tanto en cuanto para la ciencia permite la visión de nuevos modelos que expliquen lo que acontece, como para la ingeniería encontrar soluciones mejores a problemas ya existentes.

Es también necesaria para ambas una capacidad de análisis. El científico ha de ser un analista para comprender qué es lo que pasa en su entorno y/o en su objeto de estudio. El ingeniero ha de analizar dónde está el problema y cómo podría solucionarse.

En cualquier caso, en todas las disciplinas del conocimiento es necesario el trabajo y la constancia. No creo que haya disciplinas de éste mejores o peores, más o menos importantes. Simplemente hay modas, donde imperan más unas áreas que otras.

Lo que queda claro es que sin una de ellas, cualquiera que sea, el progreso queda cojo.

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10 octubre 2009

Premio Nobel a las Buenas Intenciones


El infierno está lleno de buenas intenciones y el cielo de buenas obras
Proverbio español

Siempre he tenido un respeto y admiración por aquellos galardonados con el Premio Nobel, en cualquiera de sus disciplinas. Premiar a aquellas personas que trabajan en pro del conocimiento y de la Humanidad es algo loable a la vez que necesario. Aunque es cierto que nunca llueve a gusto de todos, hay ciertas cosas, que en mi opinión, claman al cielo. Un ejemplo es la reciente adjudicación del Premio Nobel de la Paz a Barack Obama.

Ya la Academia sueca hizo un amago con aquel premio a Al Gore, cuyo mérito fue lucrarse a través de conferencias y de un documental acerca del cambio climático. Mucha información, mucha palabra (sin entrar en el debate de si son ciertas o no), pero pocos hechos. El Premio Nobel es el premio a los hechos por antonomasia. ¿Cómo se le ha podido dar a una persona que lleva sólo nueve meses en su cargo?

Buenas intenciones, justifican. Buenas intenciones tenemos todos. Cualquiera puede ser, por ende, Premio Nobel de la Paz.

La excesiva propaganda a favor del señor Obama ha llevado a esto. Parece que fuera el Mesías, el salvador del mundo, el hombre que va a acabar con las guerras, con el hambre y con el sufrimiento del planeta. Pero la realidad es que este hombre, aparte de discursos, está haciendo poco, por ahora.

Al igual que me parece bochornoso otorgar el Príncipe de Asturias del Deporte a personas en activo (mejor sería el reconocimiento a toda una trayectoria profesional y no a un buen año), me parece absurdo y des-prestigioso este nuevo Nobel de las Intenciones, habiendo como hay, tantos hechos y tantas personas a quienes otorgar el verdadero Premio Nobel de la Paz, como puede ser, por ejemplo, el recién fallecido Vicente Ferrer.

Me temo que la propaganda en masa está allanando hasta los cerebros de los académicos del premio más prestigioso del mundo. Espero que este “lapsus” sólo afecte a la disciplina de la Paz, porque si no, el siguiente Nobel de Medicina estará reservado a aquel o aquellos que propaguen (o hayan propagado) la Gripe A, por haber fomentado a su vez una vacuna eficiente contra la misma.

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04 octubre 2009

Individuo y Sociedad


En su lucha contra el individuo, la sociedad tiene tres armas : ley, opinión publica y conciencia.
William Somerset Maugham

El hombre puede ser entendido, para estudiarlo en su nivel social, de dos maneras: como un individuo independiente y autónomo, o como una parte de una estructura social, como una célula de un cuerpo social. Es decir, podemos centrar nuestra atención en las células (individuos) o en los organismos (sociedades o grupos sociales).

Se pretende, con estas dos corrientes de estudio, encontrar “verdades” sobre el ser humano, encontrar leyes y teorías que explican su comportamiento e integración en la sociedad, en definitiva, su socialización. Pero mucho me temo que no es posible encontrar soluciones a estos problemas mirando únicamente desde un método.

Pienso que esto es así porque no siempre nos comportamos como individuos independientes o como estructuras sociales. Vamos mutando de una a otra posición según las circunstancias o según el tema que se trate. A veces nos es más cómodo ser parte de un sistema que se mueve, pasar desapercibidos, y otras tantas nos rebelamos contra esa sociedad o sencillamente queremos tener nuestro propio criterio y sentirnos independientes y autónomos.

Lo que nos hace diferentes como individuos son los diferentes conceptos y los criterios de decisión. Es decir, no todos tenemos el mismo concepto de “Peugeot”, por ejemplo. Para unos es una muy buena marca, para otros una basura. ¿Qué es lo que hace que haya tan diferentes criterios? La experiencia y las opiniones. O bien nosotros hemos probado un Peugeot, o bien hemos escuchado hablar a quien lo ha probado, o al menos dice haberlo probado. Y nuestro concepto final será el resultado de una lucha entre opiniones, nuestra y ajenas, sobreviviendo la más consistente o la más insistente.

Los medios de comunicación, que son las opiniones masivas, influyen considerablemente, y muchas veces subliminalmente, en nuestra forma de pensar y en nuestra forma de actuar. Modifican nuestros conceptos. Nos crean necesidades inexistentes. Nos crean estereotipos. Y al ser muchas personas las que convivimos con los mismos medios de comunicación acabamos teniendo conceptos parecidos, sino idénticos, haciendo cada vez más difícil la lucha como individuos y moviendo a sus antojo las estructuras sociales.

Es un mundo complejo el de la sociedad y los individuos. Pero si algo tengo claro es que un único método no es suficiente para tener una visión suficientemente amplia del problema. Por eso es necesario entender al hombre como individuo y como parte de una sociedad (o estructura social).

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28 septiembre 2009

Ciencias Sociales


Si no conozco una cosa, la investigaré.
Louis Pasteur

Vivimos en una sociedad donde todo lo que no esté sometido al examen de la ciencia parece que es inútil, obsoleto, malo, falso o ridículo. La ciencia es la que elige hoy lo que es bueno o malo, lo que es verdad y lo que es mentira. Suple a la religión, hoy en día, en muchos aspectos, ya que lo que hoy es “científicamente probado” ayer era “palabra de Dios”.

Es innegable que la ciencia ha hecho posible la evolución del ser humano en los últimos cinco siglos a un ritmo exponencial, pero eso no significa que para que algo sea válido o sea bueno haya de pasar rigurosamente el test de la ciencia.

Por ejemplo, el análisis de la sociedad, lo que hoy se denomina “ciencias sociales”, tiene escaso rigor científico, en el sentido de que continuamente salen estudios contradiciendo a los anteriores, y se crean tendencias y grupos. Es una “ciencia” que funciona a base de teorías, a base de experimentos, sin leyes ni teoremas, basándose únicamente en la experiencia. ¿Cuánto rigor “científico” tienen este tipo de “ciencias”? O lo preguntaré de otra manera ¿Cuánto de fácil es falsificar o manipular un estudio de estas “ciencias”?

Yo no niego que no haya un conocimiento acerca de la sociedad y los comportamientos sociales, pero me parece excesiva la categoría de ciencia para algo que entra en continuas contradicciones y que no se puede demostrar. A mi entender, las ciencias sociales es a la ciencia lo que la leche frita a la leche: se basa en la ciencia (leche), pero no es una ciencia como tal.

Puede que todo este escepticismo sobre las ciencias sociales provenga de mi ignorancia respecto a ellas, donde en dicho caso, y espero que así sea, tengo ahora seis años por delante para comprenderlas.

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23 septiembre 2009

¿Por qué no subir los impuestos?


Bajar los impuestos es de izquierdas
José Luis Rodríguez Zapatero

Hoy recoge IDEAL un artículo de opinión de Francisco Coronado Ortiz, ex concejal del ayuntamiento de Granada, donde justifica la subida de impuestos que pretende Rodríguez Zapatero. Trata el artículo sobre el Estado del Bienestar y nos recuerda que las prestaciones y los servicios que ofrece el Estado no son gratis y hay que financiarlas. Es entonces cuando apela a la solidaridad de los contribuyentes para con el Estado de Bienestar.

Yo soy el primero que está de acuerdo con que el Estado preste atenciones básicas como son la sanidad y la educación. Creo firmemente que es un deber del Estado proporcionar estos servicios de la mejor manera posible. Creo, también, que el Estado ha de gestionar estos servicios para recibir en toda España un mismo la misma sanidad en la misma educación, proceda uno de donde proceda. Por tanto, estoy en contra de las transferencias de estos servicios a los distintos reinos de taifas, también llamadas comunidades autónomas, donde por ejemplo el SAS utiliza este servicio para colocar en la dirección de los servicios a quién le parece.

En lo que no creo es en que la única manera de financiar estos servicios sea la subida de impuestos. Máxime cuando el señor Rodríguez Zapatero, felizmente seguido por el señor Griñán, se dedican a regalar ordenadores a los infantes de quinto de primaria. Perdóneme usted, pero para que usted regale ordenadores, el dinero me lo gasto yo en lo que me venga en gana, como un viaje, y no en impuestos.

Estoy en contra de la subida de impuestos porque no se gestionan los recursos como es debido, y se despilfarra todo el dinero que se quiere (véanse despachos y coches oficiales de Touriño, o la ex ministra de vivienda, la señora Trujillo). Dinero hay más que de sobra para todo; lo que parece que no hay es ganas de invertirlo correctamente.

Me parece además una sinvergüencería que hace 1 años y medio, para las elecciones, se nos quisieran devolver cuatrocientos euros, y ahora de repente, se nos pida lo propio. ¿Pero cómo gestiona usted el dinero público si en un año y media ha pasado de regalar a mendigar?

Me parece súbitamente hipócrita que se denomine solidaridad lo que realmente ha sido una nefasta gestión y despilfarro del dinero público, que ahora pretende solucionar asfixiando, más si cabe, a las débiles economías domésticas.

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19 septiembre 2009

Creer a Ciegas


El corazón del hombre necesita creer algo, y cree mentiras cuando no encuentra verdades que creer.
Mariano José de Larra

El ser humano es un animal cómodo. En cuanto tiene la ocasión se adapta a esa comodidad y a ese “buen vivir” y pronto deja los debates internos y su evolución personal. Le ocurre con los placeres físicos como con las verdades intelectuales.

Como ya bien dijo Darwin, la especie que sobrevive no es la más fuerte, sino la que mejor se adapta al cambio; y el ser humano tiene, en muchas ocasiones, la cabeza y la disposición prevista para el conservadurismo. ¿O cuántas personas se han cambiado de equipo de fútbol una vez ha aceptado que el suyo es el mejor, o por lo menos “suyo”, pese a que su presidente o cualquier miembro de club se manifieste en contra de uno mismo? (no en contra del directivo en cuestión, sino en contra nuestra). Pueden sucederse todas las barbaridades del mundo para con ese club, que nosotros seguiremos fieles a “nuestros colores”.

Y es que una vez que hemos creído encontrar una verdad que marque y fije nuestra realidad, nos cuesta horrores deshacerla, cambiarla o permutarla por otra. Es quizás por lo que durante tantos siglos la gente que nacía cristiana y creía en Dios no se hubiera planteado nunca que quizás ese Dios no exista, o que no sea como la Iglesia lo venda, o ambas cosas. Porque nos resulta mucho más cómodo creer una mentira que replantearnos toda una serie de axiomas.

Y en política, sobre todo en la española, es donde más claro se ve el panorama. Una disciplina, que se presupone intelectual, resulta al final ser más sentimental que el fútbol. En España hemos dejado de creer en las ideas, en los resultados de los Gobiernos, en la bondad o maldad de las leyes que promulgan para fijarnos únicamente en las siglas del partido en las que milita. Hemos hecho la política una cuestión de colores, de bandos, de equipos; donde el mío es el mejor y el tuyo el más detestable. Y aunque el “enemigo” tenga ideas magníficas, jamás seremos capaces de reconocerlas como tales.

Por eso, igual que por lo mismo que la gente seguía con devoción a la Iglesia pese a las atrocidades de la Inquisición, nosotros seguimos como borregos a los líderes de nuestros “colores”. Los hemos encasillado como buenos, y de ahí no hay quién los saque. Somos incapaces de analizar si son buenos o malos, sencillamente porque no queremos. No queremos cambiar de parecer, queremos seguir creyendo, aunque haya evidencias evidentes de lo contrario.

Nos gusta creer a ciegas; y precisamente ese es uno de los grandes males que pueden acontecerle a una democracia.

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13 septiembre 2009

¿Quiénes Somos?


Al fin y al cabo, somos lo que hacemos para cambiar lo que somos
Eduardo Galeano

Son escasos los momentos en la vida en que uno se encuentra contento y a gusto consigo mismo. Siempre tiene un “pero”, una falta o algún detalle por pulir, y rara vez se consigue estar al cien por cien satisfecho con uno mismo.

El dilema viene cuando, en esos momentos en los que uno no se encuentra a sí mismo o encuentra aspectos que no agradan, qué hacer. Existen dos posibilidades: la primera es resignarse y conformarse con lo que uno es, atribuyendo esto a los genes o al Destino; y la segunda es procurar cambiarse a sí mismo, mediante la voluntad.

La postura a tomar depende inevitablemente de la personalidad de cada uno. Supongo yo, como suele ocurrir en todas las posturas contrarias, que la verdad estará cerca al término medio: que tendrán parte de culpa los genes, y la otra parte será de la voluntad.

Esto nos llevaría a concluir que siempre hay algo de la personalidad de puede moldease a través de la voluntad; y otra que es innata y perenne en el ser humano. ¿Qué hacer entonces, usar la voluntad para moldear esa parte que podemos cambiar; o resignarnos con la otra, que por el contrario, siempre será así?

Las personalidades fuertes creerán que ellas son dueñas de sí mismas, y optarán por la primera opción; estando seguros de poder manejarse a sí mismos. Sin embargo, las personalidades débiles alegarán que el esfuerzo no servirá de nada, ya que cada uno es como ha nacido. O lo que es lo mismo, cada personalidad atenderá a una u otra opción según sea acorde precisamente a su personalidad.

Mucho me temo que todo este planteamiento no conduce sino a una paradoja, tal como la de cuál fue primero: el huevo o la gallina.

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09 septiembre 2009

Las Expectativas como Circunstancias


Yo soy yo y mi circunstancia.
José Ortega y Gasset

Muchas veces parece que las situaciones están resueltas ante siquiera de lidiar con ellas. Es lo que popularmente se ha llamado siempre vender la piel del oso antes de matarlo. Determinados trabajos, exámenes o problemas parecen ser triviales, pero cuando se encuentra uno bregando con ellos consiguen a veces sorprendernos.

Lo que le ha pasado a la selección española de baloncesto puede que quede dentro de los términos arriba descritos: se plantaron en el campeonato de Europa como los claros favoritos con una superioridad aplastante en la preparación y con un grupo que parecía más que asequible.

Y entonces llegaron estos dos días de sorpresas: el primero, la derrota contra Serbia, y anoche sufriendo de lo lindo para doblegar a una más que modesta Gran Bretaña.

He de reconocer que anoche me invadieron los nervios cuando en el último cuarto de partido España perdía por cuatro puntos. Era una situación surrealista. No porque España no consiguiera ganar, que ya se sabe que el deporte y muchos otros ámbitos de la vida son impredecibles, sino porque ya había asumido, y supongo que muchos más conmigo, que España iba a llegar allí a ganar de cuarenta puntos todos los partidos.

Si analizamos detenidamente, una selección nacional de baloncesto que pierda de nueve puntos de diferencia contra Serbia y después gane de ocho contra Gran Bretaña podría estar más que satisfecha. Lo que nos ha pasado a los españoles es que nos habíamos creado unas expectativas, y la realidad ha quedado bastante por debajo de éstas.

Si estos resultados hubieran sido hace diez años (con el equipo de hace diez años me refiero) no habría este sentimiento de frustración general que hay hoy.

Y es que las realidades no son simples hechos objetivos. Toda realidad lleva consigo una serie de expectativas así como una serie de contextos que las determinan verdaderamente. Así, no es lo mismo perder un partido (por seguir con el deporte) cuando se ha ido perdiendo durante todo el encuentro, que en el último minuto o segundo.

El “cómo” de las realidades es fundamental también. No todo puede entenderse con un “qué”. Por eso, y ahora hablando de las sociedades y los países, es necesario conocer la Historia. No es posible conocer una nación simplemente con lo que es ahora. Es necesario conocer las circunstancias que las rodean. Y sólo conociendo medianamente la Historia, conociendo el “cómo” (el cómo hemos llegado hasta aquí) podremos comprender a ciertos puebles.

Pero sucede de igual manera en el ámbito personal. Las personas también tienen una Historia y unas circunstancias que la configuran (como ya advertía Ortega y Gasset). Una persona no puede ser ajena a sus circunstancias, porque son éstas la que hacen que dicha persona sea como sea.

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05 septiembre 2009

Libertad de Expresión


La libertad de expresión es decir lo que la gente no quiere oír.
George Orwell

Siempre que queremos dar una opinión discordante con la mayoría apelamos a la libertad de expresión. Libertad que se presupone en cualquier estado democrático y asumimos como cierta, válida y vigente. Pero, ¿existe realmente la libertad de expresión?

Desde luego, en el hecho de que no haya encarcelamientos por la pronunciación de una frase, eslogan o idea, sí. Lo cual ya supone un gran avance, si repasamos la Historia. Lo que ocurre hoy en día es que ese encarcelamiento, ajusticiamiento o linchamiento se ha adaptado. Hoy en día, a quien difiere en lo ”estándar” se le excluye y margina.

No se trata de simplemente ignorar o refutar las ideas contrarias, se trata de eliminarlas, de ridiculizarlas, de derribarlas y de cohibirlas. Prácticamente se le acusa al promotor de delirante, de excéntrico o de conspirador. Y, desde mi ingenuo punto de vista, eso no es ninguna clase de libertad.

La libertad de expresión consistiría en una simple refutación o en un caluroso debate donde cada uno argumentara. Pero parece que las ideas contrarias nos molestan. Hemos llegado a un punto en el que no se trata de tener una idea, sino de imponerla; y todo aquel que se salga de ella ha de ser excluido.

Por ejemplo, hoy se publica en el diario El Mundo, en su especial por el aniversario de la II Guerra Mundial, una entrevista a un historiador que afirma, más o menos, que el Holocausto ha sido utilizado como propaganda y que Churchill estaba influido por los judíos; y que de no ser por él la guerra pudo acabarse hacia 1940. Pues ya ha habido declaraciones del ministro de Exteriores lamentando que El Mundo publique esta entrevista. Y digo yo, ¿dónde ha quedado la libertad de expresión? ¿Por qué molesta tanto que alguien exponga otra visión que no sea la “oficial”?

Cosa bien distinta sería que este señor afirmara que deberían seguir haciéndose esas atrocidades, y cosas por el estilo. Como toda libertad, la de expresión también tiene sus límites. Pero me temo que simplemente se limita a dar su opinión acerca de unos hechos. Nada más.

Dejo aquí unos extractos de las declaraciones en la entrevista del historiador:

"El asesinato de judíos no fue un crimen por ser judíos, sino por ser judíos inocentes"

"La clave es cuánto sabía Hitler... Himmler tenía cuidado de no decirle nada"

"Hasta la década de los setenta no se empezó a hablar del Holocausto"

"Churchill empujó al país a la guerra y destruyó el Imperio británico"

"El de Auschwitz fue un campo de prisioneros con una alta mortandad"

Me temo que esta situación que arriba describo así como otras tantas que a diario acontecen en innumerables temas (como el cambio climático, por ejemplo) están más cerca de la dictadura que de la libertad de expresión.

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04 septiembre 2009

Atletismo


El deporte no forja el carácter, lo pone de manifiesto.
Heywood Hale Broun

Tal vez porque desde la lejanía y la ignorancia todo es mucho más difuso, el atletismo para mí nunca había supuesto ningún atractivo salvando las competiciones veraniegas internacionales. Visto desde fuera (desde donde aun yo lo sigo viendo) el atletismo resulta monótono, sacrificado y ausente de emoción.

Todas estas observaciones desde luego son ciertas; pero ahora que uno va poco acercándose al mundillo de salir a correr (por imposición más que por vocación) va descubriendo diferentes características de este deporte que lo hacen un poco más atractivo.

En primer lugar es un deporte barato y fácil de prácticas en cualquier lado. Se puede, y casi siempre es así, practicar solo; lo cual exime de dependencia alguna con respecto a otras personas para practicarlo (como puede ser cualquier deporte de equipo). Pero más allá de las superficialidades, el atletismo es probablemente la mejor forma de plasmar la lucha contra uno mismo, de la evolución personal. El salir a correr es un continuo reto contra la distancia y contra el tiempo: más kilómetros en menos segundos.

Presupone, en quien lo practica, una fuerza de voluntad y una capacidad y ansia de superación. Es la lucha de uno mismo contra el tiempo.

Una vez introducido levemente en el mundillo comprende un poco más (o quiere comprender, al menos) la sensación que puede provocar el ganar un oro en unos Juegos Olímpicos o un mundial. Debe ser el culmen de la lucha, ya no sólo con uno mismo, sino con el resto de personas que también luchan contra sí mismos. Es ser el mejor. Es sin duda un sacrificio para el cual tal vez sea poco premio el preciado metal.

Es por el afán de superación y la percepción de evolución por lo que, desde mi punto de vista, el atletismo merece la pena. Y es que, como bien rezaba aquel anuncio, el espíritu olímpico está en todos nosotros.

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01 septiembre 2009

El Presente y el Futuro del Otoño


El otoño es un andante melancólico y gracioso que prepara admirablemente el solemne adagio del invierno.
George Sand

Vuelve una vez más septiembre. Para unos pocos, septiembre supone el último mes del año; para otros, el comienzo. Un mes triste, nostálgico del verano. Los días cada vez más cortos. Las rutinas y lo cotidiano acuden de nuevo a nuestras vidas. Cada vez más frío, cada vez más oscuros.

Es curioso que siendo la primavera y el otoño estaciones “paralelas” (ambas son de entre-tiempo, las temperaturas y los días suelen ser similares) sean tan diferentes. El motivo, me temo, es porque cada una de ellas tiene tendencia totalmente opuesta: el otoño tiende al invierno y la primavera al verano, estaciones antagónicas entre sí.

Y es que el presente no sólo contempla el hoy como hoy. El presente (en el contexto de presente, pasado y futuro) contempla una parte del futuro. Se trata tanto del momento actual en el que estamos, el “donde estamos”, como el “hacia dónde vamos”. Cuando hablamos de presente también llevamos implícitos el hacia dónde nos dirigimos, la parte de futuro que desearíamos para nosotros. Durante el presente, estamos labrando parte del futuro.

Realmente no somos dueños del presente: somos dueños del futuro más inmediato. Es lo que realmente construimos, lo que realmente nos preocupa, por lo que realmente vivimos. Por mucho que queramos detenernos en el momento actual, ese momento sólo es una leve pausa para pronto seguir caminando hacia ese futuro cercano que es el que pretendemos alcanzar.

Todo aquel que no tiene miras en su vida, siente un vacío. La completitud llega cuando pretendemos alcanzar una meta, cuando vemos una meta, cuando tenemos un objetivo. La ilusión y el esfuerzo por concretar ese objetivo es el que nos mantiene con vida.

Es probable que sea por eso por lo que el otoño siempre se nos antoja más triste que la primavera, porque está avocado irremediablemente al invierno.

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